LAS FUENTES DEL NILO
© Carlos Manzano
Capítulo VII
Nunca hasta entonces había comprendido por qué algunas personas se empeñan en seguir un proceso de autodestrucción con el tesón de quien emprende el proyecto más entusiástico, desoyendo consejos, eludiendo compromisos y asumiendo con orgullo el dolor padecido como si de heridas de guerra se tratase. Nunca antes había sido capaz de explicarme cómo alguien puede hacer de la sinrazón el motor de su existencia, para qué ese hurgar con constancia en la propia herida hasta lograr que su purulencia infecte a los más próximos. Nunca había querido entenderlo hasta que conocí a Diana y sufrí junto a ella la tragedia de su aniquilación.
Durante meses continué sumido en el engaño de estar viviendo una auténtica liberación, de haber logrado superar rutinas y convenciones elevándome sobre la mediocridad del resto de mortales, convirtiendo la imprudencia en arrogante osadía, la provocación en aventura, la excentricidad en distinción. Tuve que padecer en mis propias carnes la más brutal humillación de mi vida para comenzar a darme cuenta de hasta dónde había llegado en aquella carrera insensata hacia la nada. Y siempre de la mano de Diana, cada día más enajenada, más irresponsable, más suicida.
Me presentó a aquellos dos tipos cuyo aspecto hubiera hecho desconfiar al más osado cierta tarde de verano en que nada hacía presagiar la venida de negros nubarrones. No estuvimos más de cinco minutos tomando juntos una cerveza en aquel bar infame donde habíamos quedado. Después me dejé llevar, como siempre hacía, sin preguntar adónde ni para qué. La habilidad de Diana para trabar amistad con los personajes más extraños estaba realmente fuera de lo común. Con ella había recorrido las más oscuras estancias que el ser humano pueda llegar a explorar, pero hasta ahora nunca habíamos infringido la ley, al menos de una manera flagrante. Cuando, con la misma habilidad con que abres la puerta de tu propia casa, aquellos tipos extraños decidieron expropiarle el automóvil a un pobre ciudadano, comencé a preocuparme seriamente por el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Diana, sin embargo, subió al coche con la despreocupación de costumbre, y yo, estúpido de mí, ni siquiera hice el menor reproche ante lo que acababa de presenciar.
Ella y yo nos colocamos en el asiento trasero y nos pusimos enteramente en las manos de aquellos dos desconocidos, dos irresponsables que un minuto después habían dado sobradas muestras de ser dos de los más temerarios conductores del planeta: ni las señales de ceda el paso ni los cruces de peatones atestados de transeúntes les merecían el más mínimo respeto. Reconozco que pasé miedo, pero lo que más me inquietó fue no observar en Diana el menor signo de intranquilidad. Daba la sensación de que para ella todo lo que estaba sucediendo era absolutamente normal.
Cuando por fin se detuvieron a la puerta de un bar, pensé que lo mejor sería bajarnos y abandonar de una vez a aquellos dos desequilibrados. Uno de ellos, el que hacía de copiloto, descendió del coche y entró en el bar. El otro se quedó esperando con nosotros. Cuando se giró y nos miró a Diana y a mí, sentí miedo. Entonces supe sin la menor duda que aquel absurdo episodio iba a terminar mal. Cogí la mano de Diana y la apreté con fuerza, pero no me atreví a decirle nada. Era ocasión de escapar, si nos quedábamos allí nos podía suceder cualquier cosa. Pero, incapaz por mí mismo de tomar una decisión que implicara a los dos, aguardamos totalmente indefensos a que el otro tipo regresara al coche. Parecía contento, y, lo que me resultaba más inexplicable, Diana también.
Salimos de nuevo, ahora en dirección al extrarradio. La conducción no mejoraba, pero casi puedo decir que ya me había acostumbrado. Al llegar junto a una vieja nave, se detuvieron. Bajamos los cuatro del coche, yo siempre pegado a Diana, como si llegado el caso ella pudiera ofrecerme protección. Entramos en la nave y nos sentamos en el suelo, en uno de los rincones. El tipo que había entrado al bar sacó un pequeño sobrecito del bolsillo y lo dejó sobre las piernas. Cuando vi la jeringuilla comprendí exactamente lo que estaba pasando.
Mi capacidad recientemente adquirida para admitir todo aquello que fuera contra las normas tenía no obstante algún límite, y enredar con la heroína era algo a lo que todavía no estaba dispuesto. Miré a Diana de inmediato, había llegado el momento de levantarnos y dejar por fin a aquellos tipos, pero enseguida comprendí que obtener aquel veneno había sido precisamente el motivo de este viaje.
No supe hacer nada más. Rechacé con educación el ofrecimiento para que me uniera a aquel rito fúnebre pero no me quedó más remedio que presenciar delante de mis narices cómo se atravesaban sus respectivas venas con una vieja jeringuilla cada vez más sucia de sangre. Cuando terminaron, los tres quedaron como extasiados, fritos en una palabra, y a mí no se ocurrió otra cosa que esperar.
