LAS FUENTES DEL NILO
© Carlos Manzano
Capítulo XI
Durante las horas siguientes apenas nos dos dirigimos tres o cuatro frases intrascendentes, la situación no daba para muestras de euforia precisamente. Sabíamos que aquello no era un juego y que nuestras vidas estaban realmente en peligro. Yo no tenía ganas de hacer nada, sólo me apetecía esperar. Celia, algo ocupada en las tareas de la casa, parecía tan intranquila como yo. Además, aquel instante de sinceridad surgido durante el desayuno había levantado un muro invisible entre nosotros, nos había llevado a un punto tras el cual o seguíamos avanzando o retrocedíamos inexorablemente al principio. Y en ese estadio nos hallábamos ahora.
–Voy a bajar a comprar algo, me angustia estar sin hacer nada. ¿Quieres que te suba el periódico?
No tenía ganas de leer más desastres, con el mío era suficiente.
–No, gracias. No me podría concentrar en la lectura.
Yo ya me había vestido para salir a la calle, pero ella aún llevaba puesto el pijama de dormir; cuando cruzaba por el pasillo de una habitación a otra, se volvía ligeramente traslúcido, dejando entrever su silueta. Celia era una mujer guapa, no de una belleza deslumbrante, pero sí de rostro agradable y bien proporcionado. Mi hermano, mucho más atractivo que yo, se dejó cautivar enseguida por aquella mirada limpia que parecía no engañar nunca. Desde el principio me parecieron una pareja de chicos guapos pero algo estúpidos, vulgarmente juveniles. Pero era indudable que con los años Celia había madurado mucho, aquella primera apariencia vulgar y simple había dado lugar a una mujer de elegante apostura, rebosante de serenidad y aplomo, y eso aumentaba poderosamente su atractivo. Me parecía bastante triste que alguien tan deseable como ella, que sin mucha dificultad habría podido atrapar al individuo más esquivo con sólo proponérselo, hubiese desperdiciado su vida metida entre aquellas cuatro paredes prisionera de un tipo estúpido que nunca había sabido apreciar lo que de verdad valía. Si Hertha no hubiera aparecido jamás en mi camino, creo que no habría permitido que aquella dejación tan intolerable continuase por más tiempo.
Cuando apareció en la habitación vestida con aquel atuendo elegante y sencillo a la vez, me entraron unas ganas enormes de aproximarme a ella y abrazarla suavemente, de sentirla entre mis brazos, su cuerpo pegado al mío, compartiendo quizá por última vez aquel hechizo mágico que contra todo pronóstico había surgido entre nosotros. En ese momento me lo negué a mí mismo, pero ahora sé que la deseaba, que su sola presencia estimulaba mis sentidos.
–Vuelvo en un minuto.
La noté dolida, aunque quizá no conmigo, sino con ella misma. Tal vez las cosas no habían salido como tenía planeado, quizá no había sabido enfocar el problema correctamente, o puede que mi insistencia por fijar un encuentro con esos tipos hubiese mandando al garete su estrategia. De todas formas, cualesquiera que fuesen sus pretensiones, debía desengañarse respecto a mí: bajo ningún concepto tenía pensado quedarme en este país, mi vida estaba comenzando a tomar sentido en otro lugar y no estaba dispuesto a echar todo por tierra. Aquella mujer me gustaba, pero no tanto como para volverme loco; ya cometí ese error una vez, y las consecuencias llegaron a ser demasiado trágicas como para repetir de nuevo. Con Hertha me sentía seguro, ella había dotado de estabilidad a mi vida. Mejor dejar las cosas como estaban.
Me levanté despacio para dar una vuelta por la casa. Las habitaciones eran grandes, aunque escasas. El baño y el salón ya los conocía, pero lo que realmente me intrigaba era el dormitorio. Ya había entrado antes allí para escoger la ropa que ahora llevaba puesta, pero en ese momento sentí deseos de explorar un poco más, de rebuscar entre los cajones, de violar la intimidad de los armarios. Era evidente que ambos habían vivido un buen momento económico, los vestidos de Celia se multiplicaban en los colgadores como si se tratase de la boutique más suntuosa. No era un estilo de ropa que me entusiasmara, pero Celia lo lucía con indudable estilo. Cuando volviese a Alemania, a lo mejor le compraba a Hertha un vestido de esos, para ver cómo le quedaba. Hertha vestía demasiado informal, aunque concordara con su forma de ser; era más dada al uso de vaqueros, camisetas y alguna que otra minifalda: todavía era joven y le gustaba exhibir su juventud. Pero había una cosa que me hubiera gustado advertir en ella: un mayor esmero con la ropa interior. Tengo cierta afección por la lencería, y me atraen enormemente las sedas y las telas finas, pero Hertha se inclinaba por otras prendas más cómodas y baratas. Miré en uno de los cajones y descubrí un sinfín de corsés y sujetadores exactamente como a mí me gustan. No pude sino alabar el buen gusto de Celia en ese aspecto. Pensé que si cogía dos o tres para llevárselos a Hertha no se notaría. Pero no tenía lugar alguno donde guardarlos, así que me tuve que conformar con imaginar cómo quedaría con alguno de ellos puesto.
