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ETIOPÍA

DIARIO DE VIAJE (2ª parte)

  

DIA 11 – 29 de septiembre de 2010 (miércoles)

Por la mañana, antes incluso de desayunar, nos llevan de visita guiada al poblado Dorze, durante la cual se nos mostrará algunas de las principales actividades de sus habitantes. A pesar de que se trata de una visita preparada para el turista, lo que se nos muestra son aspectos reales de la vida de aquí. Los Dorze sen dedican al tejido de unas prendas famosas en todo el país que reciben el nombre de shamaLos Dorze son un pueblo que se dedica principalmente al tejido de unas prendas famosas en todo el país que reciben el nombre de shama. Asimismo fabrican un pan realizado a partir de las hojas del falso banano que, tras dejar un buen tiempo enterradas bajo tierra, comerán como sustituto de la hasta ahora imprescindible injera.

A media mañana salimos para Arba Minch, ciudad que se encuentra a apenas 35 kilómetros de Chencha. Antes, nos hemos encontrado con otros turistas españoles que vienen precisamente de allí y que nos dicen que en el lago la temperatura es bastante agradable. Sin embargo cuando nosotros llegamos llueve un poco. La mayor parte de las calles están embarradas y no resulta fácil moverse por ellas. Nuestro chófer nos lleva primero a un hotel desde donde se disfruta de unas vistas extraordinarias sobre el lago, pero lamentablemente las habitaciones están descuidadas y el cuarto de baño, además de sucio, carece de agua corriente. En general, el problema con el que más a menudo nos encontraremos a la hora de buscar hotel no es el de la construcción en sí, sino su falta de mantenimiento, el progresivo deterioro que muestran. Hoteles levantados con gusto y bien planteados, con los años irán degradándose poco a poco hasta perder buena parte de su atractivo y comodidad. Es raro que los grifos y las duchas funcionen correctamente; el agua corriente de las tazas suele gotear más a menudo de lo que sería deseable; las instalaciones eléctricas vulneran las más elementales normas de seguridad. Creo que si se tomara conciencia de lo importante que resulta conservar las infraestructuras en buenas condiciones, el nivel turístico del país mejoraría bastante.

Ya que Arba Minch se encuentra situado en las proximidades un lago, pensamos que es una buena idea volver a pedir pescado para comer. Hay que decir, sin el menor género de dudas, que el pescado que se come en Etiopía es excelente. La preparación de los filetes, a diferencia de la carne, se realiza con un cuidado exquisito: También vemos cocodrilos, de hecho nos acercamos mucho a algunos de ellosse extrae hasta la última raspa del pez y luego los filetes se sirven generalmente rebozados y en su punto. En este caso, además, nos lo preparan acompañado de algunas verduras y patatas, un plato abundante y muy nutritivo cuyo precio, por si fuera poco, ni siquiera supera al de una cerveza en cualquier vulgar terraza del litoral español. De aquí en adelante, siempre que lleguemos a una ciudad asentada junto a un lago o un gran río, nuestra elección será la misma: pescado.

Por la tarde salimos de excursión por el lago Chamo para, según nos dicen, ver aves, cocodrilos e hipopótamos. Soy consciente de que si por algo no se caracteriza Etiopía es por su fauna. De todas formas, tampoco soy lo que se dice muy aficionado a la vida salvaje; siento curiosidad tan solo, me interesa más la fauna humana. En realidad, a Etiopía no se viene a ver animales (salvo que uno se especialice solo en pájaros; en ese caso, el asunto cambia radicalmente: se han contabilizado hasta 850 tipos de aves distintas a lo largo y ancho del territorio, de las cuales más de 30 se consideran endémicas). Aun así me apetece realizar la excursión. Hace ya rato que ha dejado del llover y el sol luce con aceptable intensidad.El solo hecho de dar un paseo en barca por las tranquilas aguas del lago Chamo ya me parece en sí misma una actividad agradable El solo hecho de dar un paseo en barca por las tranquilas aguas del lago Chamo ya me parece una actividad agradable. Nos han preparado una barca para nosotros tres y un joven de no sé qué nacionalidad con el que no intercambiaremos ni una sola palabra en todo el recorrido. Presumiblemente viaja solo y lo único que parece interesarle de esta excursión es tomar fotografías: a los pocos segundos de subir a la barca, extrae de su enorme bolsa fotográfica un extraordinario y llamativo teleobjetivo y a continuación se aposta sobre uno de los flancos con pose de sagaz cazador de instantáneas. Está claro que no le interesamos lo más mínimo. Que conste que su actitud en absoluto me parece criticable: cada cual hace el viaje que le apetece, y mantenerse al margen de los otros turistas que comparten destino es tan legítimo como querer establecer un contacto constante con el resto de viajeros.

No entiendo mucho de zoología. Aun así creo reconocer pelícanos, cormoranes y otras grandes aves entre las que probablemente hay ibis. También vemos cocodrilos, de hecho nos acercamos mucho a algunos de ellos, tan acostumbrados a la presencia de las barcas que ni se inmutan, ejerciendo así de cómodos modelos para los objetivos ansiosos de los turistas. A los hipopótamos solo los intuimos en la distancia; por lo visto, únicamente salen de noche, cuando el sol se ha escondido, ya que los rayos inciden en exceso sobre su piel. O eso nos dicen al menos, tratando de justificar su práctica ausencia.

 

DIA 12 – 30 de septiembre de 2010 (jueves)

El mercado de Key Afer tiene lugar una vez a la semana y discurre a lo largo de una de sus calles Hoy vamos a asistir a un mercado local, en concreto a uno frecuentado por la etnia hamer (o banna, todavía soy incapaz de encontrar diferencias evidentes entre ambas). Antes, durante el trayecto, por cierto no excesivamente duro (las distancias que debemos afrontar en esta parte del recorrido no son muy largas, aunque la mayor parte transcurran por caminos inhóspitos e irregulares tramos de tierra), nos cruzaremos de nuevo con varios grupos de monos (ya vimos algunos ayer), que apostados a ambos lados del sendero nos contemplan con algo de curiosidad, con varios ibis que sobrevuelan desafiantes nuestras cabezas y con una especie de colmenas alargadas, de forma cilíndrica, que cuelgan de las ramas de algunos árboles (en ese momento del viaje era algo que yo desconocía, pero por lo visto Etiopia ocupa el octavo puesto entre los productores de miel en el mundo). Recorrer este país, aunque sea en coche, no deja nunca de deparar innumerables sorpresas.

Sé que pocas veces en mi vida estaré en espacios como este, tan diferentes de lo que es mi vida cotidiana, tan ajenos a mi mundo, a mi experiencia diaria, a mis miedos y mis fobias habitualesAntes de adentrarnos en el que suponemos fascinante mercado de Key Afer, nos pedimos unas injeras en un restaurante que hay a la entrada de la localidad (injeras que, por cierto, serán las más caras que consumamos en todo el viaje: 190 birrs por 3 injeras, 2 cervezas, un agua y 3 cafés; está claro que, ante la falta de otras alternativas para comer, parece buena ocasión para sacar el máximo provecho del turista), así ya no tendremos que preocuparnos por la comida hasta la noche. Visitar el mercado de Key Afer no sale gratis; hay que pagar una entrada por la visita. En nuestro caso, fue justo antes de abandonar el pueblo, ya montados en el coche, cuando unos jóvenes nos abordaron para exigirnos el pago de 150 birrs en total por la visita al mercado. Por nuestra parte, y tras una pequeña discusión mantenida por nuestro chófer (creo que relativa al momento de reclamar el pago de la entrada más que al precio exigido), hacemos entrega de la cantidad estipulada sin ningún problema: de alguna manera, confiamos en que ese dinero revierta en la mejora del pueblo y de la vida de sus habitantes.

El mercado de Key Afer tiene lugar una vez a la semana y discurre a lo largo de una de sus calles –no sé si la principal, pero sí muy larga– y termina en una gran explanada al aire libre a cuyos flancos, sentados en el suelo, se apostan yo diría que decenas de pequeños vendedores y productores que ofrecen diversos artículos y enseres, siempre de producción propia y solo para consumo local.

