LAS FUENTES DEL NILO

© Carlos Manzano


 

 

Capítulo III

 

        A la llegada al aeropuerto, todo me pareció más o menos igual a como lo dejé. La asepsia extrema de estos lugares nunca me ha gustado demasiado, pudiera decirse que mantienen una estética impersonal para transmitir al viajero la sensación de que está en ninguna parte, en un espacio apátrida cuya utilidad funcional debe destacar por encima de cualquier identificación natural. Esta apreciación mía es perfectamente generalizable: el aeropuerto de Francfort, de donde procedía, tampoco mejoraba en este aspecto. Así que lo antes que pude tomé un taxi que me dejó varios minutos después en la estación de autobuses, momento en el que sí empecé a advertir algunas importantes diferencias con el país que había dejado años atrás.

        De un territorio monocolor, monótono y banal, habíamos pasado a ser una realidad multicultural, variopinta y heterogénea. En un principio, y dada mi procedencia, esta circunstancia apenas reclamó mi atención. Fue al oír las imprecaciones racistas de uno de los chóferes cuando reparé en que el número de rostros de otras latitudes que podían verse en España hace seis años era más bien anecdótico. Estuve por contestar de mala manera a aquel individuo iracundo y zafio, pero cuando comprobé que iba a ser el conductor de mi autobús decidí que sería mejor tener la fiesta en paz.

        Mi desapego por este país de palurdos no había disminuido. Lo miraba todo con el interés de un turista; aquellos rostros seguían pareciéndome extraños, vacíos, incrustados todavía en una realidad mediocre de la cual apenas eran conscientes, incapaces de tomar el imprescindible impulso que los alejara de una vez por todas de aquel viejo mundo que aún conservaba ese dejo de ruralismo que siempre lo había acompañado. Era como si, con el tiempo, la imagen vulgar que me había llevado del país se hubiera agigantado en mi cabeza hasta convertirse en una caricatura desmesurada y grotesca, cómicamente deforme.

        Los paisajes que veía a través de la ventanilla del autobús seguían siendo los mismos. Era una sensación extraña: reconocía lo que mis ojos iban viendo, pero a la vez lo vivía como si fuera una película que alguien me mostraba, como si no estuviera realmente aquí. No era el mío el retorno de un emigrante; había vuelto para tomar conciencia de que ya nada me unía a mi antigua vida y, a continuación, largarme para siempre. ¿Qué me importaba a mí si este país había evolucionado o no? Otros eran los que debían preocuparse por ello.

        Era difícil controlar la mirada, mis ojos iban y venían de rostro en rostro, de camino en camino, propensos a dejarse engatusar por el más mínimo detalle, pero debía blindar mis emociones, ejercer de simple ejecutivo que tiene una misión que cumplir y cuya mayor preocupación reside en si el hotel donde va a alojarse tendrá bañera y televisión. Debía volver a ver a mi madre, quizá darle las explicaciones que le negué en su momento, y poco más. Ni siquiera tenía intención de alojarme en su casa. Lo mejor sería mantener una abierta distancia entre ambos, evitar que pensara que todavía me importa algo, no darle falsas esperanzas de que el hijo pródigo tal vez vuelva algún día.

        Era una mujer inteligente, quizá su única virtud, y un par de gestos bastarían para hacerle entender que no era posible dar marcha atrás. No sería necesario hablarle siquiera de Hertha. Es más, me producía cierta repulsión mentar siquiera su nombre en este momento. Ahora me dirigía hacia la podredumbre más infame, hacia un mundo vacío de futuro, y nada más lejano podía haber a esto que Hertha. Apenas hacía unas horas que la había dejado y ya la echaba de menos. Pero debía apartarla de mi mente hasta la vuelta: era demasiado digna para que su recuerdo quedara ensuciado por la inmundicia de este lugar.

