LAS FUENTES DEL NILO
© Carlos Manzano
Capítulo II
La llamada de mi madre interrumpió aquella mañana monótona de lunes.
–Ha muerto tu hermano.
Su timbre frío apenas me impresionó. Hacía casi tres años que no hablaba con ella, mis relaciones familiares estaban definitivamente muertas hacía mucho tiempo. Desde que dejé España, todo lo que pudiera suceder fuera de mi ámbito más inmediato me resultaba indiferente. Se había muerto mi hermano, ¿y qué? Estuve a punto de decirle: «¿Y para eso me llamas?» Pero advertí que detrás de aquella crudeza aparente había un dolor profundo, una pena sorda que esa pobre mujer trataba inútilmente de ocultar. La concisión de aquella frase simple llevaba impreso el cuño de la rabia contenida, de la frustración acumulada durante años. No quise ahondar más aún su dolor y le pregunté escuetamente qué había pasado.
–Lo han matado. Le pegaron cuatro tiros y lo dejaron tirado en un descampado.
Esto sí que me impresionó. Las muertes violentas parecen estar destinadas siempre a otros, su lectura mediada a través del diario nos indigna pero nos mantiene protegidos, fuera de su alcance. Sin embargo, aquella violencia que todos conocemos pero que sentimos ajena acababa de tocarme muy directamente, había llegado hasta mi propia sangre. Sabía que mi hermano era dado a meterse donde no le llaman, pero nunca pensé que pudiera terminar de aquella forma. Quise de todos modos confirmar mis sospechas y me interesé por los detalles.
–No fue un robo, lo mataron a sangre fría por venganza.
La voz de mi madre se volvía cada vez más trémula. Sentí lástima por ella, por su fracaso vital, por su incapacidad para construir una familia acorde con las enseñanzas recibidas en su infancia, por haber perdido uno tras otro, bien por muerte, bien por abandono, los miembros más próximos de aquella estirpe. Tras el fallecimiento de su hijo Jaime, a la postre mi hermano, yo era el único vástago que le quedaba vivo, y de ahí la necesidad de telefonearme, a sabiendas de que no me importaba lo más mínimo lo que pudiera pasar con cada uno de nosotros.
Mi madre siempre había sido una mujer escueta, parca en palabras y rígida en preceptos. Poco dada a mostrar emotividad alguna, en algunos momentos había jugado más el papel de institutriz encargada de imponer disciplina que de auténtica y amorosa madre. Había dos grandes constantes en ella: por un lado adoraba las formas, quería que aquella familia mantuviese la pose adecuada, que guardase una imagen de unidad y concordia propia de la clase media a la que pertenecíamos; por otro, detestaba cualquier tipo de laxitud, debilidad de carácter o falta de espíritu, y pocas veces la recuerdo haciéndonos arrumacos o dando muestras de un cariño indudable. No era frialdad propiamente, más bien se trataba de su estilo, de su sentido de la medida, de ser fiel a la lógica de su mundo. Poco creo que haya heredado de ella. Quizá una extrema exigencia conmigo mismo, un rigor férreo a la hora de juzgar el comportamiento propio.
–Lo enterramos pasado mañana.
Aquella súplica me sorprendió. Mi madre, otrora arrogante y autosuficiente, había abandonado por un instante su habitual tono orgulloso y dominador para sugerirme que me dignara al menos a asistir a su entierro.
Hacía ya seis años de mi marcha, y muchas heridas habían cicatrizado ya. Sólo quedaba en mí una profunda desidia por aquel país mediterráneo que creía definitivamente olvidado y cierto temor a resucitar algunos hechos que hubiera deseado no llegar a vivir jamás. La lástima es peligrosa, nos hace débiles, y la situación de bienestar que estaba atravesando desde hacía unos meses me había vuelto mucho más calmado y emotivo, lejos ya de la hurañía desplegada durante los primeros años en Alemania. En definitiva, había transformado mi obsesiva prevención ante cualquier cosa que me recordase el pasado en poco más que aburrido desinterés. Volver a España ya no revestía el peligro de otra época. Las cosas aquí comenzaban a irme realmente bien, y una semanita de vacaciones tampoco me haría ningún daño.
