LAS FUENTES DEL NILO

© Carlos Manzano


 

 

Capítulo X

 

Tras muchos años de mantenerla en el más absoluto olvido, aquella noche soñé con Diana.

Durante los meses siguientes a mi partida, su presencia en mi vida se convirtió en algo obsesivo, casi enfermizo. Cada vez que me entregaba a algo que ya hubiese hecho antes con ella, volvía a imaginarla junto a mí o a recordarla en la misma situación. Sobre todo, no podía olvidar aquella última y patética imagen suya que me llevé a Alemania, acostada sobre la cama en un estado de degradación tan lamentable que hacía imposible reconocer hasta el más insignificante de sus primeros encantos. Muchas veces, mis alucinaciones tomaban aspecto de auténtica pesadilla.

El de hoy había sido un sueño extraño, cercano al erotismo, al menos en su comienzo. No lo recuerdo con exactitud, pero sí que Diana estaba desnuda sobre un camastro sucio y viejo y que me miraba maliciosamente. Yo me aproximaba hasta ella, sentía como sus manos tomaban mi miembro y lo llevaban hacia su boca. Después me corría brutalmente sobre su rostro en una eyaculación exagerada, realmente impresionante, como si le embadurnara la cara de nata. Pero ella no dejaba de sonreírme con ademanes desvergonzados. Entonces, de pronto, me daba cuenta de que lo que tenía frente a mí era casi un esqueleto, un espectro pútrido y ajado que me agarraba con desesperación. Yo sólo quería huir, pero aquel cuerpo ulcerado se aferraba al mío con una tenacidad inquebrantable. Quería gritar, pero mi garganta estaba muda. Miraba sus ojos y los veía dominados por la angustia, pero nunca perdía aquel gesto falaz, esa sonrisa provocadora y lasciva que parecía a punto de devorarme.

Me desperté sobresaltado y de inmediato me llevé la mano a la entrepierna. A pesar del sueño, no estaba mojado. Fue un alivio, porque esa noche había elegido dormir en el sofá, y dado que todas mis pertenencias habían desaparecido junto con mi maleta, no me había puesto pijama ni ninguna otra prenda.

Todavía era temprano, pero ya no tenía sueño. No quería hacer ruido para no despertar a Celia, así que me levanté despacio y me dirigí al cuarto de baño. Me lavé la cara y me miré en el espejo por primera vez en estos dos días: tenía un aspecto extremadamente fatigado, un rostro ojeroso y descuidado. Pensé que una ducha me iría bien, así que me metí en la bañera y abrí el agua caliente. Fue una sensación totalmente aliviadora. Me sentí tan a gusto que incluso canturreé algo, olvidando por completo dónde estaba. Era tanta la tensión que había soportado en las últimas veinticuatro horas que aquel instante de relajación disipó todas mis prevenciones. Cuando salí de la ducha, Celia estaba en la puerta aguardándome con una toalla en las manos.

–Anoche no me acordé de poner toallas limpias. Te he sacado ésta para que te seques.

No pareció importarle que yo estuviera desnudo. Me acercó la toalla con despreocupación y entró en el cuarto de baño esquivándome sin mucho cuidado.

–Si quieres afeitarte o arreglarte, aquí está todo lo de Jaime. En su habitación tienes ropa suya que a lo mejor te vale. Pruébate lo que necesites.

No me sentía incómodo en aquella situación. Celia se comportaba con absoluta naturalidad y he de reconocer que, salvo el instante inicial  en que reaccioné con algo de extrañeza, me gustó que me viera desnudo.

–Voy a preparar el desayuno. ¿Te gustan las tostadas?

Al salir por la puerta se rozó levemente conmigo.

–Llevo seis años en Alemania, lo suficiente para acostumbrarme a tomar desayunos fuertes. Te lo agradecería mucho.

Cuando salió, terminé de secarme y me dirigí al dormitorio en busca de algo de ropa. Una cosa es que me viera desnudo después de la ducha y otra que me paseara en pelotas por aquella casa. Tomé un albornoz de Jaime y luego rebusqué un poco en sus armarios para ver qué podía ponerme después.