        Había un riesgo en aquel viaje, eso era cierto, pero confiaba en que el tiempo hubiera cimentado el suficiente distanciamiento para que nadie albergara la menor expectativa. También desconocía quién podría haber en el entierro de mi hermano. Es posible que, aparte de los familiares más íntimos, ya nadie guardase buenas relaciones con mi familia. Mi padre no había sido nunca una persona ejemplar, y la hosquedad de mi madre tampoco favorecía precisamente la relación afectuosa con los demás. Ni que decir tiene que ni mi hermano ni yo habíamos hecho el menor esfuerzo por afianzar la amistad de los más allegados, así que todo parecía indicar que la ceremonia se iba a desarrollar en una intimidad mayor de lo que suele ser normal en estos casos.

        Al llegar a la ciudad me alojé en un pequeño hostal bastante céntrico. En principio reservé habitación para cuatro días, aunque confiaba en que mi estancia no superaría las dos noches. Me duché tranquilamente y bajé después a un bar próximo a tomar un cortado. Quizá era el café lo único que realmente echaba de menos de mi país. Me había acostumbrado desde joven al café fuerte y amargo que se acostumbra por estos lares, y lo que normalmente se toma en Alemania me sabe más bien soso. No estoy hablando de que aquí se tome mejor café que en Europa. Es más, ese amargor extremo que tanto se estila pervierte gravemente el aroma propio del café, anula su sabor específico. Pero supongo que cuando uno se acostumbra a lo malo comienza a perder el criterio para discernir lo correcto. Mi vida, sin ir más lejos, había sido un claro ejemplo de ello.

        Aquella ciudad, que había sido la mía hasta hace seis años, siempre se me había ofrecido extraña, difícil, escasamente amistosa. Eran sus mismas calles sin atractivo, sus mismos edificios desordenadamente colocados, sus mismos rostros carentes de rasmia y pundonor; sin embargo, había algo en el ambiente que no reconocía, un aroma indefinible absolutamente nuevo, un efluvio sutil que transmitía algo de cordura, de tiento, creando un caos armonizado y sereno. Había más automóviles, más ruido también, pero mucha menos prisa de lo que recordaba. Quizá cuando se ejerce de visitante la percepción engaña, aunque es verdad que el recuerdo se falsifica con la distancia, agrandando los matices.

        Paseé unos minutos por aquellas avenidas tantas veces recorridas en la juventud recreándome en detalles que hasta ahora nunca había advertido, disfrutando con la mirada que iba y venía de aquel friso a este portal, de ese tejado a aquellas columnas, rescatando de la memoria ciertos episodios que habían permanecido ocultos durante mi ausencia. La ciudad había adecentado un poco sus fachadas, eso era cierto, y arreglado algunas de sus calzadas. Parecía más nueva, y sin embargo rezumaba una personalidad que nunca antes había apreciado. Es esta una ciudad que siempre ha recelado de su pasado, como yo mismo, y puede que eso me hiciera sentirme ahora más identificado con ella. De joven siempre había reprobado el que buena parte de sus edificios más notables hubiera sucumbido bajo la avaricia de la especulación; calles enteras cuyos edificios en otro tiempo rivalizaban en belleza y estilo con las más bellas avenidas modernistas del país habían terminado invadidas por gigantescas e impersonales moles de cemento. Y casi nadie en esta ciudad parecía darle importancia. Era el equivocado concepto de modernidad que siempre se ha tenido en esta tierra: a lo antiguo se le ha llamado viejo; a lo vulgar, moderno. Ahora, sin embargo, aquel hecho trágico me parecía mucho más intranscendente. Destruir el pasado también podía significar otra manera de afrontarlo, sobre todo si no se tienen motivos para enorgullecerse de él.

