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SOUL INDIA (y 4)

por Fernando López


LA MEDIA LUNA DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

Dicen que el que muere en Varanasi alcanza el Paraíso y se libera del Samrasa —circuito cíclico de la muerte y la reencarnación— alcanzando de manera instantánea Moksa o iluminación inmediata. Ignoro si esto será cierto, pero en Varanasi te encuentras a gente a la que le falta poco para alcanzarla.

En los accesos a algunos de los ghats, los oscuros túneles eran verdaderos corredores de la muerte o de la vida; depende de la interpretación que haga cada uno. En ellos, esqueletos que en breve serían carne podrida y sudarios agonizantes se daban cita antes de realizar el esfuerzo definitivo de la muerte más deseada. Sin ningún gesto, recogían las monedas suficientes para convertirse en ceniza que transitase en un último viaje el Ganges: el río de la vida.

Me hubiera gustado empezar por ghats más sosegados, pero debido a una de mis múltiples confusiones, con el primero que me topé fue con el de Manikarnika Ghat, la principal zona de cremación de Varanasi y donde las montañas de madera apilada, que en poco tiempo se fundirían con la carne de los muertos, parecía que iban a sepultarte en cualquier momento, mientras el olor de las piras funerarias perfumaba a la gente, que retozaba entre la leña a orillas del río. Un olor a leño seco, evaporado de savia, que imprimía un carácter de sobriedad que no se encontraba en otros ghats; era brisa de misterio.

Uno de los Doms —guardianes del ghat— se apresuró a advertirme que las fotos estaban prohibidas. No obstante, él tendría mucho gusto en explicarme todo el proceso de la cremación; y casi en volandas, me arrastró a ver los hornos, las piras, solicitándome una cantidad astronómica como donación para los huérfanos de los muertos: «La madera es muy cara» —argumentaba. Entregué lo que consideré razonable, sin atender a sus quejas e insultos sobre mi supuesta tacañería. Me largué del lugar filtrando una bruma de humo, mientras grupos de hombres con cara ida aguantaban turno para incinerar a sus difuntos. La sensación no era de temor, no era de nada. Simplemente, extraña.

Continué mi paseo en zig zag por los escalones de los ghats; todos diferentes, todos con su historia, todos con sus fieles: una media luna de la vida y la muerte donde la multitud se agolpaba en la orilla de un río purificador que como imán atraía cuerpos semidesnudos que se sumergían desordenados en unas aguas café con leche. Nadie daba muestras de tristeza. Elevaban el agua hacia el cielo ofreciéndola a los dioses; apretaban las manos pretendiendo retenerla, como apeteciendo introducirla en sus cuerpos; como vacuna a la desesperación, a la infelicidad. Era una celebración colectiva en la que los traspiés y resbalones eran incesantes motivos de risas complacidas, y en los que una caída o un pie torcido no producía dolor. El sufrimiento se había quedado en la entrada del ghat. En algunas zonas, en el agua, una vegetación enredada con motas de ceniza era jardín acuático abonado por los muertos liberados del Samrasa: un vergel flotante que se acercaba en un último adiós a Varanasi antes de que la corriente y los baños de los hombres lo deslizase en lenta navegación hacia el mar de la iluminación: el mar de la vida eterna.

Me detuve para descansar en el ghat de Dashaswamedh. Bajo anárquicas sombrillas y carpas, masajistas sin titulación ponían en orden los huesos de manos y brazos: eran masajes de tacto pegajoso, hechos con óleos de sudor; masajes de los pobres; masajes de billete de diez rupias mil veces manoseado. Acomodado en un camastro de bambú entrelazado, observaba el ritual de la común ablución y me abstraía pensando en lo cerca que allí estaba la vida de la muerte, la muerte de la vida. Una separación de metros que quizá fuese irreal, porque la vida y la muerte encarnaban lo mismo.

Peregriné por unos, por otros..., arrastrando unos pies que andaban casi de puntillas, sin querer hacer ruido en esos lugares sagrados. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, las escalinatas se iban a desmoronar obedeciendo las órdenes de un Ganges que desde hacía tiempo me estaba reclamando.
 

REMANDO EN EL GANGES

A pesar de la atracción espiritual que causaba el Ganges, de los beneficios que producían los baños y de la oportunidad de purificarme, fui incapaz de sumergirme en sus aguas. No tenía ni el valor ni la fe suficiente para hundirme en unas aguas que desconocía qué podían contener, qué ocultaban bajo su superficie restos de media India: agua que en algunas zonas era estanque de enfermedad donde anidaban la infección y la muerte.

Clareaba el día, y los barqueros deambulaban por las escalinatas de los ghats en busca de unos clientes que en esos momentos se encontraban consumando sus abluciones. Uno de ellos, se enfiló hacia mí y, después de negociar durante más de media hora el recorrido y la duración, acordamos un precio que, aunque alto, era razonable. Navegamos por espacio de una hora y media, remando hacia el sur. Partimos del Lalita ghat. Nuestro destino era el Asia ghat regresando por el centro del Ganges para finalizar en Kedara ghat, donde yo desembarcaría y el barquero proseguiría su singladura hasta nuestro punto de partida.

El Ganges con sus opacas aguas rechazaba los primeros rayos de sol manteniéndose gris, imperturbable a las paladas que daba un barquero que de vez en cuando interrumpía su esfuerzo para secarse el sudor. La corriente era ola que susurraba a la ciudad, en tanto que las abluciones eran murmullo que hacían eco en los palacios y templos de cada ghat. Los desvencijados palacios —que estoy seguro nunca fueron nuevos— asomaban a la orilla simulando ser fortaleza de una ciudad tan vieja como la historia, tan vieja como el mundo. Había un ghat, no recuerdo el nombre, donde se hacia una enorme colada, y la ropa y sábanas de matrimonio se tendían en unas escalinatas quemadas por el sol. Era una travesía de música lenta, donde el imaginario sitar y la flauta que en esos momentos pensaba, ambientaban un decorado de imágenes nostálgicas que nunca antes había vivido.

El barquero inmovilizó la embarcación. Me pidió un cigarro, y fumamos en un silencio inflado de bocanadas largas, de miradas hacia al agua, de miradas hacia nada. Le pedí los remos y durante unos metros bogué por el Ganges, sufriendo en las manos el tacto de una madera astillada que hinchaba mi piel en pequeñas ampollas. El escozor me obligó a devolver los remos y a continuar el resto del paseo soplándome las manos para aliviar un picor que se había hecho molesto. Desembarqué en el puerto de la lepra, donde los muñones demandaban una limosna que no podían recoger. Los más afortunados, los que aún tenían manos, recontaban los granos de arroz que los peregrinos depositaban en sus palmas; granos que de forma comunal almacenaban en pequeños sacos. Ese día podrían alimentarse, distraer a un estómago que, de no comer, era casi espalda. Estuve tentado de utilizar mi cámara, pero yo no había viajado a la India para retratar la miseria: solo la vida. Al abandonar el Ganges y los ghats, con el alma batida por el sufrimiento, hubo algo que sacó mi lado más oscuro, el más violento, el que menos me gusta.

Como en cualquier ciudad turística, y Varanasi lo es, te abordan vendedores, comisionistas y otros etcéteras, que aseguran tener la mejor seda del mundo, el mejor hachís de la región, una heroína que quita el sentido, el mejor cambio de moneda o el mayor surtido de carne humana que alguien pudiera imaginar: mujeres, hombres, travestís, eunucos y hasta niños. Como entre estos tipos que viven humillando a los demás y yo, como decía Serrat, hay algo personal, y no me acongojan en absoluto sus caras de «acojonar», ni sus modos zafios y agresivos, los corto en seco y mirándolos con una gesto de mala leche, que si me viese yo en un espejo seguro que tendría miedo, los provoco, los increpo y los desprecio en actitud desafiante. Sus insultos y advertencias me traen al fresco.

Puedo tolerar la mierda, pero no la escoria.
 

CALLEJUELANDO

A las seis de la mañana ya estaba en la calle, pateando los cinco kilómetros que separan Cantonment de Goudalia. Necesitaba saciarme del Ganges y sus Ghats.

En Varanasi, cada metro recorrido te ofrece la posibilidad de descubrir una ciudad mágica, de paleta de pintor, de símbolos escondidos en cada rincón, en cada gesto que te atrapa y te desordena el alma.

Descargaba mis ojos en cada casa, en cada balaustrada vencida por el tiempo, en cada hombre amanecido; y era entonces cuando comprendía que Varanasi es la vida que alguien quiso disfrazar de un halo de muerte.

Una vez en Goudalia, me perdía una y otra vez por los laberintos de callejuelas que velaban imágenes de dioses azafranados que te empujaban al Ganges o a la oración: Ganesh, el dios elefante, es de los más populares; parece un dios de dibujos animados. Allí pasaba horas abandonándome. Observaba cómo los oficios aún eran hechos con cariño, con amor: me guiaba por los sonidos, por los aromas de especias recién molidas. En una de las angostas calles, calle que me costaría volver a encontrar, asistí al concierto de martillos más maravilloso que los hombres pudiesen componer: los carpinteros golpeaban con una cadencia digna de los mejores percusionistas tablas de madera creando una sinfonía de golpes que más bien parecían acariciar la madera que maltratarla. Perdí la noción del tiempo sentado en la calle, y el que me prohibiesen el acceso al templo de Vishwanatha, el templo Dorado, por no ser hindú, me trajo sin cuidado.

