LAS FUENTES DEL NILO

© Carlos Manzano


 

 

Capítulo XIII

 

Al día siguiente, el inspector Galisteo me comunicó que habían detenido a los asesinos de Celia y de mi hermano. Al final, todo había resultado mucho más rápido y fácil de lo que yo mismo imaginaba. Aquellos tipos no eran unos desconocidos para la policía, si bien jamás habían llegado a estar acusados de crímenes de ese calibre. Localizarlos no resultó muy difícil, y las pruebas acusatorias contra ellos eran más que evidentes. Y, desde luego, nunca habían existido mafias rusas ni grupos criminales organizados: se trataba tan sólo de dos delincuentes de poca monta que habían perdido el control de sus actos.

Abatido, falto de ilusión por casi nada, decidido a afrontar mi destino fuera cual fuese, y con aquel cuerpo exánime que ponía en evidencia la gravedad del asunto, la policía me hizo detallar punto por punto mi ridícula peripecia con aquellos tipos. Lo demás vino casi sin querer. Me enseñaron unas fotos que yo identifiqué sin dudarlo; tuve que soportar las reprimendas más que justificadas por mi negativa a contarles a su debido tiempo cuanto sabía; me hicieron declarar ante un juez que fue tan severo conmigo como probablemente lo sería con los propios asesinos… Pero, finalmente, aquella pesadilla tocaba a su fin.

Yo me repetí varias veces aquel estribillo que jamás llegué a creer por completo: «fue Celia quien desde un principio se negó a acudir a la policía».  Una excusa más. Fui tan responsable como ella, o incluso más, por consentir aquel desatino que sólo Celia había padecido hasta las últimas consecuencias. Era mi sino: otros acababan pagando siempre mis culpas y mis errores, mis miedos y mis dejaciones. Y ya era demasiado mayor para esconderme en excusas ridículas; Celia se me había muerto a mí, era en mí en quien había puesto toda su confianza. Y yo le fallé.

Las pocas piezas que me faltaban para completar el puzzle me las proporcionó el inspector Galisteo. Me contó que durante los últimos años mi hermano se había dedicado al comercio de animales. Es una actividad que da bastante de sí, y como la demanda de especies exóticas iba en aumento, él y aquellos dos tipos que nunca más volverían a molestarme decidieron iniciar por su cuenta la importación a gran escala de algunas de estas especies. La idea de traer cocodrilos desde África partió de mi hermano, así que a él le correspondió también la responsabilidad de conseguir los enlaces precisos. Galisteo no sabía si ya entonces tenía Jaime la intención de jugársela a sus socios, pero el caso es que a la vuelta de su viaje a Tanzania puso en marcha una cuidada estrategia para fugarse con el dinero de la operación y con su amante de turno –una joven prostituta de origen eslavo de apenas veinte años de edad–, muy probablemente a Venezuela o algún otro país del cono sur de América. Sus socios se enteraron por pura casualidad y, ante la imposibilidad de recuperar un dinero que seguramente ya no estaba en el país, lo mataron sin más miramientos.

Tras prestar declaración, me dijeron que debía estar disponible para cuando me necesitaran, pero me permitieron regresar a Alemania. Eso era lo único que realmente quería: salir de este país de una vez, un país cuyo solo recuerdo, ahora más que nunca, iba a estigmatizar mi vida dondequiera que fuese.

Antes de irme, el inspector Galisteo me dio unos papeles que supuestamente pertenecían a mi hermano. “Es una especie de diario personal, no dice nada que nos sea de utilidad. Si quiere, quédeselo; si no, puede romperlo directamente”. Entonces no leí lo que ponía, lo guardé en un bolsillo y salí de Jefatura lo más rápidamente que pude.

Lo primero que hice fue llamar a Hertha. Le dije que mañana mismo regresaba a Francfort, que ya había arreglado todo. Me dijo que se alegraba de mi vuelta, que ya le contaría a mi regreso cómo me había ido, y que ese fin de semana íbamos a celebrarlo por todo lo alto, como si volviera de un país muy lejano. No quise enturbiar su felicidad con más detalles. Probablemente, y en la medida que me fuera posible, hurtaría por siempre a Hertha el conocimiento de aquel trágico lance que a punto había estado de poner fin a mi vida. Tenía la seguridad de que no intentaría averiguar aquello que yo no quisiese contarle. Solo por eso, la vida con Hertha se me ofrecía como un bálsamo perfecto donde curar heridas y relegar desdichas; otra vez, como hace seis años, la necesidad de olvidar me impelía a salir de España en busca de cobijo, decidido a no volver jamás.

Me dirigí a casa de Celia. Tenía intención de ir a dormir a un hotel, pero al mismo tiempo sentía una oculta disposición por volver una vez más a la que había sido su morada durante los últimos años. La policía había recuperado mi maleta, en la que todavía se hallaban mi cartera y el resto de mis pertenencias, así que tenía dinero de sobras para comprar desde un billete nuevo al más distinguido regalo para Hertha. Pero preferí subir al apartamento de Celia y coger de entre su ropa tres o cuatro piezas de ropa interior, cualquiera de aquellas que tanto me habían atraído, tal vez para sentir de vez en cuando la proximidad de su aroma, de sus ojos leves, de sus labios esbeltos diciendo «si tu idea sale mal, no volveré a verte jamás».

En aquel momento no fui muy consciente de por qué lo hacía. Ha sido algún tiempo después cuando he pensado que tal vez me moviera la ilusión de que al vestir Hertha alguna de esas bragas parte de Celia se reencarnaría en ella, alargando su desdichada presencia en este mundo siquiera unos segundos; y cuando la despojase de la ropa, sentiría que también era a Celia a quien desnudaba, dando por fin satisfacción a aquel lacónico deseo que acaso inconscientemente habíamos llegado a sentir el uno por el otro.