En ese momento volvió Celia. Yo cerré de inmediato el cajón y traté de fingir que estaba buscando algo de mi hermano.
–¿Sabes si Jaime tenía alguna chaqueta fina para ponerme? – le pregunté para disimular.
Ella me contestó desde la cocina.
–En estas fechas no solía llevar chaqueta. Estamos en verano.
–Tienes razón. Sólo quería ir un poco elegante.
Como en realidad no me había visto rebuscar entre los cajones, pensé que mi presencia en el dormitorio tampoco podía dar lugar a erróneas interpretaciones. Salí de la habitación y fui a la cocina.
–Tenemos que prepararnos para irnos, no quiero llegar tarde. ¿Dónde guardas las llaves del coche?
Celia estaba de espaldas a mí recogiendo las cosas en los estantes. Al agacharse para dejar unos botes, pude advertir sin mucho esfuerzo la marca de un diminuto tanga sobre sus glúteos.
–Ahora mismo te las doy.
Al girarse debió ver algún indicio de inquietud en mi rostro, porque se detuvo un segundo, me miró fijamente como si estuviera a punto confesarme algo importante, y salió luego de la cocina poniendo sumo cuidado en no rozarse conmigo.
En ese mismo instante el sonido del teléfono me sobresaltó. Miré instintivamente el reloj y comprobé que todavía quedaba casi una hora. No sabía qué podían querer ahora. Celia, que estaba en el salón, me miró un segundo y después descolgó el aparato. Su rostro inundado por el miedo se relajó de inmediato.
–Es para ti, Damián. Debe ser tu novia. Apenas he entendido lo que me decía.
Escuchar la voz de Hertha en un momento como ése fue el mejor bálsamo que me podían suministrar. Pero apenas teníamos tiempo para hablar, y además debía impedir que advirtiera mi nerviosismo.
–Te iba a llamar yo un poco más tarde. Ahora me disponía a hacer unas gestiones algo urgentes.
–¿Van bien las cosas por ahí? Si necesitas ayuda, no me importa ir a España contigo el tiempo que haga falta.
–No te preocupes, me quedan un par de asuntillos sin importancia, pero en cuanto los resuelva me vuelvo de inmediato contigo.
Entonces me di cuenta de hasta qué punto le estaba mintiendo. No tenía la menor idea de lo que pasaría después de la cita, puede que no volviera a verla en mucho tiempo. Si las cosas salían como había planeado, ¿cómo me las arreglaría para explicarle que me marchaba a Tanzania hasta no se sabe cuándo para dedicarme a una tarea que desde luego me ponía al margen de la ley? Todo se había precipitado drásticamente a mi alrededor, estaba perdiendo por completo el control de la situación, pero debía hacer lo posible para que Hertha no sospechara nada. Lo último que me perdonaría en estos momentos era preocuparla.
–Siento como si al estar tan lejos de mí nuestras vidas también se hubieran separado un poco, como si te hubieras vuelto a sumergir en el oscuro pasado de donde procedes, de donde saliste para introducirte en mi vida. Y es una sensación muy extraña, incluso tu voz suena distinta. Pero no quiero que te preocupes por mí, ya sé que soy un poco tonta, haz lo que tengas que hacer y tómate el tiempo que necesites.
Creí adivinar en su tono de voz una inflexión algo apagada, un deje apenas perceptible de tristeza. Nunca en la vida me perdonaría causar el menor daño a aquella criatura tan sensible, sería el crimen más brutal que pudiera llegar a cometer.
–Te volveré a llamar en cuanto pueda. Así me sentirás un poco más cerca –dije con intención de acabar aquella conversación lo antes posible. El tiempo corría muy deprisa.
Ella, con un acento extremadamente suave, casi suplicante, añadió:
–No olvides que te estaré esperando.
Después colgó sin darme tiempo a decirle adiós. No preguntó sobre la mujer que había descolgado el teléfono, pero algo me hizo pensar que era ese detalle precisamente lo que le había hecho ponerse más melancólica si cabe.