Reanudé mi particular peregrinación, profundizando en el barrio musulmán donde los animados bazares se organizaban en una anarquía de calles flacas, que conducían a recónditas mezquitas en las que el muecín emplazaba a la oración y la India parecía no existir. Como no existían los turistas: solo un español despistado que se detenía en todos lados, que dialogaba con quien podía, que filmaba con los ojos y se quedaba alucinado viendo el bazar de los juguetes de plástico malo que pocos niños disfrutarían. Yo.

Agonizando mi vida, me adentré en un suburbio de barro en el que todos los credos posibles de la India se hermanaban en hambre y desesperación. Nadie me mendigaba nada; sólo alargaban la mano para estrechar la mía. Sólo eso. Cuando uníamos nuestras manos, en un apretón fuerte y solidario, sabíamos que nos queríamos desear algo bueno. ¡Tantas cosas!

Estaba empapado en sudor. De regreso al hotel, viré otra vez el rumbo. Los cinco kilómetros desde Goudalia se transformaron en ocho: mis labios estaban secos, mi cuerpo deshidratado, mis piernas ralentizadas, y cada vez me costaba más caminar. Volví atravesando la estación y al ver a los peregrinos y a los futuros muertos, me invadió una sensación de angustia. Dudaba si podría llegar al hotel en buenas condiciones; a pesar de que bebía litros de agua que en segundos eran cataratas que recorrían mi cuerpo. Me preguntaba si desafiaba a Varanasi o era yo el que necesitaba el reto. Extenuado, me desplomé en mi habitación. Me dolía todo el cuerpo: la templada ducha de agua y una cama perfectamente hecha me recordaron que habían sido más de ocho horas caminando bajo un sol abrasador: veinte kilómetros que fueron un instante.

Ese día yo fui Sara.
 

CICLO-RICKSHAWS WHALASH

Su medio de vida es su hogar, su sustento, su prisión... Son los taxistas más pobres de la tierra. Sobreviven a golpe de pedal jugándose la vida entre el caótico tráfico de la India por unas pocas rupias ofrecidas con desprecio. Se encuentran en cualquier lado: en las puertas de los hoteles, alrededor de los comercios, aislados en mitad de una foto de la India. Se llaman Baba, Lotha, Raju, Sowri, Zakir, pero todo el mundo ignora sus nombres y los derechos que no tienen. Semivisten de retales ajados y manchados del paso de los días. En las calles, son cabeza de turco de policías, de conductores, de peatones, que descargan en ellos todas sus frustraciones en empujones, pitidos, insultos o desprecio. Son intocables, impuros para otras castas. A pocos les sale ya la risa. No saben de horarios ni de esfuerzos. Cuando se atreven a mirarte a los ojos lo hacen con la mirada de un perro tristón que espera y suplica la atención de su amo. No quieren limosnas, quieren ganar su comida; su vida.

Aunque creo que ningún hombre tiene derecho a ser llevado de esa manera, los contrataba con frecuencia. Y la razón no era otra que la de ayudarles a subsistir. Cuando montaba en uno de estos ricksahws de ruedas desiguales, imparalelas, iba incómodo, con el corazón encogido al ver el titánico esfuerzo que realizaban; y no podía sentir más que admiración. Cuando veía sus espaldas sudorosas y el dolor silencioso que se reflejaba en sus resignadas caras, las pedaladas me dolían a mí.

Los más viejos permanecen en áreas llanas, sin cuestas. Saben que ya no pueden cargar con más peso y se los ve circulando con parsimonia, soñando con una carrera diaria que les permita una pedalada más: la carrera de la vergüenza, la carrera perdedora y asesina que los acabará en posición fetal mientras duermen en su ricksahw. Todos morirán en él, en su casa.

Yo solía pagarles con dinero y con respeto, que es como se pagan los trabajos bien hechos. Pagaba la semana aunque sólo los utilizara media hora, no creaba falsas expectativas ni me escapaba en promesas incumplidas cuando me aguardaban a la puerta del hotel: «cada hombre debe tener su oportunidad» —les decía—, algo que ellos nunca llegarán a comprender porque no saben de palabras de esperanza, y me igualaba a ellos, bajándome del rickshaw ayudándoles con mis manos a moverlo cuando quedábamos atrapados en los atascos: esto no lo haría un indio en la vida. Cuando repetía de rickshaw, casi nunca me querían cobrar.

Y aunque la gran mayoría son así, existen otros que la codicia y el dinero fácil los lleva a querer cobrarte cantidades astronómicas, o a ser sicarios de los emporiums y tiendas de alfombras y seda. A éstos les negaba su oportunidad, a pesar de que acababan bajando los precios cada diez metros: una cosa era ser razonable y otra muy distinta hacer el primo.

La avaricia no es un lujo que se puedan permitir porque como siempre dice Isabel, una amiga mía: «Lo que natura no da, Salamanca no presta». Y esto en la India es más verdad que cualquiera de sus templos.
 

SÁBADO DE MIÉRCOLES

Hay ciudades de las que da pena marcharse, son lugares donde el equipaje se hace despacio, sin prisas: se dobla la ropa una y otra vez, se coloca con mimo. Oteas la ciudad desde la ventana intentando capturar tus últimas imágenes y revisas varias veces la habitación que horas después estará ausente de ti; no por ver si olvidas algo sino para retrasar el cierre definitivo de la maleta o la mochila que te acompaña. Apuras hasta el último momento con la esperanza tonta de dilatar el tiempo para dirigirte a la estación, al aeropuerto o a la salida de la ciudad.

Mi vuelo despegaba a las dos de la tarde, y parte de la mañana la había ocupado en pisar por última vez las calles de una ciudad que ya me estaba incitando a regresar sin haberme ido. Y de estas, recordaba, había unas cuantas en España y en el Mundo. Los diecisiete kilómetros que separaban mi hotel del aeropuerto se me hicieron minutos: quería un atasco, un pinchazo; quería dar la vuelta; ¡ Qué sé yo!

— Ahí vive Ravi Shankar —me comentó orgulloso el taxista, señalando una casa con jardines y altos muros.

— ¿Sabe quién es? —preguntó.

No lo iba a saber. Ghandi y Ravi Shankar habían sido los dos primeros indios que me habían interesado lo suficiente como para ojear algo más que un titular de periódico o una reseña biográfica de enciclopedia: Rabindranath Tagore completaba mi trilogía india.

La primera vez que escuché a Ravi Shankar, fue en una cinta de color verde que tenía mi cuñado: era una grabación del Concierto de Bangla Desh en el que actuaban George Harrison, Eric Clapton, Leon Rusell, Bob Dylan y otros músicos que me han hecho pasar muy buenos ratos. Al principio, me había costado mucho entender su música: me parecía un rollo. El paso de los años y los discos me hizo ver cuan equivocado estaba. Ahora que partía de Varanasi, sabía que la música de su Sitar era el reflejo de las aguas del Ganges y su inspiración el alma de la ciudad.

Al llegar al aeropuerto, un aeropuerto de juguete, franqueé mi primer control de seguridad. La policía me solicitó el billete antes de entrar en la sala de facturación, y me advirtió que debía atravesar por un detector de metales; que invariablemente siempre suena cuando paso por uno de ellos. Al escuchar el estridente sonido de los pitidos, ni se inmutó y me hizo un gesto de «anda pasa» o «circule» que me dejó un poco desconcertado. Una vez dentro, chequeo por rayos de mi mochila y bolsa de mano, antes de entregarme mi tarjeta de embarque y facturar un equipaje que no figuraba, pudiera extraviarse en un sitio tan pequeño.

Dudaba si el vuelo saldría. No éramos más de quince pasajeros los que nos encontrábamos en el aeropuerto, e ignoraba que el vuelo luego continuaba hasta Bombay y que, seguramente, en Delhi se completaría. Al final, medio pasaje, media entrada. Hasta tres controles más pasamos antes de subir al avión: uno de máquinas y dos de revisión y magreo donde me quitaron cerillas y mechero. Controles que no son muy normales, a pesar del «11-S». Despegamos. En una hora y poco estaríamos en Delhi, escala de mi viaje a Amritsar.

La llegada a Delhi fue una llegada de sábado por la tarde, aunque en realidad era miércoles. Ignoro por qué, pero me parecía sábado y fue imposible quitármelo de la cabeza hasta que llegué a Amritsar a la mañana siguiente.

Un taxi de prepago me trasladó hasta la estación de New Delhi en Paharganj. Durante el trayecto, de unos cuarenta minutos aproximadamente, atravesamos las zonas residenciales de Delhi. Se veían amplios parques y jardines, avenidas kilométricas con edificios oficiales y una limpieza inusual en la India: en suma, otra ciudad. A medida que nos acercábamos a Paharganj brotaba la Delhi de siempre, mi Soul Delhi.

En la estación mis «Hi friend» me aguardaban para lo de siempre: un taxi, un rickshaw, un billete, un hotel, unas compras..., pero en segundos captaban que ya estaba vacunado de sus propuestas y desistían de colarme algo. Algunos se quedaban conmigo de cháchara. No tenían mucho que hacer ni yo tampoco hasta que saliera mi tren, así que pasábamos un ratillo agradable mientras todos vigilábamos mi mochila con el rabillo del ojo.

