{HOME} {SOCIOLOGÍA} {FOTOGRAFÍA} {VIAJES} {CITAS} {ENLACES}

GRECIA

PARAÍSO MEDITERRÁNEO (2)


CALAMBACA - ATENAS

Sábado, 18 de octubre de 2003

Día de tránsito. Salimos pronto de Calambaca con intención de llegar al Pireo al mediodía, sacar los billetes para el ferry (todavía no sabemos a qué dirección) y devolver el automóvil en el aeropuerto como previamente acordamos con la empresa de alquiler. Poco tiempo, pues, para la contemplación.

La mañana amanece lluviosa, lo que nos confirma que, a pesar de todo, estamos teniendo mucha suerte con el tiempo: un día como el de hoy, ayer mismo nos hubiera impedido disfrutar como se merece de los monasterios. El camino de regreso a Atenas, sobre todo tras tomar la autopista en Lamia, se vuelve bastante aburrido. Hasta que no llegamos a la mismísima capital, la lluvia no deja de acompañarnos. Sin embargo, en Atenas el día se abre casi por completo y nos hace confiar de nuevo en que vamos a disponer de unos días soleados en las islas.

El ferry Festos Palace conecta Atenas con CretaCasi por azar, recalamos en la zona del puerto desde donde parten los ferrys a Creta, así que en la oficina de Minoan Lines compramos los billetes correspondientes para Heraclion. Por suerte, nos acogemos a una oferta que ofrece cuatro billetes por el precio de tres. De esta forma, cada billete, camarote incluido, nos cuesta la módica cantidad 31,50 euros. Después, nos dirigimos al aeropuerto para devolver el coche (y anular los 300 euros de señal que tuvimos que dejar en su momento). Y ése es, sin duda, el momento más caótico de todo el viaje. Atravesar Atenas en coche se convierte en toda una aventura: el tráfico es intenso y desordenado, convirtiendo en extremadamente difícil la simple orientación por sus calles estrechas y sucias (por un momento, la comparación con el caos propio de algunas capitales asiáticas casi resulta inevitable). Cruzar desde el Pireo hasta el aeropuerto supone ir de una punta a otra de la ciudad; las señalizaciones, aunque numerosas, encaminan al conductor por un complicado laberinto de calles y avenidas entrecruzadas en el que es extremadamente fácil perderse. Pero, por fin, dos horas después de dejar el puerto, logramos llegar al aeropuerto.

Aquel viaje extraño y confuso tiene el mérito de acercarnos, siquiera en un primer vistazo, a la vida cotidiana de Atenas. Es nuestro primer contacto con la caótica capital griega, y nos confirma el acierto de haber dejado para los últimos días la obligada visita la ciudad.

El Ferry que nos llevará a Creta se llama Festos Palace, y debo decir que lo de "Palace" le va como anillo al dedo: se trata de un ferry casi de lujo, limpio, elegante, con numeroso personal y unos camarotes, si no excesivamente grandes, sí lustrosamente equipados. Para ser la primera vez que paso la noche en un barco, la elección ha sido perfecta. La pena es no disponer de unas horas más para disfrutar de aquel palacio como se merece.

 

RETHIMO - CANEA

Domingo, 19 de octubre de 2003

Puerto veneciano de RethimoLlegamos a Heraclion, la capital de Creta, a las cinco y media de la mañana, aunque continuamos durmiendo en nuestro camarote hasta una hora después. Todavía no tenemos demasiado claro qué hacer, aunque nuestra intención es alojarnos en la localidad de Canea, antigua capital de la isla hasta 1971 y a priori la ciudad más acogedora de Creta. Preguntamos el precio de los autobuses y al mismo tiempo nos interesamos por el alquiler de un coche durante tres días: sorprendentemente, nos piden 90 euros por un Daewoo Lanos, muy poco más que la suma de los cuatro billetes en trayectos de ida y vuelta. Como de cualquier manera pensábamos alquilar un automóvil por lo menos para un par de días, aceptamos sin dudarlo la propuesta de la agencia (cuyo nombre es Hide Car, y su oficina se encuentra situada justo en el mismo puerto, junto al embarcadero).

