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GRECIA

PARAÍSO MEDITERRÁNEO (y 3)


IOS - NAXOS

Domingo, 26 de octubre de 2003

Esta noche, a las tres de la madrugada, ha tenido lugar el preceptivo cambio horario de todos los otoños: hay que retrasar los relojes una hora. Como estamos de viaje, despreocupados del mundo y de otros problemas que no sean buscar alojamiento y manutención, ni siquiera nos hemos acordado. En consecuencia, a las siete y media de la mañana, hora local, ya estamos danzando como espectros por una ciudad fantasma. Sin embargo, agradezco sinceramente la oportunidad que este despiste nos ofrece para disfrutar por última vez de la atmósfera inigualable de Ios.

Desde la puerta del antiguo Templo de Apolo se obtiene una preciosa vista de NaxosA las 12,30 cogemos el Ferry a Naxos. Las dos islas están realmente próximas: aún no hemos perdido de vista el perfil de Ios cuando ya avistamos la costa de nuestro próximo destino. Nada más llegar, nos ofrecen dos habitaciones a 15 euros cada una: más barato incluso de lo que llegamos a pagar en Ios. Sin embargo, la calidad de las mismas será bastante inferior a las de la Pensión Margarita: no tienen baño ni calefacción, lo que nos obligará a pasar una última noche realmente fría.

En Naxos tenemos pensado estar tres noches. La idea es visitar desde aquí la cercana Paros y, si hay barcos que realicen el trayecto de ida y vuelta en el día, acercarnos hasta Mikonos. Sin embargo, enseguida descubriremos que, lejos ya de la temporada alta, no existen conexiones entre Mikonos y Naxos. Debemos plantearnos, entonces, si merece la pena modificar el itinerario pensado para esta última semana o abandonar la idea de ver Mikonos. De momento, postergamos la decisión para otro momento.

Comemos en un restaurante próximo al puerto cuyo aspecto poco refinado nos hace confiar de su cocina. Sin embargo, los platos nos resultan demasiado escasos, de contenido frugal. Lamento no haber anotado su nombre.

Calle del viejo mercado de NaxosEn la pequeña isla de Palatia, conectada actualmente a Naxos por un estrecho camino de piedra, abandonó el ingrato de Teseo a Ariadna tras haber sido ayudado por ésta a derrotar al famoso Minotauro. Todavía se conserva lo que fue la puerta del antiguo Templo de Apolo, imagen que ha llegado a convertirse en símbolo de la isla. El templo fue mandado construir por el tirano Lygdamis aproximadamente 600 años a.C., aunque nunca llegó a terminarse por completo. Lo cierto es que desde aquí se obtienen unas soberbias vistas de Naxos y de su puerto, sobre todo a última hora de la tarde, cuando aparecen las primeras sombras del anochecer.

Ya de noche, descubrimos un restaurante que, sumamente apetitoso a primera vista, ofrece pescado y pulpo fresco a 6 euros la ración, los cuales son preparados a la parrilla justo en el exterior del local. El restaurante se halla situado en la calle que emerge de la estación de autobuses en dirección al interior de la ciudad y que cae perpendicular a la carretera que cruza el puerto (para más pistas, hay un establecimiento de alquiler de automóviles al comienzo llamado Auto Tour). Intento dar tantos detalles por si alguien comete el error de dejarse seducir por su aspecto sencillo, aparentemente sin pretensiones, porque, para nuestra desgracia, tal restaurante acabará convirtiéndose en el que peor comida nos ofrece en todo el viaje. En primer lugar, la ración de pulpo apenas pasa de lo que en España sería una pequeña tapa; y el pescado, inicialmente caballa, es servido en una enorme bandeja donde, aparte de las cuatro caballas prometidas, domina un desconocido pez de piel increíblemente dura cuyo precio real descubriremos más tarde que no supera 1 euro y medio por kilo. Un auténtico timo, teniendo en cuenta que por dicha bandeja nos cobran ¡24 euros!. Mañana, nos prometemos, seremos un poco más cuidadosos con la elección de los restaurantes. No en vano, la alimentación es para nosotros uno de los alicientes principales de todo viaje, y de éste en particular.