Que soy bastante torpón viajando, a pesar de que lo he hecho en muchísimas ocasiones, que nunca me he perdido y que nunca me ha pasado nada, lo confirma el hecho de que me paso el día preguntando hasta que no tengo ninguna duda sobre la respuesta. A mí me gustaría tener esa seguridad de quien se mueve por el mundo sabiendo todo, sin margen de error ¡Claro que a lo mejor ellos también se equivocan!, pero prefiero quedar como lerdo y llegar, que pensar que me guía la divina providencia. Tenía tiempo de sobra, y después de la experiencia de Satna, en la que tuve que hacer los doscientos metros gente, me encaminé hasta el andén desde donde partiría en hora y media el tren: fui afortunado y conseguí sentarme en un banco resguardado de la lluvia que hacía un buen rato duchaba la ciudad de Delhi. La aparición de los primeros turbantes sijs por los andenes me alivió: no cambiarían el anden de salida.

Estaba en el sitio correcto.
 

NOCHE CON LOS SIJS

El tren llegó puntual. En breves intervalos de tiempo, subieron mis compañeros de viaje: un hombre de negocios, tres sijs, uno de ellos ortodoxo, y un sujeto imposible de definir. Todos punjabís.

Durante una comida de antiguos compañeros y siempre amigos, José Luis, el mayor del grupo y disfrutador como pocos de los placeres de la vida, el cual un día decidió quedarse calvo por no tener un pelo de tonto, me había aconsejado viajar hasta a Amritsar, en el Punjab, al lado de la frontera con Pakistán. Su sugerencia me desviaba bastante de mi idea original y, al principio, escuchaba como aquel que no toma en mucha consideración las palabras que te trastocan los planes o tus fijaciones. Entre copa y copa de vino, un vino perfectamente elegido por Luis, un vino de dos botellas, su particular y emocionada descripción del templo Dorado y una rotunda afirmación: «Los sijs son una gente maravillosa», me hicieron considerar, muy seriamente, la posibilidad de poner patas arriba otra vez el itinerario. Arcadio, un leonés que de buena gente que es no debería pasar por el juicio final, me decía: «Chiqui tú a tu aire» y Luis, un financiero de ojos llenos de enigmas al que el tiempo dio la razón, aconsejaba: «Fernandito cuidaste»; pero José Luis ya me había metido el veneno.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue encender el ordenador y duplicar varias veces las hojas de cálculo donde concebía los itinerarios previos. No necesitaba informarme mucho, el consejo de José Luis era suficiente garantía: hay tipos en la vida de los que te fías, de esos que tienen un criterio natural para determinados asuntos y que no defraudan en sus comentarios: José Luis es uno de ellos.

Y como decía José Luis, los sijs son una gente maravillosa: de mirada penetrante, seria, de «mariconadas» las justas, esconden en su interior una mezcla perfecta de inteligencia, seriedad, corazón, respeto y simpatía, que es difícil no sentirse a gusto con ellos. Tienen fama de guerreros, de haberlas liado pardas, pero los han machacado muchas veces. Hoy, aún siendo minoría en India, ocupan buenos puestos en la Administración, en las empresas y en los estratos más elevados de la sociedad: incluso los menos afortunados parecen pobres ricos de la India.

No sé por qué, pero los indios se dirigen a ti en comandita. Uno de ellos lleva la voz cantante y el resto hacen los coros: Khushwant, un sij rechoncho, de barriga de muchos banquetes, tomó asiento junto a mí, y me ofreció su comida, asegurando que era casera, que la había preparado su hermana que vivía en Delhi. Contagiados por su generosidad, el resto de mis compañeros de viaje desplegaron sistemáticamente tarteras y chapatis envueltos en papel de periódico que habían comprado en la última estación. Yo no tenía nada más que ofrecer que agradecimiento, así que llamé al chai walash que, con pericia, nos escanció en unos pequeños cuenquitos de barro el aromático chai masala; un té emulsionado al abrigo de la hospitalidad, un té con sabor de amigos: un té universal.

Durante esa cena de grasa en los dedos y en los labios, reímos, bromeamos, y charlamos sobre los hindúes, sobre los musulmanes, sobre Pakistán, sobre religión y, sobre todo, sobre el templo Dorado. Cuando hablaban del templo, cuando describían cada uno de sus rincones, cuando Dirhu, el sij ortodoxo, tarareaba melancólicas canciones punjabís, y de los hieráticos rostros, de sus absortos y temibles perfiles sijs manaban lágrimas, te acordabas de los cretinos que confunden la sensibilidad con la debilidad de carácter, la velocidad con el tocino, y la fortaleza con el «a mí no me afecta ná». Eran hombres valientes, eran guerreros, eran enérgicos, eran sijs.

A media noche, comenzaron a subir militares a los vagones del tren. Eran soldados sijs: altos, delgados, pura fibra. Sus cabezas cubiertas por un turbante azul y sus barbas negras imponían. Se desplazaban por los vagones rápidos, ruidosos, como si estuviesen registrando en busca de alguien. El sonido metálico que producían sus fusiles al chocar con las puertas del tren era un sonido duro, de los que mejor que sea en las puertas y no en tu cara. Uno de los soldados, el que parecía tener más galones, abrió la cortina de nuestro compartimento y durante unos segundos nos examinó, concienzudo, enfocando alternativamente su linterna hacia nuestros ojos. Dialogó sosegado, creo que en punjabí, con Khushwant que de vez en cuando me miraba tranquilizador —aquí no pasa nada—, y se marchó al ser requerido por un camarada: nos dejó cuadrados. Khushwant, queriendo justificar lo que acababa de pasar, me explico:

—Es un control rutinario. El Punjab es inestable, la cercanía con Cachemira, con Pakistán, facilita el movimiento de espías venidos de Pakistán y de grupos desestabilizadores de Cachemira. Los integristas sijs llevan tiempo sin atentar. Y aunque la situación ha mejorado, no podemos bajar la guardia.

A medida que se acercaba el alba, el convoy se detenía más tiempo en las estaciones. Cada nueva parada era una despedida, un gesto de lealtad futura, un amigos para siempre. En la última estrella de la noche, en la primera de la mañana bajó Khushwant. Me entregó su tarjeta y nos fundimos en un abrazo.

Un abrazo de quien se conoce de toda la vida.
 

EL TEMPLO DORADO

Me gusta llegar a las ciudades con la amanecida. Incluso los días de calor huelen frescas. La luz del sol colorea con pinceladas de tiempo las fachadas, dibuja las calles, traza las avenidas y restaura la vida.

Caminé los escasos cien metros que separaban la estación de Amritsar del Grand, el hotel en el que tenía previsto pernoctar. En la penumbra, tumbado en un jergón, aún dormía el recepcionista: un ejem, ejem, ¿hay alguien ahí?, despertaron al aturdido empleado que se estiraba de bailarina de ballet al tiempo que rugía como el león de La Metro. No parecía tener interés en que fuese su cliente. Somnoliento y legañoso, me mostró una habitación de paredes celestes donde los churretones de sangre seca eran pruebas fehacientes de que en ese cuarto se habían cometido espeluznantes masacres de mosquitos. La colcha de la cama dañaba la vista: era una colcha de depresión, de esas que nunca conocieron noches de amor; lo más, un torpe revolcón de sábanas gastadas. La mesilla de noche sostenía una lámpara de a media luz los dos y el ventilador distribuía a partes iguales aire y polvo. No había armarios ni cajoneras donde colocar la ropa: sólo una silla. Como extra, un televisor que yo presumía era de los de pocas líneas y mucho movimiento: un televisor con hipo. El cuarto de baño era un solar con un lavabo, una alcachofa de ducha y una taza. Lujo asiático, vamos.

Aún así, decidí quedarme. El hotel tenía un patio interior que recomendaba la lectura en las horas de calor. No pudo ser: una diferencia de trescientas rupias en el precio y el ofrecimiento de una habitación peor, bastaron para que recogiese mis bártulos y a otro hotel mariposa. Por la misma tarifa, me alojé en el mejor hotel de la ciudad. Me duché, tomé un café y fui hasta la puerta del hotel a negociar el precio de un ciclo rickshaw.

A las puertas del templo, los peregrinos pululaban un buen rato antes de lavarse los pies. No se veían mendigos, no existía el dolor: otra India.

Los sijs eran unos tipos organizados: hospitalarios y afables, guardaban los zapatos y las pertenencias de los visitantes en cajetines de madera perfectamente alineados; nada del barullo de las mezquitas y templos hindúes. Proporcionaban pañuelos para cubrirse la cabeza de forma totalmente gratuita, sin solicitar nada: cada cual elegía su color. Una joven me observaba divertida mientras yo intentaba colocarme un pañuelo a modo de bucanero; un pañuelo que resbalaba por mi cabeza y acababa en mis ya desesperadas manos: ella se acercó, posó sus ojos en los míos y, sin mediar palabra, agarró el pañuelo y lo deslizó por mi cabeza ajustando dulcemente el nudo en el cogote, alejando sus manos en una caricia de dedos en mis labios. Sonrío. En un gesto de complicidad nos dijimos adiós.

No creo que haya en el mundo templos en los que la espiritualidad esté presente en todos los rincones como en el templo Dorado de Amritsar. Una vez que traspasas las puertas del recinto, te arropa una sensación de paz que te reconcilia de golpe y porrazo con todo aquello que es motivo de turbación: el templo, abierto por los cuatros puntos cardinales, simboliza la apertura a todas las religiones, a todas las castas, a todos los hombres. Es un núcleo de respeto que persigue la concordia y la comunión con Dios.