Pero los muertos jamás vuelven, lo único que podemos hacer es evocar su memoria, momificarlos en un recuerdo que sólo habita en nuestra mente y que, por tanto, irá transformándose a la vez que nosotros mismos, sufriendo nuestro desgaste, diluyéndose en las preocupaciones cotidianas y mudando de olor, de aspecto, de forma, de sentido de la misma manera que cambiamos nuestra imagen, nuestros perfumes, nuestra forma de vestir e incluso nuestra personalidad.

Hay personas que conviven desde su nacimiento con la desgracia. Celia había sido una de ellas: huérfana desde joven, había cometido el formidable error de enamorarse de un tipo egoísta y mezquino como mi hermano y de poner sus únicas esperanzas de redención en alguien tan cobarde y torpe como yo. Fue la cobardía lo que me impidió cogerle la muñeca con ambas manos y aproximar su rostro al mío para intercambiar nuestras miradas en aquel único momento de intimidad que habíamos compartido; fue la flaqueza lo que me conminó a llamar por teléfono a aquellos tipos al verme incapaz de afrontar con decisión las consecuencias de su declaración honesta y sincera; y el único instante en que debía haber mostrado contención y mesura, tuve un comportamiento tan irresponsable que acabé por provocar su muerte.

Metí las prendas en mi maleta y la cerré con llave. Miré por última vez aquellos muebles tan caros, aquellas habitaciones amplias y lujosas que habían sido mi hogar por un día, y salí a la calle.

Aquella ciudad que hace tan sólo algunas horas había vuelto a sentir cercana y afable, ahora me repelía. No me apetecía pasear ni un segundo más por sus calles ni sentir su olor a desdicha más de lo imprescindible. Me iría al hotel y pasaría allí las horas, solo y olvidado, hasta la madrugada del día siguiente, en que por última vez tomaría el autobús en dirección al aeropuerto, un espacio que en este momento se erigía en metáfora sublime de salvación, de futuro tiempo de renacimiento.

Me instalé en la habitación sin deshacer la maleta y me lavé la cara con agua fría. Todavía llevaba puesto el traje que ese misma mañana había tomado de casa de Celia, ahora sucio de polvo y sudor, pero no tuve ganas de quitármelo. Ya me cambiaría mañana, antes de salir hacia la estación de autobuses; había recuperado mi maleta y eso ya no presentaba ningún problema.

Llamé a mi madre y le dije que mañana mismo me volvía a Alemania. Me contó como si fuera una primicia que Celia había muerto, pero estoy convencido de que lo sabía todo, la policía ya habría hablado con ella. ¿Por qué entonces simular que desconocía mi implicación en su muerte? Únicamente la comodidad puede explicar su estúpido comportamiento, o la cobardía para afrontar las dificultades directamente, sin más mentiras. Ahora se quedaba completamente sola, peor incluso que cuando la dejé la primera vez, y era previsible que tuviera miedo de asumir el futuro que le esperaba. Nos despedimos con un escueto adiós, como si fuéramos a vernos al poco tiempo, pero yo tenía la seguridad de que nunca jamás iba a volver a verla.

Me di cuenta entonces de que todavía llevaba dobladas en el bolsillo las hojas del diario de mi hermano que me había dado el inspector Galisteo. Las desplegué lentamente y observé que habían sido arrancadas de un cuaderno más amplio y de que no pertenecían necesariamente a un mismo capítulo. Era como si Galisteo me hubiese dado sólo determinada parte de ese supuesto diario, seleccionando aquello que yo debía leer. Esta apreciación me inquietó un poco. Me tumbé sobre la cama y me dispuse a leer aquellas hojas.

«Hoy por fin he llegado hasta las Ripon Falls. Ahora es una vulgar presa, pero debieron de resultar impresionantes en su momento; aún puedo imaginar perfectamente el asombro de John Hanning Speke al dar con ellas y creer que había alcanzado finalmente las fuentes del Nilo. Ojalá Vera estuviese aquí conmigo, presiento que mi admiración sería aún mayor. Vera ha renovado mi existencia, me ha hecho ver la densidad del fango en que vivo, ha resuelto finalmente el imposible enigma de mi vida. Ninguno de mis viejos empeños tiene ya sentido comparado con ella. Vera es puro impulso, ardor y pasión, pero también delicadeza y esplendor. Cuando regrese a ella, debo renunciar por completo a todo lo que le sea ajeno, nada anterior tiene relevancia para mí, ella es principio y final, muerte y renacimiento a la vez, sin ella sólo hay vacío, y sé que soy demasiado viejo para probar suerte de nuevo, para esperar otra oportunidad».

Había una segunda hoja donde se podía leer lo siguiente:

«La inmensidad del lago me sobrecoge. Tantas son las veces que he soñado con esto, que me he imaginado surcando sus aguas en la placidez de un atardecer, que ahora todo parece producto de un mágico hechizo. He mandado parar el motor de la lancha. Estamos todavía a mucha distancia, pero la sensación de ver aquellas aguas indómitas caer hacia las lindes del gran río absorbe cualquier otro pensamiento. Cierro los ojos y siento la fascinación de Speke ante su descubrimiento: había sufrido varios ataques de tribus hostiles, la deserción de buena parte de sus porteadores, el acoso inflexible de enfermedades que diezmaron sus fuerzas, pero el sufrimiento no había sido en vano: estaba ante las mismísimas fuentes del Nilo. Qué más da que otras mentes envidiosas y mezquinas quisieran desvirtuar su hallazgo. No importa que varios científicos censuraran sus descubrimientos por imposibles o por antinaturales. Él había alcanzado los orígenes del mítico río, y eso era lo importante».

 

 Zaragoza, verano de 2002