        Me senté en una terraza y pedí una cerveza. Aquel aire puro que no provenía de la atmósfera sino del sosiego me proporcionó los primeros instantes agradables desde mi llegada. El sol de aquellas horas –el bien nacional más preciado– ejercía propiedades de bálsamo. Ya no recordaba el sabor de la cerveza local, pero el primer sorbo me desagradó un poco. En Alemania me había aficionado a la cerveza de trigo (en realidad, había sido Hertha quien me había introducido en el apasionante mundo del lúpulo, cuyas variedades, estilos, clases y procesos de fermentación me eran hasta entonces completamente desconocidos), y esta de ahora me supo excesivamente amarga y con demasiadas burbujas. Su espuma era débil y ligera, y además carecía de cuerpo. ¿Cómo podía ser que tan sólo unas horas después de tomar tierra ya echara de menos mi país de adopción? Parecía realmente un papanatas, así que dejé de establecer ridículas comparaciones y me dediqué de disfrutar cuanto pude de aquel estado de quietud tan sumamente apacible en que me hallaba.

        Por primera vez en todo el día miré el reloj. Eran casi las cinco de la tarde. Recordé que no había comido nada todavía, aunque no tenía hambre. Tampoco tenía nada especial que hacer, pero había venido con un propósito concreto y debía afrontar las cosas de una vez por todas. Así pues, fui a una cabina y llamé a mi madre.

        –¿Cuándo has venido? Te esperaba hace rato.

        Le dije que había perdido el autobús de las diez y que necesitaba descansar un poco del viaje. No le gustó que me hubiera alojado en un hotel, pero tampoco me lo reprochó. Quedamos en que en media hora llegaría a su casa.

        Las palabras se nos aparecen a veces enormemente esquivas, y lo que a priori puede parecer una mera cuestión de tino, acaba convirtiéndose en un puro ejercicio de valor. No había en mí, pese a todo, la menor intención de disculparme. Pero en la distancia el desprecio es mucho más cómodo de representar que frente a frente.

        Di un largo rodeo antes de dirigirme sin más demora a casa de mi madre. Ahora era sólo la casa de mi madre, mi padre había muerto hacía algún tiempo, pero aún así nunca había llegado a ser realmente el hogar de ambos. En un principio, la ocupación de mi padre, representante para la zona norte de una empresa local de mantelería, le obligaba a permanecer largos periodos fuera de casa. Luego descubrimos que aquellas ausencias prolongadas escondían a su vez ocultas relaciones con otras mujeres. Cuando digo descubrimos me refiero sólo a mi hermano y yo, porque estoy seguro de que mi madre lo sabía desde el primer día, sólo que su vano orgullo le impidió reconocer hasta el último momento el fracaso total de su matrimonio.

        Era un tipo curioso, mi padre. Pocas veces lo recuerdo jugando con nosotros; la imagen más nítida que guardo de él es de cuando se sentaba en el amplio sofá del salón para dejar la mirada perdida a través de la ventana. No sé en lo que estaría pensando, quizá echara de menos alguna de las últimas mujeres con las que había estado, puede que añorara algún momento irrecuperable de su vida, pero verlo en aquella actitud indolente me hacía sentir lástima. Ahora pienso que fue un cobarde, incapaz de dar ese paso que siempre había deseado, de escapar de aquella familia mediocre que sin saber cómo ni por qué había ayudado a fundar. Gracias a su talento para los negocios, disfrutábamos de un nivel económico bastante aceptable, y eso sin duda alguna ayudaba a mantener aquella farsa dentro de unos márgenes aceptables para todos. Durante los últimos años de su vida, llegó a pasar largas temporadas fuera de casa, e incluso en algún momento creímos que ya no volvería. Pero siempre lo hacía. Era un jodido cobarde.

        Lo primero que advertí al ver de nuevo el rostro de mi madre era lo mucho que había envejecido. Cuando la dejé, todavía parecía una señora, un poco mayor ya pero plena aún de vigor. Ahora sólo era una vieja desaliñada y lacia que había perdido el aprecio por sí misma. He de reconocer que su aspecto me impresionó. A través del teléfono, su tono aún altivo me había llevado a engaño. Lamenté profundamente haber vuelto, no era ésta la imagen que me hubiera gustado llevarme de ella para el resto de mi vida, pero sin duda alguna era la que iba perdurar en mi cabeza hasta mi muerte.