 

NAXOS

Lunes, 27 de octubre de 2003

Hoy ha sido un día realmente agradable, de esos que te dejan una huella amable y duradera. Por la mañana, temprano como siempre, y tras desayunar nuestros correspondientes tyropitakias preparados directamente en un horno de leña, nos adentramos en las enrevesadas calles del Kastro, la antigua ciudad fortificada. Originariamente, la muralla fue construida por el veneciano Marco Sanudo allá por el siglo XIII, aunque actualmente sólo se conservan dos de las siete torres que llegó a poseer el castillo. El aspecto actual del Kastro es bastante similar al que tuvo en su época, y aún permanecen en pie muchos de sus viejos edificios, en algunos de los cuales todavía viven descendientes de los antiguos moradores.

Al fondo, el viejo Kastro de NaxosLas calles son estrechas e intrincadas, surcadas por pequeños pasadizos que sumergen al viajero en una atmósfera novelesca, sorprendente. Junto a la Catedral, en la parte alta del Kastro, se halla el Museo Arqueológico, que alberga una importante colección de antiguas figuras cicládicas así como diversas esculturas y cerámicas del neolítico. 

A esas horas la tranquilidad es absoluta: a veces se escucha el ruido de unas hojas agitadas por el viento, o el sonido de una puerta que a lo lejos se abre y se cierra. La palabra que mejor define un momento como éste es sosiego. Estamos en temporada baja y apenas hay turistas: hasta bien entrada la mañana no nos cruzamos con los primeros paseantes. Algunas fachadas reclaman a gritos una rápida restauración, y muchas de las puertas están presididas por viejos e imponentes escudos de armas. Con un poco de imaginación, se tiene la impresión de haber traspasado la barrera del tiempo y recalado casi por azar en un antiguo burgo veneciano de la Edad Media.

Entramos en una de las torres viejas, habilitada ahora como museo, donde se exhiben diversos restos de las primeras construcciones cristianas de la isla. Al lado se encuentra la Casa Della-Rocca-Barozzi, denominada Museo Veneciano, una preciosa joya que se conserva tal cual la dejaron sus últimos moradores y que contiene muebles y aparejos con varios siglos de antigüedad. Este palacio es uno de los edificios más antiguos de Naxos, construido en 1207 por los franceses. En la actualidad está regentado por el último vástago de la familia, Nikos, un tipo extremada y admirablemente peculiar del que hablaré más adelante.

Vista de Naxos desde la pequeña isla de PalatiaEl sótano del edificio aloja diversas exposiciones de pintura, escultura y fotografía. Nos llama especialmente la atención la de fotografía, por cuyo autor nos interesamos. "Se llama Develdis Takis", nos informa el tal Nikos, y nos da dos números de teléfono por si queremos contactar con él. Nos informa también de que por la tarde, allí mismo, habrá un concierto de piano, alternativa que se nos antoja interesante para la noche, cuando la ciudad entra en reposo (más aún si cabe) y apenas hay nada que hacer. Además, a él le gusta tratar con artistas, así que nos hará un precio especial, nos dice.

Tras el fracaso de ayer, entramos a comer unos gyros y evitamos de esa forma sentirnos engañados con raciones miserables a precios desorbitados. Después, damos un breve paseo por la costa, pero comienza a lloviznar. Volvemos a las habitaciones a descansar un rato y a las ocho menos cuarto en punto, quince minutos antes del concierto, nos presentamos en el Museo Veneciano.

Nikos, la persona que hemos conocido esta mañana, nos recibe amistosamente y nos invita a probar un licor local propio de la isla llamado Kitron. Hablamos un poco de la casa, y nos cuenta que perteneció a sus padres hasta su muerte. Él todavía vive allí, y durante el verano se dedica a organizar actuaciones varias, como la de esta noche. "Con ésta y con la de pasado mañana" -a la que también acudiremos-, "hacen más de ciento ochenta sólo durante este año", nos dice. Nikos parece este tipo de personas absolutamente apasionadas, que se entregan sin mesura a una tarea como si en ella residiera el sentido último de su existencia.

El concierto, a cargo del pianista Andreas Sarantidis-Dudnikoff (un ruso que por razones que sería muy prolijo enumerar ahora recaló hace pocos meses en Naxos), resulta bastante agradable, especialmente por el espacio que lo acoge. Para pasado mañana anuncia otro concierto de piano en este mismo lugar, esta vez dedicado en exclusiva a la obra de diversos músicos griegos. Nos parece una buena idea volver de nuevo.