Existe una amplia y bien asfaltada carretera que une Sitia, en el extremo este, con Kasteli, justo en el vértice contrario. Es una carretera de reciente construcción, con amplios arcenes para favorecer los adelantamientos (en Grecia, es corriente que los automóviles que van a ser rebasados invadan el arcén para facilitar el adelantamiento; este sistema, aunque en apariencia parece agilizar la circulación, en la práctica sitúa a Grecia a la cabeza de los países comunitarios en accidentes de tráfico, sobre todo a causa de adelantamientos indebidos). Sin embargo, nosotros tomamos la vieja carretera que circula más al interior, para recrearnos con el paisaje montañoso y típicamente mediterráneo de la isla, donde dominan los frutales, las vides y los olivos.

Calle de RethimoDe camino, hacemos una parada en Rethimo, una hermosa localidad costera que, como Canea, fue en tiempos un asentamiento veneciano. La ciudad, a pesar de que estamos fuera de temporada, todavía acoge un buen contingente de turistas. Sin embargo, su visita me produce una sensación contradictora: por una parte, su recogido y coqueto puerto veneciano conserva gran parte de su antiguo encanto; a su alrededor, igualmente, se extiende un atractivo y vivo centro histórico de hermosas y estrechas callejuelas; a lo alto del pueblo, ejerciendo de vigía, la vieja fortaleza parece mantenerse a salvo del paso del tiempo. Pero, por otra parte, buena parte de las fachadas han sufrido un deterioro demasiado obvio, y su acogedor y hermoso puerto pierde parte de su encanto por culpa de las terrazas y toldos que lo inundan sin dejar apenas espacio para el paseo relajado. De esa forma, la vieja ciudad veneciana termina por ofrecer un aspecto decadente y descuidado, poco acorde con el brillo y la majestuosidad de que con toda seguridad gozó en años pretéritos. Son excesivos los edificios antiguos que se encuentran en estado ruinoso, y los que aún se mantienen en pie ofrecen numerosos desconchones y desperfectos. La sensación inmediata es que, si no se pone remedio pronto, en pocos años muchos de ellos habrán desaparecido para siempre.

Canea posee hermosas calles y ambientesPero esta imagen en alguna medida desalentadora desaparece por completo al llegar a Canea. Además de conservar un aspecto mucho más lucido y cuidado que Rethimo, la afluencia de turistas es mucho menor, por lo que permite ser disfrutada con mayor generosidad. Es Canea una de las sorpresas más agradables de todo el viaje. Al igual que Rethimo, posee un hermoso puerto veneciano, si bien bastante más amplio y abierto. A pesar de que también se encuentra inundado de terrazas con sus correspondientes toldos, su mayor tamaño le permite asumir este peaje al turismo sufriendo un menor perjuicio. Los edificios y sus fachadas ofrecen un aspecto mucho más mejorado, y por si fuera poco, las tiendas y los comercios no sólo se muestran respetuosos con el entorno, sino que algunos de ellos contribuyen con su diseño a dotar a la ciudad de una atmósfera sorprendentemente limpia.

Encontramos alojamiento en la Pensión Nora, una vieja casa situada junto al puerto, presumiblemente con algunos siglos de historia, pero perfectamente acondicionada como pensión. Dispone de habitaciones amplias, algunas de ellas con ducha, todas muy bien decoradas. Es el punto de partida ideal para disfrutar de la Canea veneciana como se merece.

En Canea los propios comercios contribuyen a dar el ambiente peculiar a la ciudadLa ciudad vieja, similar en estilo y estructura a Rethimo, está recorrida de este a oeste por estrechas callejuelas y salpicada de viejos edificios y numerosos comercios; sin embargo, ofrece una armonía y un cuidado realmente deslumbrantes. Las fachadas, convenientemente pintadas y adecuadamente restauradas, permiten al viajero sumergirse siquiera unos minutos en la atmósfera medieval que siglos atrás le era propia; todavía se mantienen en pie algunos tramos de la muralla que en otro tiempo llegó a rodear por completo la población; el puerto, amplio y grande, como ya he dicho, no por ello deja de poseer esa característica peculiar y especialmente acogedora de los embarcaderos venecianos, e incluso aún se mantiene en pie en uno de sus flancos la vieja mezquita construida bajo dominación turca. Canea da para toda una tarde y puede que más, porque a veces saborear sin agobios de una atmósfera tan peculiar y natural como la de la antigua capital cretense llega a satisfacer más incluso que la contemplación del más imponente de los monumentos.