Estamos más de dos horas yendo y viniendo entre la gente, a través de los puestos, deambulando de un lado a otro del mercado, tratando de absorber hasta el último gramo de vida cotidiana que nos es dado contemplarAntes de nada, damos un paseo a lo largo del mercado para impregnarnos hasta los poros del ambiente indescriptible que se crea con la avalancha de individuos hamer (y probablemente también de otras tribus, aunque personalmente soy incapaz de identificar a nadie más) que se han dado cita aquí. En general nadie nos importuna ni trata de llamar nuestra atención. Supongo que se han acostumbrado a la presencia de intrusos y simplemente nos toleran sin más. De momento, me resisto a sacar la cámara; sabemos que existe la costumbre de pedir 1 o 2 birrs por cada persona fotografiada, aunque estamos en un espacio abierto donde es fácil moverte a tus anchas y disparar a cierta distancia sin que el sujeto se dé cuenta. Pero de momento prefiero esperar; sé que pocas veces en mi vida estaré en sitios como este, tan diferentes de lo que es mi vida cotidiana, tan ajenos a mi mundo, a mi experiencia diaria, a mis miedos y mis fobias habituales: Sus vestidos, aquella mezcla inextricable de tejidos, pieles y colores tan llamativa, tan viva, las recortadísimas minifaldas que visten los hombressus vestidos, aquella mezcla inextricable de tejidos, pieles y colores tan llamativa, tan viva, las recortadísimas minifaldas que visten los hombres, sus peinados con aspecto de moño grasiento tan característicos, los múltiples adornos con que decoran sus rostros y sus cuerpos, los tonos cobrizos de su piel, el sonido excitante de sus voces, la férrea determinación de sus miradas, el tiempo detenido en manos y semblantes, la dura cotidianidad de una existencia donde vivir, continuar adelante, dar un paso más, constituye el leif motiv para cada uno de ellos.

Estamos más de dos horas yendo y viniendo entre la gente a través de los puestos, deambulando de un lado a otro del mercado, tratando de absorber hasta el último gramo de vida cotidiana que nos es dado contemplar. Creo que podría quedarme otras dos horas aquí, viendo, sintiendo y fotografiando, dejándome absorber hasta el tuétano por todos los estímulos visuales y sensoriales que no dejan de ofrecerse a cada giro de cabeza, a cada nueva mirada. Aunque la mayor parte de la gente se muestra recelosa de que les hagan fotografías, los teleobjetivos son un buen instrumento aquí, y con un poco de disimulo se pueden evitar muchos problemas.

Tras dejar Key Afer todavía sin asimilar muy bien todo lo visto y lo sentido, toda esa amalgama indescriptible de sonidos, colores, voces y rostros únicos y diversos, llegamos a Jinka, localidad que nos servirá de base para visitar algunas otras tribus de valle del Omo, entre ellas los ansiados mursi. Todavía nos quedan unas horas de luz, así que tras dejar las bolsas en la habitación salimos a dar una vuelta por el pueblo. Creo que podría quedarme otras dos horas aquí por lo menos, viendo, sintiendo y fotografiando, dejándome absorber hasta el tuétano por tal cantidad de estímulos visuales y sensorialesEn principio, exceptuando algún que otro pesado que intenta trabar conservación con nosotros para, al poco tiempo, pedirnos dinero para libros, diccionarios, ropa o cualquier otra cosa que necesite, el paseo se hace más o menos tranquilo. El primer problema viene cuando una mujer mursi (es la primera mursi que vemos en todo el viaje, razón por la que nos sentimos atraídos por ella) se ofrece para que le hagamos una fotografía. Lo primero que me llama la atención es su labio inferior: está abierto y le cuelga como un trozo de piel vieja. Le hacemos una señal mostrándole un dedo para indicarle que le damos un birr por la foto. Ella nos dice que sí. Lleva junto a ella un niño de pecho. Obviamente, no nos estamos entendiendo. Aunque he leído bastante acerca del carácter desabrido y violento de esta tribu, pensamos que en el pueblo no pueden ser muy peligrosos, así que aceptamos el riesgo y le hacemos un par de fotografías. Cuando le damos un birr, lo convenido por nuestra parte, la mujer empieza a gesticular exageradamente y a proferir unos gritos que, sinceramente, no entendemos. No quiere el birr, se niega a aceptarlo al tiempo que no para de gritar algo que no entendemos. Tras dejar Key Afer llegamos a JinkaAlgunas personas se acercan atraídas por el escándalo. Por nuestra parte, hacemos como si la cosa no fuera con nosotros y nos vamos alejando poco a poco. Pero la mujer no desiste: echa a andar tras nuestros pasos sin dejar de gritar algo que no comprendemos. Saco otro birr y se lo doy junto al que acaba de rechazar. Tampoco lo quiere. Sigue gritando (ahora comprendemos que busca a alguien, presumiblemente a algún otro miembro de su tribu que anda por ahí; la cosa se va poniendo fea por momentos). Por suerte, interviene una tercera persona que nos pregunta qué sucede. Yo trato de indicarle lo que ha pasado: ella nos pidió un birr por la fotografía y yo se lo he dado, pero inexplicablemente lo rechaza. Él habla con la mujer mursi, que no ha dejado de gritar ni un solo segundo, y por lo visto ella le dice que le tenemos dar 3 birrs por la foto (dos por ella y una por el niño de pecho que lleva consigo). Como en realidad no supone apenas dinero y tampoco tengo ganas de buscarme problemas innecesarios, le doy los tres birrs que pide y de esa manera doy el asunto por zanjado. Pero entonces llega el marido de la mujer y se pone a discutir como un poseso con el hombre que ha mediado entre nosotros. En un momento dado, el marido está a punto de golpear al hombre con un palo; está claro que esta gente, los mursi, no son nada amistosos ni dialogantes; me digo que en el futuro será mejor no tentar a la suerte. Finalmente, el asunto parece solucionarse, nosotros agradecemos de nuevo a la persona que ha mediado entre nosotros su inestimable ayuda y el matrimonio mursi, ahora discutiendo entre sí, se va a otra parte con sus 3 birrs en el bolsillo.

Hay poca gente en el mercado a estas horas y tanto el aspecto de los puestos como la poca variedad de productos que se ofrecen dan una inevitable sensación de pobrezaYa algo más tranquilos, tratamos de seguir con nuestra visita a la población de Jinka con el propósito de que el incidente no nos amargue la tarde. Sin embargo, los gritos de la mujer mursi han alertado a un montón de chiquillos que a partir de ese instante no dejarán de provocarnos e importunarnos durante el resto del camino. Intentan sobre todo que les prestemos atención, que les hagamos caso, pero no se percibe en ellos la menor muestra de amabilidad ni de interés, más bien van de graciosos y divertidos. Algunos incluso empiezan a darme golpecitos en los brazos y en las manos. El caso es que no sé muy bien lo que quieren, puede que tan solo molestar o divertirse a nuestra costa. A mí esto empieza a resultarme demasiado desagradable: una cosa es tratar de mostrarse amable y comprensivo con la población local y las necesidades que tienen y otra aguantar malas maneras y mala educación. La situación se va haciendo más insostenible y nuestra paciencia se agota. Así que llegado un momento, convencidos de que ya nada interesante puede sucedernos allí, damos media vuelta y regresamos al hotel. A veces una retirada a tiempo es también una victoria.

 

DIA 13 – 1 de octubre de 2010 (viernes)

Circulan muchas leyendas acerca de los mursi, unas ciertas, supongo, y otras tal vez exageradasMadrugamos más de lo habitual para acometer la primera visita a un poblado local. Para empezar, un plato fuerte: los mursi. Después del incidente de ayer, la desconfianza inicial (que previamente apenas existía, tengo que admitir) se ha incrementado enteros. Circulan muchas leyendas acerca de los mursi, unas ciertas, supongo, y otras tal vez exageradas. Que son un pueblo tradicionalmente violento, cazador y guerrero es cierto. Y también que no suelen ser excepcionales los conflictos protagonizados por miembros de esta tribu con individuos de otras tribus vecinas. También, que se han dado varios casos en que ha habido encontronazos (algunos realmente serios) con diversos turistas que han llegado hasta aquí. No es simple escenografía el hecho de que, justo a la entrada de lo que constituye su territorio, tengamos que contratar los servicios de un guardia armado que nos acompañará mientras dure la visita a los mursi. Los mursi son, si duda, la tribu más atractiva de todas las que visitaremos durante el viajeY lo cierto es que cuando uno llega a las inmediaciones del poblado y los ve allí, mirándote casi con codicia, con esos vestidos mínimos, los lóbulos abiertos y los labios perforados –donde encajan sus característicos discos de barro–, sus asombrosamente esbeltos cuerpos llenos de escarificaciones y su semblante orgulloso y desafiante, algo de respeto sí que imponen, desde luego. Hay que pagar 300 birrs por visitar el poblado, más aparte las fotografías individuales que se hagan. En principio (aunque empiezan pidiendo más), el precio es el establecido para todas las tribus del Valle del Omo: 2 birrs un adulto, 1 birr un niño. El guía que nos hemos visto obligados a contratar en Jinka nos hace una pequeña introducción a lo que es la forma de vida de los mursi. El poblado que estamos visitando costa de unas 9 o 10 cabañas, en cada una de las cuales pueden llegar a dormir hasta 9 personas. Los mursi han sido tradicionalmente nómadas, de ahí que sus chozas sean realmente frágiles y poco firmes: a menudo deben desmontar el campamento en pocas horas para establecerse con rapidez en otro lugar. Cuando llegamos, algunas muchachas están amasando sorgo para hacer pan, mientras que los hombres se dedican a preparar alcohol de miel, un brebaje bastante fuerte que puede llegar a tener hasta 30º y cuyo excesivo consumo se ha convertido en un problema para algunas de estas gentes. Todavía tenemos tiempo de tomar varias fotografías del conjunto antes de que dos docenas Los mursi son un pueblo orgulloso y desafianteo más de impacientes mursi se abalancen sobre nosotros al grito de “foto, foto”, exigiendo el correspondiente peaje fotográfico.

