LAS FUENTES DEL NILO

© Carlos Manzano


 

 

Capítulo XII

 

El pánico estaba a punto de desatarse en mí. Nos bajamos muy lentamente del coche bajo la mirada imperturbable de uno de los pistoleros, un tipo desgarbado que pasaría por cualquier cosa menos por lo que se dice un mafioso. Tampoco el automóvil aparentaba pertenecer a nadie distinguido: era un viejo Peugeot 405 con bastantes kilómetros en sus ruedas, la pintura desgastada en algunas partes y numerosos bollos en la carrocería.

Tras hacernos pasar a los asientos traseros, el gángster entró en el sitio del conductor y arrancamos de inmediato. Había imaginado una escenografía más artificiosa, más pensada para impresionarnos, pero cualquiera que hubiese presenciado aquella situación lo último que llegaría a imaginar es que estábamos en manos de una organización criminal y que nuestras vidas corrían verdadero peligro. Sea como fuera, el miedo no nos había abandonado en absoluto. Me acordé de aquel suceso similar vivido años atrás junto a Diana y cuyo recuerdo nunca he podido arrinconar del todo, y me acobardé aún más. Sentada a mi lado, Celia aparentaba más entereza que yo, sabía dominar mucho mejor sus emociones.

Se supone que nos iban a llevar hasta uno de los jefes de la organización para que escuchara mi descabellada propuesta. Hasta ese instante, yo había podido huir cientos de veces, había disfrutado de innumerables ocasiones para escaparme por tierra, mar o aire, pero ahora ya estaba todo perdido. Si algo nos ocurría, nadie se iba a enterar. Mi vida dependía de un tipo a quien no conocía lo más mínimo pero que imaginaba poco dado a la comprensión ajena. Cada minuto que pasaba era más consciente de lo desesperado de la situación, del trágico riesgo que estaba asumiendo, del peligro real en que había puesto mi propia vida. El ánimo me abandonaba por momentos, a punto de llegar al pánico, y hasta por un segundo llegué a pensar en la posibilidad saltar del coche en marcha.

Celia me cogió de la mano y me sonrió levemente, con un gesto apenas perceptible pero que en aquel momento significó para mí la más cálida de las caricias. Por un instante, sentí que ir hacia la muerte con esa mujer hermosa no era tan mala elección. No quería pensar en Hertha y en lo que sufriría cuando se enterase. No estaba jugando sólo con mi vida, de mis decisiones dependía la felicidad y el futuro de más gente, gente a quien por nada del mundo hubiera querido causar el más leve daño. Como si adivinara mi pensamiento, Celia apretó sutilmente mi mano y me miró tratando de consolarme. «Morir para mí no significa nada», parecía decirme, «pero tú tienes alguien esperándote. No te rindas».

Casi quince minutos después de recogernos –un periodo que se me hizo eterno, interminable, brutalmente lento– el coche se detuvo. El mismo tipo que nos había invitado a entrar, nos hizo salir del automóvil. Nos rodeaba un paraje árido, casi desértico, de los muchos que abundan en las proximidades de la ciudad. Era mediodía y el calor apretaba fuerte. Había estado yo tan ensimismado en mis especulaciones que ni siquiera me había fijado en el camino que habíamos tomado. Nos hizo andar unos cuantos metros hasta una borda de pastores. Allí distinguí al instante a uno de los tipos del tanatorio, el más bajo, lo cual me alegró un poco, quizá porque era el único elemento reconocible en un escenario donde todo lo demás se presagiaba completamente imprevisible.

–No esperábamos verte tan pronto –me dijo, probablemente a modo de saludo.

Yo le sonreí, intentando caerle simpático. Miré alrededor pero no vi a nadie más. Celia aguardaba en silencio junto a mí, tal vez en busca de cobijo. Si algo se torcía, poco podría hacer por ella. Espero que lo entendiese.

De detrás de la caseta salió el otro tipo del tanatorio, el alto, terminando de abrocharse los pantalones. Vino hacia nosotros pero no dijo nada. Entonces el primero, el bajo, se dirigió a mí de nuevo:

–¿Tienes ya el dinero?