 

NAXOS - PAROS - NAXOS

Martes, 28 de octubre de 2003

El día amanece nublado, pero lo más grave es el fuerte viento que se ha levantado de madrugada. Hoy, además, es día festivo: se celebra en toda Grecia el día del Ohi (No), en conmemoración de la negativa del General Metaxas a permitir que en 1941 el ejército fascista de Mussolini cruzase sus fronteras. La celebración, al menos a los ojos de un extranjero, resulta, digámoslo así, bastante naif: estudiantes y colegiales, más o menos uniformados, desfilan por las calles al compás de la música de una banda. La gente (los padres, sobre todo) se muestran encantados de ver a sus hijos caminar marcialmente uno tras otro en un triste remedo de desfile militar -aunque la verdad que no lo hacen con excesiva gracia, todo hay que decirlo-. La celebración se adereza unas cuantas banderitas griegas ondeando en balcones, plazas y ventanas.

La Iglesia de Ayios Konstandinos se encuentra situada en el punto más alto de ParosPor nuestra parte, a las diez menos cuarto hemos de tomar el ferry que nos llevará a la vecina isla de Paros, donde tenemos intención de pasar el día. Ya en la mar, el fuerte viento que castiga las islas nos obliga a hacer el trayecto a cubierto, protegidos del frío y las gotas de agua que en muchos momentos salpican la cubierta. Nada más llegar a Paros, la capital de la isla, certificamos que el desfile de los muchachos en el día del Ohi es común en todos los sitios.

Cerca del puerto se encuentran los restos del antiguo Templo de Atenea, del que apenas quedan unas pequeñas piedras, y el Castillo, que casualmente fue construido usando piedras del viejo templo. Las calles del casco antiguo son estrechas, como buena ciudad cicládica, aunque mucho menos empinadas que las de Naxos. Igualmente, de entre sus edificios destacan algunas villas de estilo veneciano, elegantes y orgullosas de pasado. Es Paros una ciudad agradable, fácil de ver. Además, al ser día festivo los bares se encuentran repletos de gente. Se respira un ambiente agradable, relajado, de júbilo moderado. Los niños, todavía ataviados con los uniformes del desfile, corretean ufanos por las calles. 

Una de las visitas imprescindibles en Paros es la vieja iglesia de Ekatondapyliani, edificada aproximadamente en siglo VI d.C. En realidad, se trata de tres iglesias interconectadas. La más antigua corresponde a la de San Nicolás, construida sobre un viejo edificio del siglo IV a.C. El Baptisterio y varias de sus capillas también merecen ser visitadas.

La iglesia de Ekatondapyliani fue edificada sobre el siglo VI d.C.En el tiempo que llevamos en Paros, el temporal no ha parado de arreciar. En una agencia de viajes nos indican que el ferry que teníamos intención que coger a última hora de la tarde es posible que no pueda zarpar. Así que, para evitar males mayores, tomamos el de la una y veinticinco de vuelta para Naxos. Como curiosidad, hay que decir que el precio del billete de ida en un ferry de la compañía Blue Star cuesta 5,90 euros más tasas; el de vuelta, en la compañía Hellas Fying Dolphins, asciende a 4,90, tasas aparte: un euro más por el mismo trayecto. Si se tiene tiempo, es aconsejable comparar precios en distintas compañías, al final se acaba ahorrando dinero.

De nuevo en Naxos, me doy un nuevo paseo por las calles del viejo mercado. Son las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a declinar. La mayor parte de las tiendas y las tabernas permanecen cerradas. Se respira una atmósfera de cierta melancolía, las calles están en completo silencio. Hay momentos en que sólo se escucha el sonido del viento corriendo por las estrechas callejuelas. El ambiente me sugiere cierta decadencia, aunque la realidad es que estamos en octubre y que hace bastante frío. Cualquier tarde de agosto, me digo, estas calles deben de estar a rebosar de paseantes.

Por la noche cenamos en el restaurante Apostolis, recomendado por la guía Lonely Planet. Debo admitir que, si bien la calidad de los platos es más que aceptable, los entrantes nos parecen demasiado escasos. Excelentes los mejillones apostolis (una especialidad de la casa), aunque la ración se reduce a cinco míseros mejillones; lo mejor, a mi juicio, el pescado, fresco y abundante, aunque nada barato (10 euros). A pesar de los días que llevamos en Grecia, todavía no hemos encontrado ningún restaurante que se parezca a nuestro añorado Tamam de Canea. Habrá que seguir intentándolo.

