LAS FUENTES DEL NILO
© Carlos Manzano
Capítulo IV
El gesto de terror de Celia al ver a esos individuos me había hecho comprender que ella estaba al tanto de todo. No quería preocupar a mi madre, a quien yo suponía ajena a este asunto, así que, discretamente, nada más abandonar el tanatorio, me aproximé a Celia y le pregunté sin más preámbulos:
–¿Quiénes eran esos tipos?
Ella me miró un poco de soslayo y bajó la mirada rápidamente. Íbamos caminando detrás de mi madre, y daba la impresión de que su proximidad le violentaba un poco.
–Es una historia un poco larga de contar. Ahora no es el momento –y levantó la cabeza para mirar a mi madre–. Llámame esta noche.
Después sacó del bolso una tarjeta con un número de teléfono que me dio disimuladamente.
–Y por favor, que ella no se entere –añadió.
Yo necesitaba saber más ahora mismo. La situación no estaba para andarnos con rodeos.
–¿Son peligrosos? –insistí–. ¿Debo ir a la policía?
Eso la hizo reaccionar. Se detuvo de repente y me miró alarmada, como si hubiera dicho algo descabellado.
–¡Ni se te ocurra!
Y bajó la voz para añadir:
–Ellos mataron a tu hermano.
Aquello me dejó literalmente estupefacto. Celia reanudó el paso tras mi madre pero yo me quedé completamente inmovilizado. Se me helaron las manos y un sudor frío me recorrió el cuerpo de abajo arriba. Me volví hacia atrás, pero no vi nada sospechoso, nadie que nos siguiera. Todo había sucedido demasiado deprisa como para encontrarle un mínimo de sentido. ¿Qué pintaba yo en todo este asunto? Acababa de venir de Alemania, no llevaba ni un día aquí y ya mi vida corría peligro. Aquello no podía ser verdad, a lo mejor era una estúpida broma urdida por un secreto enemigo, una venganza que me habían preparado por el daño que pudiera haber causado en el pasado. Celia no podía dejarme así, abandonado en esa desesperante inseguridad que iba a terminar por quitarme el sueño. Necesitaba una explicación, y la necesitaba ya. Fui detrás de ella y la sujeté por el brazo, obligándole a mirarme directamente a los ojos.
–Escucha, quiero que me lo cuentes todo ahora, ¿entiendes? Esto no parece ningún juego, y si lo es, quiero saberlo ya.
Celia sabía algo, lo notaba en la forma en que me miraba. Tras pensarlo un segundo, se soltó de mi mano y alcanzó a mi madre.
–Herminia, lo siento, no puedo acompañarla ahora a casa. Coja un taxi, yo iré un poco más tarde. Quiero hablar a solas con Damián. ¿Le importa?
Mi madre no dijo nada, pero de inmediato se puso a buscar el taxi. Por suerte, aún estábamos cerca del cementerio, y en esta zona abunda este tipo de transporte. La montamos en el vehículo y después Celia y yo nos quedamos parados unos segundos en la acera, silenciosos, sin saber muy bien qué hacer ni qué decir.
–Vamos aquí al lado –dijo ella–, hay un café tranquilo donde podemos hablar.
Yo la seguí. Tenía que tener muy claras las ideas para actuar con seguridad. Si aquello era realmente tan peligroso, debía marcharme del país lo antes posible. Cualquier otra cosa era totalmente secundaria.
Entramos en un café de reciente apertura y nos sentamos al final del local, apartados de la gente, por otra parte escasa a aquellas horas. Me acordé del sabor de la cerveza de esta mañana y pedí una coca–cola. Celia pidió un agua mineral. Yo estaba ansioso por saber.
–Cuéntame quiénes eran esos tipos.
Celia parecía remisa a hablar. No sé si le daba miedo contarme de qué iba realmente aquello o es que no sabía bien cómo empezar.
–No sé mucho de ellos, sólo los había visto una vez con anterioridad.