La cosa no empezaba bien. Ni siquiera se me había ocurrido llevar un adelanto, una señal por si desconfiaban de nosotros. Cuanto más pensaba en lo que había hecho, más maldecía mi inconmensurable estupidez.

–Tengo que hacerles una propuesta para que recuperen todo el dinero que mi hermano les debía.

Eso ya se lo había dicho por teléfono, pero esperé a que mostraran un poco más de interés para exponerles mi idea con detalle.

–Espero que no nos hayas hecho venir para nada.

Yo buscaba la presencia de alguien más, alguien importante, porque esos dos tipos no parecían más que dos lacayos estúpidos cuya única habilidad consistía en imponer miedo.

–¿No ha venido ningún jefe para hablar?

Mi pregunta no les hizo demasiada gracia.

–¡Qué jefe ni que hostias! Dinos lo que sea, no tenemos toda la tarde para esperar.

Miré a Celia buscando algo de lógica en todo aquello. Esos dos brutos no parecían estar en condiciones de dirigir ninguna organización mafiosa. Algo desafinaba en aquella ridícula representación.

–Quiero proponerles que sea yo quien sustituya a mi hermano en la gestión que tenía que hacer en Tanzania. Me ofrezco para ir a África, hablar con quien sea y arreglar el negocio que él dejó por terminar.

Como si les hubiera contado el mayor disparate del mundo, se miraron incrédulos y luego se giraron hacia mí con ademán amenazante.

–¡O eres gilipollas o nos tomas por imbéciles! ¿Se puede saber de qué vas?

Aquella primera idea les había ofendido. Se hacía necesario matizar algo más mi plan.

–Sabemos que mi hermano estuvo en Tanzania hace poco tiempo y que tenía una misión que cumplir allí. Sabemos también que por algún motivo no la llevó a cabo, y por eso he pensado que podría hacerme cargo yo de esa tarea inacabada.

El tipo alto pareció bufar como un caballo y acto seguido se dio media vuelta como si con ese gesto diese más firmeza a su enfado. El otro nos miró a Celia y a mí dando a entender que había perdido toda su capacidad de contención.

–¿Pero de qué cojones me hablas? ¿Te estás cachondeando de nosotros o qué?

La situación, desde luego, se me había ido de las manos. Tuve la sensación haber equivocado completamente el diagnóstico. Sentí miedo de que aquellos tipos pensaran que les había tomado por tontos, que quería tomarles el pelo o algo así. Me había lanzado a tumba abierta por una carretera de la que desconocía si tenía arcenes e incluso si estaba debidamente asfaltada, con un coche sin frenos y con el acelerador pisado a tope: sólo quedaba esperar la curva en que finalmente me estrellaría.

–Lo único que quiero es dar por zanjado este asunto de la mejor manera posible para todos –acerté a decir dentro de aquel caos en que estábamos atascados–. Es la única manera que se me ocurre de que recuperen todo el dinero. No soy millonario, mis ingresos son limitados, no puedo hacer frente por mí mismo a toda esa deuda.

Parecía que pretendiese causarles lástima, pero lo único que iba a conseguir por ese camino es irritarles aún más. Celia me miró asustada, y yo no supe sino devolverle un gesto de absoluto desconcierto.

–¿Pero quién te ha contado que tu hermano no llegó a ningún acuerdo? ¡El muy cabrón se quedó con el dinero y nos dejó tirados a éste y a mí! Eso es lo que hizo. Lo tenía todo muy bien pensado, puso el dinero en una cuenta a nombre de su puta y nos la quiso colar contándonos que al final ellos se habían vuelto atrás. ¡Nos tomó por imbéciles! Y eso es algo que no vamos a tolerar a nadie, ¿entiendes?

El otro se volvió de repente y me agarró por las solapas.

–Y ahora tú nos la quieres meter otra vez, como si fuéramos gilipollas ¡Pero esta va a ser la última vez que intentan darnos por el culo! ¡La última!