Deslizándome por el bruñido mármol, admiraba el harmandir, el «Templo dorado de Dios» que emergía majestuoso de las aguas del Amrit Sarovar, «El estanque de la inmortalidad». En el interior, fluía la lectura de su libro sagrado «el Adi Granth» que amplificada por potentes altavoces y acompañada por la armonía de la música, envolvía de religiosidad el complejo.

Al abandonar el harmandir, dos de los guardianes insistieron en ofrecerme prasad. Acomodado en el mármol, masticando el alimento sagrado y contemplando el estanque, se acercaron a mí dos sijs que, tras solicitarme permiso para tomarme una foto e intercambiar clicks, se sentaron a mi lado.

Jagtar y Adish eran dos sijs amables, gordinflones, no muy altos en comparación con los imponentes guerreros que custodiaban el templo. Después del interrogatorio típico de quién eres, de dónde eres y qué haces aquí, sondearon mis conocimientos sobre la religión sij.

— Realmente no sé mucho —confesé—. Tengo entendido que es una mezcla de las religiones musulmana e hinduista.

— Eso es inexacto —replicó Jagtar—. Es cierto que hay aspectos que parecen sacados de esas religiones. No somos musulmanes ni hindúes; nuestra religión es única: el sijismo predica que no importa la religión que sigas, siempre que lo hagas de forma correcta. El sijismo no es solo dejarse crecer el pelo y comer prasad en el gurudwara: el sij es una persona que cree en Dios y en los primeros gurúes; un sij es aquel que a través de la justicia, el conocimiento y del esfuerzo espiritual alcanza la armonía con Dios y la sociedad.

Animado por las palabras de su compañero intervino Adish:

— Pero es que además somos otra raza. La gente dice que los gurúes fueron hindúes o visitaron la Meca, pero la realidad es que el gurú Nanak fue a la Meca a predicar la palabra de Dios, no a abrazar el Islam.

— Tienes razón amigo mío —apostilló Jagtar que ocultaba su barba en una redecilla—. Los sijs deberíamos dejar de pensar que somos parte del Hinduismo o del Islam: cualquiera que conozca un poco nuestra historia sabrá que tanto hindúes como musulmanes nos han golpeado en uno u otro sentido en el pasado.

— He leído que la lectura de las escrituras sagradas no se interrumpe nunca. ¿Cuál es la razón?

— Las escrituras sagradas fueron escritas por nuestros gurúes, su lectura es la única vía para aprender sus enseñanzas —respondió Adish—. ¿Cómo puede una religión seguirse adecuadamente, si los profetas no han escrito ellos mismos las escrituras? El sijismo es la única religión que fue escrita por los profetas, por los gurués. Por esa razón, nuestra religión nunca ha sido alterada ni tergiversada.

— Pero el gurú Nanak dijo que no había que creer solo en las escrituras —replicó Jagtar.

— Lo que en realidad dijo el gurú Nanak fue que la palabra no es suficiente para abrazar un culto. Uno se tiene que convencer por sí mismo, tiene que creer por sí mismo. Esto es válido para cualquier religión.

Me abandonaron para ir al Guruka-langar, una gigantesca cantina comunal donde los sijs ofrecen comida gratuita a los visitantes. No los acompañé: ya había estado allí, y quería perderme en las callejas de la ciudad amable.
 

LLUVIA

Amritsar me estaba encantando. Supongo que, templo Dorado aparte, el que no te abordasen ni te diesen la brasa —la gran brasa india— contribuía a ello. Se podía pasear sin ningún temor a ser interrogado de forma involuntaria; se podían examinar telas y chales sin una legión de curiosos alrededor; se podía, en fin, respirar. Marujeé un buen rato por el bazar textil, un enorme laberinto de telas estampadas que hacían complicada la elección. Los grandes y enormes rollos de las telas parecían apuntalar los muros y tabiques del bazar. En mi vida había visto tal cantidad de comercios que vendiesen lo mismo. En el lugar más recóndito, encontrabas un tenderete, una galería sin salida en la que se exponían los más variados tejidos que yo suponía podían vestir a media India. Me adentraba en las tiendas y allí, medio tumbados sobre un suelo enmoquetado de sábanas, el dueño y yo comentábamos las calidades, los precios, las posibilidades de los lienzos, en tanto que un empleado se afanaba en desenrollar los grandes cilindros de mil colores y motivos extendiéndolos por el local: «que no te convence esto, ¡niño, trae los chales!», vociferaba el dueño, contento de tener un cliente extranjero, un cliente de postín: un «mirlo blanco» en su establecimiento con el que haría el día. Me divertía muchísimo: fingía entender, ser un experto en materia textil cuando la realidad es que me costaba diferenciar las calidades: la experiencia de haber visto y sobado telas en otros lugares, junto con el análisis de los gestos del dueño y del personal, que a mis comentarios cambiaban el semblante, me ayudaban a decidir. A veces no era suficiente y, si no timado, seguro que alguna vez me llevé algo bien pagado.

Así transcurría la mañana, feliz de estar en una ciudad amable en la que la gente ofrecía su hospitalidad desinteresadamente. Cuando abandoné el templo Dorado y antes de perderme en el Bazar, callejeé por los suburbios próximos al centro de la ciudad, mirando los oficios, escuchando los trabajos, viviendo la ciudad. Descansé en una carpintería que olía a viruta y goma fresca; charlé, sin saber cómo, con un sastre que no sabía inglés y bebí agua en un pequeño puesto donde el propietario y sus amigos me quisieron regalar chocolatinas y otras chucherías como muestra de hospitalidad: tenía mi propia pandilla india. El día era perfecto. Me encontraba muy bien.

Había quedado con el dueño de la tienda en recoger mis compras al día siguiente: no es práctico patear una ciudad cargado de bolsas y menos, en ciudades donde el espacio para pasar en determinadas calles es para dos personas o una vaca. De todos modos en Amritsar se veían pocas.

Las nubes comenzaron a descargar agua. Primero, unos gotitas, luego un chaparrón y finalmente la lluvia del monzón en todo su esplendor. Al principio, no había dado mucha importancia a la lluvia. Me encontraba cerca del bazar textil, fisgando en un entramado de callejuelas donde se vendían cacharros de menaje, pucheros de cobre y metal, y no imaginaba, que el aguacero durase más de quince minutos. Sin embargo, la lluvia seguía cayendo, y busqué refugio en un portalón de una casa abandonada. Pasó una hora, pasaron casi dos, cuando viendo que no paraba de llover, decidí regresar al hotel. Como no tenía ni idea de dónde me encontraba, me metí por la primera calleja que tenía más de tres metros de anchura. Estaba inundada, viré en la siguiente; también. Regresé chapoteando sobre mis pasos, explorando nuevas calles por las que poder escapar; pero estaban anegadas. Volví a la casa abandonada y esperé un tiempo más. Fue peor: la riada de agua amenazaba con llegar a mi arruinada guarida. El nivel de las aguas iba subiendo hasta originar pequeñas «Venecias» sin góndolas, pero con mendrugos de una porquería que navegaba incontrolada, de «rafting», en los canales formados por la tromba de agua. Había leído en el Times of India que en una zona del norte de India habían muerto cuarenta y dos personas por los efectos provocados por la lluvia. Y, en Amritsar, la lluvia iba a más. Como no quería ser número anónimo de portada de periódico, salí de allí hundiendo mis piernas en un agua chocolateada que me llegaba por encima de los tobillos: conseguí alcanzar una pequeña glorieta, en la que un «todo terreno» remató la faena equilibrando, en un derrape que hizo de surtidor con chorro a presión, la cantidad de agua en mi cuerpo. Mi cuerpo cada vez era más blanco, más grimoso; era agua vestida. Derrotado por la lluvia, convencí —en realidad fueron mis rupias— a un conductor de auto rickshaw para que me llevase al hotel. Encerrado en el vehículo, al que habían colocado en los laterales dos trapos hechos jirones a modo de cortinas, pude observar que toda la ciudad era un parque acuático y la entrada del hotel, una laguna. Desembarqué como pude por una puerta lateral, con el agua por encima de las rodillas. Ya en mi habitación, tomé una ducha caliente. Me puse cómodo. Con un cuerpo menguado, fofo y estriado, telefoneé al servicio de lavandería y al de habitaciones. Sabiéndome seguro, mientras sorbía el humeante té, reflexioné sobre el día, llegando a la conclusión de que a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, que amaine el temporal.

Porque en la vida, el sol no sale ni al mismo tiempo ni para todos por igual.
 

FRONTERA CON PAKISTÁN

Los últimos restos del agua caída habían formado grandes charcos en varios puntos de la ciudad. La mañana asomaba radiante, de buganvillas limpias y un sol picante, que en horas secaría los temporales lagos nacidos de las lluvias, convirtiéndolos en barro, en aceras movedizas y traicioneras que hundían aún más los esfuerzos de la vida. Con dificultad, el ciclo rickshaw walash que me transportaba hasta el templo de Durgiana pedaleaba por unas calles desniveladas que obligaban, en ocasiones, a hacer un trabajo solidario para liberar unas ruedas sin guardabarros de la tierra humedecida. Nos arrastrábamos humillados, con la cabeza agachada, empujando por el manillar y por uno de los laterales del asiento, tensando unos músculos que se agotaban en cada empujón, en cada vuelta de radio. Éramos dos hombres con un mismo problema; éramos un problema para el conductor de un camión de reparto que su mala suerte puso a nuestro lado. Cuando conseguimos escapar, nos recompensamos con sendas botellas de agua mineral y un rato de conversación.