La mayor parte de los restaurantes y algunos de los mejores hoteles se encuentran en la calle Zambeliou, antigua arteria principal de la ciudad. Y justo en esta calle, antes de llegar a la Puerta Renieri, se halla el que sin duda alguna podemos calificar como el mejor restaurante que encontraremos en todo el viaje: el restaurante Tamam. Acondicionado en lo que fue un antiguo Hamam turco, el lugar es en sí mismo todo un monumento. Pero, además, la calidad de los platos que allí se sirven alcanza unos niveles realmente exquisitos: bien preparados, en su justo punto, se ofrecen raciones generosas y a muy buen precio. Fueron varias las veces que comimos allí, así que sería complicado destacar unos pocos platos; pero por si a alguien le sirve de guía, podría citar el pez espada, los tomates rellenos o las croquetas de espinacas, sin desmerecer platos más clásicos como la ensalada griega, las cremas de berenjenas y de pescado y el pulpo (excelente en salsa de vino). Si tuviera que elegir un lugar donde regresar a comer, sin duda que escogería el restaurante Tamam de Canea.

 

CANEA

Lunes, 20 de octubre de 2003

Ante el riesgo de que un propósito más ambicioso nos obligue a pasar la mayor parte del tiempo dentro del automóvil, circulando de un lugar a otro, decidimos limitar nuestra excursión a la zona oriental de Creta, un territorio por lo demás todavía a salvo de las incursiones masivas de turistas y por tanto mucho más amable y placentero de ver. Sin embargo, el tramo que discurre entre Canea y Castelo, bordeando la costa, aparece plagado de edificaciones y hoteles, ofreciendo un aspecto que por desgracia nos recuerda a nuestra sobreexplotada y vulgar costa levantina. 

Monasterio de KhryssoskalitissaPero nada más dejar Castelo, el paisaje se transforma gratamente: la costa se vuelve más abrupta, las montañas hacen su aparición creando hermosos y accidentados paisajes. De camino hacia el sur, hacemos una parada en el Monasterio de Khryssoskalitissa. Este monasterio en la actualidad está habitado sólo por dos monjas, que son las encargadas de mantenerlo en adecuadas condiciones. No es posible visitarlo por dentro, pero su emplazamiento y la agradable blancura de su fachada le confieren un aspecto sumamente atractivo, sobre todo visto desde la carretera.

Volviendo a nuestro camino en dirección al sur, tomamos un desvío que nos dejará en una de las playas más atractivas de la isla, la playa de Elafonisio. Se trata de una pequeña ensenada donde el agua se amortigua para crear una especie de piscina tranquila, escasamente profunda y agradablemente cálida. Hay varios autocares de turistas estacionados en la entrada, pero aún así la amplitud del espacio nos permite disfrutar del baño sin agobios ni presiones. La arena es suave y limpia, de lo mejor que hemos visto hasta ahora. Dispuestos a disfrutar sin prisas de un día soleado y apacible como éste, decidimos quedarnos un rato, aunque ello nos obligue a recortar aún más nuestro ya de por sí exiguo itinerario.

Llegada la hora de comer, nos dirigimos a Paleocora, una pequeña localidad costera situada justo al sur de la isla. Hoy en día apenas queda ya nada de su antiguo pasado hippy. En la actualidad, es un pueblo tranquilo, que dispone de una buena playa y un nada despreciable número de recursos turísticos. Entramos a comer en el Restaurante Cnosos, que a la postre resulta bastante deficiente: los platos son demasiado simples, escuetos, mal cocinados. Después, animados por la hermosa luminosidad del mediodía, nos entregamos a sus callejuelas estrechas, tranquilas pero vivas. Es temporada baja, lo cual significa que, lejos del agobio turístico del verano, el lugar destina cotidianidad por los cuatro costados. Y ése es, a mi juicio, el mayor encanto que puede encontrar el viajero en este país: la vida que fluye, sin sobresaltos, en cada una de las esquinas y en cada uno de sus habitantes.

Puerto veneciano de CaneaTras abandonar Paleocora, reanudamos nuestra ruta en dirección norte. Aunque dejamos la costa, el recorrido no pierde atractivo. Creta es una isla escabrosa, la carretera sube y baja constantemente, atravesando pequeñas poblaciones de apenas un puñado de casas y rebasando un incontable reguero de cabras que, desperdigadas y sin vigilancia aparente, van apareciendo una tras otra encaramadas a las laderas o paseando por el borde de la carretera. Los olivos se multiplican ante nuestra vista, y a lo lejos, apenas intuido tras los riscos y los montes, el mar no deja jamás de estar presente.