Si hubiera mantenido un mínimo de sangre fría, habría echado a correr hacia cualquier lugar, pero estaba tan atenazado por los nervios que no se me ocurrió qué hacer ni qué decir.

–¿Qué es eso de su puta? –intervino Celia por vez primera– ¿A qué cuenta se refieren?

Aquello pareció causarles gracia. El tipo alto me soltó, ambos se miraron divertidos y luego se dirigieron directamente a ella.

–Pobrecilla, ¿no me digas que no sabías nada? También se olvidó de contártelo a ti. ¡Ja, ja, ja…!

Por suerte, aquel inciso les distrajo un poco. Yo seguía sin comprender nada, pero la atención de aquellos dos tipos pasó a recaer directamente sobre Celia.

–No nos referíamos a ti –y lanzó dos o tres carcajadas tan exageradas que sonaron brutalmente desagradables–, nunca te llamaríamos así. Pero ya es hora de que te enteres de quién era ese cabrón que tenías por marido, de cómo te la estaba jugando. ¿No sabías que esa misma tarde se iba a ir del país con una puta rusa o algo así? Lo tenía todo perfectamente preparado, los billetes de avión, las transferencias bancarias, la manera de engañarnos… Pero le pillamos en el último momento. Je, je… casi se sale con la suya. Sólo nos faltó hacernos con el dinero, pero su puta consiguió coger el avión a tiempo y con ella perdimos también la pasta. Así que otra persona tenía que hacerse cargo de su deuda, ¿lo comprendéis, verdad?

Celia estaba lívida. No es que desconociera las aventuras de mi hermano, pero aquella revelación le afectó realmente. Puede que jamás hubiera llegado a imaginar que podía ser abandonada de esa forma, y tal vez eso le hiciera sentirse brutalmente traicionada. Una cosa es que le engañara cada dos por tres y otra que la dejara tirada sin un duro. Yo, al menos, creí entenderla perfectamente.

Pero a aquellos tipos, verla tan desconcertada pareció divertirles bastante. Durante unos segundos, pareció que disfrutaban con aquella historia. Desde luego, su sentido del humor era bastante peculiar.

Celia quedó muda. Creo que hubiera preferido conservar la imagen de Jaime como la de alguien que tras una vida de errores y excesos había cambiado felizmente, aunque hubiese sido a última hora, antes que llegar a saber la verdad. Quizá lo que más le dolía era haber aguantado junto a él tantos años y soportado tantas humillaciones sin ser capaz de asumir la única salida digna que le quedaba, y acabar después enterándose de pronto de que eso era precisamente lo que él tenía pensado hacer con ella. Hasta en lo que debía haber sido su venganza se le había adelantado.

Después, los dos tipos recobraron su usual desabrimiento para dirigirse nuevamente a mí.

–¿Entonces, del dinero, nada de nada?.

Yo no sabía muy bien qué decirles. Pensé en pedirles más tiempo, en inventar alguna excusa que justificase el retraso, pero en aquel momento las ideas no venían con facilidad a mi cabeza. Estaba claro que no se conformarían con una simple promesa; si quería salir vivo de aquel lance, debía ofrecerles algo más.

–Les daré el dinero en cuanto pueda, se lo prometo –argüí convencido de que una proposición así no iba a obtener ningún resultado–, no es nada fácil recoger una cantidad tan elevada en tan poco tiempo.

Si se les miraba desde lejos, como dos individuos con los que te cruzas un día cualquiera por la calle, no es que diesen mucho miedo. Pero ellos habían matado a mi hermano, y no me cabía duda alguna de que no les temblaría el pulso si decidían hacer lo mismo conmigo.

Entonces, el bajo, hasta entonces el más comedido, habló de nuevo.

–Ya estamos hartos de tonterías, de que todo el mundo pretenda engañarnos. Y no hemos venido aquí para escuchar más mierdas, así que no nos iremos con las manos vacías: nos quedamos con ella –dijo señalando a Celia, cuyo rostro se congeló de repente para mostrar la expresión de espanto más espeluznante que recuerdo haber visto nunca–, a ver si de esa manera nos empiezas a tomar en serio. Así que ya te puedes ir espabilando si quieres volver a verla otra vez.