 

NAXOS

Miercoles, 29 de octubre de 2003

Kouros de MelanesUltimo día en Naxos. Ayer por la noche, para no perder tiempo hoy por la mañana, alquilamos un pequeño Suzuki (no recuerdo qué modelo, no se comercializa en España) por 15 euros. La isla es pequeña, así que salimos en dirección a Melanes sin ningún propósito preestablecido; ya iremos viendo por el camino hasta dónde llegamos. En Melanes se encuentra uno de los varios Kouros que pueden verse en Naxos, aunque la verdad es que no es nada fácil dar con él si se accede desde el pueblo, ya que no hay señalizaciones hasta prácticamente el mismo lugar. Los kouros son grandes figuras de piedra que representan figuras humanas y que fueron abandonadas en la misma cantera antes de ser finalizadas. Lo más impresionante es el tamaño, de seis a nueve metros, y su antigüedad, de primeros del siglo VI a.C., aunque casi tan interesante como la propia escultura es el espacio donde se halla: una zona típica del Mediterráneo, con abundante carrasca y campos de olivos. El pueblo de Melanes, por lo demás, no apunta gran cosa; así que decidimos pasar de largo.

Seguimos camino hacia el norte, en dirección a Apollonas, una tranquila localidad costera bastante visitada en temporada alta. A la entrada se encuentra otro de los kouros de la isla, este de mayor tamaño incluso que el de Melanes, aunque presenta un acabado más tosco aún. Representa una figura humana con la pierna levemente flexionada, como si se dispusiera a comenzar a andar. Este tipo de esculturas es típica del arte micénico.

Lo primero que hacemos al llegar al puerto es buscar un sitio donde comer, y casi como única opción elegimos el restaurante Venetino, donde, a pesar de la escasa simpatía de su propietario, lo cierto es que comemos más que aceptablemente, en especial unos excelentes calamares y unos más que dignos pescaditos. Así pues, y exceptuando el servicio, la relación calidad-precio acaba resultando realmente buena.

Una de las torres-fortaleza mejor conservadas de HalkiDespués nos dedicamos a pasear tranquilamente por el puerto. A esas horas, con las barcas recogidas y el sol a punto de ponerse, se respira una atmósfera algo melancólica, casi nostálgica, lo que me inspira para realizar probablemente mis mejores fotografías de todo el viaje. A veces, no sé muy bien por qué, determinados espacios estimulan la creatividad más que otros, y no debido a su belleza o a su espectacularidad. El puerto de Apollonas, vacío y triste, no es ni de lejos el más atractivo que hayamos visto, pero sin embargo tiene algo especial (probablemente a causa de la hora, de la luz, de la época del año, de los rostros de los viejos que pasean de un lado a otro...) que me hace sentirme más a gusto que en ningún otro. Pertenece a ese tipo de misterios que, precisamente por su oscuridad y su extrañeza, tan vitales terminan por resultarnos.

De vuelta, ya casi de noche, paramos en Halki, una hermosa localidad caracterizada por sus palacios-torre, viejas fortalezas construidas en tiempo de los venecianos y algunas de las cuales alcanzan tamaños realmente espectaculares. En este pueblo se encuentra una de las fábricas más importantes de licor de Citrón, Vallindras, donde incluso se puede hacer una pequeña degustación de sus productos. Por desgracia, a la hora de nuestra llegada la fábrica había cerrado ya.

Iglesia bizantina de St. Georges DinsoritisOtro de los atractivos de Halki es la iglesia bizantina de St. Georges Dinsoritis. Esta iglesia en realidad se encuentra situada en las afueras del pueblo, y se accede a ella por un hermoso sendero que atraviesa inmensos campos de olivos y cítricos (citrones, supongo). El camino es largo, pero lleno de atractivo. El olor y el sonido de los pájaros no cesan de acompañar durante todo el recorrido. El indicativo para llegar hasta la iglesia se encuentra situado junto a una de las principales torres-fortaleza del pueblo, junto a la carretera. Desgraciadamente, a esas horas las puertas de la iglesia están cerradas, aunque su aspecto exterior es lo suficientemente interesante como para justificar la visita. Hay poca luz, pero aún así disparo unas cuantas fotografías con la confianza de que el pulso no me tiemble demasiado.