— ¿Conoce la frontera con Pakistán? —dijo mi ciclo-chofer—. Es verdaderamente bonita, muy interesante. Si quiere yo lo puedo arreglar.

El día anterior, en mi paseo por el mercado de Amritsar alguien me lo había comentado también. Tenía toda la tarde libre y sólo eran treinta kilómetros por unos paisajes que, según me pintaron, debían ser espléndidos. No lo pensé mucho, aunque la frontera me imponía un poco de respeto. Regateamos el precio fácil; de precio de salida razonable. Un coche me esperaría a las puertas del hotel a media tarde, a las seis; no antes ni después. Eso era importante aunque ignoraba la razón. Nos despedimos en la entrada del templo de Durgiana. En el templo, caminé por el mármol mojado y permanecí en su interior, no sé si rezando o meditando un buen rato antes de recoger mis compras y regresar al hotel.

A las seis en punto, me esperaba un sij bastante serio, de esos que infunden respeto: era un sij duro, de rostro de guerrillero que ves en el telediario; de esos que en cualquier momento se cabrea y te la lía. El coche era una furgoneta pequeña, bastante vieja, destartalada, sin nada de serie y golpeada por el tiempo.

Las relaciones de India con Pakistán en esos momentos, creo que en ninguno, eran buenas y esto, unido al «careto» del sij me acongojaron un poco. Sólo cuando monté en la parte delantera y vi una pegatina del gurú Nanak me calmé un poco. No tenía ni idea de lo que iba a ver, no sabía cuánto tiempo duraría la excursión, no me habían explicado nada. Me dejaba llevar a un lugar en el que precisamente los turistas no debían estar muy bien vistos. Abandonamos Amritsar atravesando unos animados arrabales que anunciaban el final de la India. No sabía qué ocurriría allí, mi chofer no hablaba y las preguntas eran respondidas con un lacónico sí o con un seco no. Solamente por ver los campos de arroz, valía la pena arriesgarse. A medida que nos acercábamos, el tráfico era más denso y la velocidad de atasco. Cuando llegamos, me dijo que bajase, que debía andar quinientos metros. Él me esperaría hasta mi regreso.

La frontera estaba atestada de gente: se vendía agua, banderines de India, postales y discos del templo Dorado: ¿Qué significaba todo eso?, ¿dónde carajo me habían llevado? Manejaba diferentes hipótesis, entre ellas que la frontera era, en realidad, un lugar de compras libre de impuestos donde la gente acudía a comprar. Nada más lejos de la realidad. Seguí a la multitud para saber donde acababa todo. En el puesto fronterizo, un soldado me pidió el pasaporte, me cacheó por todas partes, descubriendo una pequeña navaja que llevaba. No me la quitó. Trajeron un perro, y durante unos segundos me olisqueó llegando a apoyar sus patas en mi pecho, al tiempo que el soldado lo manejaba a tirones, moviéndolo a mí alrededor: —Es por las bombas, ¿sabe?, fue su única explicación. En esos momentos ya se había hecho un corrillo de indios a mi alrededor. Anduve un rato y, tras pasar dos controles más, aparecí en un anfiteatro repleto de gente que canturreaba y portaba grandes banderas de India. Los soldados nos acomodaban en los graderíos y nos aprisionaban sin dejarnos mover de ese «anfiteatro de concentración». A escasos cien metros, otro anfiteatro, otro graderío: esta vez en Pakistán. No entendía nada. Allí tenía lugar el espectáculo más absurdo que vi en India: pakistaníes e indios se decían de todo menos bonito, ante la comprensiva y orgullosa mirada de los militares que controlaban las enfervorizadas masas. Cada pocos minutos, un exaltado indio saltaba desde la grada y galopaba ondeando su bandera hasta la verja que separaba los países, mientras la gente coreaba y celebraba su osadía: un sitio de esos que piensas que se va a liar la de Dios es Cristo, un sitio de portada de diario del tipo trescientas personas mueren en una avalancha de gente en la frontera de India y Pakistán. Realmente, el espectáculo consistía en ver cómo los militares de uno y otro país desfilaban y arriaban las banderas entre los gritos de júbilos del gentío. La distancia entre banderas era apenas de diez metros; diez metros donde aumentaba el odio: diez absurdos metros llenos de rencor.

No me parece mal que la gente se sienta orgullosa de su país, de su región, de su ciudad, de su pueblo... Un puntillo nacionalista es bueno, es una referencia; pero de eso a demostrarlo mediante el insulto, el desprecio, el terrorismo, la chulería... media un abismo, y me parece una solemne estupidez. En un mundo en que las principales fronteras que van quedando son las económicas y las religiosas —las demás van cayendo—, es absurdo cegarse en el odio que nace de la ignorancia, y en la cruel creencia de sentirse superiores a otros pueblos, de creerse los elegidos de Dios, los únicos. Y que no me cuenten historias de hechos diferenciales y de patrias inmaculadas. La historia es muy larga y nosotros sólo escribimos renglones; renglones torcidos, renglones fundados en la subjetividad, porque a todos nos han lavado alguna vez el cerebro. A mano y a maquina. El problema aparece cuando a algunos les centrifugan sin utilizar suavizante y les echan un poco más de lejía. Es entonces cuando sus cerebros son movidos por aspas de molino que arrojan aires de abducción que impiden comprender que los nacionalismos extremos no son más que el resultado de una frustración interior, de la perdida de la razón.
 

MÚSICA PUNJABÍ

Cuando llegué al comedor lo encontré vacío. Ya me había acostumbrado a cenar solo y después de la experiencia en la frontera, tenía hambre. Encargué una de las enormes cervezas indias de más de medio litro y miré, sin mucha ilusión, una de esas cartas indias que anunciaban los mismos platos, las mismas especialidades, los mismo sabores... Dudaba entre elegir comida vegetariana o no vegetariana. De la vegetariana prácticamente lo había probado todo, y de la no-vegetariana estaba harto del pollo; el pescado no me inspiraba ninguna confianza y lo que ellos servían como cordero, muchas veces era cabra. Finalmente, y al no saber qué elegir, pedí consejo al camarero, que, a diferencia de otros, no tuvo inconveniente en aconsejarme una especialidad punjabi; un «totum revolutum» de carne de pollo y verduras, no demasiado especiado, pero sí servido con una salsa de tomate bastante contundente que presagiaba una pesada digestión.

Entraron dos clientes más; dos pilotos de Air India. Eran clientes habituales, clientes del vuelo semanal que ya compadreaban con el personal del hotel. En esos momentos, me hubiera gustado que alguno de mis amigos estuviera allí: no me importa comer o cenar solo, estoy acostumbrado; pero con frecuencia la compañía de alguien mejora mucho la comida. En esto pensaba, cuando en una de esas miradas de soledad que desplazan tus ojos a todas y a ninguna parte reparé en un pequeño escenario que, tan triste como la luz del comedor, estaba montado en una esquina. Se me hacía difícil comprender que para tres clientes hubiese un espectáculo o una animación musical.

Entre bocado y bocado añoraba a todos mis amigos, y brindaba solemnemente con cada uno de ellos recordando sus palabras, sus sonrisas, sus enfados, sus gestos, su carácter y, cubriéndoles de imaginados abrazos, llenábamos el restaurante.

Aparecieron dos músicos, y tras un didáctico ensayo, comenzaron a tocar una tabla y una especie de órgano que tenía algo de acordeón. La música sonaba melancólica y poco a poco, de una forma casi imperceptible, el sonido de la percusión iba creando una base rítmica sólida, profunda, llena de matices que hipnotizaba. El cantante, un sij de ojos dulces —unos ojos que no llevan mentiras, unos ojos de mi amiga Paloma pero en negro—, parecía recitar en lugar de cantar. Lo hacía suave, de una manera tan melódica que en ocasiones su voz se confundía con la música. Era una música que sin darte cuenta se metía dentro de tu corazón y se instalaba allí para siempre. Era una música de cerrar los ojos, una música para amar.

Me interrumpió una llamada. Era Aurelio, mi ex jefe, que en compañía de Natalia y Félix, dos amigos, dos compañeros, a esas horas almorzaban en Madrid. Me preguntó cómo me iba, cuándo volvía, qué día quedábamos. Se preocupaba por mí y, en esos momentos de soledad, se agradecía una voz amiga que había acudido a mis deseos. Nos despedimos como siempre, un poco brutos. La música sonaba cada vez más cadenciosa y en ese instante, después del corte de comunicación, pensé en ellos y en todos aquellos amigos que quiero y que muchas veces descuido sin saber muy bien por qué.

Porque para mí, los verdaderos amigos son música punjabí, que siempre están en mi corazón.
 

