LAS FUENTES DEL NILO

© Carlos Manzano


 

 

Capítulo IX

 

        Después de acudir a la policía, nos dirigimos a casa de mi madre. Celia insistió en que lo mejor era mantener las apariencias, actuar como si nada hubiera sucedido; además, como esa misma mañana nos habíamos marchado sin despedirnos, puede que aún estuviera preocupada. No accedí de buena gana, pero era justo reconocer que Celia tenía razón. Además, visitar a mi madre acompañado de otra persona haría las cosas más fáciles para ambos.

        Cuando decidí volver a España para asistir al entierro de Jaime, uno de los principales motivos fue ver de nuevo a mi madre. Tenía claro que mi marcha era definitiva, y así debía serlo también para todos. Pero sentía que después de tantos años, y aunque solo fuera para que los remordimientos no me acosaran a su muerte, debía cumplimentarle al menos una visita y poner fin al enconado resentimiento que había definido nuestra relación desde la época de Diana. Siempre supe que no iba a ser tarea fácil, pero confiaba en que con pasar un par de días junto a ella, hacerle comprender que las cosas por fin me iban bien e interesarme aunque fuera someramente por su salud y su estado sería suficiente. Cuando nos encontramos por primera vez, no hubo ocasión para el diálogo; estaba enfadada conmigo por haber retrasado tanto mi visita, y además tenía prisa por volver al tanatorio. Yo tampoco hice nada por reducir su disgusto, y ni siquiera intenté pronunciar la menor expresión de disculpa. No estaba dispuesto a pedir perdón por nada, eso lo tenía muy claro, y tampoco creo que ella lo exigiera. Así que ahora, con las cosas aparentemente más calmadas y la ayuda de Celia, la esperada reconciliación podía resultar más fácil.

        No nos recibió mi madre con muy buena cara; tampoco nos pidió explicaciones por lo de esta mañana, pero enseguida comprendimos que no le había sentado bien. Celia le dijo que yo había tenido que hacer unas gestiones y que ella se había prestado a ayudarme, pero que sentía no habérselo dicho antes.

        Mi madre nos miraba con algo de recelo, pero la sordidez de su carácter le impedía expresar abiertamente sus emociones. Celia se comportaba de manera sumamente amable con ella, y para cualquiera que observase aquella situación a distancia, mi madre pasaría como una completa desagradecida: lo que antes era parquedad y comedimiento se había transformado con los años en rudeza, desafecto y acritud. «Tu madre ha sufrido mucho», me decía Celia, «entre todos le habéis hecho mucho daño, no la culpes ahora». Pero por mucho cariño con que se le hablase, de la boca de aquella mujer arisca no salía una sola palabra de reconocimiento, un escueto gracias con que compensar los largos minutos que Celia malgastaba a su lado, con que retribuir el esfuerzo, por escaso que fuera, de aproximarle aquella silla o proporcionarle tal o cuál objeto. Quizá en su fuero interno guardase la gratitud más inmensa por todo aquello, pero qué difícil resultaba averiguarlo.

        Con ese tono que más parecía de reproche que una invitación, nos ofreció quedarnos a cenar. Celia aceptó de inmediato.

        –Si la conocieras un poco tan sólo, comprenderías que es su forma de ser amable.

        Parecía que el maleducado fuese yo.

        –¿Cómo te van las cosas? –le pregunté para que advirtiera que por mi parte todo quedaba definitivamente olvidado.

        –La vida de una mujer sola no es fácil, y menos aún cuando los años se te vienen encima como si se te derrumbara un edificio.

        Si pretendía causarme lástima, no lo iba a lograr. Sólo tenía que tirar del recuerdo para impedirlo. Podía irme, por ejemplo, a la tarde en que le dije que me iba a vivir con Diana. No me costaría mucho esfuerzo revivir de nuevo su rostro de desprecio, su expresión próxima a la ira contenida, su frase lapidaria e incontestable:

        –Si te vas con esa zorra, no vuelvas más a esta casa.

        Diana se había dado a conocer ya en mi familia, y desde el primer día no simpatizó lo más mínimo con mi madre. Para ella, empeñada en alcanzar el más puro prototipo de vida burguesa, lo peor que podía suceder es que aquella hembra irreverente y deshonesta llegase a entroncar con nuestra propia estirpe. Yo, todavía obcecado por el orgullo, no podía tolerar que nadie, ni mi propia madre, mostrara aquel desprecio tan brutal por mi amada Diana.

