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DIA 11 – 29 de septiembre de 2010
(miércoles)
Por la mañana, antes incluso de
desayunar, nos llevan de visita guiada al poblado Dorze, durante la cual
se nos mostrará algunas de las principales actividades de sus
habitantes. A pesar de que se trata de una visita preparada para el
turista, lo que se nos muestra son aspectos reales de la vida de aquí.
Los Dorze son un pueblo que se dedica principalmente al tejido de unas
prendas famosas en todo el país que reciben el nombre de shama.
Asimismo fabrican un pan realizado a partir de las hojas del falso
banano que, tras dejar un buen tiempo enterradas bajo tierra, comerán
como sustituto de la hasta ahora imprescindible injera.
A media mañana salimos para Arba Minch,
ciudad que se encuentra a apenas 35 kilómetros de Chencha. Antes, nos
hemos encontrado con otros turistas españoles que vienen precisamente de
allí y que nos dicen que en el lago
la temperatura es bastante agradable. Sin embargo cuando nosotros llegamos
llueve un poco. La mayor parte de las calles están embarradas y no resulta fácil moverse por ellas. Nuestro chófer nos
lleva primero a un hotel desde donde se disfruta de unas vistas extraordinarias sobre el
lago, pero lamentablemente las habitaciones están descuidadas y el
cuarto de baño, además de sucio, carece de agua corriente. En general, el problema
con el que más a menudo nos encontraremos a la hora de buscar hotel no es el
de la construcción en sí, sino su falta de mantenimiento, el progresivo
deterioro que muestran. Hoteles levantados con gusto y bien planteados,
con los años irán degradándose poco a poco hasta perder buena parte de
su atractivo y comodidad. Es raro que los grifos y las duchas funcionen
correctamente; el agua corriente de las tazas suele gotear más a menudo
de lo que sería deseable; las instalaciones eléctricas vulneran las más
elementales normas de seguridad. Creo que si se tomara conciencia de lo
importante que resulta conservar las infraestructuras en buenas
condiciones, el nivel turístico del país mejoraría bastante.
Ya que Arba Minch se encuentra situado en las proximidades un lago,
pensamos que es una buena idea volver a pedir pescado para comer. Hay que decir, sin el menor género de
dudas, que el pescado que se come en Etiopía es excelente. La preparación de los
filetes, a diferencia de la carne, se realiza con un cuidado exquisito:
se
extrae hasta la última raspa del pez y luego los filetes se sirven
generalmente rebozados y en su punto. En este caso, además, nos lo
preparan acompañado de algunas verduras y patatas, un plato abundante y
muy nutritivo cuyo precio, por si fuera poco, ni siquiera supera al de una
cerveza en cualquier vulgar terraza del litoral español. De aquí en
adelante, siempre que lleguemos a una ciudad asentada junto a un lago o
un gran río, nuestra elección será la misma: pescado.
Por la tarde salimos de excursión por
el lago Chamo para, según nos dicen, ver aves,
cocodrilos e hipopótamos. Soy consciente de que si por algo no se
caracteriza Etiopía es por su fauna. De todas
formas, tampoco soy lo que se dice muy aficionado a la vida salvaje;
siento curiosidad tan solo, me interesa más la fauna humana. En
realidad, a Etiopía no se viene a ver animales (salvo que uno se
especialice solo en pájaros; en ese caso, el asunto cambia radicalmente:
se han contabilizado hasta 850 tipos de aves distintas a lo largo y
ancho del territorio, de las cuales más de 30 se consideran endémicas).
Aun así me apetece realizar la excursión. Hace ya rato que ha dejado
del llover y el sol luce con aceptable intensidad. El solo hecho de
dar un paseo en barca por las tranquilas aguas del lago Chamo
ya me parece una actividad agradable. Nos han preparado una
barca para nosotros tres y un joven de no sé qué nacionalidad con el
que no intercambiaremos ni una sola palabra en todo el recorrido.
Presumiblemente viaja solo y lo único que parece interesarle de esta
excursión es tomar fotografías: a los pocos segundos de subir a la
barca, extrae de su enorme bolsa fotográfica un extraordinario y
llamativo teleobjetivo y a continuación se aposta sobre uno de los flancos
con pose de sagaz cazador de instantáneas. Está claro que no le
interesamos lo más mínimo. Que conste que su actitud en absoluto
me parece criticable: cada cual hace el viaje que le apetece, y mantenerse al
margen de los otros turistas que comparten destino es tan legítimo como
querer establecer un contacto constante con el resto de viajeros.