        Apenas me preguntó cómo me iba. Yo tampoco quise saber hasta qué nivel de decadencia había llegado. No quería torturarla demasiado, y aunque probablemente apreciara mi visita, no lo parecía. Fría, oscura, altiva: no se daba cuenta de que su aspecto descuidado convertía toda su arrogancia en una pantomima ridícula, profundamente estúpida.

        –Iba a subir al tanatorio, he dejado sola a Celia. Yo me vine por si querías comer algo.

        Apenas si me acordaba de Celia, la mujer de mi hermano. No me apetecía nada verla, y mucho menos acudir a una exposición de cadáveres, los cuales poco pueden agradecer ya tu interés, así que estuve por decirle «no te preocupes, sube tú. Me caliento la comida que me has preparado y así me sirve de cena.» Pero ella quería que le acompañase. Ésa era probablemente la última oportunidad que le quedaba de sentir próxima a la familia, o lo que quedaba de ella: un hijo difunto, otro ausente y una nuera insignificante y baldía. Qué escasa renta para toda una vida.

        La imagen que formábamos los tres alrededor de aquel féretro parecía más que patética: era misérrima. Celia me dio dos besos fríos, sin llegar a rozarme la cara, y ni siquiera me miró a los ojos. Era también una sufridora nata, y quizá por ello se llevaba tan bien con mi madre. Había sido la primera novia oficial de mi hermano, se habían casado al poco tiempo y habían continuado juntos hasta el final, pero ella y yo apenas nos conocíamos. No nos guardábamos un especial aprecio, aunque tampoco nos repelíamos; más bien nos ignorábamos. Aunque nos habíamos visto varias veces, nunca habíamos hecho el menor esfuerzo por aproximarnos siquiera superficialmente. Creo que ni ella ni yo éramos demasiado amigos de mantener las formas.

        Nuestro silencio contrastaba con las animadas salas de al lado, donde familiares y amigos de los fallecidos aprovechaban para charlar despreocupadamente e incluso para contarse chistes sin gracia sin importarles un pimiento el significado del acto al que asistían.

        De repente, la voz de Celia surgió como el eco de un espectro, como si hablara más para sí que para los que estábamos con ella:

        –Lo rajaron por completo para hacerle la autopsia.

        Aquella frase, dicha en un tono lacónico y débil, delató que lo amaba, que todavía le quería: revelaba el dolor sordo del que sufre sin esperanza, del que se abandona sin remedio a la fatalidad. Tal vez por ese motivo, y porque yo también estaba enamorado, suscitó en mí cierta simpatía. Podía haberle cogido entonces la mano y sonreírle levemente, no hacía falta decir nada, un sucinto gesto puede reconfortar mucho más que la más profusa de las condolencias. Pero ni siquiera intenté mirarla. Nadie estaba cómodo en esa situación, y yo menos. Tampoco me sentía obligado a romper el hielo, así que me di media vuelta y salí al pasillo.

        El contraste de la sala en que estaba mi hermano con la contigua era evidente. Si no tuviera la seguridad de haber llegado al tanatorio municipal, parecería que me había perdido en una fiesta. A mí en verdad me importaba poco cómo se comportara la gente, e incluso me entretenía verlos reír y charlar alegremente. Me fijé especialmente en una joven, enormemente atractiva, que sin el menor decoro se insinuaba a otro muchacho no mucho mayor que ella sin que lo inapropiado del lugar pareciera importarle lo más mínimo. A mí me pareció un buen sitio para iniciar una relación, el sexo y la muerte siempre han estado de alguna forma relacionados: ambos conceptos suelen provocar a menudo reacciones extremas y cierta propensión a la morbosidad. Además, de ambas cosas sabía yo un poco. Sentí curiosidad por averiguar en qué derivaría finalmente aquel episodio, pero en ese instante dos individuos extraños se me acercaron despacio e interfirieron en mi ángulo de visión.

        –¿Es usted el hermano de Torralba?

        No los conocía de nada, y su aspecto tampoco me gustaba lo más mínimo. Pero pensé que serían amigos de Jaime que venían a velarle.