Regresamos a Canea cuando el atardecer se encamina hacia su ocaso. Agobiados por el tiempo, uno de los mayores atractivos de esta parte de la isla, la Garganta de Samaria, ha debido quedar pospuesta para otra ocasión. Esta garganta tiene una longitud de dieciocho kilómetros, lo que exige un buen número de horas si se pretende visitarla por completo. Probablemente hemos renunciado a uno de los espacios naturales más bellos de Creta, pero a cambio hemos disfrutado de otros momentos más intrascendentes si se quiere, pero que nos han permitido acceder de primera mano a cierta manera de entender la vida de la que en las grandes ciudades hace tiempo que nos hemos deshecho. Como siempre que se acomete un viaje, uno se encuentra con la obligación de elegir.

 

CANEA - CNOSOS - SANTORINI

Martes, 21 de octubre de 2003

Abandonamos Canea con dirección a Heracleo, ciudad desde donde esta misma tarde zarparemos en dirección a Santorini. De camino, hacemos una nueva parada en Rethimo, primero para desayunar y luego para visitar un comercio donde se fabrican y venden instrumentos musicales, en principio con idea de comprar alguno si el precio es asequible. Los instrumentos son creados allí mismo de manera completamente artesanal. El luthier que los hace nos muestra el que está fabricando en este instante y algunos bouzoukis que tiene colgados en la tienda. Además, nos enseña varias liras y otros instrumentos cuyo origen se remonta a la antigüedad clásica. La delicadeza con que toma cada instrumento es realmente exquisita. Pero lamentablemente, dado el trabajo que hay puesto en cada obra, su precio escapa a nuestras posibilidades.

Una de las características calles de SpiliEn Rethimo abandonamos la cómoda carretera que bordea la costa para desviarnos hacia el interior, con intención de llegarnos hasta Spili, un tranquilo pueblecito de montaña. Justo a la entrada del mismo, en el borde de la carretera, se asientan numerosos puestos de recuerdos, ya que el lugar es famoso especialmente por su antigua fuente veneciana de 19 caños. Y la mayor parte de los visitantes se quedan allí, sentados en las mesas de cualquiera de los restaurantes que se han abierto alrededor de la fuente. Sin embargo, si se continúa el camino que parte desde la propia fuente hacia la izquierda, es cuando se accede realmente al pueblo, descubriendo un pequeño pero adorable laberinto de calles empinadas y fachadas blancas que conducen desde la carretera a las casas más elevadas. A esas horas, casi el mediodía, nos vamos cruzando con algunos de sus habitantes, quienes se afanan despreocupados en sus tareas cotidianas: a las mismas puertas de su hogar, una mujer aviva el fuego donde presumiblemente cocinará la comida de ese día; en una terraza próxima, alguien está colgando al sol la última colada; una mujer extremadamente mayor sube lenta pero inexorablemente las duras rampas de una calle hasta llegar a la cúspide del pueblo; otra mujer nos invita a trepar hasta lo alto de su terraza para tener mejores vistas. Son momentos como estos los que sin duda alguna permanecerán más tiempo en el recuerdo, con los que probablemente identificaré mi viaje a Grecia.

Continuamos nuestra ruta a través de un paisaje abrupto y montañoso, plagado de curvas y recovecos, pero plácido como pocos. De camino paramos en Mires sólo para comer. Unos platos de Gyros acompañados de una abundante ensalada griega compondrán nuestro menú: es lo que se presta en un momento como éste.

Interior del Palacio de KnososLlegamos a Cnosos a primera hora de la tarde. Se trata del mayor de los palacios minoicos conservados hasta nuestros días. Sin duda alguna, el valor arqueológico del lugar es incalculable. La mitología sitúa aquí el famoso laberinto donde Teseo se enfrentó victorioso al despiadado Minotauro, aunque en la realidad la compleja distribución de las salas diste bastante de constituir un auténtico laberinto. La visita merece la pena con toda seguridad; todavía se conservan suficientes restos para permitir al visitante lego en la materia hacerse una idea de la magnitud que en sus mejores tiempos  llegó a tener el palacio. Sin embargo, la reconstrucción llevada a cabo por Evans a comienzos del siglo XX ha podido desvirtuar algunas características propias del edificio, ya que muchas de estas reconstrucciones se llevaron a cabo a partir de simples suposiciones, no suficientemente bien documentadas. Aún así, las habitaciones privadas de los reyes junto con la gran escalera que da acceso a las estancias constituyen algunos de sus más importantes hallazgos.