Los mursi son, si duda, la tribu más atractiva de todas las que visitaremos durante el viaje, sobre todo en lo que a indumentaria y elementos decorativos se refiere (los más fotogénicos, sin duda). No se me escapa que su obsesión por ser fotografiados les induce a elegir las ropas más llamativas e incluso a colocarse ciertos aditamentos no del todo habituales. Sin embargo, están todavía muy lejos de disfrazarse para el turista; los mursi son tal y como se muestran ante nosotros. El precio por fotografía (empiezan exigiendo 3 birrs para conformarse al final con 2) es realmente bajo para el presupuesto de un viajero occidental. El problema es que hay que proveerse previamente de billetes de 1 birr en número considerable, ya que esperar cambio es absolutamente insensato. Y cuando uno está ante los mursi, fascinado por la majestuosa sobriedad de sus rostros y semblantes, los billetes de 1 birr se acaban pronto, muy pronto.

Al final, por suerte, ninguno de nuestros temores se hace realidad. Aparte de su insistencia, y salvo algún mal gesto de algún individuo particular, los mursi no se han revelado como esa gente desapacible y agresiva que algunos cuentan. La experiencia, en consecuencia, ha sido totalmente positiva. Cuando uno llega a las inmediaciones del poblado y los ve allí, mirándote casi con codicia, con los lóbulos abiertos, los labios perforados y sus cuerpos llenos de escarificaciones, algo de respeto sí que imponenNo me engaño pensando que he conocido a los mursi (eso exigiría días de convivencia con ellos), pero sí que los he visto en su salsa y que he podido apreciar cómo viven, cómo son físicamente. A juicio de algunos turistas, el mercadeo que se produce con las fotografías resta interés a la visita, e incluso los más despreciativos llegan a comentar que más que la visita a un poblado mursi se asemeja a la visita a un zoológico; en mi opinión, todo el mundo está en su derecho de pedir dinero por posar. En Europa también las modelos profesionales exigen una retribución por su trabajo y eso a nadie le parece criticable. Sea como sea, son sus normas y ellos las han fijado. Si no les resulta humillante posar ante un extranjero por dinero, no seré yo quien se lo eche en cara. Y no hay que olvidar que el precio exigido, 2 birrs por adulto, es realmente insignificante (en el momento de mi viaje equivalía a 10 céntimos de euro). Una minucia.

Tanto a la ida como a la vuelta, nos cruzamos por el camino con algunas especies animales que viven por aquí. La más numerosa, sin duda alguna, son los dik-diks, de los que vemos un buen número de ejemplares. Los dik-dik son una especie de antílopes enanos que abunda en esta parte de África. También vemos un par de antílopes que nada más advertir la proximidad de nuestro coche huyen despavoridos sin darnos tiempo a fotografiarlos siquiera. También me llama la atención cierto tipo de ave muy parecida a nuestras perdices que de vez en cuando cruza frente a nuestro coche. Y, por supuesto, una enorme y variada multitud de pájaros, algunos de hermoso y colorido plumaje, que me resulta imposible describir en su totalidad.

Lo más llamativo de los Ari son sus casas, bellamente decoradas por fuera y más o menos bien construidas con adobeComo nos hemos quedado sin billetes de un birr, nada más llegar a Jinka vamos a la oficina del banco para cambiar un billete de 50 birrs. Después, aún nos queda algo de tiempo para recorrer el pueblo de nuevo y comer en un excelente restaurante que descubrimos ayer mismo pero cuyo nombre, desgraciadamente, no recuerdo.

Por la tarde, nos toca la visita a un poblado Ari, el cual se encuentra muy cerca de Jinka, apenas a 2 kilómetros. Lo más llamativo de los Ari son sus casas, bellamente decoradas por fuera y más o menos bien construidas con adobe, y las plantaciones de donde obtienen su subsistencia: café, mango, papaya.

Finalizamos el día con otra visita al mercado de Jinka. Hay poca gente a estas horas y tanto el aspecto de los puestos como la poca variedad de productos que se ofrecen dan una inevitable sensación de pobreza. Nada que ver, desde luego, con la animosidad de los mercados tribales. Algunos mursis, incluida la mujer de ayer, se nos acercan para que les hagamos fotografías. Obviamente, ni siquiera les hacemos caso. Hay errores que es mejor no cometer más veces.

 

DIA 14 – 2 de octubre de 2010 (viernes)

A medida que nos vamos adentrando en el valle del Omo, el paisaje que surge ante nosotros, una extensión llana y árida poblada de acacias y matorrales, me invita a pensar en cómo podría ser el espacio físico en el que hace ya unos cuantos miles de años hicieron aparición los primeros homo sapiens. Hoy visitaremos el mercado local de DimekaDe cuando en cuando, figuras humanas aisladas, como llegadas de tiempos remotos, surgen junto al camino con algún enorme ato de leña a sus espaldas o simplemente solos o en grupo. La mayoría pertenece a la tribu de los hamer. Me resultan especialmente fascinantes las mujeres, muchas de ellas aún vestidas solo con pieles y adornadas con llamativos collares de conchas, aros de todo tipo, brazaletes, cintas de colores y aparatosos y supongo que pesados pendientes, sin olvidar nunca su inseparable calabaza, peinadas con ese estilo de pelo tipo “casco” tan característico y la piel profusamente coloreada de grasa y asseli (una especie de arcilla roja que previamente diluida se aplican en la cabeza y otras partes del cuerpo).

Hoy visitaremos el mercado local de Dimeka. Si ya la visita a Key Afer fue absolutamente fascinante, aquí, algo más habituados a los modos y maneras de las tribus y por tanto menos intimidados por lo desconocido, el disfrute será aún mayor.

El espacio físico donde tiene lugar el mercado es menos extenso que en Key Afer. Salvo alguna que otra reacción negativa por parte de algún vendedor poco amable, creo que la mayor parte de la gente nos tolera. Los objetos que se venden son más o menos los mismos que podían encontrarse en Key Afer: collares, aros, calabazas, borkotos...Quizá tenga algo que ver que antes de entrar en el poblado nos hayamos visto obligados a contratar los servicios de un guía cuya misión va a consistir únicamente en acompañarnos a todos los lados y, llegado el caso, ayudarnos a negociar la compra de algún objeto.

En general, los vendedores se reúnen formando grupos más o menos definidos (no sé si pertenecen al mismo clan o la misma familia, o se agrupan atendiendo a otra clase de afinidades). Los objetos que se venden son más o menos los mismos que podían encontrarse en Key Afer (y que dentro de pocos días veremos también en el mercado de Turmi): collares, aros, calabazas, borkotos (algo así como unos pequeños taburetes de madera en forma de T que también les puede servir de almohada), tinta ocre para el cabello, incluso cierta clase de alimentos, como miel, mijo, café, sorgo…

Los vendedores se reúnen formando grupos más o menos definidosTras un pequeño incidente originado por la compra de unos borkotos, cuyos dueños no consiguen ponerse de acuerdo sobre el precio a pedir por cada uno de ellos, decidimos prudentemente retirarnos a comer hasta que los ánimos se hayan templado (por un momento, los dueños de los borkotos están a punto de llegar a las manos). La carne que acompaña a la injera de hoy está especialmente dura, de modo que nos dejamos buena parte en las bandejas. Entonces, en un gesto que realmente me emociona, el guía, que también se ha venido con nosotros al restaurante, nos pide permiso para darle las sobras a una mujer que con su hija se han detenido a observarnos. Por supuesto, accedemos encantados. La voracidad con que la mujer y su hija dan cuenta de los por otra parte menguados restos de comida vuelve a ser una muestra más de la enorme pobreza que asola esta tierra. Aunque la falta de recursos y bienes básicos que sufre la población es más que evidente, a veces para el turista la pobreza extrema en la que viven muchos de ellos queda disimulada por el exotismo de su estilo de vida y el atractivo de sus rostros y cuerpos. El hambre no se ve, no tiene forma ni color, pero está presente de forma dramática en la vida de cada una de estas gentes. Más tarde, en Turmi y en Yabelo, tendremos ocasión de volver a comprobar hasta qué punto hay gente que pasa hambre, personas que mendigan una triste injera con la desesperación de un hambriento. Las tribus del sur suelen ser orgullosas, altivas en muchos casos, a las que no les gusta mostrar ninguna clase de debilidad, y eso tal vez ayude un poco a disimular las enormes carencias y necesidades que les asolan.