Celia permaneció en silencio mientras duró nuestra conversación. Como no entiende alemán, supuse que había estado pendiente sobre todo del tono de mi voz. De alguna manera, me esforcé en hacerle entender que yo amaba realmente a Hertha, que había establecido mi vida en otro lugar y que no pensaba abandonarla bajo ningún pretexto. Pero al mismo tiempo sentía lástima por ella, por su desesperanza, por el fracaso absoluto de su existencia y de sus proyectos. Me hubiera gustado hacer algo para sacarla de aquel estado de pesadumbre, por abrirle nuevas posibilidades en que volcar toda la pasión que hasta ahora apenas había expresado. Pero era muy poco lo que yo podía hacer por ella, no se me podía exigir el sacrificio de mi propia existencia, debía iniciar por sí misma su propio proceso de resurrección. Yo ya lo había logrado en una ocasión, así que sabía no era tarea imposible.
–Se nos hace tarde –dijo–, tenemos que coger el coche.
Salimos de su casa con algo de premura. Tenían un buen coche, un BMW bastante potente, que a pesar de mi escasa habilidad al volante conduje yo, tal vez porque necesitaba hacerme a la idea de que todavía mantenía cierto control de las cosas.
Íbamos bien de tiempo, no hacía falta correr mucho. A esas horas, además, el tráfico era bastante fluido. Celia se comportaba con extrema cautela, y parecía haber perdido algo de la tranquilidad que hace sólo un momento todavía conservaba. Hasta algunos minutos después de montar en el coche no pronunció palabra alguna; esperó a que hubiésemos abandonado las calles de la ciudad para comenzar a hablar.
–Pase lo que pase, quiero decirte que te estoy enormemente agradecida. Yo te metí en esto, pero nunca me lo has echado en cara. Tengo que confesarte que esperaba que cuando supieses la verdad te volverías de inmediato a Alemania.
Ni siquiera giré la cabeza para mirarla. Creo que si lo hubiese hecho se habría sentido intimidada. Aquella exigua confesión precisaba de mi silencio. Si me hubiese dicho lo mismo esta misma mañana, en casa, todo habría sido distinto; pero encaminados como estábamos hacia un destino imprevisible en el que todo podía ocurrir, había en esas palabras un poso de desesperanza que magnificaba su sentido, trascendiendo el significado literal de cada frase.
–Tengo la sensación de que llevamos con esto muchos días, aunque apenas hace cuarenta y ocho horas que llegaste –continuó–. Cuando te vi en el tanatorio, me pareciste completamente distinto a como te recordaba. Si te digo la verdad, hubiera preferido no encontrarme contigo, pero tenía que saber dónde te alojabas y qué ibas a hacer al día siguiente. En ese momento, lo único que me preocupaba era salvar mi vida. Pero ahora las cosas han cambiado mucho, sé que hice mal en meterte en este asunto tan sucio, y me siento bastante culpable por ello. Sólo quería decirte que lo siento de verdad.
Había contención en sus palabras y en su tono bajo y monocorde. Yo simulaba estar más atento al tráfico y a las condiciones de la carretera que a su discurso, pero no me perdía ni una sola de sus palabras. No sabría decir por qué, pero me sonaban tremendamente hermosas, llenas de sentido y de sinceridad.
–Si todo esto sale bien –prosiguió de nuevo–, me iré de este país, no importa adónde. Siento la necesidad de empezar de nuevo en algún sitio donde nadie me conozca, donde todo esté por descubrir. Ya no soy una jovenzuela ilusionada por el futuro, me conformo con que me dejen vivir en paz. Sé que seré injusta con tu madre, ahora más que nunca necesita compañía, pero no puedo hipotecar por más tiempo mi existencia. Ya lo hice con tu hermano, y ahora estoy pagando las consecuencias.
Nos aproximábamos al kilómetro treinta y cuatro coma cinco, nuestro enigmático destino. Todavía tenía tiempo para dar media vuelta y alejarme de allí antes de que fuera demasiado tarde. Si ambos teníamos intención de dejar el país, ¿para qué alargar aquella angustia más de lo imprescindible? Si me hubiera dicho esto unas horas antes, habríamos escapado juntos sin temor a represalias ni venganzas. Incluso hubiera podido decirle que se viniera a Alemania conmigo, que yo la ayudaría a buscar trabajo, a instalarse lo más cómodamente posible. Entonces la miré por primera vez y descubrí una mirada pétrea, perdida en el horizonte, desesperanzada y lánguida, unas manos tenues que se entrecruzaban sutilmente, un perfil menudo pero frío y unos sueños marchitos.
Si hubiera actuado con rapidez, habríamos tenido tiempo de torcer en el primer desvío, incluso de haber acelerado bruscamente para cruzar como una exhalación ante sus ojos sin darles tiempo a reaccionar. Pero al mirarla perdí toda capacidad de iniciativa, me quedé tan completamente inmovilizado que cuando quise reaccionar aquel coche aciago apareció justo frente a nosotros. Estábamos ya irremisiblemente al alcance de sus miradas y de sus pistolas.