Debido a nuestra hora de llegada a Santorini (aproximadamente las 12 de la noche) decidimos reservar ya desde Heraclion el alojamiento en Fira, la población principal de la isla. Y seguidamente, tras devolver el coche tal y como nos lo llevamos, nos embarcamos en el Dedalus -un ferry de la compañía Blue Star con bastante menos comodidades que nuestro añorado Festos Palace- con destino a la más sureña de las Cicladas. El viaje es breve, pero ni la tripulación (un empleado con bastante malos modos quiere hacernos pasar todo el camino en cubierta, negándonos el acceso a los salones interiores) ni el restaurante (apenas hay nada apetecible para comer, parecen más bien los sobrantes del resto de la semana) están a la altura de lo que esperábamos. A nuestra llegada, un coche nos viene a recoger al puerto Athinos para trasladarnos directamente al Blue Sky, un atractivo hotel de nueva construcción, con piscina incluida, donde pasaremos la noche por 25 módicos euros la habitación doble.

 

SANTORINI

Miércoles, 22 de octubre de 2003

Vista general de Fira, la capital de SantoriniHoy disponemos de un día tranquilo en Fira. En la actualidad, la isla cuenta con dos puertos: el nuevo, llamado Athinios, donde atracamos ayer, y que está comunicado con el resto de la isla por carretera, y el de la caldera, situado en la parte más espectacular de la costa, donde arriban los cruceros y las pequeñas embarcaciones. A este último puerto no llega carretera alguna; hay que subir al pueblo a pie -por unas empinadas escaleras que zigzaguean por la ladera-, en burro o en teleférico.

El aspecto actual de la isla deriva del año 1628 a.C., fecha en la que el volcán entró en erupción. Así, parte del terreno se hundió bajo las aguas dejando visible el cráter sobre la superficie como amenaza permanente para los habitantes. Ni que decir tiene que las vistas más espectaculares del mismo se obtienen desde la parte de Fira que da a la caldera, y que es también allí donde se encuentran los mejores hoteles (y también los más caros).

Phirostefani se halla justo a continuación de FiraFira es una población que vive básicamente del turismo: las calles principales han sufrido la invasión de decenas tiendas, tenderetes, puestos y restaurantes varios, amén del desfile de turistas que desde los cruceros fondeados junto a la caldera saltan a la isla para tomar sus calles a modo de pacífico cuerpo de asalto. Cuando esto sucede (normalmente a partir de las once de cualquier día), merece la pena dirigirse hacia el noroeste de la isla, hasta Phirostefani, localidad que en la práctica ha llegado a convertirse en una prolongación de Fira, aunque mucho más tranquila y agradable.

De cualquier manera, Fira cumple punto por punto con lo que uno espera encontrar en una isla de las Cicladas: casas blancas, limpias, de cúpulas y puertas azules, con estrechas e irregulares calles que suben y bajan caprichosamente por la ladera. Aparte de su intensiva especialización económica, el otro problema con que el viajero se encuentra -aunque en realidad se trata de una  derivación del primero- Calle de Fira; al fondo, la iglesia católica de Santorini es lo elevado de sus precios: desde el más simple desayuno hasta la más suculenta de las comidas, el valor de los productos supera con mucho la media de lo que hemos venido pagando hasta ahora. Y si el precio de un restaurante nos parece moderado, lo será por la deficiente calidad de sus platos (teoría que experimentaremos en nuestras propias carnes).

De esta guisa, y dado el extremo calor que golpea la isla al mediodía, decidimos darnos un reparador baño en la piscina del hotel y abandonar por una horas nuestro agotador rol de viajeros impenitentes.

Por la tarde, algo más templada la temperatura, decidimos alquilar un coche para recorrer mañana mismo con tranquilidad el resto la isla. Tras consultar en dos o tres agencias de alquiler de vehículos, por 25 euros conseguimos un Hyundai Atos bastante aceptable. Después cenamos unos Gyros en un puesto de la plaza principal llamado Fast Food 1. Y para finalizar la tarde, y una vez que las turbas de turistas han abandonado el pueblo para regresar a sus cruceros respectivos, nos permitimos el lujo de pasear con total despreocupación por unas calles a esas horas semivacías y apenas reconocibles, libres de tiendas, parapetos varios y puestos de venta. ¡Qué diferencia! La pena es que mañana, a partir de las once, todo este encanto que ahora nos subyuga -dios sabe de qué manera- desaparecerá hasta no quedar ni huella.

 

SANTORINI

Jueves, 23 de octubre de 2003

Dado que tenemos el coche alquilado desde ayer por la noche, sin perder ni un segundo, a primera hora de la mañana, partimos en dirección a Oia, localidad situada en el extremo noroeste de la isla y cuya visita creemos altamente recomendada, a tenor de lo visto y leído en diferentes guías. De camino, hacemos una parada en Imerovigli, población lindante con Fira pero la cual a esas horas todavía permanece dormida.