Por la tarde, le dije a Hertha que me iba a España por unos días. Se sorprendió enormemente, pensaba que tenía intención de no regresar jamás, tantas eran las imprecaciones que me había oído proferir sobre mi país de nacimiento. Cuando le dije que mi hermano había muerto, su sorpresa aumentó considerablemente.
–No sabía que tuvieras un hermano.
Eran tantas las cosas que no le había dicho de mí, que contárselo todo hubiera supuesto una tarea interminable. No quería molestarla con historias torpes que ni a mí mismo interesaban ya. Además, cuando decides comenzar de cero, todo lo que pudiera haber existido antes debe desaparecer por completo de tu vida.
A Hertha la conocí a través de un compañero de trabajo. Me gustó nada más verla. No es que fuera especialmente guapa, pero sus rasgos irradiaban cierta calidez acogedora de la cual andaba yo bastante necesitado. Llevaba más de cinco años en Francfort sin dejar más que ocasionalmente un modo de vida espartano y ascético, y ya iba siendo hora de cambiar un poco aquellos hábitos. Hertha era algunos años más joven, y eso en principio me retrajo un poco. En realidad fue ella quien inició nuestra primera aproximación, dirigiéndose a mí con una afección y una deferencia que me halagaron enormemente. Nunca comprenderé qué pudo ver en mí, un tipo hosco que rehuía sin remordimiento el trato con los demás. Tal vez percibió en algún ademán equívoco el sufrimiento insondable de otras épocas, o quizá confundió mi aprensión al contacto humano con una mal disimulada timidez. De cualquier manera, nunca se lo pregunté. Mantener aquel misterio me parecía mucho más sugerente que acceder a la verdad cruda y sin ambages.
Albergaba yo un cierto temor a que aquella relación me condujera hacia un modelo de vida como el que había dejado atrás, aunque tampoco tenía previsto ningún otro alternativo ni a corto ni a largo plazo. Todo lo que esperaba al llegar aquí es que me dejaran vivir tranquilo, fuera de compromisos, obligaciones y normas. Me conformaba con acudir a mi puesto de trabajo, asistir por las tardes a clases de alemán (idioma que por entonces desconocía por completo) y pasar horas enteras recluido en la habitación de la pensión entre libros, revistas y cintas de cassette que me había traído conmigo. Era un tipo extraño, lo confieso, y mis compañeros de trabajo, en especial los de mi misma nacionalidad, no me tenían en especial estima. Pero me daba igual. Había salido de España con la sola intención de romper vínculos, no de iniciar una nueva existencia entre una gente que no me interesaba y en un país del cual ignoraba casi todo. No me lo pensé dos veces cuando el director me llamó a su despacho y me hizo la propuesta que tanto llevaba aguardando.
–Sé que está esperando alguna plaza en el extranjero. Hay ahora una vacante en Francfort, y creo que usted se ajusta lo suficiente al perfil que necesitamos. Habla bastante bien inglés y no creo que le sea difícil aprender alemán en poco tiempo. Además, es una plaza con mucho futuro. Mi oferta es firme, Damián, usted tiene ahora la palabra.
La respuesta fue inmediata. A las dos semanas estaba cogiendo el vuelo que me alejaría por fin de mi familia, de mi barrio, del trabajo, de todo lo que hasta la fecha había constituido mi única existencia.
Todo esto no se lo conté a Hertha. Ella sólo sabía que me había ido de España cansado de mi vida anterior, la cual deseaba olvidar. Y respetaba plenamente mi decisión. No preguntó ni una sola vez nada que me pudiera recordar el pasado, ni siquiera se interesó por mis primeros años en Alemania. En ese aspecto, su prudencia fue admirable.
Hertha quería ser escritora, pero de momento debía conformarse con llevar las correcciones de un par de revistas y una editorial barata y dar clases vespertinas de recuperación para alumnos atrasados. ¿Para qué amargarle la vida con las desdichas de un fracasado que todo lo que pedía era que le dejasen en paz? Su alegría me había devuelto un mínimo apego por la vida y había conseguido que me volviera a interesar por el arte, el teatro y la música, materias en las cuales ella era una verdadera entendida. Yo era un tipo afortunado y tenía perfecta conciencia de ello, así que no lo dudé un instante cuando hace seis meses me propuso venirme a vivir con ella.