Celia me miró presa del pánico. No dijo nada, sólo me miró incapaz de realizar movimiento alguno. Aquello nos pilló desprevenidos a todos, creo que hasta a ellos mismos, obligados a improvisar veloces movimientos a causa de su incapacidad para diseñar una estrategia coherente. Y lo peor es que no se me ocurría qué hacer. Todo se iba desorbitando alrededor nuestro como un río que empieza a desbordarse poco a poco.

Así que aquel movimiento se me ocurrió de repente, sin ser del todo consciente de las consecuencias que acarrearía, pero nos hallábamos en un punto límite y no se me ocurría nada mejor:

–Celia era la mujer de mi hermano. Yo apenas la conozco. Que se queden con ella no les garantiza que yo vaya a devolverles el dinero. Si les digo la verdad, por mí pueden hacer por ella lo que quieran. No me importa lo más mínimo.

Pero no fue una jugada inteligente. No medí bien su trascendencia ni hasta qué punto aquellos individuos habían perdido el control de la situación. En realidad, los cuatro habíamos superado con creces nuestra habilidad para actuar con lógica y con sensatez. Mi envite, arriesgado donde los haya, los ponía a ellos también en una situación extrema; sin darme cuenta, había desafiado su poder de intimidación, había cuestionado su posición privilegiada. Y de eso ambos se percataron enseguida. Creo que en ese instante advirtieron también que su plan se les estaba escapando de las manos, y, probablemente por su escasa preparación y por su incapacidad para sopesar las consecuencias de sus actos, hicieron lo último que yo esperaba que hicieran.

El tipo alto dio un paso al frente, se situó junto a Celia y le puso su pistola en la sien. Todos, incluidos ellos dos, quedamos paralizados por completo. Yo, desde luego, no esperaba una reacción así. Y no se ocurrió qué decir ni qué hacer para restar algo de tensión a aquel momento.

–No nos vuelvas a tocar los huevos otra vez, porque ahora mismo le meto dos tiros y terminamos de una puta vez con este asunto, ¿entendido?

Yo debería haberme mostrado humilde y sumiso, arrojarme a sus pies suplicándole que la dejara, implorándole que no le hiciera daño, que la pobre mujer ya había sufrido bastante. Pero no supe actuar correctamente, me comporté como un insensato que no conoce las reglas del juego y que en los momentos más críticos, los que exigen un esfuerzo extra de cordura, se deja llevar por sus impulsos más arrebatados. Así que, como si de una estúpida partida de póquer se tratara, traté de seguir con el farol más de lo razonable.

–Ella no tiene culpa de nada, ni siquiera sé por qué la habéis hecho venir –dije tratando de mantener un tono de voz frío y desinteresado, aunque creo que cualquiera se habría dado cuenta de que estaba literalmente acojonado–. Este asunto lo tenemos que solucionar entre vosotros y yo, no hay por qué implicar a nadie más.

Y como no podía ser de otra manera, la cuerda tirante acabó por romperse. Creo que ni él mismo tuvo conciencia de lo que hacía cuando apretó el gatillo y un intenso y rojo chorro de sangre surgió violentamente de la cabeza de Celia.

Yo me quedé frío, atónito, como si no entendiera lo que acaba de suceder. El tipo bajo, tan sorprendido como yo, se abstuvo también de romper el crudo silencio que siguió a la detonación criminal. El otro, el alto, que al mismo tiempo que disparaba mantenía sus ojos fijos en mí, siguió mirándome con firmeza quizá para cerciorarse de la dureza del golpe que me acababa de propinar. Sólo Celia, la desgraciada Celia, abandonó su gestó de pánico, aquellos ojos petrificados por el terror cuya última mirada, suplicante e incrédula, me había dirigido a mí, para caer sin fuerza, como un saco de yeso, sobre la tierra árida y estéril.