Esa noche, antes de quedarme dormido vencido por el cansancio, había hecho mis propias elucubraciones. Trabajando en un banco tal vez pudiera acceder a un crédito rápido y pagar parte de la deuda de mi hermano. Pero cien mil dólares era una cantidad prácticamente inalcanzable para mí, y no entraba dentro de lo probable que esos tipos se conformasen con cobrar sólo una parte. Además, aquella claudicación me ataría durante años a una deuda que en otra situación nunca hubiera contraído. Pensé que tenía que haber otra manera de compensar sus pérdidas. Jaime había ido a Tanzania a cerrar algún negocio y su fracaso había determinado su muerte. ¿Por qué no ofrecerme yo mismo a terminar lo que él dejó empezado? Quizá esta idea pareciese una locura, pero si querían recuperar todo el dinero no veía otra solución. No tenía yo la menor experiencia en negociaciones y tratos como el que supuestamente debería convenir en Tanzania, eso es cierto, pero probablemente no habría más que ponerse en contacto con las personas indicadas y ajustar como mucho algunos flecos del acuerdo. Si todo salía bien, el asunto quedaría definitivamente liquidado y nadie tendría que asumir unos costes que no había ocasionado. Se lo dije a Celia durante el desayuno.

–¿Pero sabes lo que estás diciendo? –su primera reacción fue de absoluta incredulidad, cosa que yo esperaba–. Eso es un absurdo, no sólo lo veo imposible, sino absolutamente insensato; ni sabes ni te dejarían hacer eso, este es un asunto de mafias, tú no pintas nada.

Traté de exponerle los argumentos con minuciosidad. Y si a ellos no les gustaba la idea, tampoco perdíamos nada.

–No sabes con qué clase de tipos te la estás jugando, puede que luego no te dejen volver a tu vida normal. Si llegaras a trabajar para ellos, sabrías demasiado.

–Si no hemos ido a la policía ya, no hay motivos para pensar que lo vaya a hacer después, una vez que esté solucionado este tema.

–Me parece peligroso incluso que intentes hablar con ellos, Damián. A lo mejor esta idea les parece una provocación, igual pensan que te estás riendo de ellos.

Yo continuaba inflexible. Cuantas más vueltas le daba, más me reafirmaba en mi decisión. Quería viajar a Tanzania, penetrar hasta los más oscuros rincones del África real, culminar con éxito esa operación aún inconclusa y finalmente llegar hasta las orillas del lago Victoria para surcar sus aguas y alcanzar las mismísimas costas ugandesas. Aquel viaje prometía consumar el sueño truncado de mi infancia, mi más temprana ambición. Pero eso no podía decírselo a Celia, no me comprendería y además lo consideraría una injustificable frivolidad. No había más vueltas que darle.

–Lo tengo decidido, Celia. Ésa va a ser mi propuesta. A poco inteligentes que sean, no podrán despreciarla. Es la única forma que tienen de cobrar ese dinero.

Celia pareció dar aquella batalla por perdida. Se llevó la mano a la frente, bajó un segundo los ojos y luego me miró fijamente, con un gesto tan tenso que por un momento temí que fuera a echar definitivamente por tierra mi plan.

–¿Y cómo vas a hacer para comunicarles tu propuesta?

Tenía todo perfectamente preparado menos eso. No sabía dónde localizarlos ni cómo ponerme en contacto con ellos. No me habían dejado ni un teléfono ni una dirección; sólo me dijeron que ya se pondrían en contacto conmigo. No estaba todo perdido, únicamente tenía que esperar a que me llamaran. Pero aún así, había más alternativas. Me iría a Madrid.

–No me importa patearme todas las tiendas de mascotas de la ciudad, preguntaré donde haga falta, tiene que haber muchos lugares donde poder comprar este tipo de animales. Luego, seguirles el rastro será sencillo. Puedo hacerme pasar por alguien que colecciona crías de cocodrilo, o quizá simular que trabajo en algún zoológico. Lo único que necesito es determinación.

Celia, mucho más calmada que yo, me miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo. Después se levantó lentamente, fue a su bolso y me trajo un pequeño papelito con un número de teléfono.