EL TAHÚR DE JALANDHAR

Amritsar quedaba unas horas atrás. El Paschim Express marchaba parsimonioso por las fértiles llanuras del Punjab. Los campos de arroz afloraban en un lienzo impresionista donde el agua reflejaba una vegetación anegada. Al llegar a la ciudad industrial de Jalandhar, descendí del tren con la intención de fumar un cigarrillo y comprar agua. Entre calada y calada, me distraía observando a los vendedores que, en alocadas carreras, se afanaban por llegar a las puertas de los interminables vagones: eran ventas urgentes, de manos cruzadas y billetes arrugados: los rostros no importaban. Por mi izquierda, avanzaron dos policías de paisano que, con una barra y un detector de metales, revisaban los bajos de los coches. Al pasar junto a mí, uno de ellos se detuvo, y durante unos instantes me examinó con una cara cínica de Clara Gabela en «Lo que el viento se llevó», continuando su camino mientras su acompañante giraba la cabeza de vez en cuando, mirándome de reojo. Curiosidad india, pensé: no era la primera vez que sucedía y, por ello, no di mayor importancia al asunto. Llamé a uno de los avispados chicos que, en cubos de metal, llevaban agua y refrescos para despachar. Cuando pagaba, escuché una voz que provenía del interior del tren y que, de manera enérgica, reclamaba mi atención. Al girarme, «Clara Gabela» me hacía señas inequívocas para que me adentrara en el vagón: sin duda era el jefe. Una vez arriba, me pidió —rogar hubiese sido lo correcto tratándose de la autoridad— que le acompañase hasta mi departamento. Antes de sentarnos, el otro comprobó que no había nadie excepto nosotros en el vagón. Sentados en triángulo equilátero, se dirigió a mí de una forma severa, al tiempo que su subordinado se flagelaba la palma de la mano con una torcida barra de acero:

— Usted ha cometido una grave infracción, ha ofendido a nuestro país.

No sabía de qué hablaba, creí que estaba de cachondeo, que la suerte me había regalado con la compañía de un policía amigo de bromear con turistas. No obstante, y como en esos casos hay que ser prudente, no solté una carcajada, que era lo que me pedía el cuerpo y, con toda la cordialidad que me fue posible, le pregunté la razón.

— Usted ha fumado en un lugar prohibido y eso es un delito muy grave. ¿Sabe que puedo detenerlo por ello?, ¿ve esa ventana? —prosiguió orientando la vista hacia un pequeño bloque adosado al edificio principal de la estación. Ahora mismo tengo encerradas a quince personas que, como usted, se han burlado de nuestras leyes.

No me gustaba cómo se sucedían los acontecimientos. Ese semblante duro me hizo especular con la posibilidad no sólo de tener que hacer una visita a unas dependencias que no deseaba conocer y verme obligado a intimar con transgresores de las leyes indias, sino con otra, que en ese momento me preocupaba más; que no era otra que la pérdida del tren y el consiguiente rollo de explicaciones absurdas que hubiese tenido que fabular para abandonar tan antipática ciudad. Me disculpé, le hice notar que ignoraba esa prohibición, que había visto a mucha gente fumar en los andenes y que nada más lejos de mi intención que ofender a su país.

Él repetía una y otra vez la misma cantinela, intercambiando frases en punjabí con su compañero: que si había cometido un delito, que estaba prohibido fumar, que tenía el calabozo lleno, que me iba a empapelar... Su objetivo no era otro que ponerme nervioso, que me fuese de vareta; presionarme hasta derrumbarme, preparar su traca final.

— Tendrá que pagar una fuerte multa, pero quizá deba pasar unas horas aquí —concluyó.

Aseguré, con la mayor serenidad que me fue posible, que por ese error no merecía ser multado ni arrestado, que había sido la primera vez; no lo volvería a hacer. En fin, solicitaba su comprensión. Se hizo un largo silencio, un silencio de miradas penetrantes en el que como partida de póquer esperábamos el siguiente envite. Los dos jugábamos nuestras cartas. Al otro policía lo habíamos descartado: era un juego entre profesionales. Las palabras eran nuestros naipes, las miradas las jugadas. En unas manos, descubrí que iba de farol: a medida que se acercaba la hora de la salida del tren, insistía una y otra vez en que pagase una multa; primero con recibo, luego sin él. Yo me mantenía firme, cambiando la conversación con preguntas banales, con estadísticas que me importaban un bledo, indagando sobre la vida en el Punjab... Asombrado por mi actitud, sustituyó su gesto de dureza por una irónica sonrisa que parecía anunciar mi derrota final. A mi favor contaba que ya había jugado partidas parecidas en La Habana, en Marrakech, en Estambul, en México, y sabía que sólo era cuestión de tiempo, de aguantar. Todos eran iguales, y la experiencia me dice que el que de verdad te quiere fastidiar omite prolegómenos innecesarios, va al grano y no se anda por las ramas: te «jode» y ya está. Como decía Margarita de Valois: «Plaza que parlamenta es plaza medio conquistada». Mi contrincante lo olvidó en un exceso de autoridad mal entendida. Seguramente habría desplumado a muchos turistas, pero fue a dar con uno que ya había jugado en varios salones de la vida con fulleros y sinvergüenzas.

Sonó el pitido del tren; ya no obtendrían su botín. Se despidieron deseándome un buen viaje y salieron musitando palabras de confusión, palabras tan marcadas como su baraja.

Los tahúres no sólo juegan a las cartas.
 

BULERÍA INDIA

En mi último viaje en tren el sol me acompañó. Nos habíamos levantado a la vez, y durante los paisajes de campos de arrozales, que de noche se apagarían quedando agualuneados, evocábamos las jornadas de un viaje que estaba tocando a su fin. Los dos bajaríamos en Delhi. En ocasiones nos mirábamos y nos emocionábamos de recuerdos; tiempo caduco que no podemos ni queremos olvidar.

Circunvalábamos Delhi. El redoblado compás marcado por las agujas de la maraña de raíles y el traqueteo posterior del tren eran palmas que hacían eco en un horizonte de chabolas, donde los niños jugaban riendo entre los vertederos y colectores que arrojaban, en torrente, los desperdicios de la ciudad. El sol, avergonzado por la escena, cambiaba el color y se ocultaba a trompicones detrás de las lejanas siluetas de cemento del centro de Delhi. Mas tarde, dejábamos a un lado un parque manchado de gente que, en círculos, festejaba con músicas y bailes sus pocos momentos de felicidad.

Decidí sacar mi imaginaria guitarra y acompañar esas ferroviarias palmas, que en cada cambio de vía, se arrancaban por bulerías.

Cuando me puse a tocar, sentí vértigo; el vértigo de quien descubre una clave que te hace resolver el enigma de un país incomprensible: India es una bulería que lo mismo aporta alegría y aires de fiesta, que profundidad salida del alma y dramatismo; un mundo lleno de absurdas estrofas que se acomodan arbitrariamente en los fascinantes ritmos y misteriosos compases de su vida; un universo de gritos y jaleo que siguen el correr de los dedos sobre las tablas; una improvisación incontrolable que se alarga o se acorta en el tiempo y en sus días. India es música espontánea que al escucharla bien, uno comprueba que los acordes no se repiten; es un aire lleno de esperanza melancólica que explota en cada uno de los corazones que viven en ella. India es una frase que oí en un disco de Tomatito: «como el agua de la lluvia, nadie sabe dónde va»...Un país que lo guardaré en ese dulce manantial que es el corazón. India es una bulería que igual parte que reconforta el alma.

Al llegar a la estación de New Delhi tomé un auto richsaw y, esta vez, en homenaje a Delhi, al alma de tan desconcertante resumen de la India, inventé una rumba mientras la anochecida enrojecía la ciudad.
 

ALÁ EN INDIA

El domingo había amanecido de paseo y aperitivo. Decidí caminar los siete kilómetros que separaban mi hotel de Old Delhi: quería visitar la mezquita de Jasmi Masjid. En mi anterior estancia en Delhi, no pude acceder a su interior al ser viernes y estar reservado el paso a los musulmanes. Además, deseaba perderme otra vez en las aglomeradas callejuelas donde vi mi Soul Delhi.

Janpath estaba desierta. El mercado tibetano y los comercios permanecían cerrados. Tan solo unos pequeños tenderetes abrían tímidamente los metálicos cierres. Al sol le faltaban dos horas para castigar la piel. Incluso los conductores de auto rickshaws importunaban de domingo, sin muchas ganas; vaguetes. El paseo, muy placentero, de esos que serían perfectos con una parada en el parque y la lectura de un libro o un periódico. Llegando a Conaught Place me abordó un hombrecillo mayor, cano barbo, de piel arrugada y mirada viva que suplicaba con gestos y atropellada oratoria que visitase su humilde tienda. Era musulmán y decía que se ganaba la vida comprando y vendiendo unas pocas mercancías. Era pobre, muy pobre, aseguraba: sólo tenía hijas. Yo —me decía— le daría suerte: «el viejo truco de primer cliente da suerte», discurso que cambian estos mercaderes en una palabra al llegar la noche: «último» por primer cliente.

Hay fulanos que me caen bien nada más verlos. No sé, me gustan. Son buscavidas con gracia, con ingenio, que inspiran una mezcla de ternura y admiración difícil de explicar. Son tipos que la vida ha golpeado hasta en el cielo de la boca; tíos que se lo han currado con energía, sin perder la sonrisa, conscientes de una situación que en ocasiones les vino dada y en otras se la buscaron. No conocen la palabra envidia, y las trampas, cuando las hacen, y las hacen a menudo, son juegos malabares embellecidos con tanta chispa y sutileza que deberían estar no en los manuales de timos o magia, sino en los de ARTE: así, con mayúsculas.

El caso es que consiguió colocarme unas pasminas, y yo le saqué un té. En su pequeña tienda, escondida en un recoveco de la calle principal y oculta en un callejón, en cuatro livianos anaqueles reposaban unas cuantas piezas de cerámica, tres pulseras y diez recuerdos. En dos de las esquinas se apilaban bolsas con pasminas y cojines. Mientras me vendía, nos conversábamos el té.