Llegamos a una amplia explanada donde lo primero que se ve es un gran jolgorio de danzas y cantos tribalesHoy dormiremos en Turmi, población que dispone de un buen surtido de campings y campamentos para dar alojamiento al escasísimo contingente de turistas que, al menos en estas fechas, viene hasta aquí. Nuestra intención es pasar dos noches dentro de las tiendas de campaña que hemos traído con nosotros desde Addis Abeba. Sin embargo, cuando descubrimos que en el propio camping se ofertan unos bungalows perfectamente acondicionados con sus correspondientes camas y baños, consideramos más conveniente para nuestros cada vez más resentidos cuerpos dormir bajo techo y sobre colchón. Nos avisan de que el camping carece de electricidad (en realidad, se alimenta de unos generadores que debido a la escasa afluencia de clientes prefieren no conectar), y de que por tanto nos harán un pequeño descuento; el precio por bungalow, 400 birrs por noche (unos 20 euros), nos parece correcto, así que no nos lo pensamos dos veces y desistimos de montar las tiendas. He de reconocer que, con la edad, uno se vuelve más cómodo de lo que le gustaría reconocer. Y también que el sentido que se le da a la palabra “aventura” varía: deja de residir en el desafío y el riesgo físico y se concentra más en la mirada y en los sentidos.

El sonido producido por los golpes secos en las desnudas espaldas de las jóvenes pone los pelos de puntaNada más instalarnos en el bungalow, nuestro chófer nos informa de que se está celebrando cerca de aquí una de las famosas ceremonias del Ukuli Bula (más conocido entre nosotros como “salto de vaca”). Sin pensárnoslo ni un segundo, aceptamos todas las condiciones que se nos exigen para poder asistir: hay que contratar un guía local y pagar un total de 700 birrs, aunque eso incluye lo que podríamos denominar un “forfait” fotográfico. Sin más dilaciones, montamos en el coche y salimos con toda la ilusión del mundo a disfrutar de lo que será, sin duda alguna, el momento más inolvidable de este viaje. Y ello por muchos motivos.

Llegamos a una amplia explanada donde lo primero que se ve es un gran jolgorio de danzas y cantos tribales. Se trata sin duda de un festejo alegre, vivo, vitalista. Solo un segundo después nos percatamos de un hecho que no deja de sorprendernos pero que representa uno de los aspectos álgidos de esta ceremonia: unas cuantas mujeres jóvenes, adolescentes casi todas, van sacando literalmente del brazo hasta el centro de la explanada a otros miembros masculinos del grupo para que estos las azoten en la espalda con unas largas y flexibles varas. Incluso se pueden ver las heridas aún sangrantes que lucen estas chicas con evidente orgulloEl sonido producido por los golpes secos en las desnudas espaldas de las jóvenes pone los pelos de punta. Incluso se pueden ver las heridas aún sangrantes que lucen estas chicas con evidente orgullo. No se oye ni un solo quejido ni se ve en sus rostros el más mínimo gesto de dolor. Las muchachas, por muy extraño que parezca, parecen alegres de ser fustigadas con saña y de llevar de por vida las cicatrices de su sometimiento. Por lo que nos dicen, se trata de familiares del muchacho protagonista de todo este rito. Antes de juzgarlas precipitadamente, convendría tener en cuenta que estamos ante una sociedad tribal donde los valores principales no coinciden con los que rigen nuestras sociedades occidentales. Aquí la fuerza, el vigor, la resistencia al dolor, son requisitos indispensables para sobrevivir, y para una mujer, prueba de sus buenas condiciones físicas para parir y sostener una familia. No son sociedades del conocimiento, no es la iniciativa individual lo que resulta útil y por tanto lo que goza de prestigio: en una sociedad tradicional como la de los hamer, los valores que cuentan son el respeto a las costumbres, la adhesión al grupo, la fortaleza corporal y el poderío físico, entre otros. Nosotros hemos desterrado de nuestra cultura toda apología al dolor y al sufrimiento porque, en efecto, no nos son en absoluto necesarios, más bien todo lo contrario. Pero no olvidemos que hubo otras épocas en las que, por ejemplo, ser sometido a martirio conllevaba un reconocimiento público sin discusión: de hecho, era uno de los méritos más importantes para alcanzar la santidad. Otra cosa es el papel secundario que puedan jugar la mujeres hamer en la vida social de la tribu, su total subordinación al hombre (la sociedad hamer es polígama) y las duras condiciones de vida que se ven obligadas a soportar a diario. Siendo esto último absolutamente cierto, ambas consideraciones no son excluyentes.Poco después, nos vamos a otra explanada donde ya tienen preparadas unas cuantas vacas y alrededor de la cual empiezan a acudir más miembros de la tribu

 Poco después, cuando al parecer el muchacho alrededor del cual gira la ceremonia ya está preparado para hacer frente al desafío, nos vamos a otro lugar ubicado a no mucha distancia del primero, otra explanada donde ya tienen preparadas unas cuantas vacas y alrededor de la cual empiezan a acudir más miembros de la tribu. Solo estamos presentes cinco extranjeros, una pareja de valencianos con quienes no intercambiaremos palabra (se comportan de una manera demasiado extrovertida, como si quisieran llamar la atención innecesariamente, lo cual, además de ridículo, acaba siendo realmente desagradable), y nosotros. La interferencia foránea es por tanto inapreciable, lo que a fin de cuentas redundará en la calidad de la observación y en nuestro disfrute del ritual.

Aunque nos hemos visto obligados a contratar un guía para poder acceder a esta ceremonia, justo al llegar a donde va a tener lugar el salto, este desaparece como por arte de magia. Por suerte, otro muchacho con un aceptable dominio del inglés se me acerca y, un poco por trabar conversación y otro poco por sacarse alguna propina, supongo, se ofrece como sustituto. Mi sorpresa es  mayúscula cuando compruebo que va a protagonizar la ceremonia tiene como mucho 10 o 11 añosDurante toda la ceremonia, la explicación que se nos dará acerca del sentido de este ritual será siempre la misma: el chaval debe pasar una prueba física (saltar seis vacas cuatro veces seguidas) para poder contraer matrimonio; si no la supera, no se podrá casar. Estamos, por lo visto, ante un rito previo a la celebración de la boda. Esto me hace pensar en que el saltador será alguien de 14 o 15 años como mínimo y que las nupcias van a tener lugar en un plazo más bien breve. A mis preguntas acerca de quién es la novia o la prometida, las respuestas cada vez me suenan más extrañas: todavía no se sabe quién es la novia, de hecho aún no existe como tal; serán los padres del muchacho quienes, llegado el momento, la elegirán para su hijo. No hay, pues, boda a la vista, es una contingencia a la que aún le quedan años para materializarse. Pero mi sorpresa será mayúscula cuando compruebo que la persona que va a protagonizar la ceremonia tiene como mucho 10 o 11 años. En realidad, no existe ninguna contradicción ni tergiversación por parte de nadie: se trata de la conocida diferenciación entre interpretaciones emic y etic propuesta por las nuevas corrientes antropológicas. El testimonio que mi informante me está suministrando consiste en una explicación emic, es decir, la que el propio grupo utiliza para interpretar el evento: me está dando el punto de vista de los actores implicados. Pero lo que yo busco en realidad es una explicación etic, es decir, la que respondería al punto de vista objetivo del investigador (según wikipedia, una explicación etic “es una descripción de hechos observables por cualquier observador desprovisto de cualquier intento de descubrir el significado que los agentes involucrados le dan”). El chaval logrará saltar por cuatro veces y sin demasiados problemas las seis vacas que le han sido puestas en hilera una junto a otraHabré por tanto de acudir a mis ya menguados recuerdos de la asignatura de antropología, cursada durante la carrera de sociología, para concluir que en realidad estamos ante un rito de paso, es decir, un acto de transición social por medio del cual un joven pasa a formar parte de manera explícita del mundo de los adultos, adquiriendo él mismo la consideración de miembro responsable y activo del grupo, tribu o clan. Lo que por supuesto comporta el derecho a contraer matrimonio, ahora o más adelante, cuando corresponda.