Hasta entonces yo no sabía que Diana se metía de eso, y realmente el descubrimiento me impresionó. Al menos para mí, entre una raya y un pico había importantes diferencias, lo segundo estaba directamente relacionado con la muerte y la autodestrucción, era la droga de la marginalidad, de la miseria, de la desidia. Por entonces aún creía amar a Diana, y me dolió enormemente verla en aquellas condiciones: el rostro desencajado, la voluntad dormida, apoyada sin aliento sobre una pared sucia y desconchada que ejercía de metáfora de su propia existencia.
No sé el tiempo que estuve así, inmóvil y lívido, pero quizá pasaran horas. Cuando los tres recuperaron la conciencia, yo ya me había levantado para dar unas cuantas vueltas por la nave. Quizá mi rostro mostraba signos evidentes de pesadumbre, tal vez creyeron ver en mi actitud un alarde de desprecio, pero lo cierto es que en ese momento uno de los dos tipos decidió tomarla conmigo. Primero me insulto sin venir a cuento, que si yo era un maricón y no sé cuántas incongruencias más. Después que para qué había ido con ellos si sólo me gustaba mirar. Diana parecía un poco extrañada, pero no decía nada. Al otro tipo, todo esto debía de parecerle divertido, porque nos miraba sonriente y animado. Yo sólo quería marcharme de allí lo antes posible, estaba claro que no pintaba nada y ni se me pasaba por la cabeza enfrentarme a ninguno de ellos. Le hice un gesto a Diana para que saliera conmigo, pero entonces uno de los tipos se abalanzó sobre mí y me golpeó con violencia en la boca del estómago. Aquel golpe me pilló desprevenido, así que apenas me dio tiempo de protegerme. Me gritó algo que ahora no recuerdo y me agarró de los pelos, diciéndome que a él los maricones le daban asco. Diana hizo mención de intervenir, pero el otro tipo la detuvo enseguida. Entonces, por vez primera, vi su rostro dominado por el miedo, lleno de espanto, y me temí lo peor.
El tipo que me había golpeado no dejaba ni un segundo de insultarme. Cuando se puso enfrente y se desabrochó los pantalones, el pánico se apoderó de mí. Me dijo que a él los maricones se la chupaban, y me conminó a que hiciera lo propio. Yo apenas podía reaccionar; aún me dolía el estómago, pero lo que se avecinaba prometía ser mucho peor. Nunca me había visto en una situación así, y desde luego no estaba dispuesto por las buenas a satisfacer los antojos de aquel bárbaro. Me lo repitió varias veces, «me la vas a chupar», «me la vas a chupar», y lo único que yo veía era su miembro frente a mí y la cara de horror de Diana incapaz de hacer nada. Aún conservo la sensación de haber estado horas así, encorvado sobre mí mismo, totalmente inerme, humillado hasta niveles nunca imaginados. Estábamos a mucha distancia de la ciudad, nadie podía ayudarnos. Hicieran lo que hicieran con nosotros, nadie se iba a enterar.
Quizá le bastó con ver mi rostro deformado por el espanto, tal vez la vejación a que me estaba sometiendo le pareció suficiente, pero por suerte para mí finalmente desistió de obligarme a consumar aquel acto. Los dos individuos se rieron lo suyo, la cosa parecía haberles divertido bastante. Después, el que llevaba los pantalones bajados se volvió hacia Diana y le dijo que en realidad prefería que se la chupara una mujer como ella. Y delante de mis propios ojos, la que entonces pasaba por mi novia tuvo que arrodillarse ante aquel tipo deleznable y ceder a todos sus antojos. Aún hoy, cuando recuerdo aquel suceso, siento deseos de vomitar.
No sé por qué, pero ver a Celia con aquel aspecto tan acusado de fragilidad me hacía recordar a Diana, no a la Diana insolente y falaz de nuestras primeras noches, sino a la decrépita y luctuosa de sus últimos días.
Tras el incidente de la nave, las cosas empeoraron aún más. Lo único positivo de aquel hecho fue que despertó en mí un desconocido sentido crítico hacia Diana. Casi nada de lo que hacía me parecía ya normal. Empezaba también a ser consciente de cómo su presencia física iba decayendo a pasos agigantados: aquella muchacha de belleza extrema, piel limpia y ojos profundos iba dando paso día a día a algo más parecido a un mero cuerpo desgarbado, casi esquelético, con un rostro demacrado cuyas ojeras parecían haberse asentado bajo sus párpados a perpetuidad.
Quizá más por tozudez que por verdadera atracción, yo todavía la amaba. Intenté convencerla para que abandonase de una vez por todas aquella existencia miserable que la estaba matando poco a poco, pero fue del todo inútil; cada día más enganchada, era menos dueña de su voluntad. Incluso yo mismo tuve que salir a comprarle farlopa en un par de ocasiones. Como esperaba, la prostitución terminó por representar su única alternativa, haciéndole renunciar al menor ápice de dignidad, hasta perder la ilusión por la vida. Se la veía mustia, vacía, a veces parecía un fantasma deambulando por la casa.