Vista general de OiaLa carretera que cruza Santorini se encuentra en muy buen estado. A modo de circuito, la calzada rodea la isla de una punta a otra. De camino a Oia, nos detenemos en un restaurante de carretera a desayunar unos huevos fritos con bacon, para salir de los habituales hojaldres de todos los días. Quizá porque nos encuentra realmente hambrientos o por simple cortesía, la dueña nos obsequia además con una ración de hígado de pollo, un plato cada vez más raro de probar en España.

A la entrada de Oia, nos detenemos para observar las primeras edificaciones. En esta zona abundan los apartamentos y los hoteles pequeños. En uno de estos apartamentos nos encontramos con una arquitecta que habla perfectamente español. Nos cuenta que ella vive aquí en verano, pero que en invierno se traslada a Atenas. "En invierno apenas hay vida en esta parte de la isla", nos cuenta, "el turismo desciende casi por completo y quedan pocas cosas que hacer por aquí. Yo vivo medio año en Oia y el otro medio en Atenas". Nos dice que mañana mismo se marcha a Ios, ya que está construyendo unos apartamentos en aquella isla y quiere ver cómo van las obras. Nosotros, que también tenemos pensado llegarnos hasta allí, nos despedimos de la arquitecta y proseguimos con nuestra propia visita al lugar.

Oia, adonde no llegan los cruceros, es una población mucho más pausada que Fira, pero en modo alguno menos atractiva. A diferencia de la anterior, inmaculadamente blanca, sus casas muestran una mayor variedad tonal, aunque siempre en colores suaves, lo que a mi juicio incrementa notablemente su atractivo. A pesar de que llegan algunos autobuses de turistas, en esta época del año las calles de Oía aparecen casi vacías, apenas transitadas por viandantes ligeramente despistados, sin ningún afán consumista, entregándose al placer de la simple contemplación. Sus callejuelas, como las de Fira, son estrechas e irregulares, y sus comercios, no sé si por la falta de clientes, pasan mucho más desapercibidos.

Cúpula de una igleia de Oia; al fondo, FiraVolviendo de Oia por la carretera que discurre por el sur nos detenemos en la Taverna Paradiso para comer. No hay ningún otro cliente a esas horas, lo que nos proporciona un servicio especialmente acogedor. Entre otras cosas, probamos una especie de lentejas amarillas conocidas como Faba de Santorini, servidas en forma de crema. La comida es de buena calidad, con ese toque casero tan difícil de conseguir en los restaurantes de Fira, completamente entregados al turismo "acrítico". Una de las cosas que iremos descubriendo poco a poco es que, cuanto más turístico es un lugar, más deficiente es la calidad de su cocina. La confirmación de esta teoría la obtendremos en el barrio de Plaka, en el corazón de Atenas.

El día comienza a hacerse más y más desapacible. Se ha levantado un fuerte viento que en algunos momentos llega incluso a dificultar el movimiento. Nosotros, dispuestos a apurar hasta sus últimos momentos la luz solar (cada vez más escasa), nos dirigimos al otro extremo de la isla, en dirección a las ruinas de Akrotiri.

La entrada al complejo arqueológico se cierra a las tres de la tarde, así que nos quedamos sin poder entrar. En Akrotiri se encuentran los restos de lo que se cree que fue una antigua colonia minoica, la cual desapareció con la famosa erupción volcánica que transformó la isla. Justo al lado se encuentra la llamada Playa Roja, llamada así por el color de su arena, de origen volcánico. Cuando llegamos, la marea alta la cubre casi por completo, aunque la primera impresión es que hace mucho tiempo que nadie se ha acercado por aquí: abundan por doquier los desperdicios, y las barcas parecen haber sido abandonadas a la deriva; los chiringuitos están cerrados en su mayor parte (por no decir dejados a su suerte), y los que aún permanecen abiertos apenas dan sensación de actividad alguna.

De vuelta a Fira, el viento arrecia con más fuerza. Intentamos reservar billetes a Ios para primera hora del día siguiente, pero nos avisan de que los ferrys que debían partir esta noche han sido cancelados a causa del mal tiempo y que tendremos que esperar a mañana para saber si se pueden hacer finalmente a la mar. Las famosas tormentas del Egeo han hecho por fin presencia.