Hay que decir que, como es previsible, el chaval superará la prueba, es decir, logrará saltar por cuatro veces y sin demasiados problemas las seis vacas que le han sido puestas en hilera una junto a otra. En general, y hasta donde yo sé, todos lo hacen; no conseguirlo supondría un descrédito enorme para el muchacho y para su familia, una mancha que muy probablemente le acompañaría de por vida. En cualquier caso, al menos a mi entender, de todo el ritual quizá sea esta la parte menos interesante y sin duda la más breve, la menos excitante a los ojos de un turista. Si hay que quedarse con algo, yo desde luego me quedo con los sonidos, los gritos, los cantos, las danzas y el ambiente absolutamente desatado que se respira a lo largo de toda la celebración. Quizá porque otra de las funciones del rito, tan importante o más que la que afecta propiamente al muchacho y su familia, es la de cohesionar al grupo alrededor de unas mismas expresiones de alegría, y de esa manera contribuir a que cada cual cumpla con el papel y las obligaciones que socialmente le corresponden.

 

DIA 15 – 3 de octubre de 2010 (viernes)

Para llegar hasta el poblado hemos de cruzar el río OmoSalimos en coche en dirección a Omorate. Por el camino volvemos a cruzarnos con algunos ejemplares de dik-dik y esa especie de perdices enormes y veloces cuyo nombre desconozco. El paisaje, me digo estúpidamente, abrumado por su sequedad y su abandonada extensión, es puramente africano, como si hubiera un único tipo de paisaje en todo el continente o como si las altas y verdes montañas que hemos atravesado durante nuestro periplo por el norte no formaran parte también de esta tierra. Es fácil, cuando se piensa en África y sus gentes, caer en estereotipos y tópicos absolutamente equivocados. La inevitable tendencia a simplificar la realidad para comprenderla mejor para lo único que sirve casi siempre es para autoengañarse a uno mismo. Si hay que tener esto siempre muy presente para no dejarse traicionar por las apariencias y las ideas preconcebidas, en África resulta imprescindible.

A nuestra llegada al poblado, lo primero que observamos es que no hay hombresTenemos intención de visitar un poblado Dasanech, una tribu cuya principal característica es la construcción desmañada e híbrida de sus cabañas, para lo cual utilizan cualquier tipo de material que les pueda servir y que encuentran en los alrededores de los pueblos: chapa, cartón, láminas, maderos… Los dasanech son nómadas, razón por la cual tampoco ponen demasiado empeño en dotar de solidez a sus casas. Son fundamentalmente pastores, aunque también aprovechan la proximidad de los ríos para sembrar diversos productos agrícolas (sorgo, maíz, calabaza…). Para llegar hasta el poblado hemos de cruzar el río Omo, el mismo que da nombre al valle. Hay dos opciones para hacerlo: una es cruzar en una barca autóctona construida sobre un tronco al que se le ha vaciado el interior, convirtiéndolo algo así como una alargada cáscara de nuez; otra es hacerlo en una barca a motor, más cómoda, rápida y también más segura. Quizá en un exceso de precaución elegimos la barca a motor (reconozco que es mucho más exótica la barca de madera). El precio que nos piden es en cualquier caso muy similar.

A nuestra llegada al poblado, lo primero que observamos es que no hay hombres; suponemos que deben de estar pastoreando no muy lejos de allí. Por ese motivo, solo nos reciben mujeres y ancianos. Su discreta forma de vestir y la pobre decoración de sus cuerpos sugieren unas privaciones mayores que otras tribusEl sistema que rige para las fotografías es el mismo que en el resto de tribus: 2 birrs por adulto y 1 birr por niño. Los Dasanech son un pueblo en franca regresión demográfica; sus condiciones de vida son aparentemente las más duras que hemos visto hasta ahora. A lo largo de su historia han sido expulsados en diversas ocasiones de su antiguos territorios, especialmente de Kenia y Sudan, lo que les ha obligado a vivir en condiciones muy precarias. Su discreta forma de vestir y la pobre decoración de sus cuerpos sugieren unas privaciones mayores que otras tribus. Tal vez a consecuencia de ello, una de sus características más llamativas es el uso que hacen de todo tipo de objetos y cacharros para ornamentar sus rostros (chapas, tuercas, tornillos, muelles, pequeños objetos metálicos).

De vuelta al campamento, hacemos una parada en Turmi para cursar una vista al poblado, el cual hasta ahora solo habíamos cruzado de paso. La primera impresión me remite a esos pueblos del lejano oeste que el cine nos ha legado a determinadas generaciones como herencia cultural: consiste básicamente en una larga calle principal, ancha y polvorienta, a cuyos lados se han construido edificios no muy grandes pero alineados uno junto al otro, y más allá de los cuales se divisa cierto número casas más o menos desperdigadas. Nada que ver, desde luego, con lo que sería un pueblo en España.

Una de sus características más llamativas es el uso que hacen de todo tipo de objetos y cacharros para ornamentar sus rostros Obviamente, no hay mucho para ver. Como llevamos unas latas que nos hemos traído de España, en previsión de que algún día no pudiéramos encontrar ningún lugar adecuado para comer, pensamos que es una tontería volvernos a casa con ellas, de modo que compramos pan en un colmado al que nos conducen unos niños y, tras dar otro breve paseo sin nada reseñable que descubrir, nos sentamos a la terraza de un bar a tomar tranquilamente unas cervezas. Allí se vienen también los chavales que nos han acompañado al colmado. No hablan mucho inglés, pero sí lo suficiente para poder entendernos en lo más básico. Habituados a la vida monótona de un pueblo donde, presumo, apenas se registran novedades, la presencia de unos extranjeros despistados se convierte a sus ojos en todo un acontecimiento. No son en absoluto pesados, todo lo contrario. En un momento dado, haciendo uso de las chapas de las cervezas y las coca-colas que nos hemos tomado, nos enseñamos mutuamente un par de juegos para matar el rato. Son momentos de máxima cotidianidad, instantes leves pero enjundiosos donde apenas sucede nada reseñable pero que nos permiten tomar el pulso a la vida ordinaria de la gente. Un poco más tarde, azuzados por el fuerte calor de esas horas, optamos por regresar al campamento, que está situado a las afueras de Turmi. De camino, en el vado de un río, bajo la agradable sombra de una oportuna acacia, damos cuenta de las latas y el pan que hemos comprado un par de horas antes.

 

DIA 16 – 4 de octubre de 2010 (viernes)

La mayoría son vendedoras, mujeres, pero también hay hombresEs viernes, y por tanto día de mercado en Turmi. Aprovechamos que aún nos quedan unas horas antes de partir hacia Konso para perdernos por sus puestos. Pero son las diez menos cuarto y todavía no ha llegado casi nadie, de modo que nos sentamos a esperar a las mesas de un bar próximo mientras tomamos unos cafés. Un hombre mayor se nos acerca. Quiere vendernos algo (ahora no recuerdo qué, presumo que un borkoto o algún colgante), pero lo cierto es que no nos interesa. Entonces nos pide directamente dinero para comer. «Una injera», nos dice, eso lo entendemos bien. Hay hambre en su rostro, una necesidad palpable, su vida es una carencia continua de lo más básico. Obviamente, accedemos a su petición. De nuevo, la cruda realidad de esta tierra, más allá de fiestas, cánticos y celebraciones, se nos aparece desnuda justo frente a nuestras narices. Por si no quisieras verla.

Algo así como una hora después regresamos al mercado. Ahora hay más gente, están llegando grupos de las poblaciones vecinas, probablemente algunos de ellos vivan a varios kilómetros de distancia. Turmi es la localidad más grande de la zona y por tanto centro de reunión y eje comercial para la comunidad Hamer. En esta ocasión, ni siquiera saco la cámara de fotos de la bolsa: me limito a mirar y a observar, a tratar de recrearme sin interferencias en este genuino ambiente tribal que probablemente ya no volveremos a encontrar en lo que nos queda de recorrido. Las mujeres arbore van vestidas con una toca negra que les cubre cabeza, cuello y hombros, aunque llevan los pechos al aire, y adornan sus torsos con un gran número de collaresLa mayoría son vendedoras, mujeres, pero también hay hombres. El mercado es básicamente igual a todos los que hemos visto hasta ahora, con la salvedad de que dispone de un espacio reservado para la artesanía. Supongo que la idea es separar la parte dedicada a estos productos, los únicos que pueden interesar a los turistas, del resto de objetos, útiles y alimentos que se venden. En cualquier caso, hoy hay pocos turistas; a excepción nuestra, no vemos los primeros hasta bien entrada la mañana. Lo bueno de estos mercados tribales es que nadie te molesta, nadie pretende llamar tu atención, nadie te busca. Solo cuando muestras interés por algún objeto determinado, aparece de pronto algún estudiante dispuesto a hacerte de traductor y mediador (a cambio de una siempre bienvenida propina, claro está).