–Espero que esto te sirva de lección –dijo segundos después el autor del disparo, el primero que pareció asumir con naturalidad el nuevo curso que habían tomado las cosas.

Luego, el bajo, como si de nuevo quisiera ponerse al mando de la situación, dio un paso al frente y se aproximó un poco más a mí.

–Dentro de veinticuatro horas nos veremos aquí, y esta vez más te vale traer el dinero. Si intentas engañarnos otra vez, ya sabes lo que te espera.

Yo no dije nada –¿acaso podía añadir algo que no estuviera de más?–, sólo me quedé mirando el cuerpo inerte de Celia mientras aquellos dos tipos, una vez asumido con naturalidad el trágico desenlace, se alejaban junto con el chofer que nos había traído hasta allí, visiblemente despreocupados y convencidos de haber vuelto a encarrilar un asunto que a punto había estado de írseles de las manos.

Yo continuaba inmóvil, incapaz de apartar de la mirada del cuerpo de Celia, de la hasta hace pocos minutos hermosa y desdichada Celia. Tenía la cabeza reventada por el balazo, los sesos esparcidos por el suelo, mezclados con su propia sangre y el polvo. Entonces sentí que la vista se me nublaba y que las piernas me flaqueaban, y unas profundas nauseas me asaltaron de inmediato. Hasta casi cinco minutos después de que aquellos tipos se hubieron marchado, no empecé a ser del todo consciente de lo que acababa de suceder.

Celia había muerto, la habían matado como a un perro, todo se había acabado ya para ella. No sabría si calificar de congoja, angustia o abatimiento, pero los minutos siguientes me sentí dominado por un sentimiento tiránico que abortó cualquier otra disposición de ánimo. Sentí mi vida entera como un fracaso total, la culpabilidad más intolerable por la muerte de aquella mujer inocente se instaló como un cuchillo en mi conciencia, me desprecié cientos de veces por haber colaborado en no poca medida a la fatalidad de su destino. Ahora sólo recuerdo que pasé minutos así, solo, sentado en aquel suelo sucio y polvoriento, frente a aquel cadáver inerte. Si hubiera tenido una pistola a mi lado, probablemente la habría hecho detonar dentro de mi boca. Me dominaba un vacío total, una ausencia absoluta de vida que me convertía en un auténtico espectro, en un espíritu sin cuerpo material.

Nunca he sentido la muerte tan cerca como en esos instantes interminables, nunca me he sentido tan culpable del dolor ajeno como entonces. Aquella muerte era responsabilidad mía, era lo mismo que si yo le hubiera disparado, que si hubiese ordenado personalmente su ejecución. Todo se hundía por momentos a mi alrededor, todo perdía su sentido, su lógica, la más leve justificación. Incluso ahora, pasado el tiempo, se me hace difícil reproducir por descomunales aquellos accesos de angustia y de rabia desenfrenada que me invadieron sin mesura.

Yo había dejado agonizante a Diana, la había abandonado a su suerte, cierto; pero su muerte había sido por entero responsabilidad suya: ella había dejado realmente de vivir mucho tiempo antes, la muerte fue sólo como poner el sello a su acta de su defunción. Sin embargo, lo de Celia era completamente distinto, superaba los niveles de injusticia que puede llegar a soportar un ser humano. Nunca he sido creyente, pero sentí que algún dios cruel era el responsable de aquella tragedia, no podía achacar aquella acción brutal al mero azar, era necesario que alguien respondiese de lo sucedido.

Pero lo peor es que ni la muerte de aquellos tipos podría servirme de consuelo; me sentía incapaz de descargar mi ira excepto sobre mí mismo, ni siquiera la venganza serviría para calmar mis ánimos. Creí que nunca estaría en condiciones de superar aquel fracaso, que mi vida estaba predestinada a hundirse una vez tras otra, a dar tumbos sin descanso hasta acabar cayendo sin remedio por el precipicio más profundo. Tuvo que pasar mucho tiempo para que comenzara a reponerme de aquel golpe criminal.