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CARLOS MANZANO fotografías |
TIEMPO DE SILENCIO
No hay espacio que habiendo sido ocupado por un individuo no conserve algún indicio de su presencia. Invariablemente, los seres humanos llegamos a un sitio, tomamos posesión de él, remodelamos el medio conforme a nuestro criterio estético y lo adecuamos a nuestras necesidades; y al mismo tiempo, casi sin darnos cuenta, estamos dejando una huella indeleble y permanente, un aroma peculiar que sólo a nosotros pertenece y que sólo nosotros podíamos crear. Es una huella única, responde de forma unívoca a uno de nosotros, es personal, intransferible, consecuencia de lo que cada uno de nosotros somos o -acaso- fuimos. Siempre que lleguemos a algún lado, allí quedará nuestra impronta específica, algo de lo que probablemente nunca seremos conscientes, pero que permanecerá siempre habitando en silencio las sombras de lo que fuimos. Mucha gente en distintos lugares del planeta cree y adora a los espíritus antiguos que antaño moraron en sus hogares, les hacen ofrendas y les profesan el debido respeto, porque ellos sí son capaces de ver las huellas de su presencia.