Después de comer salimos en dirección a Konso, capital del pueblo del mismo nombre, los Konso. Pero antes de llegar a nuestro destino hacemos una parada para visitar un poblado Arbore. Los arbore, hasta donde yo sé, viven como la mayoría de las tribus del Valle del Omo. Son básicamente pastores, aunque también se dedican a la agricultura. El poblado arbore que visitamos es, de todos los que he tenido ocasión de ver en este viaje, el que presenta un aspecto más cuidado y Los arbore son básicamente pastores, aunque también se dedican a la agriculturacuyas viviendas parecen mejor construidas; por lo menos, sus cabañas aparentan ser más resistentes que las de otras tribus, tienen forma semiesférica y muchas de ellas disponen de un pequeño porche a la entrada. No hay mucha gente a esas horas; al menos, no hay hombres (presumiblemente están pastoreando con el ganado). Las mujeres van vestidas con una toca negra que les cubre cabeza, cuello y hombros, aunque llevan los pechos al aire, y adornan sus torsos con un gran número de collares. A pesar de que tienen fama de entrar a menudo en conflictos con otras tribus vecinas, con nosotros se muestran muy correctos y tranquilos; ni siquiera insisten para que les hagamos fotos: se limitan a aguardar nuestra elección haciendo círculo a nuestro alrededor, ofreciendo una imagen que, dicho sea de paso, parece un tanto ridícula, pero por algún motivo ellos prefieren mantener, y la verdad es que, una vez asumida la obligación de tener que escoger a los modelos y pagarles individualmente, es una opción que facilita bastante las cosas.

Llegamos finalmente a Konso poco antes del anochecer, aunque todavía nos queda tiempo para dar una pequeña vuelta por el pueblo (o mejor dicho, para recorrer de arriba abajo la calle principal del pueblo). Finalmente, tras cenar frugalmente en el hotel y tomar unas cervezas mientras disfrutamos del agitado ambiente nocturno que allí se forma, damos por finalizado el día con el regusto del deber sobradamente cumplido.

 

DIA 17 – 5 de octubre de 2010 (viernes)

Por la mañana, y tras adquirir en la oficina de turismo los ticket correspondientes a las visitas que habremos de realizar ese día, nos dirigimos a través de unos caminos poco transitables y en muy malas condiciones hasta una curiosidad geológica que, por lo visto, goza de bastante prestigio entre la población local: los promontorios de arcilla de Gersegiyo. La guía que nos acompaña, una muchachita menuda que, según creo, está empezando en este trabajo, nos conduce a través de unas complicadas y difíciles sendas hasta la base misma de esta formación geológica. El aspecto que ofrecen los vértices puntiagudos de las cimas, el color vivo y rojizo de la tierra y las formas caprichosas de faldas y laderas representa un buen motivo fotográficoMás allá de su interés ecológico, que realmente desconozco, lo cierto es que el aspecto que ofrecen los vértices puntiagudos de las cimas, el color vivo y rojizo de la tierra y las formas caprichosas de faldas y laderas representa un buen motivo fotográfico. De lo que no estoy muy seguro es de si merece la pena hacer los 17 kilómetros que la separan de la capital (es decir, más de una hora de ida y otro tanto de vuelta) para contemplar esto. Supongo que, como todo, será cuestión de gustos y prioridades. Aunque mis preferencias se decantan más por el paisaje humano que por el físico.

Hay dos cosas, no obstante, que me llaman la atención de esta excursión: una, lo que juzgo como escasa hospitalidad de los habitantes de los pueblos por los que cruzamos. En la propia localidad donde se encuentran los promontorios de Gersegiyo ya hemos percibido un trato diríamos que bastante despectivo hacia nosotros por parte de alguno de sus habitantes. En cualquier caso, podría deberse a simple casualidad, así que no le doy más importancia. El otro aspecto reseñable del recorrido son las esculturas funerarias que vemos a ambos lados de la carretera, las llamadas waga, unas figuritas de madera de apariencia vagamente antropomórfica con que los Konso adornan determinados enterramientos, en realidad una prerrogativa que se atorga a algunos hombres especialmente valerosos o que se hayan distinguido por cazar algún animal salvaje y peligroso, para que puedan ser recordados en la posteridad.

Los tejados de las casas presentan la forma de doble cono, coronados en su vértice por una pieza de alfarería El pueblo Konso es uno de los más populosos de todos los que se asientan en esta parte del país. Ya han abandonado en su mayor parte las vestimentas tradicionales, a excepción de algunas mujeres que todavía visten la falda característica (unas sayas largas y amplias, a veces blancas, a veces de rayas verticales y colores vivos, pero todas adornadas con un generoso volante en la cintura). Los konso son básicamente agricultores y se han especializado en construir unas llamativas terrazas en la ladera de las colinas donde plantan sorgo, maíz, calabaza y algodón, entre otros productos. Ello confiere a los poblados Konso un aspecto visual característico, que los hace fácilmente reconocibles desde la distancia. Igualmente, sus pueblos mantienen una estructura urbanística muy peculiar, comparable a un laberinto. Las viviendas se encuentran agrupadas entre sí, dejando muy poco espacio entre una y otra. Los tejados de las casas presentan la forma de doble cono, coronados en su vértice por una pieza de alfarería (quizá el aspecto que personalmente más me llamó la atención). Cada una de las propiedades familiares está separada de las demás por unas empalizadas altas y tupidas que impiden no solo el paso al interior, sino incluso su visión desde fuera. Las callejuelas que recorren el pueblo son en consecuencia estrechas y sinuosas, ofreciendo el aspecto de un pequeño cañón donde el visitante no bienvenido se sienta sin duda vulnerable. Una vez dicho esto y de reconocer que los poblados Konso son tal vez los que presentan una estructura más atractiva y definida de todos los que llegamos a visitar en este viaje, debo continuar diciendo que por alguna razón que no soy capaz de explicar nuestra visita a este poblado Konso no ofreció muchos más alicientes. Los habitantes del pueblo, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, se mostraron en todo momento hostiles y desagradables con nosotros. Los  pueblos Konso mantienen una estructura urbanística muy peculiar, comparable a un laberintoContinuamente se nos negaba el acceso a determinadas zonas del pueblo, se nos impedía incluso tomar fotografías de las casas y de los espacios con los que nos íbamos encontrando, y sufríamos el acoso de un grupo de niños y jóvenes que nos seguían a todos los lados. Repito que ignoro el motivo por el que fuimos tan mal recibidos. No sé si existiría algún conflicto previo entre los habitantes del pueblo y la oficina de turismo responsable de organizar la visita o si en algún otro momento habría habido algún problema serio con otro grupo de visitantes. No lo sé, ya que nadie, ni siquiera nuestra propia guía (que tampoco fue bien tratada, no sé si a causa de ser mujer o de venir de parte de la oficina de turismo) nos dio la menor explicación. De esa manera, la visita al poblado Konso tuvo el dudoso honor de convertirse en el punto negro de nuestro viaje por Etiopía. Una pena, porque desde luego el lugar merecía un examen más pausado y tranquilo.

Después de comer, y sin más trámite, salimos hacia Yabelo, adonde llegaremos a media tarde. El hotel en el que nos alojamos se encuentra a 5 kilómetros de lo que es propiamente la ciudad (es decir, la calle principal y una amplia plaza aledaña). Como todavía contamos con un rato de luz por delante y dado que en los alrededores del hotel apenas hay nada de interés, tomamos un tuc-tuc y bajamos al pueblo. A pesar de nuestras prevenciones iniciales, especialmente tras lo sucedido en el poblado Konso, aquí nadie nos incomoda; pasear por las calles de esta localidad se convierte así en un ejercicio de observación totalmente cordial y agradable. Yabelo es, por otra parte, un importante nudo de comunicaciones con la vecina y mucho más próspera Kenia. Eso significa que el comercio con el país fronterizo ha hecho de esta localidad un lugar relativamente próspero. En efecto, hay comercios por todos los lados, y no solo dedicados a la venta de productos tecnológicos. En Yabelo se ofrece prácticamente de todo. Y el dinero fluye. Incluso vemos que algunas de sus calles lucen una ornamentación poco habitual en esta parte de Etiopía; una de sus plazas cuenta incluso con una fuente y una pequeña escultura en el centro. Después de más de una semana por el sur, a mí al menos todo eso me llama poderosamente la atención. Me había acostumbrado a la insuficiencia y la escasez de los pueblos del sur. Se nota que estamos dando término a nuestro viaje y que nos aproximamos a la civilización moderna.