Por la noche regresamos al museo veneciano a disfrutar de la música de Sarantidis. Es una buena ocasión para estrechar aún más los lazos con Nikos, el organizador del evento y gestor del museo. Como ayer mismo nos propuso, nos reitera su ofrecimiento para colgar nuestras fotografías en una de las salas del museo, probablemente para el año que viene. La idea nos parece realmente interesante, así que quedamos seguir en contacto para concretar las fechas a su debido tiempo. Ya veremos en qué queda todo.

 

ATENAS

Jueves, 30 de octubre de 2003

A las nueve y media tomamos el ferry en dirección al Pireo. El día ha amanecido muy cubierto, hace frío y amenaza lluvia. El barco, de la compañía Blue Star, resulta bastante incómodo para un viaje de tantas horas: no dispone de butacas donde echar una cabezadita y a poco lleno que vaya, te quedas sin sitio.

Imagen siempre impresionante del PartenonLlegados al Pireo, muy cerca de la estación central de viajeros existe una parada del metro. Desde allí tomamos la línea que nos lleva hasta Omonia y después enlazamos con la que va a Sintagma. Nuestra intención es alojarnos por el barrio de Plaka, el más turístico pero también el mejor situado para llegar a la Acrópolis y a los principales lugares de la ciudad. Además, la referencias que tenemos nos indican que se trata de las pocas zonas antiguas de Atenas que todavía se mantienen en pie. 

De esta manera, preguntamos primero en el Hotel Kouros, en el número 11 de la calle Kodhrou. El precio que nos piden por cada habitación doble, 35 euros, nos parece excesivo teniendo en cuenta el estado de las mismas: se trata de habitaciones sin baño, de aspecto bastante decrépito y con un innegable tufillo a decadencia. Finalmente, y como buena parte del turismo mochilero que llega hasta Plaka, nos quedamos en el Student and Travellers Inn, en Kydhathineon, 16, una pensión que, aunque algo cara (una habitación para cuatro sin baño cuesta 18 euros por persona), ofrece un aspecto más saludable. Más tarde descubriremos que nos habría merecido más la pena habernos quedado por la zona del Bazar y Monastiraki, auténtico centro vital de la ciudad. 

Las Cariátides confieren al Erectron su imagen más característicaLa primera imagen de Atenas que se nos ofrece desde el metro se corresponde más o menos con la de un barrio cualquiera de cualquier ciudad española en plena época del desarrollismo: edificios de tres y cuatro pisos de altura, calles estrechas, abundancia de comercios y de bares, cierta suciedad en el ambiente... Como ya me sucediera cuando embarcamos hacia Creta, la actividad vital de esta ciudad se insinúa desbordante. Sin embargo, al anochecer y tras un breve paseo por las estrechas calles de Plaka, la decepción se instala en mi ánimo. Tengo la sensación de que el famoso barrio de Plaka no es sino un sencillo entramado de calles sin excesivo atractivo, poblado por mercaderes y surcado por innumerables e impersonales restaurantes, donde el turista (que acude en masa como las moscas a la miel) es el objetivo principal, y del que los atenienses huyen como de la peste. Por si fuera poco, la insistencia con que te invitan para que entres en tal o cual restaurante apenas te permite dar un sencillo paseo con la tranquilidad apetecida.

Desde algunas calles de Plaka se logra divisar las murallas que rodean la Acrópolis. Buscando una mejor vista, nos acercamos a la entrada principal, en la que destaca, elegantemente iluminado, el Partenón. A su lado, a los pies de la colina, se encuentra el Odeón de Herodes, viejo teatro romano donde todavía se ofrecen conciertos y representaciones. Esta noche me voy a dormir pronto. Plaka, en horas nocturnas, ya ha dejado de interesarme, y mañana me espera uno de los grandes alicientes de este viaje: la Acrópolis.

 

ATENAS

Viernes, 31 de octubre de 2003

Por la mañana, nada más amanecer, Plaka ofrece un aspecto mucho más tranquilo que la noche anterior, mucho más natural. Las mesas de los bares están vacías y las personas con las que me cruzo se dirigen a sus ocupaciones habituales. Descubro algunas hermosas fachadas, viejos edificios que han logrado resistir el paso del tiempo y los quebrantos del olvido, pero aún así el barrio en su conjunto me parece algo artificioso, digamos que demasiado "prostituido". A través de mis diferentes viajes, he llegado a la conclusión que las primeras horas de la mañana son ideales para tomar el pulso a las ciudades: las noches engañan, se pintan demasiado el rostro para disimular su verdadera esencia, de la cual, no sé si por snobismo o por vulgar coquetería, de alguna manera se avergüenzan. Con Atenas, desde luego, esa impresión me parece totalmente acertada.