Yo esperaba más. Buscaba en su mirada con la ansiedad de un condenado a muerte.
–Los vi un día con Jaime, un par de semanas antes de que lo mataran. Los vi hablando en un bar, muy alterados. Yo pasaba por la calle, pero sólo los miré unos segundos, no quería que Jaime me viera.
–¿Cómo sabes que lo mataron?
–No lo sé. No sé quién lo mató. Cuando los vi, me parecieron tan agresivos que al morir Jaime de esa manera enseguida los relacioné con su asesinato. Pero no sé quiénes son. Nadie, ni la policía sabe a ciencia cierta quién lo mató.
Me dio la sensación de que no me estaba diciendo toda la verdad. Aquellas dos expresiones suyas, cuando los vio junto a mí pero sobre todo cuando le sugerí llamar a la policía, eran la viva imagen del pánico. Yo quería que me lo contara todo.
–Necesito que me digas la verdad, Celia. A mí no me pareció que estuvieran bromeando. Me dijeron que Jaime les debía mucho dinero y que yo debía hacerme cargo de su deuda. ¿A qué deuda se refieren?
Le costaba mirarme directamente a los ojos. En otra situación, hubiese creído que una excesiva timidez le impulsaba a mostrarse reservada.
–No sabía que debiera dinero. Sé que estaba metido en ciertos negocios, pero no sabía que debiera dinero. Nunca me lo dijo.
–¿En qué negocios estaba metido?
–Algo así como de importación de animales.
Aquello no parecía muy peligroso. Pero a mí esta historia me sonaba a mafias, a trafico de drogas o algo así. Debía de haber algo más, y seguro que Celia lo sabía.
–Escucha, mañana mismo me largo otra vez a Alemania. No quiero saber nada de todo esto, pero si esos tíos están decididos a cobrar la deuda, irán también a por ti. Ándate con ojo. Y si sabes algo más, mejor sería que fueses a la policía.
Aquella advertencia pareció hacer algo de efecto. Satisfecho, me dije que no había nada como meter miedo en el cuerpo para avivar la memoria.
–Sé muy poco de sus negocios, nunca quiso involucrarme. A veces desaparecía semanas de casa y no me daba ninguna explicación. Yo pensaba que se iba con alguna otra mujer, o que salía de la ciudad. Hace tres meses estuvo en África, eso lo sé porque vi el billete de avión en un bolsillo de su chaqueta. Pero no le pregunté nada, se hubiera enfadado si llega a enterarse.
Para mí, la relación entre mi hermano y Celia era un absoluto enigma. No me había interesado nunca, y mucho menos desde que vivía en Alemania. Pero en ese momento advertí en ella signos de sufrimiento. Quizá estuviese aún enamorada de él, pero no tuve la menor duda de que Jaime le había hecho mucho daño: todavía parecía dudar de sus palabras cuando se refería a él.
–¿Iba todo bien entre vosotros? –pregunté de repente.
Nada más terminar la frase me di cuenta de lo poco acertado de la pregunta, dada la situación en que nos encontrábamos. Quizá necesitaba conocer la respuesta para adoptar una actitud correcta frente a ella: con los años, el sufrimiento me hacía simpatizar estrechamente con las personas. Pero Celia bajó la cabeza y no me contestó; era obvio que no deseaba continuar por ese camino, se sentía incómoda. Enseguida comprendí que era mejor volver al tema que realmente nos atañía a ambos.
–¿Sabe algo mi madre de los asuntos de mi hermano? –le pregunté.
Celia no contestó de inmediato, y aquellos segundos de duda me preocuparon un poco. Pero la respuesta fue tajante.
–No, no sabía casi nada de Jaime. En realidad, ellos dos apenas se veían. Toda la información sobre él le llegaba a través de mí. Desde que te fuiste, se encontraba tan sola que me hizo sentir una lástima enorme. Vuestra madre es una buena mujer, le habéis hecho los dos mucho daño, y no se lo merecía.