–Si quieres hablar con ellos, llámales a este número.

Yo me quedé estupefacto. ¿De dónde había sacado esta mujer aquel teléfono? ¿A qué estaba jugando conmigo?

–Este número me lo dieron para que les avisara de dónde te alojabas, o si tenías intención de salir de España. ¿Cómo crees que adivinaron el hotel en que estabas? No me mires así, no tenía alternativa. Sus amenazas iban en serio. No quiero pasarme el resto de mi vida de puta.

No supe si alegrarme por el camino que me abría o irritarme al descubrir que había sido víctima de un nuevo engaño. Cada vez que me confiaba a ella, acababa descubriendo en su mano una nueva carta marcada. Sin embargo, aquel número me ponía en la dirección adecuada. Era la ocasión que esperaba.

–¿Hasta dónde has colaborado con ellos?

No estaba el asunto para delicadezas, parecía que Celia jugase en ambos bandos.

–También me hicieron falsificar tu firma. Es una de mis mayores habilidades. Encontraron un modelo entre varios papeles de Jaime, pero nunca me dijeron para qué la iban a usar.

Así que también tenía que agradecerle el robo de mis pertenencias. En realidad, si había una víctima en aquel extraño asunto era yo, implicado gracias a una serie de engaños que por exceso de confianza no había sido capaz de advertir a su debido tiempo.

–Tómate el desayuno tranquilo –me dijo–, tienes todo el día por delante.

Su rostro reflejaba un cierto deje de amargura. Era como si se hubiese desilusionado de repente. ¿No se trataba de sacarle a ella las castañas del fuego? ¿A qué venía entonces tanto mohín sin sentido? Le cogí la mano al mismo tiempo que el papel, y noté cómo en ese instante se le erizaba levemente la piel. Le hice un gesto conciso para que se sentara.

–Escúchame, vamos a jugar limpio a partir de ahora.

Celia se soltó lentamente de mi mano y se sentó obediente frente a mí. Llevaba los pelos revueltos de recién levantada y eso le daba un aspecto más informal, más próximo. También iba sin maquillar, pero su piel no lo necesitaba: siempre amanecía tersa, suave, inmaculada.

–No sé si te das cuenta de que no me he ido porque no he querido. Esto parece un asunto serio y no me gusta que juegues por tu cuenta. Vamos a intentar lo que te he dicho, y me gustaría que luego no me apuñalaras por la espalda. ¿Hay algo que deba saber que todavía no me hayas dicho?

Los ojos de Celia brillaban sutilmente encendidos por las primeras luces del día que se filtraban por la ventana.

– Que si tu idea sale mal, puede que no vuelva a verte más.

No dije nada. Tenía la cabeza demasiado aturdida como para analizar aquel cuadro con detenimiento. Podía entender muchas cosas, pero aquel embrollo se iba enredando más y más hasta semejar un extraño juego de rol donde nadie desempeña los papeles que se le suponen. ¿Qué pintaba yo realmente en esta historia? La mirada implorante de aquella mujer constituía toda una declaración. Quizá esperaba que le devolviera una leve sonrisa, cuando menos una pequeña mueca de comprensión, o tal vez que me levantara enojado y me fuera de esa casa para siempre. Continuó mirándome unos segundos más con aquellos ojos brillantes tan duchos en el arte de la persuasión, con aquel cabello alborotado cuyos rizos giraban en el espacio hasta reencontrarse unos con otros en perfecta armonía en espera de un gesto, de una mínima expresión mía. Pero fui incapaz de decir nada.

Me levanté y me di media vuelta; luego anduve unos pasos hasta una de las ventanas. El sol pegaba cada vez con más fuerza en los cristales y resaltaba las motas de polvo que resplandecían como pequeñas estrellas. Pensé que estaba llevando demasiado lejos mi teatralidad en un momento como ese, que todo podía ser más sencillo si no más lógico, que a veces las cosas surgen sin que nos lo planteemos de antemano, y que si me volvía hacia la habitación a lo mejor ella ya no estaba allí.