        –El difunto está en ese cuarto –les dije con desgana señalando la habitación donde aún permanecían mi madre y Celia.

        –Es contigo con quien queremos hablar.

        Aquel tono no era propiamente amistoso, parecía que quisieran intimidarme un poco. No tenía motivos de preocupación, acababa de llegar del extranjero y me sentía completamente ajeno a todo, así que no había razón alguna para ponerme en guardia.

        –Ustedes dirán.

        Quería aparentar indiferencia. Además, todavía mantenía cierta curiosidad por la muchacha frívola del otro cuarto y en cómo iba tejiendo en cada movimiento una minuciosa red para atrapar a su pretendido.

        –Este no es un buen lugar para hablar. Acompáñanos un segundo.

        Aquello empezaba a molestarme. Ni ese aire de secretismo con el que se comportaban, ni el uso incorrecto del tuteo, ni la aridez de su actitud iban dirigidos a obtener mi consentimiento.

        –Estoy en el velatorio de mi hermano. Les ruego que si tienen algo que decirme, sean breves y no me importunen más de lo imprescindible.

        Uno de ellos, el más alto, me miró como si acabara de echarlos de malas maneras. El otro intervino de inmediato, algo más conciliador.

        –Por favor, sólo será un segundo.

        Acto seguido me cogió por el brazo y me llevó con determinación aunque sin brusquedad a un rincón del pasillo algo más apartado. En ese momento Celia se volvió hacia mí y noté de inmediato su gesto de alarma cuando me vio junto a aquellos dos hombres, lo cual me alertó a mí también, así que opté por no mostrar resistencia y me dejé llevar dócilmente.

        –Sólo será un minuto, o eso espero –dijo el más bajo.

        La apostilla final me preocupó seriamente. No dije nada, los miré fijamente con intención de retener para el futuro las facciones de sus rostros y esperé a que comenzaran a hablar.

        –Tu hermano nos dejó una deuda considerable. Ahora, evidentemente, él ya no podrá devolverla, pero alguien debería hacerse cargo de ella.

        Aquellos tipos querían dinero. No sé en qué tipo de negocios estaría metido Jaime, pero era evidente que a mí ni me iba ni me venía.

        –Creo que deberían acudir a un juez y que les diera derecho sobre sus bienes. Yo no tengo nada que ver con lo que Jaime pudiera haber hecho en vida.

        Al alto, aquella observación mía no le gustó nada.

        –No nos toques los huevos. Tu hermano nos debía mucho dinero y no nos vamos a quedar a dos velas. Este tema lo vamos a solucionar entre tú y nosotros, sin más tonterías.

        –En total son unos cien mil dólares –dijo el otro–. Y hace ya días que tendríamos que haberlos cobrado.

        Entonces sí que me asusté realmente. No sabía con exactitud a cuánto ascendía dicha cifra en nuestra antigua moneda nacional, pero desde luego era demasiado. No sólo se trataba de una cantidad inalcanzable para mí, aquella situación además comenzaba a dibujarse excesivamente peligrosa. Como no era momento de discutir con esos tipos, pensé que sería lo mejor quitármelos de encima de inmediato.

        –No dispongo de ese dinero. No sé cómo podría conseguirlo, no soy millonario.

        El bajo, que representaba el papel de bueno, trató de ser condescendiente.

        –El plazo de tu hermano venció hace tiempo. A ti te podemos dar una semana. Es más que suficiente.

        Aquel margen me salvaba. Pasado mañana volvía a Francfort, y después todo esto quedaría como un mal sueño.

        –Intentaré hacer lo que pueda. No es mucho margen, pero puedo intentarlo.

        Lo importante es que se fueran. Yo estaba realmente asustado y lo único que quería era salir de aquel lance lo antes posible.

        –Nos volveremos a poner en contacto contigo. Espero que seas consecuente y que no largues lo que no debes. Confiamos en tu discreción.

        Se dieron la vuelta con intención de marcharse, pero antes, el alto me miró amenazante.

        –Y ni sueñes en salir del país sin saldar antes la deuda.