No entiendo mucho de zoología. Aun así
creo reconocer pelícanos, cormoranes y otras grandes aves entre las que
probablemente hay ibis. También vemos cocodrilos, de hecho nos
acercamos mucho a algunos de ellos, tan acostumbrados a la presencia de
las barcas que ni se inmutan, ejerciendo así de
cómodos modelos para los objetivos ansiosos de los turistas. A los
hipopótamos solo los intuimos en la distancia; por lo visto, únicamente
salen de noche, cuando el sol se ha escondido, ya que los rayos inciden
en exceso sobre su piel. O eso nos dicen al menos, tratando de justificar su
práctica ausencia.
DIA 12 – 30 de septiembre de 2010
(jueves)
Hoy vamos a asistir a un mercado local,
en concreto a uno frecuentado por la etnia
hamer (o banna, todavía soy incapaz de encontrar diferencias
evidentes entre ambas). Antes, durante el trayecto, por cierto no
excesivamente duro (las distancias que debemos afrontar en esta parte del
recorrido no son muy largas, aunque la mayor parte transcurran por caminos
inhóspitos e irregulares tramos de tierra), nos cruzaremos de nuevo con
varios grupos de monos (ya vimos algunos ayer), que apostados a ambos
lados del sendero nos contemplan con algo de curiosidad, con varios ibis
que sobrevuelan desafiantes nuestras cabezas y con una especie de
colmenas alargadas, de forma cilíndrica, que cuelgan de las ramas de
algunos árboles (en ese momento del viaje era algo que yo desconocía,
pero por lo visto Etiopia ocupa el octavo puesto entre los productores
de miel en el mundo). Recorrer este país, aunque sea en coche, no deja
nunca de deparar innumerables sorpresas.
Antes de adentrarnos en el que
suponemos fascinante mercado de Key Afer, nos pedimos unas injeras en
un restaurante que hay a la entrada de la localidad (injeras que,
por cierto, serán las más caras que consumamos en todo el viaje: 190
birrs por 3 injeras, 2 cervezas, un agua y 3 cafés; está claro que, ante
la falta de otras alternativas para comer, parece buena ocasión para sacar el máximo
provecho del turista), así ya no tendremos que preocuparnos por la
comida hasta la noche. Visitar el mercado de Key Afer no sale gratis;
hay que pagar una entrada por la visita. En nuestro caso, fue justo antes de abandonar el
pueblo, ya montados en el coche, cuando unos jóvenes nos abordaron para
exigirnos el pago de 150 birrs en total por la visita al mercado. Por nuestra parte, y tras una
pequeña discusión mantenida por nuestro chófer (creo que relativa al
momento de reclamar el pago de la entrada más que al precio exigido),
hacemos entrega de la cantidad estipulada sin ningún problema: de alguna
manera, confiamos en que ese dinero revierta en la mejora del pueblo y
de la vida de sus habitantes.
El mercado de Key Afer tiene lugar una
vez a la semana y discurre a lo largo de una de sus calles –no sé si la
principal, pero sí muy larga– y termina en una gran explanada al aire
libre a cuyos flancos, sentados en el suelo, se apostan yo diría que
decenas de pequeños vendedores y productores que ofrecen diversos
artículos y enseres, siempre de producción propia y solo para consumo
local.
Antes
de nada, damos un paseo a lo largo del mercado para impregnarnos hasta
los poros del ambiente indescriptible que se crea con la avalancha de
individuos hamer (y probablemente también de otras tribus, aunque
personalmente soy incapaz de identificar a nadie más) que se han dado
cita aquí. En general nadie nos importuna ni trata de llamar nuestra
atención. Supongo que se han acostumbrado a la presencia de intrusos y
simplemente nos toleran sin más. De momento, me resisto a sacar la
cámara; sabemos que existe la costumbre de pedir 1 o 2 birrs por cada
persona fotografiada, aunque estamos en un espacio abierto donde es
fácil moverte a tus anchas y disparar a cierta distancia sin
que el sujeto se dé cuenta. Pero de momento prefiero esperar; sé que pocas veces
en mi vida estaré en sitios como este, tan diferentes de lo que es mi
vida cotidiana, tan ajenos a mi mundo, a mi experiencia diaria, a mis
miedos y mis fobias habituales:
sus vestidos, aquella mezcla inextricable de tejidos, pieles
y colores tan llamativa, tan viva, las recortadísimas minifaldas que
visten los hombres, sus peinados con aspecto de moño grasiento tan
característicos, los múltiples adornos con que decoran sus rostros y sus
cuerpos, los tonos cobrizos de su piel, el sonido excitante de sus
voces, la férrea determinación de sus miradas, el tiempo detenido en
manos y semblantes, la dura cotidianidad de una existencia donde vivir,
continuar adelante, dar un paso más, constituye el leif
motiv para cada uno de ellos.