        –No quiero que hables de ella de ese modo, no la conoces lo más mínimo. Y no pases pena por mí, cuando se escapa de la miseria no quedan muchas ganas de regresar.

        Probablemente aquella mujer furiosa pero obsesionada por no perder la dignidad no podría entender jamás por qué abandonaba ese espacio de salvaguardia y futuro que ella me ofrecía a cambio de un capricho incierto sin el más mínimo porvenir; hubiera aceptado de mí algún que otro escarceo como lo toleraba de mi padre, pero abandonar el hogar paterno por esa mujer a quien consideraba simple y llanamente una furcia escapaba a su capacidad de comprensión. Le era imposible imaginar cómo podía preferir yo la incertidumbre a la certeza, la complacencia más frugal a la consideración y el respeto, la ruptura y la falta de referencias a la seguridad ofrecida por nuestro verdadero círculo social.

        –¿Que no llame zorra a esa engaña-imbéciles que te ha sorbido el seso? ¿Pero de verdad piensas que realmente eres algo más que su entretenimiento de verano? No has vivido nada, eres un cúmulo de ignorancia, y encima te crees que ya has llegado al final de la vida, que ya estás de vuelta de todo.

        Había en sus palabras un innegable deseo de hacer daño, pero me conocía mal si pensaba que vejándome iba a conseguir que cambiara de idea.

        –No te insultes a ti misma. No sé lo que va a pasar mañana, pero sí sé que la alternativa que me ofreces no es muy sugestiva precisamente: mírate a ti misma, podrida por dentro, una mujer frustrada que ha vivido mucho, sí, pero ¿qué has sacado al final de todo? Un marido que te engaña y unos hijos que te desprecian.

        Había perdido por completo el control de mis palabras. Quise hacerle daño, y desde luego lo tenía bastante fácil.

        –Después de todo lo que he hecho por vosotros, lo que me habéis hecho pasar, no os importo lo más mínimo. ¡Y tú eres el peor de todos, el más desagradecido, el más inútil!

        Fueron palabras durísimas, y aún podríamos haber estado arrojándonos el uno al otro cientos de reproches durante horas. No exagero si digo que había odio entre nosotros, un rencor ciego que nos hizo olvidar quiénes éramos, que obturó durante años la más insignificante posibilidad de recomponer aquel vínculo tan brutalmente roto. Cuando salí de su casa, lo hice con el convencimiento de no regresar jamás. Pero ahora allí estaba de nuevo, mucho tiempo después, aunque quizá no el suficiente para que aquellas heridas profundas y sangrantes hubieran cicatrizado ya.

        –Está todo muy bueno, Herminia.

        Había interés en Celia por hacer que nos sintiésemos a gusto. Si intuía que estaba a punto de saltar el menor chispazo, enseguida intervenía para evitar que la llama prendiera de nuevo. Un segundo enfrentamiento tendría sin duda consecuencias irreversibles.

        –No se comen albóndigas como éstas en Alemania –corroboré yo.

        No era falso aprecio, mi madre siempre había cocinado estupendamente. Era quizá el único recuerdo agradable que me llevé de aquella casa.

        –¿Te vas a quedar mucho tiempo? –me preguntó de repente. Me pilló un poco por sorpresa, porque aquella interpelación llevaba implícita un grado de familiaridad que no esperaba. Como entonces tampoco sabía realmente cuándo iba a regresar a Alemania, le contesté lo primero que me vino a la cabeza.

        –Puede que cuatro o cinco días. Depende de cómo me vayan las cosas.

        Celia me miró pero no dijo nada. Quizá temía que la mujer comenzase a sospechar algo. Pero el tono de voz de mi madre era siempre el mismo: áspero, monocorde, hosco. Imposible adivinar su pensamiento.

        –¿Y te vas a quedar todo el tiempo alojado en casa de Jaime?

        Aquella pregunta no parecía albergar ningún tono de reproche, como si estuviera hecha desde la mera curiosidad. Pero Celia debió de sospechar algo, porque contestó en mi lugar.

        –No hay necesidad de que siga en un hotel. En casa hay sitio de sobras, hemos pensado que es lo más adecuado. Usted no está ahora para cuidar de nadie.

        Aquella respuesta sonó más bien torpe, demasiado improvisada. Parecía una excusa, pero mi madre no había pedido explicaciones. Notaba a Celia un poco incómoda, excesivamente preocupada por lo que aquella mujer llegase a pensar. Yo seguí comiendo sin añadir nada a la conversación.