—¿Sabe?, en esta zona es difícil la venta para los musulmanes. Los tibetanos, los hindúes, los sijs, todos..., tienen grandes comercios y los musulmanes no estamos muy bien vistos. Quedamos pocos en Janpath. Por eso, aprovecho el domingo para vender. El resto de días lo tengo más difícil. Ya ve cómo es mi tienda; pequeña. No tengo mucho, pero me voy arreglando. Compre algo por favor.

—¿Por qué dice que la venta es difícil aquí para los musulmanes? —indagué.

—Los musulmanes y los hindúes, a pesar de las apariencias, no acabamos de llevarnos bien. Es cierto que, en India, los musulmanes somos más de cien millones, pero si usted es observador, se habrá dado cuenta que nosotros tenemos nuestros propios barrios, nuestros propios mercados, totalmente separados de los hindúes. Nuestra religión es diferente; la única. Nuestra forma de entender la vida es diferente. Convivimos, nos toleramos pero, en ocasiones, nos enfrentamos. Cada vez se va acumulando más el rencor.

— Sin embargo —comenté— yo he estado en varias ciudades, en Old Delhi, y no he tenido esa impresión.

— Si, seguramente, pero es que usted no vive aquí. Los musulmanes y los hindúes somos dos pueblos que sabemos esperar nuestro momento, aguantamos como el camello aguanta sin agua en el desierto, pero siempre estamos alerta. Generalmente no pasa nada hasta que integristas de uno u otro lado encrespan el ambiente, pero esto cada vez está peor.

Continuaba hablando, al tiempo que revolvía su pequeño comercio y me mostraba nuevas mercancías.

— ¿Por qué no se lleva esta caja, es una caja con cerradura secreta? Intente abrirla, verá como no puede. Sólo doscientas rupias. Para usted, que es amigo, ciento ochenta.

Era un genio y la caja era curiosa, pero no iba a cargar con ella durante el día, así que dándonos la mano y llevándola al corazón nos despedimos.

Alá sea contigo fueron las últimas palabras que escuché cuando me alejaba.

A mitad de camino contraté un ciclo rickshaw. En Old Delhi se celebraba un mercado dominical en el que, en esteras repartidas por las aceras, se vendían todo tipo de objetos: radios y televisores tullidos, cacerolas y sartenes, calzado, alguno de un solo zapato; ropa, telas... Las calles eran unos grandes almacenes siempre de rebajas; eran una fiesta cubierta de aromas que procedían de los improvisados dhabas que, frenéticos, despachaban fritos y verdura cocinada.

Un kilómetro antes de llegar a Jasmi Masjid detuve al ciclo rickshaw. Me apetecía curiosear por los tenderetes, mezclarme con la gente, ser «masala». Me acodé en un dhaba, comí algo y bebí agua observando cómo varios indios salivaban y fijaban la vista en la comida que, en cucuruchos de noticias rancias, sería servida instantes después. Aún con el sabor de la cebolla en la boca me llegué hasta Jasmi Masjid, la gran mezquita de Delhi y una de las más importantes del mundo. Subí las escalinatas que conducían a la entrada y paré unos minutos para contemplar la Fortaleza Roja que asomaba, imponente, a una vista de media distancia. Me adentré. El patio abierto daba la impresión de poder albergar a toda la comunidad musulmana de Delhi. Era enorme. Un estanque en el patio donde tenían lugar las abluciones invitaba a refrescarse. Tratándose de un lugar sagrado, ni se me pasó por mi recalentada cabeza: igual que respeto una religión, respeto otra, esté de acuerdo o no con sus principios.

Miles de musulmanes permanecían tumbados bajo los soportales de la mezquita conversando y resguardándose de unas temperaturas que rozaban los cuarenta y tres grados. Caminé respetuoso por la sala de plegarias, finalizando mi visita con la subida a uno de los minaretes desde donde se obtenían unas espléndidas vistas de la ciudad. Se escuchaban las voces de un muecín que llamaba a la oración

Desde esa posición Alá vigilaba la ciudad.
 

LELOS DE PAHARGANJ

Una de las grandes ventajas de viajar es que uno va conociendo todo tipo de personajes, lo que ayuda bastante a superar la timidez y a quitarse absurdos prejuicios. Los hay de todos los géneros: masculino y femenino, neutro; variaciones de los anteriores... Pero, sin lugar a dudas, hay uno que sobresale sobre todos, cuyos miembros pueden pertenecer a cualquiera de los anteriores y que dejan una huella imborrable en nuestros recuerdos: son los pertenecientes al «género lelo». Dentro de este género, a su vez, hago una distinción entre los que nacieron y los que se hicieron. Por los que nacieron, siento un profundo respeto e, incluso, admiración; son felices sin preocuparse de nada y de nadie. Por los otros, por los que se acoplaron tras un curso acelerado de estupidez no siento ni lastima. Son bufones de ellos mismos y de una camarilla de aspirantes a ingresar en el género, en la elite de la idiotez; sólo ellos se ríen de sus gracias.

Podía haber sido en otro sitio, en otra ciudad, porque en todos los sitios «cuecen habas»: sin ir más lejos, en mi barrio conozco unos cuantos, y trabajando he conocido bastantes. Ocurrió en Paharganj.

Me andaba yo realizando unas compras por Main Bazar, centro neurálgico de Paharganj, que acabará convirtiéndose en un ghetto para guirís —y si no al tiempo—, cuando me «asaltó» uno de los canta-mañanas más rastreros que conocí en India. Sorprendentemente, no quería venderme nada ni hacerme proposiciones como el bujarrón de Fatehpur Sikri: quería que firmase en un folio en el que supuestamente se apoyaba a los refugiados de Bangla Desh. Me explicó que la situación allí era insostenible y que él, junto con otros compatriotas, se hallaba allí recogiendo firmas para entregárselas al gobierno. Me metió un rollo tremendo sobre la guerra, sobre los derechos humanos, sobre la libertad... Sin embargo, aquello que contaba no tenía lógica alguna. En el manoseado papel en el que se recogían las firmas no figuraban nombres indios ni números de pasaportes ni documentos. Existía, eso sí, un pequeño recuadro para poner la cantidad que como donativo iba a acompañar a la firma. Era un timo a todas luces; un timo burdo y cruel con el que pretendía lucrarse a costa de supuestas desgracias nacionales. Negué mi colaboración y seguí caminando. Él, me siguió vociferante y amenazante. Cada pocos metros me insultaba y me agarraba del hombro para que comprendiese que en Paharganj era casi una institución. Me dijo que en Paharganj podía tener problemas, y que él podía evitarlos. Cuando entraba en las pequeñas tiendas, discutía con los dueños asegurando que yo era su cliente; me enseñaba violento, amenazador, una variedad de artículos y, cuando los rechazaba, vociferaba como si yo fuese sordo. Patético. Seguía mi particular calvario, cuando se juntaron tres más a la comitiva. Se colocaron a mi espalda, con su aliento en mi cogote, con su olor por todas partes; demasiado cerca... Su fin no era otro que amedrentarme y agobiarme. Creían que se reían de mí con sus burlas de pandilleros baratos, que me afectaban sus comentarios... Un ciclo rickshaw, conducido por un chaval que apenas tenía quince años, apareció ante nosotros. Conseguí esquivarlo, pero dos de mis «acompañantes» fueron atropellados. Nada grave, un leve golpecito. Sin embargo, no se lo tomaron muy bien: golpearon al niño y al ciclo rickshaw, mientras los otros dos reían y la gente no hacía nada por evitar tan desigual combate. Me interpuse entre el niño y los matones. Recibí un pequeño empujón. Más risas sacadas de su guión, más gritos, más confusión: «lo ves, lo ves», me decía el cabecilla. Aquí mandamos nosotros. Alertados, supongo, por el corrillo que se había formado, llegaron dos policías que sin detenerse a pedir explicaciones comenzaron a repartir porrazos a los «tontos del haba cum lauden», mientras se veía como el más chulo, el jefe, el «Rey de Paharganj», el más cobarde, escapaba como alma que lleva el diablo por la callejas de Paharganj.

Media hora más tarde, trasegando una botella de cerveza australiana en un bar de música de los ochenta y guiris de siempre, me reía del incidente: sólo había sido una anécdota más, una anécdota de diario porque, por desgracia, este mundo está lleno de sujetos que se consideran el centro del universo y sólo son felices —y yo creo que ni eso— si humillan e insultan, si vejan y se sienten temidos, sin reparar en el daño que puedan ocasionar a los demás.

El mundo está lleno de «Lelos de Paharganj».
 