 

DIA 18 – 6 de octubre de 2010 (viernes)

En las orillas del lago se amontonan las bolsas donde se deposita la sal una vez extraída del aguaHoy será un día extraño, anómalo; en mi caso, desde luego, el más duro de todo el viaje, y no por culpa de alguna clase de complicaciones imprevistas ni nada parecido. De hecho, todo transcurrirá según lo previsto. Salimos temprano con destino al lago salado de El Sod, el cual se encuentra en un cráter bastante profundo a cuyo interior, según nos han contado, se aventuran algunos etíopes necesitados para extraer la sal. El trayecto hasta el lago es largo, muy largo, de manera que cuando llegamos me pregunto si habrá merecido la pena invertir tanto tiempo para esto. El lago se halla, como ya he dicho, en el fondo de un profundo cráter, al cual solo se puede acceder descendiendo a través de un estrecho sendero que va serpenteando por la ladera interior. La bajada viene a costar una media hora. Nada más iniciar el descenso empiezo a presagiar que la subida no será precisamente un camino de rosas. Una vez llegados al fondo, lo primero que llama mi atención es el color oscuro y oleoso de las aguas. Son aguas ácidas, venenosas; los hombres que se introducen en ellas deben taparse todos los orificios del cuerpo para que no les entre ni gota de agua. De cualquier manera, trabajar mucho tiempo en este lago causa enfermedades crónicas, entre ellas la pérdida progresiva de la visión. Ellos lo saben, pero no tienen alternativa: es esto o nada. Y esto, al menos, les proporciona algo de dinero. A las orillas del lago se amontonan las bolsas donde se deposita la sal una vez extraída del agua. La sal se recoge mezclada con un barro negro, con aspecto de carbón, que luego habrá que separar. Según he leído, esta sal se usa tanto para consumo humano como animal.  Si bajar puede llegar a costar una media hora, la subida se alarga como poco hora y cuartoAlgunos hombres, pertenecientes a la tribu de los Borena, se están preparando para entrar en el agua. Otros bajan con burros para llevarse parte de la sal ya extraída. Hace calor, aunque lo cierto es que la temperatura aquí abajo es mucho más suave que la que hemos tenido que soportar durante el descenso. Con algo de prevención después de lo que hemos visto, emprendemos la ascensión. Aunque llevamos agua suficiente, el calor va haciéndose más intenso por momentos. Si bajar, como he dicho, puede llegar a costar una media hora, la subida se alarga como poco hora y cuarto. Y sin gozar de una forma física aceptable, el regreso a la cima puede convertirse en un suplicio. Sabedores de la dificultad del ascenso, al poco de empezar nos ofrecen la posibilidad de subir en burro, pero con cierto estúpido orgullo nos negamos: si hemos bajado andando, subiremos de igual manera. El esfuerzo es enorme, la respiración parece faltar por momentos, el sudor nos inunda la cara y el sol parece volverse más y más cruel con nosotros. Hacemos varias paradas, es imprescindible recobrar un poco de resuello para continuar. Al final, y con la ayuda de los guías que nos han acompañado, logro alcanzar la cima. Pero estoy tan cansado que no me apetece ver nada más. Y ese es el problema. Hubiera estado bien aprovechar el camino de vuelta para visitar algún poblado Borena, pero el cuerpo me pide solo descanso, reponerse del enorme desgaste al que lo he sometido, recuperar energías. No tengo ganas de más: solo de echarme a dormir cuanto antes. Ni siquiera pienso en ver más poblados.

Injera con shiroPara compensar el sobreesfuerzo matinal, dedicamos la tarde a disfrutar de un nuevo paseo por Yabelo. Quitando la presencia de algún que otro idiota cuyo entretenimiento de esa tarde parece ser incomodarnos sin motivo alguno y al que ahuyentamos con solo mentar el nombre de la policía, el resto de la caminata trascurre con absoluta tranquilidad. Unos niños se vienen con nosotros pero apenas nos incordian; solo nos acompañan, andan a nuestro lado y de vez en cuando responden con una sonrisa espontánea a cualquiera de nuestras indicaciones. Al cabo de un rato, todos regresan a sus casas excepto uno, que todavía continuará con nosotros un rato más. Tiene hambre y nos pide con timidez que le invitemos a comer. De nuevo el hambre que se esconde tras el semblante alegre y desenfadado de los etíopes. Le decimos que nos lleve hasta un restaurante y –es lo menos que podemos hacer por él– le pedimos una injera. Puede que sea la primera comida que toma ese día, pero la voracidad con que acoge el plato da buena muestra de sus carencias. Por lo que a nosotros respecta, preferimos regresar al hotel a cenar; dispone de una buena cocina y, para qué negarlo, también nos apetece probar otro tipo de platos. La injera tiene el inconveniente de que tomarla todos los días –al menos si no estás acostumbrado a si sabpr; los etíopes la comen sin ningún problema– puede llegar a cansar demasiado.

 

DIA 19 – 7 de octubre de 2010 (viernes)

Hay también diversas aves apostadas a la orillaEl viaje va llegando a su fin. Hoy y mañana consistirán en largas y tediosas jornadas de carretera donde las horas vacías que habremos de pasar dentro el coche apenas podrán ser compensadas con la simple contemplación del paisaje. De ese modo, vamos dejando atrás las tierras áridas del sur, esos extensos y característicos suelos de acacias y matorrales donde tal vez empezó su andadura el ser humano hace ya unos cuantos miles de años, para regresar a la frondosidad y el verdor de los pastos que ya descubrimos en la primera parte del recorrido. La preceptiva parada para comer junto a uno de los lagos que jalonan esta parte del camino nos permitirá disfrutar una vez más de la magnífica calidad del pescado de esta zona. A estas alturas de viaje, quizá empiece a cansar la monotonía de la alimentación etiope, la densidad y consistencia de sus salsas, la acidez creciente de la injera. Soy de ese tipo de personas a las que les gusta descubrir platos nuevos, adentrarme sin complejos en las gastronomías locales y probarlo todo –o casi todo, para no mentir–. Quizá el recuerdo más perenne de todo lo probado, además del pescado, siempre excelente, sea una salsa de lentejas llamada shiro, que siempre se sirve acompañada de injera. La carne, como ya he dicho en más de una ocasión, me pareció casi siempre extremadamente dura y correosa, y las salsas, salvo el citado shiro, demasiado fuertes y aceitosas.

Queda poco para el crepúsculo; la tranquilidad es absoluta, relajanteLlegamos a Awasa a media tarde, todavía con tiempo para visitar la ciudad. Pero en vez de eso preferimos quedarnos en el hotel, un viejo resort bastante deslucido pero estratégicamente levantado a orillas del lago del igual nombre que cumple sin problemas nuestras mínimas exigencias de confort. Apenas hay clientes alojados, tenemos a nuestra disposición todo el servicio, incluso una piscina de aguas termales donde al final no nos decidimos a bañarnos. En su lugar, preferimos caminar sin mayores pretensiones a lo largo de esta zona de lago. De repente, casi sin avisar, cae un gran chaparrón que apenas dura unos minutos, pero enseguida vuelve a escampar. La temperatura es suave y agradable. Unos monos curiosos que abundan por esta zona se acercan a nosotros bastante confiados, creo que esperan que les demos algo de comer. Hay también abundancia de aves por aquí, aunque soy incapaz de reconocer a casi ninguna. Queda poco para el momento del crepúsculo; la tranquilidad es absoluta y relajante. No es vida salvaje, pero en alguna medida se le aproxima un poco.

 

DIA 20 – 8 de octubre de 2010 (viernes)

La imagen es casi fantasmagórica, muy sugerente, realmente hermosaHoy toca visitar los baños termales de Wendo Genet. Tenemos todo un día de ruta por delante y conviene estar descansados, así que nada más levantarnos nos dirigimos hacia allí. A medida que nos vamos aproximando, desde un alto de la carretera se puede observar una pequeña línea de niebla que se eleva unos pocos metros sobre el terreno. La imagen es casi fantasmagórica, muy sugerente, realmente hermosa. Según nuestro conductor, se trata del vapor que produce el agua termal en contacto con exterior. Además, esta parte del país es abundante en hermosos y exuberantes bosques primarios que la convierten en un destino idóneo para el descanso y la relajación.

El centro termal al que acudimos es básico pero aceptable. Dispone de tres piscinas a diferentes temperaturas y unas duchas bastante precarias pero agradables. Nos quedamos aquí alrededor de una hora; no queremos apurar demasiado para así poder llegar a Addis Abeba antes de que anochezca. La mayoría de las personas que vemos dentro del centro termal son etíopes, hombres sobre todo. Preguntamos si no suelen entrar mujeres y nos responden que sí, solo que ahora no hay ninguna. Supongo que será cierto.