El Erecton es el mejor conservado de los templos de la AcrópolisLa visita a la Acrópolis cuesta 12 euros, pero incluye la entrada a otros cuatro monumentos repartidos por la ciudad. Para no caer en tópicos, diré que lo que se conserva en la actualidad es suficiente para hacerse una perfecta idea de la magnitud que en sus mejores días llegó a alcanzar aquel complejo religioso y social. Por desgracia, y dado que el año que viene se van a celebrar en Atenas los juegos olímpicos, se han desmontado algunos templos para su restauración (por ejemplo, en lugar del Templo de Atenea-Niké hay un enorme cartel que reproduce su imagen) y hay grúas y andamios por todos los lados. De cualquier manera, y aunque le falta una de las columnatas laterales, la imagen que ofrece el Partenón continúa siendo impresionante, y los Propileos siguen erigiéndose en la puerta de entrada al recinto más perfecta que pueda imaginarse. El templo que mejor se conserva es el Erectron, del que destacan majestuosas la Cariátides, cuyos originales pueden verse en el anejo Museo de la Acrópolis.

Teatro de DionisosDesde lo alto de la Acrópolis se disfruta de unas extraordinarias vistas de la ciudad. La contaminación, uno de los problemas más graves que sufre Atenas, se deja ver perfectamente desde aquí, transformada en un oscuro anillo gris que rodea la metrópolis de un extremo a otro. Así, de un manera un poco simple si se quiere, la Acrópolis adquiere el valor de símbolo, de metáfora, elevándose sublime sobre una ciudad sucia y vulgar que, ruidosa, contaminada y agreste, se ve obligada a asumir su imparable decadencia. 

En uno de los laterales de la vieja acrópolis se asienta en antiguo Teatro de Dionisos, que tuvo el honor de acoger las primeras representaciones de las obras de Sófocles, Eurípides y Aristófanes. Muy próximo se halla también el Odeón de Herodes, construido por los romanos en el siglo II, y como ya he dicho más arriba, donde actualmente todavía se ofrecen conciertos y representaciones varias.

La visita al Museo resulta obligada, aunque la mayor parte de las estatuas y figuras fueron expoliadas durante el siglo XIX por los ingleses, circunstancia que todavía mantiene vivo en muchos atenienses un profundo odio hacia los británicos -excepción hecha del romántico Lord Byron, que demás de oponerse al saqueo de la ciudad dio su vida por la independencia griega-.

Vista de la Agora ateniense; arriba, a la derecha, la AcrópolisDesde la Acrópolis bajamos lentamente hacia la antigua Agora, la plaza principal de la Atenas clásica, donde Sócrates ilustraba a sus discípulos. Lo cierto es que queda ya muy poco en pie, tan sólo las bases de algunos de sus edificios, aunque allí se encuentra en mejor conservado de los templos atenienses, el Templo de Hefesto, rodeado además por un agradable jardín.

En la ágora, además de filósofos y políticos, se daban cita los principales comerciantes de la ciudad y se celebraban las más importantes asambleas públicas: era el centro neurálgico de Atenas, su corazón vital. Se encontraba surcada por varias estoas (pasajes porticados donde se situaban los comercios y por los cuales paseaban los viandantes), de las que se ha reconstruido la de Attalos, y todavía pueden verse las ruinas de las de Basileos y Pikile, lo que permite hacerse una idea de la importancia que para los atenienses poseía su mercado.

Todavía se conservan unas cuantas columnas del otrora grandioso Templo de Zeus OlimpicoCuando la tarde comienza a declinar, nos acercamos hasta el Templo de Zeus olímpico, situado al sur de la Acrópolis. Este templo, el más grande de Grecia, fue ordenado construir por el tirano Peisistratos, razón por la cual el pueblo de Atenas decidió no finalizarlo a la muerte de éste. Tuvo que ser Adriano, el más grande admirador romano de la Grecia clásica, quien acometiera su finalización en el 131 d.C. Originalmente, llegó a constar de 104 columnas, de las que en la actualidad todavía se conservan 15.

