LAS FUENTES DEL NILO
© Carlos Manzano
Capítulo V
Nada más llegar a la habitación, me quité los zapatos y me tumbé sobre la cama. Llevaba un día entero sin probar bocado, pero seguía sin tener hambre. Eran casi las doce de la noche y ni me había acordado de llamar a Hertha. Probablemente ya estaría dormida, aunque también era posible que estuviese aguardando impaciente mi llamada, no era de ese tipo de personas que enseguida dan el día por terminado. En este instante la echaba de menos, hacía apenas veinticuatro horas que había disfrutado de su cuerpo como nunca y eso avivaba su recuerdo con más ímpetu. Cogí el teléfono y marqué su número. Aunque era tarde, seguro que se alegraría de hablar conmigo.
–¿Dígame?
Su voz parecía apagada y torpe, producto de una evidente somnolencia, pero escuchar aquel timbre fue lo más reconfortante que me había sucedido aquel nefasto día.
–Perdona por la hora, ya sé que es un poco tarde, pero no he podido llamarte antes, no te imaginas el día tan agitado que he llevado.
–Acababa de coger el sueño, pero me alegra oírte. Ya pensaba que te habías olvidado de mí.
No era momento de contarle lo que me había pasado, así que tampoco tenía mucho más que decirle.
–Mañana por la tarde me vuelvo a Francfort. Te echo demasiado de menos.
Nunca me ha gustado parecer cursi ni remilgado, supongo que por herencia de mi madre, pero aquella era la primera vez que me encontraba a tanta distancia de Hertha, y hablar con ella por teléfono me produjo una singular excitación.
–¿Ya mañana mismo? ¿No vas a estar ni siquiera cuatro días? Eso es lo que se llama un viaje relámpago.
–Prefiero estar aquí lo menos posible. No me gusta este país, ni su gente ni sus costumbres. Además tengo ganas de hacer el amor contigo.
Esto último también era verdad, aunque no sé si realmente venía a cuento.
–Últimamente pareces más cargado de estrógenos que de costumbre, y no te puedes imaginar hasta qué punto eso me gusta.
Su voz sonaba cálida, dulce, suavemente melosa, lo que me excitaba aún más. Hubiera pagado por verla a mi lado aunque fuera sólo un segundo.
–¿Por qué no me dices algo cariñoso? Como si estuvieras aquí conmigo.
–¿No me digas que ahora te va también lo del sexo telefónico? No sé si sabré hacerlo bien. Me resulta algo forzado.
–Háblame despacio, me gusta oír el chasquido de tus labios. Descríbeme cómo estás ahora.
Me había excitado como un colegial. Llegado a este punto, no aspiraba sino a dejar brotar al exterior todo el deseo que en este instante embriagaba mis venas. Cerré los ojos y me dejé llevar por su voz sensual y plena de voluptuosidad que parecía rodearme por completo.
–No sé, llevo puesta una camiseta. ¿Quieres que me desnude? Me la voy a quitar para que me imagines. Ya. Ahora estoy completamente desnuda. Sé que te gusta verme así, si quieres cierra los ojos y mírame. A mí también me excita que me veas desnuda. Si cierro los ojos puedo verte aquí de pie junto a mí.
No se encontraba cómoda, era evidente que estaba representando un papel que no le agradaba, pero la extrema cadencia de aquel timbre límpido fue suficiente para despertar toda mi lascivia.
–Me voy a acariciar poco a poco, muy despacio, sólo rozándome con la yema. ¿Puedes sentirme? ¿Notas cómo me excito?
Había cometido la imprevisión de acostarme con la ropa puesta, así que finalmente acabé por marcharme los pantalones. Menos mal que me había traído otros de recambio.
–¿Te has corrido? –me preguntó al terminar aquel monólogo a cuyo contenido había dejado yo de prestar atención hacía ya algún rato.
–Como si te hubiera tenido a mi lado.
No parecía sentirse realmente a gusto practicando aquel juego. No le noté ningún tono de disgusto, pero aun así me pareció fría, demasiado distante.
–Ha sido un poco raro –dijo–, pero me alegra que te haya gustado.
Probablemente mañana recordaría todo esto como una soberana gilipollez, pero mi deseo había sido tan impelente que apenas si había pensado seriamente en lo que hacía. Confiaba en que mañana, cuando la viera y le contara todo, se haría cargo perfectamente de la situación.
Nos despedimos sin añadir apenas nada más y después me quité la ropa manchada. Aunque era tarde, una ducha caliente me sentaría bien. El sueño aún no había acudido a mí, así que todo lo que podía hacer era dejar pasar el tiempo hasta la hora del entierro.
No sólo me encontraba desganado, sino también insomne. No era de extrañar; después de todo, no se siente uno amenazado todos los días. Tampoco estaba seguro de que abandonar el país, así sin más, fuera la mejor solución. Tal vez debería haber avisado a la policía. Al fin y al cabo, me habían amenazado sin ningún miramiento. Pero no guardaba yo buen recuerdo de la policía. La última vez que traté con ellos, se comportaron conmigo como con un delincuente. Y lo cierto es que yo no había tenido nada que ver con el intento de suicidio de Diana, fue una suerte que llegara a casa sólo unos minutos después de cortarse las venas, si no, hubiera muerto sin remedio. Lo que pasa es que los pinchazos en los brazos no se les pasaron por alto. Y como Diana tardó tiempo en recobrar el sentido, no les quedó más opción que tomarla conmigo.