Vamos dejando las tierras áridas del sur, esos extensos y característicos suelos de acacias y matorrales donde tal vez empezó su andadura el ser humano hace ya unos cuantos miles de añosEl camino hacia la capital se va volviendo más caótico por momentos. El tráfico, sobre todo a partir de Mojo, se hace muy intenso. La carretera por la que venimos enlaza aquí mismo con la de Djibouti, ciudad que hace las funciones de puerto principal de Etiopía, y por ese motivo el tráfico de camiones es elevadísimo (unos camiones viejos y lentos, pesados, que alcanzan velocidades realmente ridículas). La conducción en general es casi suicida, apenas se respetan las normas de tráfico; los ceda el paso, las preferencias en los adelantamientos, son en realidad sugerencias que cumple quien quiere. De hecho, vemos un accidente muy reciente, ocurrido no hace muchas horas. Uno de los mayores peligros lo constituyen los minibuses, que los etíopes usan habitualmente para trayectos no demasiado largos. El problema es que van mucho más cargados de lo que está permitido, jamás rechazan a un pasajero; igualmente, la búsqueda obsesiva de nuevos clientes les hace ir dando bandazos de un lado a otro de la carretera sin la más mínima precaución. Nuestro propio conductor nos dice que él nunca viaja en minibús, prefiere no tentar a la suerte.

De camino a Addis, regresamos a la frondosidad y el verdor de los pastos que ya descubrimos en la primera parte del recorridoConforme nos aproximamos a Addis, la cosa empeora más aún. Gracias a la habilidad de nuestro conductor, nos libramos de ser arrollados por un enorme camión que, amparado en la rotundidad de su tonelaje, se nos ha cruzado alegremente sin importarle lo más mínimo las preferencias de paso. Hasta hoy habíamos entrado y salido de la capital en día festivo o altas horas de la madrugada, no conocíamos la ciudad en su propia salsa. Lo que vemos ahora pone los pelos de punta: nadie respeta nada, todos se cruzan con todos. La velocidad media supongo que será ridícula, 5 km por hora quizá o menos. Addis Abeba se me presenta ahora como una ciudad donde vivir resulta casi inhumano. Todo es caótico, sucio, desordenado… Solo en Churchill Avenue la cosa se arregla un poco. Por suerte, nos encontramos en las proximidades del hotel. Nuestro trayecto por carretera ha llegado definitivamente a su fin. Y estamos vivos.

 

DIA 21 – 9 de octubre de 2010 (sábado)

Último día de viaje. Hemos dejado para hoy las compras principales y la visita a la capital. Tengo que adelantar que los preparativos de esta visita no me generan ningún entusiasmo. No vimos mucho de Addis la primera vez que estuvimos aquí, más o menos a mitad de viaje, pero si algo pude sacar en claro es que se trata de una ciudad fea, caótica y sucia. Tampoco hay demasiadas cosas que visitar, exceptuando la zona de Piazza, donde ya estuvimos la otra vez, y el famoso Merkato, una enorme área comercial donde, según dicen, uno puede hallar cualquier cosa que busque y adonde acuden los etíopes a realizar sus compras habituales. Como el Merkato se encuentra también a poca distancia de nuestro hotel, nos dirigimos andando hacia allí.

No se me ocurren muchas cosas que decir de esta inmensa área donde no es difícil perderse. Salvo que uno viva en Addis, no se ven demasiadas cosas que puedan interesar a un extranjero. La afluencia de clientes es enorme, resulta incluso un abrumadora. Nosotros buscamos los puestos de artesanía, pero lo que vemos no nos convence demasiado; en la propia Churchill Avenue hay más y mejores tiendas que aquí, de modo que decidimos dejar las compras para la tarde y, de esa manera, únicamente nos dedicamos a deambular de un lado a otro sin saber muy bien adónde adónde ir. Si alguien pretende encontrar exotismo en la zona del Merkato, será mejor que lo deje para otra ocasión.

Por la tarde cursamos una última visita a lo que constituye el centro simbólico de la ciudad: la zona de Piazza y sus alrededores. A las siete, Abey nos vendrá a recoger al hotel para llevarnos al aeropuerto. Este último paseo, por tanto, tiene un poco de repaso rápido, de inspección urgente antes del ocaso irreversible de nuestra aventura. No soy de los que se lamentan inútilmente cuando un viaje llega a su fin: tengo claro que se trata de una experiencia temporal y que es eso precisamente lo que lo dota de un sentido especial, de un significado propio una vez que nos reintegramos a nuestra vida cotidiana –como el espeleólogo que visita la más profunda de las cuevas y se asombra por su peculiaridad, su belleza y porque poco después regresará a su espacio habitual donde este tipo de accidentes geológicos no existen; si uno viviera permanente en la cueva, lo que ésta muestra dejaría de ser sorprendente–. Sin embargo, en esta ocasión siento algo de tristeza por volver a España. Tengo la sensación de que mi paseo por este extenso y heterogéneo país se ha quedado a bastante distancia del núcleo, de lo que de verdaderamente representa, que aún podía haber cavado más hondo. No busco comprender con todos sus matices la compleja realidad de un país cuando lo visito (sé que es imposible, lo más que puedo llegar a sentir son meras percepciones), pero tengo la sensación de que los Mursi, los Hamer o los Borena que hemos visto se han quedado a demasiada distancia de mi mirada, que apenas he logrado percibir su imagen más tópica y aparente. Probablemente las formas de vida que aún se pueden ver aquí desaparecerán en poco tiempoSupongo que son las vicisitudes de un viaje, ya que, salvo que uno conviva varias semanas con una tribu, siempre quedará al margen de lo que de verdad son, de lo que aún pueden ofrecernos. Creo que también contribuye algo a esta extraña sensación la convicción de que las formas de vida que aún se pueden ver aquí desaparecerán en poco tiempo. Y supongo que eso será bueno, sobre todo para ellos: no creo que haya nadie dispuesto a renunciar a las ventajas que unos adecuados cuidados sanitarios, educativos y tecnológicos pueden ofrecer. La vida de estas tribus es extremadamente dura, aunque sea la única que han conocido hasta hace bien poco, y la pobreza que les rodea es en muchos casos extrema, diría que escandalosa; y tampoco creo exagerado señalar que va aparejada precisamente a este tipo de vida, a su propia organización social y económica, a su dependencia absoluta del medio y de las cambiantes condiciones ambientales. Sea como sea, son conscientes de que las botellas de plástico que algunos turistas les ofrecen como obsequio son más resistentes que las calabazas que ellos mismos fabrican; encuentran más cómodas y convenientes las prendas textiles de fabricación industrial extranjeras que las viejas vestimentas de piel de cabra tradicionales; incluso disfrutan adornando sus cuerpos y rostros con objetos ya inservibles que los visitantes han dejado a su paso por sus tierras: correas de relojes, chapas, tornillos, etiquetas de diversas marcas conocidas, etcétera. No conozco a nadie que haya vivido en la España rural de los años 50 que no piense que la vida de hoy en día es mucho mejor, inmensamente mejor. Pero ¿es realmente bueno que estas tribus entreguen sus costumbres centenarias, su forma de vida tradicional, su espacio casi inmaculado y mágico, No creo que el futuro que espera a estas tribus sea esperanzadorsu cosmogonía intransferible a la voracidad de los mercados y al individualismo desaforado de las sociedades occidentales? Son preguntas para las que no tengo respuesta. En todo caso, deberían ser ellos quienes asumieran el ritmo y el grado de los cambios que inevitablemente están por venir. Lo que ha sucedido con los Masai en Kenia sucederá probablemente con las tribus del valle del Omo. Solo queda esperar que no lo haga de una manera traumática y que los intereses de las grandes corporaciones industriales y económicas que tomen posesión de este territorio no los releguen, como hacen siempre –con la aquiescencia, no lo olvidemos, de los ciudadanos del mundo desarrollado–, al último nivel del escalafón humano. Aunque eso, me temo, es esperar demasiado del ser humano y de su búsqueda imparable de enriquecimiento. De modo que no creo que el futuro que espera a estas tribus sea esperanzador. Las ventajas de las sociedades industrializadas les pillarán, como suele suceder en estos casos, más bien de refilón. Pero todo esto es jugar a futurólogo barato, así que lo único que puedo hacer es quedarme con las sensaciones que la visita a estas tribus me ha proporcionado. Y en la medida de mis capacidades, transmitirla a los demás. Si estas breves líneas sirven para eso, bienvenidas sean. Pero solo hay una manera de acceder a lo que representa hoy en día Etiopía: venir hasta aquí en persona y experimentarlo por uno mismo, al menos antes de que sea demasiado tarde. Lo demás son mediaciones bastardas que poco pueden aportar al prójimo: la vida se vive en primera persona. Quizá sea este el mejor y más honesto resumen de mi visita a Etiopía y las maravillosas tierras del Valle del Omo, que confío en no llegar a olvidar jamás.

© Carlos Manzano 2011

  

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