Vivía en un pequeño apartamento junto al edificio de las nuevas oficinas de la bolsa de Francfort, un lugar tranquilo hasta que comenzaron las obras de edificación del anejo bursátil. Pero a mí me gustaba. El alquiler no era barato, aunque perfectamente asumible entre dos. Ninguno ganábamos una fortuna, pero nos llegaba para algunos pequeños vicios, como el teatro, un pequeño Polo de segunda mano que siempre conducía ella (yo había olvidado incluso las normas de tráfico) y alguna que otra noche de ópera, y con relativa frecuencia salíamos a cenar a la búsqueda de nuevos restaurantes exóticos donde probar platos desconocidos y sabores insólitos. Con algo de recelo por mi parte, me fue introduciendo poco a poco en su círculo de amistades, e incluso llegué a simpatizar sin mucho esfuerzo con sus formas de vida y sus costumbres.
Los años precedentes habían sido mi purgatorio particular, un autocastigo que debía infligirme para a partir de entonces sentirme absolutamente limpio. Hertha vino en el momento adecuado, y yo se lo agradecí lo mejor que supe. Trataba de dejar a un lado la menor veleidad que pudiera entorpecer nuestra relación y hacía todo lo que estaba en mi mano para agradarla. Eso me hacía sentirme bien. Cuando se ponía a escribir, me esforzaba para que nada a su alrededor la incomodara. Era capaz de permanecer en silencio horas y horas para no enturbiar su concentración. Ojalá hubiera tenido un mejor dominio del alemán para juzgar en lo que valían sus escritos, probablemente mi apoyo le habría venido bien, y me sentía un poco culpable por eso. Un amigo fotógrafo nos hizo una sesión de desnudo, y cuando ella no estaba conmigo me pasaba horas mirando las imágenes. Es cierto que la quería, que mi tiempo duplicaba su valor junto a ella, pero sobre todo la amaba porque sabía que nunca me haría daño.
Cuando le conté lo de mi hermano, enseguida se ofreció a venir conmigo a España. No me preguntó nada, sólo me dijo:
–Si quieres te acompaño. Nunca he estado en España, y siendo alemana es casi una obligación para mí ir allí –dijo dando muestras de su inquebrantable sentido del humor.
La primera vez que nos acostamos tuve la sensación de adentrarme en un paraje espeso cuya extensión desconocía. Me costó mucho decidirme, bastante más que a ella, porque el valor simbólico de aquel acto desbordaba con mucho el simple ayuntamiento carnal. Yo me había enamorado de Hertha –luego supe que ella también lo estaba de mí–, y eso es lo que realmente me asustaba. Sólo una vez había estado enamorado antes, y aquello significó el comienzo de mi incesante declive hasta la sima en que llegó a convertirse mi vida. Pero ahora todo era completamente distinto. Hertha me gustaba físicamente sin ser extraordinariamente bella; no tenía un especial apego por su físico ni blandía sin decoro el arma de la seducción. Me gustaba su sencillez, en primer lugar de su rostro, suave, vulgar incluso, pero perfectamente aderezado por el brillo de su mirada, algo que le daba un aspecto agradable, cálido, como ya he dicho antes. Pero sobre todo me entusiasmaba su carácter, la madurez de sus respuestas, la exquisita sobriedad de su comportamiento. Como desde el principio me propuse no mezclarla con mi pasado, le contesté que era mejor que no viniese conmigo.
–No creo que llegue a estar ni una semana. En un par de días espero arreglarlo todo y volverme otra vez a Alemania.
Aquella noche disfruté de su cuerpo como nunca. Me comporté como si aquella separación pasajera fuese a durar más de lo previsto, como si en lugar de un simple viaje de unos días me embarcara en un largo e imprevisible periplo que nos mantendría separados durante meses. Ella también debió de advertir algo parecido, porque nuestra comunión fue tan perfecta que al día siguiente, cuando tomaba el avión con destino a España, todavía sentía sus jugos fermentar en mi boca, aún notaba sus labios recorrer mis formas como en un beso interminable, intenso, brutalmente pasional.