        –No ha pasado ni una semana desde que lo mataron –dijo mi madre de forma seca y tajante.

        ¡Otra vez las jodidas aprensiones morales de la vieja! Eso era lo que más le preocupaba: que me alojase en casa de su nuera, la cual casualmente acababa de enviudar. Preferí comportarme como si eso no fuera conmigo. Al fin y al cabo, aquella censura iba dirigida a Celia, no a mí.

        –Damián es mi cuñado, además de su hijo –dijo Celia con voz suave, como si se estuviera dirigiendo a un niño–.  ¿Qué mejor sitio para estar que entre su propia familia?

        Habíamos terminado de cenar. Mi madre se levantó y comenzó a recoger la mesa.

        –Ahora os saco algo de fruta para postre.

        Sentí lástima de Celia, su situación no era fácil. Tratar de congeniar con aquella mujer antipática no era agradable, por mucha lástima que le tuviera. El futuro inmediato, además, se adivinaba complejo: en el mejor de los casos debería abandonar la casa en que vivía, y puede que el único sitio que le quedase fuera este mismo hogar, el de su intratable suegra. Así que no podía discutir con ella, lo cual a mí me parecía harto complicado, pero tampoco debía dejarse avasallar. Tal vez su mejor arma era que mi madre necesitaba de ella más que Celia de mi madre. Ésa era su única ventaja.

        –No ha estado muy amable la vieja que digamos.

        Caminábamos despacio por el paseo principal de la ciudad. Hacía un tiempo espléndido, una calurosa noche de verano como ya no recordaba. Estos eran los momentos que más echaba de menos en Alemania; ahora que tenía oportunidad de disfrutar de ellos, no hubiera sido justo que los rechazara.

        Celia parecía algo afectada por cómo la había tratado mi madre, pero era poco lo que yo podía hacer al respecto.

        –Hay que entenderla –decía–, a pesar de todo Jaime era su hijo. No es extraño que reaccione con tan poca amabiidad, que de cualquier detalle nimio haga una tragedia.

        –Siempre ha sido así.

        Me molestaba un poco ese afán de Celia por defender a mi madre a cualquier precio. No sé qué podía haber visto en esa mujer huraña, pero era indudable que sentía aprecio por ella.

        –Su carácter es algo desapacible, es cierto, pero es una buena mujer.

        Mejor dejarlo así. Si continuábamos hablando de ella, casi seguro que terminaríamos por discutir. Le ofrecí entrar en un céntrico café, no tenía yo ganas de ir a dormir todavía.

        –Si no recuerdo mal, aquí mismo había un café entrañable donde ni la música ni la gente te impedían conversar con tranquilidad. Espero que no lo hayan sustituido por un vulgar antro de copas.

        El café todavía estaba ahí, prácticamente igual a como lo recordaba, aunque con otro nombre. Me alegré de encontrarlo en idénticas condiciones.

        –Me gustaría que me contaras algo de Jaime –le dije nada más sentarnos.

        Había perdido la pista de mi hermano hace ya algunos años, antes incluso de irme a Alemania. Mi relación con Jaime siempre había sido un poco especial, nos fuimos separando paulatinamente sin que jamás mediara ninguna discusión entre ambos.

        Habíamos pasado nuestra infancia en total avenencia, favorecida entre otras cosas por la cercanía de edad. A diferencia mía, Jaime dejó de estudiar relativamente pronto y se puso a trabajar en un almacén. A partir de ese instante, nuestras vidas divergieron tanto que nos convertimos casi en dos desconocidos. Sé que cambió de trabajo varias veces, pero ahora no podría afirmar con seguridad a qué se dedicaba. Yo continué estudiando hasta perder toda relación con nuestro antiguo círculo de amigos. Algo después, supe que también él había dejado de verlos. Ni siquiera llegamos a mantener un solo amigo en común. A Celia la conocí una tarde en cierto bar de moda. Me la presentó de inmediato, nada más vernos, pero he de reconocer que en ese instante no me sedujo lo más mínimo: tuve la sensación de encontrarme frente a una mujer madura aunque joven en edad, de vida apagada y vulgar, cuya máxima aspiración era ocuparse de su marido y de sus hijos. Alguna vez venía a casa a comer, pero siempre que la veía me ratificaba en mi primera impresión. Se casaron poco después, una boda que cumplió punto por punto los pasos de una ceremonia común y corriente, lo que no hizo sino convalidar mis conjeturas.