Aquella reprobación no me gustó lo más mínimo. No estábamos ahí para que me echara nada en cara. Es cierto que estos últimos años me habían ablandado un poco, pero no lo suficiente para hacerme sentir culpable de nada. Además, estaba metido en un asunto grave, y lo que menos necesitaba ahora era dejarme vencer por espurios remordimientos cuando lo que realmente necesitaba era determinación y calma.
Por ahora, sabía lo suficiente. Fueran criminales, mafiosos, traficantes de poca monta o parte de un grupo organizado de proxenetas, lo único cierto es que yo estaba de más en este país. Mañana mismo, tras el funeral, cogería el primer avión para Francfort y volvería con Hertha, mi único consuelo ante tanto disparate.
Acompañé a Celia hasta casa de mi madre dando un paseo. Echamos a andar despacio, como si el pequeño grado de intimidad alcanzado nos hiciera sentirnos bien. No fue necesario preguntar nada más. Ella misma, por su propia cuenta, tal vez como tardía respuesta a la pregunta que yo le había formulado con cierta indiscreción en el bar, me fue contando que su relación con Jaime se había ido estropeando progresivamente durante los últimos años. No me confesó que le pegaba, pero sí que tenían graves discusiones y que más de una vez había pensado en dejarle. No me explicó por qué no llegó a hacerlo nunca. Había trabado una estrecha amistad con mi madre, y muchas veces se pasaba las tardes enteras con ella, ayudándole en casa o charlando sobre temas insustanciales o sobre sus hijos. «El dolor o te vuelve egoísta o te aproxima a los que sufren.» Al decir esto me miró de reojo pero yo no respondí. Era verdad y nada tenía que añadir yo al respecto. También me contó que en el último mes había notado un pequeño cambio en Jaime, justo a su regreso de África. No podía expresarlo con palabras, pero parecía más abstraído, menos obsesionado con las cosas. Incluso ella misma llegó a soñar con que aquella maltrecha relación pudiera llegar a enderezarse. Pero su muerte había dado al traste con todo. Reconoció que a veces lo odiaba, sobre todo cuando se volvía violento e irascible, pero había llorado mucho su muerte. Si era sincera, cuando la policía se lo comunicó, no le extrañó demasiado. No iba con buena gente, eran tipos extraños, aunque nunca los llevaba a casa. Una vez vino con una cría de cocodrilo, le dijo que se la habían dado unos amigos, pero a ella le pareció extravagante y peligroso. Discutieron a causa del animal, ella no lo quería en casa, y finalmente consiguió que Jaime se lo llevara. En ese momento Celia me preguntó: «¿Tú crees que es normal traer un cocodrilo a casa?», pero no esperó mi respuesta. Me dijo también que Jaime a veces parecía un niño, cuando perdía el sentido de la realidad. Eso a veces le gustaba, pero cosas como lo del cocodrilo le ponían de los nervios.
Al llegar al portal de mi madre, Celia hubo de poner fin a aquella confesión casi desesperada. Yo apenas había dicho nada, porque lo que esa mujer necesitaba no era conversación, sino alguien que la escuchase. Nunca he entendido cómo algunas personas consiguen mitigar el dolor contando sus penas a los demás, pero viendo la serenidad que Celia mostraba en este instante, debía de dar resultado.
–¿Por qué no subes? Tu madre te lo agradecería.
Yo sabía que era cierto, y que tal vez le debía una visita en condiciones, pero ahora me encontraba cansado y tenía ganas de estar solo. Me recordó que mañana regresaría a Francfort, y puede que después del entierro nunca más volviera a verla. Sus argumentos eran convincentes, pero aun así no subí. Preferí volver lentamente al hotel, atemperándome en el frescor de la noche, con la esperanza de que un breve paseo me ayudara a coger el sueño lo más rápidamente posible.