Cuando me giré, efectivamente Celia ya no estaba. Yo se lo agradecí. Tenía el papelito con el número de teléfono entre mis dedos, no me quedaban muchas más cosas por hacer, así que pensé que lo mejor sería llamar a aquellos tipos de inmediato y despejar esa atmósfera nebulosa y extraña que se había interpuesto entre ella y yo.

Fui hacia el teléfono y descolgué muy despacio. Aquello no era tan fácil, después de todo. No sabía quién me iba a responder al otro lado. Con la parsimonia que exige la serenidad, fui marcando uno a uno los números que contenía aquel papel y esperé nervioso a que diera los primeros tonos. Enseguida oí una voz masculina.

–Dígame.

–Soy Damián Torralba. Quiero hacerles una propuesta.

Hubo unos segundos de silencio. Después, tan sólo una palabra.

–Espera.

Estaba nervioso, aunque hacía todos los esfuerzos posibles para que mi voz no temblara. Tenía la sensación de que hasta entonces habíamos estado jugando a un juego de niños o tratando de descifrar un inocente jeroglífico, pero que a partir de este instante la situación se tornaba verdaderamente crítica: comenzábamos a asumir un riesgo real, enormemente peligroso.

–Escucha, Torralba: nadie te dijo que te pusieras en contacto con nosotros. No te salgas de tu papel.

No sé cómo, pero logré que las palabras salieran articuladas de mi boca.

–Tengo una propuesta muy interesante que hacerles, es preciso que hable con ustedes. Sólo pretendo que cobren el dinero, estoy hablando muy en serio.

De nuevo, silencio. Desde luego, aquel diálogo entrecortado no contribuía precisamente a facilitar la comunicación.

–¿No estarás intentando jugárnosla?

–Por favor, les estoy hablando totalmente en serio. Tengo que hablar con ustedes. Sólo quiero que escuchen mi propuesta.

De nuevo, a mis palabras siguieron unos segundos de silencio.

–Escúchame bien: a la una del medio día, acude al kilómetro treinta y cuatro coma cinco de la comarcal ochocientos noventa, exactamente junto a la señal de limitación de velocidad a noventa. Allí te recogeremos. No te retrases ni te adelantes. A la una en punto.

Después colgó. Me temblaba todo el cuerpo. Al menos me había dado tres o cuatro horas de margen, lo suficiente para reflexionar detenidamente lo que había de decirles. Sin embargo, ahora que ya había dado el primer paso, sin duda el más difícil, la cosa empezaba a parecerme poco clara.

Quizá me había precipitado, puede que aquella propuesta fuera en verdad tan descabellada como había afirmado Celia. ¿Por qué iban a confiar, así sin más, en un tipo vulgar como yo para establecer un acuerdo económico tan elevado? ¿Qué razón había para que me tomaran en serio? Nadie me conocía, no había demostrado nada hasta ahora, e incluso puede que fuera realmente incapaz de sacar adelante una operación así. Entonces tomé plena conciencia de mi situación. ¿Cómo me había podido engañar a mí mismo de aquella manera tan estúpida? La culpa la tenía mi obsesión por África. ¡Como si no pudiera ir a Tanzania cuando se me pusiera en las pelotas! Tenía que haber hecho caso a Celia, no se pueden tomar decisiones trascendentales con tanta precipitación, antes es preciso meditar muy bien todas las posibles consecuencias. Pero ya no podía volverme atrás. Lo que hubiese de suceder, ya no tenía remedio.

De repente, el teléfono sonó frente a mí. Me entró auténtico pavor, estuve a punto de no descolgar. Tal vez se lo habían pensado mejor y anulaban aquella cita insensata. Finalmente cogí el auricular y me lo llevé lentamente al oído.

–Ella tiene que venir también contigo.

Después colgó. Me giré entonces hacia la puerta y vi a Celia que me miraba con la misma cara de susto con que yo la estaba mirando a ella. No sabía cómo decírselo, no sólo me había metido yo hasta la cintura en aquella ciénaga nauseabunda, sino que me había llevado conmigo a la pobre Celia.

–Nos esperan a la una. Y no quieren que nos retrasemos.