FE

Discutía con un estirado empleado de Air France: mi billete había sido cancelado. Era imposible, le explicaba, dos días antes lo había reconfirmado a través de Internet y todo parecía correcto. Me dijo que volviese en un rato, que vería que se podía hacer. Aunque de buen grado me hubiese quedado un mes más, tenía una obligación en Madrid y era necesario viajar en tiempo. No podía demorarme un solo día. Cuando salí de allí, Delhi era distinta. No reconocía los edificios, creía que, en un despiste, me había perdido; no me sonaban los coches ni la gente. Tomé un auto rickshaw y pronuncié una dirección a voleo. Estaba confuso: no sé si por lo del vuelo o por una ciudad que se me hacía extraña. Nos detuvimos en un parque en el que los pavos reales atacaban a los paseantes, y una manada de tristes vacas se acercaban demasiado a nuestra posición. En el centro del parque había un lago donde la gente remaba en unos botes de colores astillados, mientras un grupo de «Hi friend» atosigaba a dos suecos de pelo rubio y gafas de miopes. Salí huyendo hasta la orilla del lago, y tomé en préstamo y sin permiso una de las pequeñas barcas que todavía permanecían libres. Remé hacia el interior, y al pasar al lado de dos barcas, vi como arrojaban hombres muertos al agua. La gente reía o lloraba, pedía que me acercase, que ayudase a tirar los cadáveres. Me excusé, y bogué lo más rápido que pude hasta el norte del lago en el que un templo, lleno de monos y de mendigos que se disputaban las limosnas de los fieles, ensordecía por el repicar de cientos de campanas. En el templo, para mi sorpresa, se hallaba el señor Singh: me sonrió desapareciendo presuroso entre los sacerdotes del templo. No comprendía, era muy extraño. Intenté regresar al hotel, pero las calles eran cada vez más estrechas y siempre acababan en un callejón sin salida. Estaba seguro de que había caminado por allí; pero me era imposible encontrar una salida. En una de ellas, resbalé y caí al suelo. Me levanté y volví a caer. El pavimento era hielo tapizado de pieles de mango y de plátano, y los pasos se hacían difíciles. Reflexioné, y opté por caminar a gatas para no volver a caer. Me fui levantando un poco más en cada pisada, dejando en un salto ese tortuoso camino. Aparecí en una gran avenida, limpia, tranquilizadora, donde los paseantes se saludaban con el típico Namasté. Sonreían. Los grandes espacios abiertos indicaban que no volvería a desfallecer. Mis pasos eran firmes, seguros. Me sentía muy ligero. Había adelgazado varios kilos en India, pero era otro tipo de ligereza la que sentía. A medida que avanzaba por la avenida, notaba cómo mi alma soltaba lastre, como si se vaciase de algo que la incomodara, de algo que la encadenaba.

Cuando llegué al hotel aún no se había resuelto lo de mi vuelo: la única solución era permanecer diez días más en Delhi o viajar dos días después vía Bombay. No me dio tiempo a decidirlo. En ese momento, desperté: había sido un sueño.

¿Un sueño premonitorio?, ¿un sueño de la fe?

Volví a dormir.
 

ADIOS INDIA, HOLA MADRID

Me desperté a las seis de la mañana. La lluvia llamaba a la ventana y entraba con tímidos goteos por una abertura que dejaba el aparato de aire acondicionado. La mancha de humedad en la moqueta avanzaba por momentos, como si quisiera conquistar la habitación. En el cuarto de baño, el panorama era similar, solo que en este caso, el agua se arrastraba hasta un sumidero que evitaba la inundación. Decidí no telefonear a la recepción de un hotel cuyos recepcionistas no se caracterizaban por su agilidad mental y ganas de agradar al personal: cuando el problema se hubiese solucionado, ya habría abandonado el hotel, y el cambio de habitación me hubiese obligado a hacer y rehacer el equipaje varias veces.

Era mi último día en Delhi, mi postrer día indio. Mi avión salía a las doce y media de la noche, media hora después del de Cenicienta: «El Sueño» estaba acabando.

Cuando reservé el hotel, negocié la salida de la habitación para el anochecer a fín de aprovechar el día y abandonarme unas horas por la ciudad. Quería una despedida dulce, una despedida sin urgencias, sin prisas. Sólo me apresuré para salir del húmedo cuarto, vestirme e ir a desayunar. En el restaurante, se precipitaban ya los recuerdos de días de camareros y mesas vacías, de café soluble y ruidos de recoger platos. Sorbía pensativo, calculando cuántos días desayuné solo con la única compañía de aquellos camareros que vestían desgastados uniformes y chaquetas con lamparones de antaño: «Casi todos» —resolvía, contando con los dedos de una mano las excepciones.

Hice caso omiso a los conductores de auto rickshaws que acechaban por docenas en Janpath a los extranjeros, para llevarlos a comprar en los emporiums. Tenía curiosidad por saber si los dos primeros golfos que me timaron en India se encontraban en las inmediaciones del Palika Bazar, en Counaugth Circus. Y allí se hallaban, a la búsqueda de primos que como yo, pagasen cantidades astronómicas por una limpieza de zapatos que, en el caso de los míos, el limpiabotas previamente había manchado arrojando barro; y por una limpieza de orejas que me taponó el oído y me aligeró el bolsillo. Como uno en esta vida sabe perder, me despedí de ellos con un saludo y sonrisa lejanos. Rodeé varias veces los coloniales edificios de Counaugth Circus; me adentré en las librerías, en las diminutas tiendas de música; repartí rupias a los mendigos; regateé un poco, y escapé de ese círculo vicioso que era Counaugth Circus, símbolo de los contrastes de una India que siempre te dejaba en el punto de partida: era el laberinto indio. Contraté, por algo menos de un euro la hora, un auto rickshaw para sentir la emoción y la velocidad del violento tráfico de una ciudad consumida por su propia vida. Acelerábamos en las solitarias avenidas del gobierno, serpenteábamos las accidentadas calles de la vieja Delhi y nos asfixiábamos con las humaredas que desprendían los tubos de escape de miles de vehículos que no pasaron nunca una Itv. Aún tuve tiempo de pasear por Paharganj y beber una cerveza en un tugurio oculto en una bocacalle del Main Bazar.

Delhi, India, se acababan. Regresé al hotel para almorzar. Y allí en fila, como si quisieran rendirme homenaje, se situaban cinco camareros que sólo la rompieron cuando elegí mi mesa. Discutimos mi menú entre todos, acordando que lo ideal para ese almuerzo era empezar con un dhal y continuar con un pollo tandori. Salí del hotel a regatear un taxi para ir al aeropuerto. Anduve por Janpath hasta las cercanías del mercado tibetano donde, por algo menos de tres euros, cerré el precio del traslado y fijé la hora de salida. Volví al hotel, y comencé a preparar un equipaje que había crecido de regalos y recuerdos. Delhi, India, se acababan.

En el aeropuerto, soldados del ejercito indio esperaban su hora de salida paseando altivos sus limpios uniformes. Los únicos que impresionaban eran los sijs. Me bebí mis últimas rupias en el único bar del aeropuerto donde dos británicos se emborrachaban de cerveza india ante la mirada incrédula de mi último camarero indio.

Tras dos horas de lectura, me encontraba a bordo del avión.

Dicen que las despedidas son dolorosas. Yo no diría tanto: simplemente son el inicio de la nostalgia.

Amanecía en París y ya nada era igual. La gente se movía rápido, como queriendo adelantar la salida de los vuelos; se leían periódicos de color salmón; se veían gestos cansados que se dirigían a los organizados corrales de embarque en los que azafatas y personal de las compañías aéreas cortaban las entradas de los viajes.

Una vez en Madrid, el taxista que me llevó hasta casa me contó su vida, la de los demás, y tuvo tiempo de explicarme los errores de la política municipal, las previsiones de tráfico... al tiempo que participaba, de forma vehemente, en la tertulia que en esos momentos se escuchaba con las típicas interferencias de «¿Manolo estas ahí?», en una de esas radios que cuentan su verdad: me daba lo mismo, yo no estaba allí.

Solo cuando bajé del taxi fui capaz de saludar a una ciudad silenciosa que parecía no tener vida.

¿Estaba en Madrid?
 

SOUL INDIA

Abrí la puerta de una casa que olía ya a ausencia. Remolqué la mochila por el pasillo, la dejé tirada en medio de mi cuarto y deambulé por las estancias vacías en un intento de reconocerme en ellas, de reencontrarme con mi vida habitual: estaba despertando de un sueño que se había hecho realidad. Los libros, los cuadros, las fotos, todo... permanecía igual: ¿Había sido el sueño de una noche de verano? Clavado con chinchetas, en una pared del cuarto de estar, el mapa de India que compré para preparar el viaje, me impulsaba otra vez a viajar: acaricié con los dedos mi itinerario, cerrando los ojos en cada parada, en cada noche gastada, en cada pisada, en cada huella dejada... Revivía cada uno de los momentos de una travesía que había sido un viaje interior, un periplo en el que había sido mil personajes, que en realidad eran todos yo; un viaje de libro abierto leído por un país que había jugado conmigo, recordándome que la vida es un reflejo del alma, unos ojos que se subyugan ante cualquier visión. En el mes y pico que vagabundeé por la India, mis sentidos fueron sometidos a un frecuente vaivén que sacudieron unos músculos que habían vivido mil millones de sensaciones, de diferencias, de injusticias, de música, de ruidos, de olores, de gentes...; mil millones de pedaladas, de cuerpos destrozados, de dudas, razonables ó no, de esperanza... Mil millones de gotas de lluvia, de sudor, de sueños, de dioses, de fe: energía, agotamiento, desesperación, alegría, soledad, guerra y paz... Recapitulaba y sentía cómo mi piel se erizaba recordando los monumentos, los horizontes musicados, las sonrisas, los ojos desgarrados por la resignación de haber nacido casta inferior; el desierto, la carretera, El Ganges, la espera en una estación. Era mi Soul India, un alma que me había cortejado hasta caer rendido en su corazón.

Fueron más de siete mil kilómetros recorridos sin ninguna obsesión: siete mil kilómetros en los que me dejé llevar por los recónditos senderos del alma India, un alma tan incomprensible como accesible, tan espiritual como humana, tan brutal como delicada: en definitiva, nuestra alma.

Absorto en mis pensamientos recordé las palabras que el señor Singh, me dijo en el aeropuerto de Delhi el día de mi llegada a India: «no busque explicaciones, India es un país contradictorio para aquel que no ha nacido aquí».

Él no sabía nada.

Madrid, verano del 2003

 

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