Aquella situación afectó de manera decisiva a mi propia vida. Discutí con mi madre con tal virulencia que sólo en contadas ocasiones he vuelto a verla después. Mi padre murió al poco tiempo, y eso ni siquiera me afectó. Mi caída era también estrepitosa.
Cuando intentó quitarse la vida, yo ya había dado aquella lucha por perdida. Ahora pienso que si en vez de llevarla corriendo al hospital la hubiese dejado desangrarse en la bañera, todos habríamos ganado. Yo el que más. Su estancia en el hospital me trajo una revelación que por un instante congeló todo mi cuerpo: Diana tenía sida. Me aconsejaron de inmediato que me hiciera yo también la prueba, ya que era muy posible que me hubiese contagiado la enfermedad. La idea de morirme poco a poco, como una condena tortuosa e inexorable, me afectó mucho más de lo que hubiera imaginado. Me abandoné a la inactividad. Una oportuna baja médica por depresión me salvó de ser despedido de mi trabajo, que increíblemente había logrado conservar hasta ese momento a pesar del caos en que había convertido mi vida.
Tardé varios días en tomar una decisión al respecto. Me aterraba confirmar que yo era portador de aquel jodido virus criminal. Cuando trajeron a Diana a casa, el médico insistió en que necesitaba cuidados y mucho cariño, sobre todo esto último. Pero no estaba yo entonces para mostrar ternura por nadie. Me había sentido traicionado.
Empecé a sentir odio por ella, me dominó un atroz deseo de venganza y la culpé de haber echado por tierra lo que podía haber sido una existencia intensa y feliz, de destrozar para siempre dos juventudes, la suya pero sobre todo la mía, y de malograr aquel amor profundo que dentro de mi desesperación todavía le profesaba.
Cuando al final me hice la dichosa prueba, creí que se había producido un milagro: estaba completamente sano. «No todo el mundo se contagia», me dijo el médico al ver mi gesto de incredulidad. Había estado jugando con la muerte, caminando a la pata coja por el borde de un precipicio, pero al final había conseguido evitar la caída.
Cuando se lo dije a Diana, no pude dejar de sentir un agrado especial, tal vez el regusto de la venganza: ella se estaba muriendo y yo vivía. Diana no tenía más apoyo que el mío, en realidad estaba sola en el mundo, desdeñada por sus amigos cuando ya no les fue útil, pero aun así la abandoné. Todavía la quería, de eso no tengo duda, pero pudo más el deseo de hacerle daño y las ansias de vengarme en su sufrimiento y su dolor, unido al hastío que su sola presencia me causaba, que el cariño y el afecto que apenas pudiera mostrar ya por nadie.
Algunos años después, ya definitivamente instalado en Alemania, supe que Diana había muerto. Cuando la dejé, tuvo que volver a la prostitución, y la mala vida que nunca abandonó precipitó trágicamente su final. Lloré horas enteras, abandonado a la desolación más absoluta. Fue lo único que supe hacer por ella. En ningún momento tuve remordimientos, aquel episodio de mi vida había endurecido mi corazón hasta volverlo insensible, pero su muerte me trajo a la cabeza algo de nuestros primeros meses, aquella ficción fabulosa que creí vivir con la mayor intensidad, creyéndome dueño por completo del mundo. Sus hermosos ojos no brillarían nunca más, su belleza se había extinguido para siempre. Era la muerte de aquel animal indómito que fue en su día lo que tanto me entristecía.
Durante años todo esto había anidado oculto en mi memoria. Cuando se decide poner punto y aparte e iniciar una existencia totalmente nueva, el primer requisito es olvidar. No me podía dejar aturdir por recuerdos traicioneros que iban a pesarme como losas. Y lo logré sin demasiado esfuerzo. Pero mi vuelta a este país había azuzado aquellos espectros que creía definitivamente arrinconados y ahora me sentía incapaz de apartarlos de mi mente. Es más, su regreso había venido acompañado por un sentimiento del que en otra época llegué a carecer por completo: la culpa, o cuando menos la responsabilidad. Mi huida cobarde había sido eso, una injustificable cobardía. Sé que entonces las circunstancias apenas me dejaban espacio para otras alternativas: todo se había derrumbado a mi alrededor y sesgado de raíz la erupción de cualquier sentimiento. Pero ahora, si repasaba mi conducta de entonces, no podía juzgarla sino con verdadera dureza. Siempre había tenido claro que los años no iban a dejar lugar a la comprensión. De ahí mi empeño en olvidar. Pero todo había caído vencido por su propio peso. La misma Celia había contribuido a ello en no poca medida. Si me iba a Alemania y la dejaba allí sola, sin posibilidad de escapatoria, era como si volviera a abandonar a Diana de nuevo. Yo era otra persona distinta a la de hace seis años y tenía claro que si reincidía en la misma actitud cobarde de entonces, ninguno de los dos recuerdos me dejaría vivir en paz el resto de mi vida.