En las inmediaciones de Plaka, y en un desesperado intento por huir de sus impersonales restaurantes, entramos a cenar en una pequeña taberna de aspecto descuidado que, en contraposición, ofrece una exquisita comida. La taberna se encuentra situada en el número 44A de la calle Vouliu, y apenas si dispone de una escasas mesas. Especialmente recomendables resultan los calamares y las abundantes raciones de pescado. Sin duda alguna (y como lamentablemente certificaremos mañana mismo), una elección mucho más gratificante que cualquiera de los atiborrados y caros restaurantes de las céntricas calles de Plaka. Por desgracia, el nombre del restaurante sólo figura escrito en griego.

 

ATENAS

Sábado, 1 de noviembre de 2003

Desayunamos nuestros habituales hojaldres rellenos en un café con vistas al Partenón. En contra de lo que podría suponerse, esto no supone pagar ningún precio desorbitado; por el contrario, 1 euro por café es lo más barato que habremos de pagar durante nuestra estancia en la capital griega. 

Taberna de la populosa calle FleaHoy lo dedicamos a callejear por Atenas. En primer lugar, nos dirigimos a Monastiraki, que junto con las plazas Omonia y Sintagma forma el triángulo central de la capital. Nada más llegar a esta primera plaza, nos encontramos con el mercado de la calle Flea, el moderno bazar de Atenas. Allí, las calles se organizan en comercios, de modo que las tiendas de cuero, las de antigüedades o las de música se sitúan una al lado de la otra. Incluso si se tiene intención de no comprar nada, merece la pena perderse en cualquiera de sus tiendas de antigüedades para descubrir los más insospechados objetos: viejas linternas de ferrocarril, inservibles gramófonos, maletas de cartón, descoloridos retratos de familia o antiguallas diversas. En la plaza Avyssinias, que nace de la misma calle Flea, se hallan los puestos de muebles antiguos, donde se pueden encontrar desde elegantes librerías decimonónicas hasta inservibles armarios de cocina.

En la calle Athinas se encuentra el gran mercado de carnes y verdurasA continuación descendemos de Monastiraki hasta Omonia por la calle Athinas. Esta es una de las zonas comerciales por excelencia de Atenas, lo que significa mucho tráfico y movimiento. Aquí no se encuentra nada orientado al turismo, todo es puramente griego, lo que nos brinda una excelente oportunidad para tomar el pulso real a la ciudad. Un poco más adelante llegamos al gran mercado de carnes y verduras; ya nada más entrar, la atmósfera que se respira se descubre irrepetible: decenas de puestos se disponen uno tras otro ofreciendo sus productos a la clientela; los vendedores, voz en grito, tratan de reclamar para sí la atención de los compradores. No se concede ni un segundo de descanso: el ruido, el movimiento de las personas abriéndose paso a empujones si es necesario y el color de la sangre que brota de las piezas decoran aquel espacio caótico pero perfectamente ordenado como si se tratase de un maravilloso fresco.  Las batas blancas labradas por innumerables manchas rojas, el suelo húmedo y brillante, las bombillas que cuelgan sobre cada uno de los puestos y que les confieren un tono sutilmente amarillento... cualquiera de estos detalles convierte cada segundo en un inmenso y apasionante ejercicio visual y sensorial.

Uno de los numerosos puestos del mercado de alimentos de la calle AthinasEn el propio mercado hay varios restaurantes que ofrecen sus platos en grandes vitrinas. Elegimos uno de ellos para comer. Son platos preparados, pero no por ello menos sabrosos. Después, tomamos unos ouzos en uno de los puestos del propio mercado. 

La plaza de Omonia, en sí misma, alberga pocos atractivos. Representa el centro administrativo de la ciudad, pero estéticamente no resulta muy agraciada. Al contrario que en otras zonas de Atenas, aquí se ve muchos extranjeros y gente de color (algo que, hasta este momento, habíamos echado en falta). 

Volvemos a Sintagma por la Avenida Stadiou, una zona donde se encuentran diferentes museos, como el de la Ciudad y el de Historia Nacional. Es una avenida amplia, surcada por numerosos coches y limitada por enormes edificios escasamente atractivos. 