A pesar de todos mis esfuerzos, había vuelto a pensar en ella. ¿Qué otra cosa se puede hacer en una noche sin sueño? No es tan fácil controlar los recuerdos, y menos aún cuando hay tantas cosas que te llevan a la evocación. Aquella habitación, sin ir más lejos, se parecía mucho a la que ocupamos en San Sebastián la primera vez que nos fuimos juntos de viaje. Yo estaba absolutamente embebido de ella, había perdido por completo el juicio, entregado sin remedio a su voluntad. Y ella lo tenía todo, al menos todo lo que yo hubiera pedido en aquel entonces a una mujer: belleza, ardor, desinhibición, algo de locura y una desbordante sensualidad.
La primera vez que la vi, ni siquiera soñé con la posibilidad de pasar una mísera noche juntos. Ella era mucho más de lo que un tipo vulgar como yo puede esperar. Además, venía acompañada por Víctor, un amigo de la juventud, así que se trataba también de material vedado. A pesar de estar bien metido en la veintena, aún no había abandonado yo la ligereza propia de la adolescencia, y su exorbitante belleza me encandiló sin remedio. ¿Qué peligro puede haber en dejarse arrastrar hasta el mismísimo infierno por una hembra así? Pues eso fue exactamente lo que sucedió. Víctor, en el fondo mucho más sensato que yo, rompió con Diana a las pocas semanas, así que me empeñé como un poseso en sustituirle. Y no sabría explicar muy bien cómo, pero lo conseguí. La conseguí para mí. Si alguna vez he sido feliz en mi vida, aquellos primeros días merecerían sin duda ese calificativo. Aunque había tenido un par de novias un tanto aburridas, yo todavía era bastante inexperto en materia de sexo. Con Diana me convertí en el más concupiscente de los amantes. Aquel fin de semana en San Sebastián que ahora regresaba incólume a mi cabeza no fue sino una más de una serie de noches frenéticas donde el más leve asomo de rutina quedaría absolutamente prohibido.
Diana era caprichosa, bastante frívola también, y nada parecía tener límites para ella. A mí eso me entusiasmaba: a veces me llevaba a altas horas de la madrugada por callejones oscuros, casi olvidados, y en la esquina más putrefacta me bajaba los pantalones y se entregaba a mi miembro con un arte como no he vuelto a conocer jamás. Carecía del más mínimo pudor, y eso me resultaba tremendamente divertido porque a la vez me asustaba un poco, nunca sabes qué reacción puede tener la gente ante determinado tipo de provocaciones. Recuerdo un día de verano en que vestía una fina camiseta fuertemente ajustada que marcaba inevitablemente sus formas, ya que no usaba sujetador. Entonces se aproximó a una fuente y al beber mojó queriendo su torso en el agua, haciendo que sus pechos surgieran nítidamente a través de la camiseta ahora transparente. No sé el tiempo que anduvimos así por la calle, llamando la atención de todos y desafiando las miradas babeantes de los necios. A mí también me resultaba divertido: era aquella una ciudad mediocre, estaba bien romper con toda esa vulgaridad insultante.
¿Por qué se comportaba así? No lo sé. Nunca lo supe. Tal vez había tenido una infancia de niña mimada, quizá usaba aquella insolencia para ocultar otras carencias más sangrantes. Pero no hubieran pasado de simples travesuras de niña consentida de no ser por lo otro, por lo que vino después.
Me levanté de la cama y miré por la ventana. La calle estaba silenciosa y oscura, nadie transitaba hacia lugar alguno. Es una pena que no fumase: no se me ocurría imagen más patética que yo mismo mirando absorto por la ventana con un cigarrillo en la mano. Ni siquiera me había traído un libro con que distraerme. No tenía nada que hacer, carecía de herramienta alguna que me ayudase a apartar la imagen de Diana de mi cabeza, y aquella primera mención había desatado un torrente de recuerdos a los que ya no podía hacer frente. ¿Cómo no acordarse de la noche aciaga en que llegó a casa acompañada de un tipo extraño, de aspecto barriobajero, casi lumpen, me llamó al salón y colocó sobre la mesa un montoncito de polvo blanco mientras me invitaba indecorosamente a disfrutar con la maravilla más grande que jamás había probado hasta ahora? ¿Y cómo no olvidar no sólo mi irresponsable aceptación a su ofrecimiento, en cuyo disfrute participó también ese tipo infame, sino sobre todo mi inexplicable consentimiento a compartir nuestro sagrado lecho con él, a dejar que sus sucias manos palparan sus senos inmaculados, a permitir que la penetrara con la virulencia de un salvaje mientras ella se corría entre espasmos de placer?