 

SANTORINI - IOS

Viernes, 24 de octubre de 2003

Vista del cráter de Santorini; al lado, uno de los muchos Cruceros que llegan diariamenteAmanece tranquilo. Desde el hotel, tal como hicieron a nuestra llegada, nos dejan en el puerto a las nueve de la mañana. Tenemos entendido que a las once en punto parte un ferry para Ios, y es nuestra intención zarpar en él. Junto a nosotros, varios pasajeros más, todos turistas, esperan la salida del barco. Sin embargo, la camarera del restaurante donde hemos decidido desayunar nos advierte de que hasta las tres y media no sale barco alguno hacia ninguna parte. Los otros turistas que esperan a nuestro lado muestran extrañados sus billetes, donde figura las once de la mañana como hora de salida. Sin embargo, la camarera tiene razón: el primer ferry con destino a Ios y Naxos no parte hasta las tres y media. No conseguimos explicarnos cómo se pueden vender billetes para una línea que no existe: ¿incompetencia de las agencias de viaje? ¿cancelaciones por sorpresa? ¿poca seriedad? Lo cierto es que el malentendido nos obliga a esperar más de cinco horas en un puerto sin vida donde no se puede hacer nada excepto aburrirse soberanamente. La de hoy será sin duda una mañana para olvidar.

Por fin, un ferry de la compañía Blue Star hace su entrada en el puerto a la hora anunciada (las tres y media), el mismo que poco tiempo después nos acercará a la esperada Ios.

Sin miedo a resultar exagerado, tengo que decir que Ios termina por convertirse en la sorpresa mayúscula del viaje. En un principio, habíamos elegido este sitio porque nos pillaba de camino a Naxos y porque queríamos apreciar algo más de cerca la vida en las islas. Ios no se trata de una de las grandes atracciones turísticas del Egeo, y por ello esperábamos algo más modesto y limitado. Sin embargo -y sobre todo en esta época del año-, el encanto de su capital, Cora, supera con creces nuestras más generosas expectativas.

Calle característica de IosYa nada más tomar tierra, Margarita, la dueña de una pensión situada en el mismo centro de Cora, nos ofrece alojamiento por 8 euros por persona. Desde el primer momento nos parece un precio más que razonable, pero cuál no será nuestra sorpresa cuando descubrimos que su ofrecimiento consiste además en dos habitaciones individuales y una doble, todas con baño. La cosa, desde luego, empieza con buen pie.

Tras dejar los bártulos en las habitaciones, comenzamos sin mayor demora la exploración de la ciudad. Y casi de repente, apenas damos unos pasos, descubrimos el encanto que rezuman aquellas callejuelas estrechas y blancas pobladas de abuelos pacientes, niños inquietos, madres activas y perros aburridos para quienes representamos su mayor distracción. El cuidado de las calles es extremo; hasta las franjas de cemento que unen cada losa del suelo han sido pintadas de blanco. No vemos más extranjeros que nosotros mismos; a nuestro alrededor, la vida fluye como si no existiéramos.

En la plaza principal, los más viejos beben café y ouzo a la puerta de las tabernas; nosotros nos sentamos a su lado y pedimos unos rakis. Como si nos conocieran de toda la vida, enseguida nos hacen alguna observación o nos ofrecen conversación a su manera. No se me ocurre otra palabra mejor que placidez para definir aquellas primeras horas en Ios: nadie parece tener prisa, y conforme la luz del sol va siendo sustituida por la luz de las farolas, habría que añadir otra palabra más: calidez.

Es Cora una ciudad laberíntica, de calles sinuosas que suben y bajan con el encanto propio de los pueblos antiguos. En una taberna, un grupo de militantes del partido socialista discute con gravedad acerca de asuntos supuestamente trascendentes. En las viejas tabernas, fotos antiguas, presumiblemente de familiares ya fallecidos, decoran las paredes. La taberna es un territorio plenamente masculino; las únicas mujeres que las frecuentan son las encargadas de servir las mesas. Pero por la noche el ambiente cambia por completo. Donde antes había ouzos ahora hay gin-tonic; jóvenes de toda clase y condición ocupan las calles, y la tranquilidad del atardecer se transforma en bullicio (moderado, no obstante). En lo alto del pueblo, la iglesia principal, todavía en silencio, parece observar a sus gentes sin querer intervenir en aquel mundo apacible y ordenado: rutinario, dirían algunos; anquilosado, los más inconformistas. Tiene que haber de todo.