Ermou, en especial el tramo peatonal que enlaza Monastiraki con Sintagma, es quizá la calle comercial por excelencia de Atenas. Se concentran aquí las más rutilantes tiendas de diseño y moda, así como un sinfín de vendedores ambulantes, y por la noche miles de jóvenes y no tan jóvenes la cruzan de un lado a otro en busca de los más modernos locales de diversión. Como puede imaginarse con facilidad, nada que ver con las tranquilas callejuelas de Ios o Canea, por poner dos ejemplos.

Por la noche, intentamos volver a cenar al mismo sitio de ayer, pero para nuestra sorpresa está cerrado. Un poco cansados de andar todo el día de un lado para otro, accedemos a cenar en el barrio de Plaka, en un cualquiera de sus impersonales restaurantes. Y como era de esperar, la calidad de los platos deja mucho que desear. Por 11 euros, nos ofrecen una desalentadora ensalada y una escasa porción de moussaka ultracongelada poco apetecible. Un mal recuerdo para nuestra última comida en Atenas.

Como esta va a ser nuestra última noche en Grecia, buscamos algún sitio donde tomar los últimos ouzos, y casi sin querer damos a parar a la plaza de Monastiraki. Y allí descubrimos un ambiente mucho más alegre que el de Plaka: restaurantes llenos de atenienses que se entregan sin mesura a la degustación de unos enormes y suculentos platos de gyros y souvlakis. Frente a la apatía y la vulgaridad de Plaka, atestada de extranjeros pero carente de vitalidad, Monastiraki nos permite reencontrarnos con la vitalidad mediterránea de esta capital. En una de las terrazas, un trío de músicos interpreta diversas canciones tradicionales, algunas de las cuales son coreadas por los comensales de alrededor. La gente va y viene, se sienta en las mesas que aún permanecen vacías, charla, ríe, conversa apasionadamente. Es la una de la madrugada y todavía hay clientes que se disponen a comenzar su cena. Finalmente, previendo que mañana será un día duro a causa de los largos traslados que nos esperan, nos retiramos a dormir, eso sí, algo más satisfechos de lo que lo estábamos apenas unas horas antes.

 

ATENAS

Domingo, 2 de noviembre de 2003

En la avenida Venizelou se hallan algunos de los edificios neoclásicos más importantes de AtenasÚltima mañana en Grecia. Bajamos por Nitropoleos hacia Monastiraki para pasear una vez más por el turístico mercado de Flea. Yo, nada interesado en comprar recuerdos, decido continuar por mi cuenta en dirección a la plaza Omonia (donde la policía se dedica a pedir la documentación a todo individuo con pintas de inmigrante sin papeles), y de paso callejear por algunas de las vías y cuidados pasajes que conectan Stadiu con Venizelou (ayer apenas pude intuirlos desde lejos). En esta última avenida se hallan algunos de los edificios neoclásicos más importantes de Atenas, como la Universidad, la Ópera y la Biblioteca Nacional. Venizelou es una avenida amplia y, al menos a estas horas (y también por ser domingo), más tranquila que las demás. En esta zona conviven en perfecta armonía edificios relativamente nuevos con fachadas erigidas probablemente en los siglos XIX y primera mitad del XX. Algunas parejas pasean con sus hijos, otros se dirigen despreocupadamente a por el diario del día; no hay prisa, incluso la precipitación de esta ciudad parece tener también sus momentos de asueto.

Desfile de Ezvones en el relevo de la guardiaA partir de las once y media de la mañana, la gente acude en buen número a la plaza Sintagma: se va a celebrar el esperado cambio de guardia. Lógicamente, como buen turista, me dispongo a hacer lo propio. Lo primero que se escucha son los tambores y la banda de música acercándose a lo lejos; luego, inconfundiblemente vestidos de blanco, aparecen los evzones, la minifaldera guardia presidencial. El espectáculo en sí mismo puede resultar medianamente vistoso, no en vano está recreado con una cierta estética, pero teñido de un innegable tufo militar. A fin de cuentas, y aunque en la actualidad sólo se mantenga como mero espectáculo turístico, en origen representaba un puro acto de exaltación patriótica.

Nuestros días griegos tocan a su fin. A la una tenemos que coger el autobús que parte hacia el aeropuerto desde la misma plaza Sintagma. Ya no queda tiempo para más. Lo que hayamos dejado de ver, ha de quedar necesariamente para una próxima visita. Es hora ya de revelar carretes y recomponer los recuerdos. Y comenzar a preparar lo que será el viaje del año próximo: apenas queda tiempo que perder.

© Carlos Manzano

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