        Poco más supe de ellos hasta hoy. Y no sé por qué, tenía la sensación de que no los había tratado con justicia, de que nunca había intentado hacerme con los suficientes elementos de juicio. Aquella era una ocasión tan buena como cualquier otra para rectificar mi negligencia. Creía, además, que había algo en la vida de Jaime que me atañía también a mí.

        –¿Qué quieres que te cuente? Era también tu hermano, más sabrás tú de él que yo misma.

        –Cuéntame cómo era –insistí yo–, qué le gustaba, cuáles eran sus sueños.

        No sé si aquél era el momento adecuado para exigir de Celia un ejercicio de evocación tan duro y tan ingrato; no podía olvidar que Jaime había muerto hacía apenas cuatro días, pero me dio la impresión de que no le costaba demasiado esfuerzo hablar de él.

        –En ese aspecto era muy normal, al menos no le conocí ningún anhelo especial que lo diferenciara del resto de la gente: quería ganar dinero, eso sí, y comprar una buena casa para nosotros dos; también le gustaba comer bien, quiero decir que se sentía atraído por la buena cocina, no que le gustara comer mucho. Y poco más hay que pueda decirte. No era nada especial.

        De momento, era la idea que yo guardaba de él. Pero seguro que en su existencia había algún detalle que me pudiera poner sobre la pista, un pequeño rasgo que revelase con algo más de profundidad su carácter.

        –¿Nunca te habló de viajar a ningún sitio?

        Celia negó con la cabeza al instante. Ni siquiera lo pensó unos segundos.

        –Creo que Jaime era todo lo contrario a lo que puede imaginarse de una persona aventurera.

        –Sin embargo, últimamente viajaba mucho, ¿no?

        – Pero sólo por cuestiones de trabajo, nunca por placer. Y tampoco lo hacía tanto: dos o tres veces al mes iba a Madrid, y, bueno, está también su último viaje a África, pero ya sabes el motivo.

        Ése era precisamente el punto al que quería llegar: su viaje a Tanzania. Estaba convencido de que había alguna razón oculta en su partida más allá de la simple misión comercial.

        –Me dijiste que cuando volvió de África lo notaste un poco cambiado.

        –Bueno, no podría decirte con seguridad qué le paso, pero desde luego se mostraba bastante menos… irascible.

        No quería hurgar en dolorosas intimidades que no me afectaban. Lo importante era confirmar la trascendencia de aquel viaje. Sin embargo, Celia se sintió en la obligación de ofrecerme más información sobre su vida en común. Puede que a partir de ahora quisiese jugar limpio conmigo, como si se sintiera en deuda por haberme engañado tantas veces antes.

        –Tu hermano Jaime cambió mucho al poco de casarnos. No se podía decir que antes fuera una persona excesivamente cariñosa, pero cada día que pasaba se mostraba más nervioso, incluso más agresivo. Se quejaba mucho del trabajo, de lo poco que le pagaban y de cómo le explotaban, y algunas veces la tomaba conmigo. No quiero decir que me pegara, bueno, alguna vez se le iba la mano... era sobre todo su facilidad para perder el control lo que yo no soportaba. Estuve tentada de dejarlo varias veces, te lo aseguro, pero cometí el error absurdo de no buscarme un empleo por mi cuenta. Eso era algo que Jaime no hubiera tolerado nunca, decía que ya ganaría él lo suficiente para los dos. En fin, que en ese momento dependía yo por completo de él. Pero no quiero darte una imagen excesivamente negativa de tu hermano, también era muy gracioso, a veces tenía un sentido del humor admirable, y normalmente se portaba muy bien conmigo, en todos los sentidos. Tenía mucha facilidad para conectar con la gente, no siempre era tan hosco como te he podido dar a entender. Algún tiempo después me dijo que había dejado la fábrica y que había encontrado algo mucho mejor. Me dijo que se había hecho comerciante, algo así como representante. Y lo cierto es que a partir de entonces nuestro nivel económico mejoró ostensiblemente. Como no me daba explicaciones, yo tampoco se las pedía. Nos vinimos a la que ahora es nuestra casa, nos cambiamos de coche, compramos muebles nuevos, y aparentemente nuestra relación se estabilizó en un grado que podía ser aceptable para ambos.