 

IOS

Sábado, 25 de octubre de 2003

El día amanece ligeramente soleado. Las calles, a esas horas y tras una noche presumiblemente agitada, aparecen vacías. Son las ocho y media, y la taberna Ios Blue, la más madrugadora, se prepara para abrir sus puertas. La atmósfera liviana e inigualable de ayer no ha desaparecido en absoluto. Me dirijo hacia la iglesia principal, en lo alto del pueblo. Por las calles empinadas y estrechas se oyen los cantos y las voces de una celebración religiosa retransmitida por televisión que los lugareños escuchan mientras se entregan a sus quehaceres matutinos.

En los exteriores de la ciudad se conservan algunos molinos, ya en completo desuso, algunos gravemente dañados. Desde esta parte se disfruta de una hermosa imagen de la ciudad, coronada por la blanca e inmaculada iglesia principal. Es el blanco el color que domina, el blanco cicládico, apenas punteado por los azules de las cúpulas y las feas antenas de los tejados.

Los más viejos pasan las horas sentados en las plazasLas mujeres comienzan sus tareas habituales; los hombres, entre tanto, se preparan para tomar posición en tabernas y ouzerías. Los niños, a veces resueltos, a veces callados, disfrutan como cualquier sábado de un día sin escuela. Las calles continúan aún alfombradas por las buganvillas que han caído durante la noche, pero será por poco tiempo; lenta pero inexorablemente, tenderos y comerciantes las acumulan a los lados en pequeños montoncitos antes de abrir sus negocios. Las voces cotidianas de la vida se escapan por las ventanas de las casas y toman posesión de las calles.

Me permito el lujo de continuar mi paseo con absoluta relajación, viendo y oyendo todo lo que alcanzan a percibir mis sentidos, sin recibir a cambio ningún mal gesto, ninguna leve oposición a dejarse fotografiar ni a la presencia insolente de mi cámara. Utilizo el saludo matinal (kalimera) al cruzarme con los vecinos, saludo que siempre me devuelven acompañado de una cortés sonrisa.

Cuando el sol sube y toma posición en lo más alto, la ciudad resplandece.

Me siento en un rincón de la plaza y miro: cruzan niños con libros en sus manos, puede que a recibir clases particulares; los viejos a la puerta de las tabernas no dejan de manosear sus rosarios para entretener los nervios; algún que otro niño pequeño llora al ser reprendido por su madre.... Resulta extraño este mundo sin tiempo donde todos se conocen, como si todo ser resumiera en una palabra: existir.

A mediodía bajamos al puerto. Es un lugar tranquilo, apenas se ven barcos y alguna que otra barcaza descargando. Miramos en diversos restaurantes, pero ninguno tiene pescado fresco. Parece que sólo hubieran abierto por rutina, porque lo hacen todos los días, aunque muchos ya han cerrado hasta el verano próximo.

Finalmente, nos recomiendan uno situado al final de puerto llamado Aphrodite's, donde encontramos algunos comensales más. Efectivamente, el restaurante bien puede calificarse de excelente, sobresaliente diría yo: las raciones son copiosas, abundantes, y la calidad del pulpo, los calamares y el pescado igualmente encomiable. Por si fuera poco, de postre nos ofrecen una amplia bandeja con yogur que entre cuatro hombres hechos y derechos apenas somos capaces de terminar.

Para terminar como se merece este extraordinario día, por la tarde bajo a la playa de Mylopota, apenas a 3 kilómetros de Cora. La playa no es excesivamente buena, su arena es demasiado gruesa y la orilla aparece cubierta por una tupida alfombra de algas. Sin embargo, la temperatura del agua todavía se mantiene tibia, así que el baño resulta lo suficientemente agradable como para justificar la visita. En un extremo, un buzo ha capturado con arpón un par de pulpos y se entretiene golpeándolos frenéticamente contra las rocas. 

Un buen lugar para cenar es el Restaurante Vesuvian, donde preparan unas sabrosas pizzas de cosecha propia aderezadas con un exquisito toque local. Como entrante, se puede disfrutar de una sabrosa sopa de lentejas. Los propietarios son unos tipos agradables y el precio igualmente asequible.

Por la noche, el sábado reclama para sí el ritual de bullicio y alcohol común a todas las culturas de occidente. Las terrazas de los bares se llenan, las cervezas hacen su aparición y los jóvenes se apostan en las calles con cierto simulacro de festejo carnal. Los más viejos hace rato que han desaparecido; es el ciclo de la vida, unos se van y otros vienen. 

© Carlos Manzano

Página siguiente