Ahora todo me parece extremadamente vulgar, pero en aquel momento aquello representaba para mí el acceso a otro mundo, la entrada en un universo nuevo de sensaciones donde nada estaba prohibido mientras respondiera a la imponderable búsqueda del placer. Todavía estaba loco por ella, y me comportaba como un niño que sólo tiene la obligación de aprender, un niño que empieza a descubrir el mundo tal cual es, libre de tapujos y de prejuicios, carente de límites.
Pero en realidad me estaba convirtiendo en un payaso. Y los que me querían se daban cuenta. Nunca lamentaré lo suficiente haberle partido la nariz a Víctor, hasta entonces uno de mis mejores amigos, por advertirme del peligro en que estaba inmerso. Sólo se me ocurrió llamarle envidioso y resentido, hasta llegar a apartarme definitivamente de todos los que hasta ese momento había considerado amigos míos. Total para sustituirlos por aquella hueste de cafres que Diana frecuentaba cada vez más a menudo, a cuál más tenebroso, sucio, infecto y violento. Diana iba cayendo en un pozo sin fondo, y yo no me daba cuenta. Pero lo peor es que me arrastraba a mí también, tan inocente aún que no supe ver a tiempo la brusquedad del golpe que me esperaba.
La afición a la coca se desarrolló en mí con la misma pasión que el deseo por Diana. Y que de cuando en cuando viniese a nuestra propia casa con un personaje abyecto e indeseable es algo que llegó a alcanzar la categoría de costumbre (ni que decir tiene que lo que yo llamaba nuestra casa era en realidad su casa, sólo que era yo tan simple por aquel entonces que aún mantenía la ilusión de que realmente compartíamos la totalidad de nuestras vidas, lo que también incluía nuestras pertenencias). Alguna vez participaba yo también, pero otras me tenía que conformar con verlos fornicar sin el menor pudor.
El día que uno de esos tipos comenzó a pegarle no recuerdo el motivo, comprendí el peligro real que encerraba aquel juego. Me lancé sobre él con intención de separarlo, pero de inmediato pasé yo a recibir la brutalidad de sus golpes. Después sacó de no sé dónde una navaja y me la puso en el cuello. Tuve la sensación de que iba a matarme, fue una centésima de segundo pero creí estar muerto del todo, sin remisión. Diana intercedió rápidamente por mí, le suplicó que no me hiciera daño, le rogó por lo más sagrado que me perdonara, que disculpara mi insensata osadía, hasta que logró convencerle para que retirase la navaja de mi nuez y me dejara allí, completamente acobardado, sin capacidad para reaccionar.
Fue la primera señal de que aquello se me estaba yendo de las manos. Pero no quise verlo. Es más, durante la semana siguiente Diana mostró conmigo una ternura como no le había visto antes, y aquello me dio pie a pensar que íbamos a volver a la placidez de los primeros días, al mágico encanto de nuestras primeras noches, solos ella y yo, vaciándonos mutuamente.
Miré el reloj: las cuatro y media. En aquel tiempo, pocas eran las noches en que a esas horas me encontraba durmiendo, mi vida se alargaba hasta el crepúsculo. Ya entonces trabajaba yo en el banco como cajero, y todavía no comprendo cómo pude aguantar ese ritmo infernal sin volverme loco. Dormía por la tarde, mi único tiempo libre, todo lo demás lo dedicaba a Diana y a sus caprichos. Pero no siempre tales caprichos eran sólo para ella, a veces también pensaba en mí. Quizá para compensarme un poco por la paliza que había recibido días antes al defenderla, una tarde vino a casa con una jovencita, casi una niña, para que «disfrutara» con ella, me dijo. Al principio yo pensaba que iba en broma, pero nunca había hablado más en serio. No sé qué le hizo suponer que aceptaría aquel absurdo ofrecimiento. Yo sólo la quería a ella, no necesitaba de nadie más. Admitía sus devaneos con otros tipos, los comprendía incluso, pero yo no precisaba de ninguna otra mujer. Además, aquella chica no tendría ni dieciséis años, saltaba a la vista, y yo no era ningún pervertido. «¿De qué tipo de perversión estás hablando?», me dijo. Aún seguía siendo un necio, afirmó, preocupado por estériles normas puritanas que sólo servían para pudrirme por dentro. Si yo no la quería, ella misma se acostaría con la muchacha. Y a fe que lo hizo. No sé si por desquite o porque le iba todo, el caso es que la metió en el dormitorio y le propinó la mayor sarta de lengüetazos que pueda imaginarse. ¿Dónde empezaba y acababa la moralidad? En vez de enfadarme por lo que había pasado, no se me ocurrió otra cosa que reflexionar sobre la forma en que los prejuicios adquiridos estaban minando mis posibilidades de existencia. ¡Menudo cretino estaba hecho! Por la noche le pedí perdón, pero ella me contestó que sólo me perdonaría cuando me acostase de verdad con esa chica. Así que tuve que hacerlo. Me había convertido en un simple despojo humano, falto de voluntad y de carácter. Ni siquiera me di cuenta de que ya entonces llevaba los brazos marcados por las jeringuillas.