        Aunque nunca había tenido intención de averiguar tantos detalles de su vida íntima, me gustaba escuchar su relato de las cosas, era una manera agradable de ayudarme a tomar conciencia de la situación.

        –Creo que se portaba mejor conmigo porque se iba con otras mujeres. Nunca llegué a conocer a ninguna, y ni siquiera tuve pruebas irrefutables, ya me entiendes, pero por aquella época salía mucho, sobre todo a Madrid, y por ciertos detalles me daba cuenta de que había estado con otras: algunas pequeñas señales en el cuerpo, ciertas conversaciones que mantenía por teléfono con amigos y compañeros, el olor de algún perfume desconocido, no sé, detalles insignificantes que las mujeres sabemos advertir. Tenía mucho dinero y le gustaba gastarlo. Y yo, estúpida de mí, no hacía nada. Bueno, sí. Le engañé una vez, más por despecho que por otra cosa. Pero aquella forma de vida no me gustaba, no estaba hecha para mí, así que no lo volví a repetir más. Además, me podía el miedo a que me pudiera descubrir. Estuvimos en ese lapso varios años, aguantando no sé cómo ni por qué. Yo lo daba casi todo por perdido, mi única esperanza era que de repente, no importaba de dónde, apareciese alguien realmente importante en mi vida y me ayudara a dejar definitivamente esta ciudad, irme a otro país, para no a ver a Jaime nunca más. Pero como te habrás dado cuenta, hasta hoy no ha aparecido nadie.

        Aquella historia me sonaba, no tanto en sus términos formales como en su verdadera esencia. ¿Por qué, si la huida es la mejor alternativa en la vida de tanta gente, hay tan pocos que la elijan con todas sus consecuencias? Somos demasiado cobardes, el miedo al fracaso es tan poderoso que casi nadie se atreve a afrontarlo. Yo, sin embargo, sí había huido. Sin embargo ¿me daba eso derecho a dar lecciones a los demás? Era su vida, no era justo que entrara ahora a juzgarla.

        –Quizá la muerte de Jaime te suponga una verdadera liberación.

        Celia bajó la mirada y respiró profundamente. Después alzó los ojos y me miró profundamente, casi con desesperación.

        –Hay algo que nadie sabe, y me gustaría que siguiese siendo un secreto.

        Yo asentí con la mirada. Ser depositario de una confesión casi desesperada me gustaba, endulzaba mis sentidos, acrecentaba mi ego.

        –Jaime quería tener hijos. Y yo también, me hubiera gustado tener dos o tres hijos por lo menos. Al principio, que no me quedara embarazada le irritaba; en realidad íbamos tras ellos, pero no sabíamos por qué, el caso es que no venían. Ni él ni yo somos estériles, nos habíamos hecho las pruebas, pero no había manera de quedarme encinta. Cuando encontró su último trabajo, aquel ansia por ser padre disminuyó un poco. Sin embargo, al poco tiempo me quedé por fin en estado. Para mí fue como un shock. Lo último que yo hubiera deseado entonces era tener un hijo, había perdido toda la ilusión por ser madre; no estaba segura de adónde podía alargar la relación con Jaime, y un hijo lo único que haría es empeorar las cosas. Tuve miedo de que se enterara. Por suerte, esa temporada pasó muchos días en Madrid, y eso me dio tiempo para reflexionar. Al final, decidí abortar. No se lo dije a nadie. Busqué un buen médico, le pagué lo que me pidió y él hizo su trabajo lo mejor que supo. No me quedaron secuelas de ningún tipo. Aun hoy no me arrepiento de lo que hice. Si hubiésemos tenido un hijo, nunca me hubiera atrevido a escapar de él. Al final tampoco lo hice, pero saber que existía esa posibilidad me mantenía viva.

        Yo no dije nada. Aquella mujer necesitaba que la escucharan, llevaba años deseando que alguien lo hiciera, y el que me hubiera elegido a mí realmente me halagaba. Pero no supe qué decir. No le había propuesto tomar una copa con intención de escuchar el relato de su vida, pero tampoco me molestó oírla. En realidad, eso me proporcionaba una visión bastante ajustada de mi hermano. Pero mi duda seguía ahí: ¿por qué aquel viaje a África le cambió al menos en apariencia, porqué dulcificó sus modales?

        No era momento ahora de seguir interrogando a Celia. Se había hecho un poco tarde, y lo mejor sería regresar a dormir. Mañana nos esperaba un día ajetreado.