Estamos más de dos horas yendo y
viniendo entre la gente a través de los puestos, deambulando de un lado
a otro del mercado, tratando de absorber hasta el último gramo de vida
cotidiana que nos es dado contemplar. Creo que podría quedarme otras dos
horas aquí, viendo, sintiendo y fotografiando, dejándome
absorber hasta el tuétano por todos los estímulos visuales y
sensoriales que no dejan de ofrecerse a cada giro de cabeza, a cada
nueva mirada. Aunque la mayor parte de la gente se muestra recelosa de
que les hagan fotografías, los teleobjetivos son un buen instrumento
aquí, y con un poco de disimulo se pueden evitar muchos problemas.
Tras dejar Key Afer todavía sin
asimilar muy bien todo lo visto y lo sentido, toda esa amalgama
indescriptible de sonidos, colores, voces y rostros únicos y diversos,
llegamos a Jinka, localidad que nos servirá de base para visitar algunas otras
tribus de valle del Omo, entre ellas los ansiados mursi. Todavía nos
quedan unas horas de luz, así que tras dejar las bolsas en la habitación
salimos a dar una vuelta por el pueblo.
En principio, exceptuando algún
que otro pesado que intenta trabar conservación con nosotros para, al
poco tiempo, pedirnos dinero para libros, diccionarios, ropa o cualquier
otra cosa que necesite, el paseo se hace más o menos tranquilo. El
primer problema viene cuando una mujer mursi (es la primera mursi que
vemos en todo el viaje, razón por la que nos sentimos atraídos por ella) se ofrece para que le hagamos una fotografía. Lo
primero que me llama la atención es su labio inferior: está abierto y le
cuelga como un trozo de piel vieja. Le hacemos una señal mostrándole un
dedo para indicarle que le damos un birr por la foto. Ella nos dice que
sí. Lleva junto a ella un niño de pecho. Obviamente, no nos estamos
entendiendo. Aunque he leído bastante acerca del carácter desabrido y
violento de esta tribu, pensamos que en el pueblo no pueden ser muy
peligrosos, así que aceptamos el riesgo y le hacemos un par de
fotografías. Cuando le damos un birr, lo convenido por nuestra parte, la
mujer empieza a gesticular exageradamente y a proferir unos gritos que,
sinceramente, no entendemos. No quiere el birr, se niega a aceptarlo
al tiempo que no para de gritar algo que no entendemos.
Algunas personas se
acercan atraídas por el escándalo. Por
nuestra parte, hacemos como si la cosa no fuera con nosotros y nos vamos
alejando poco a poco. Pero la mujer no desiste: echa a andar tras
nuestros pasos sin dejar de gritar algo que no comprendemos. Saco otro birr y se lo doy junto al que acaba de rechazar. Tampoco lo quiere.
Sigue gritando (ahora comprendemos que busca a alguien, presumiblemente
a algún otro miembro de su tribu que anda por ahí; la cosa se va poniendo
fea por momentos). Por suerte, interviene una tercera persona que nos
pregunta qué sucede. Yo trato de indicarle lo que ha pasado: ella nos
pidió un birr por la fotografía y yo se lo he dado, pero
inexplicablemente lo rechaza. Él habla con la mujer mursi, que no ha
dejado de gritar ni un solo segundo, y por lo visto ella le dice que le
tenemos dar 3 birrs por la foto (dos por ella y una por el niño de pecho
que lleva consigo). Como en realidad no supone apenas dinero y tampoco
tengo ganas de buscarme problemas innecesarios, le doy los
tres birrs que pide y de esa manera doy el asunto por zanjado. Pero
entonces llega el marido de la mujer y se pone a discutir como un poseso
con el hombre que ha mediado entre nosotros. En un momento dado, el
marido está a punto de golpear al hombre con un palo; está claro que
esta gente, los mursi, no son nada amistosos ni dialogantes; me digo que
en el futuro será mejor no tentar a la suerte. Finalmente, el asunto
parece solucionarse, nosotros agradecemos de nuevo a la persona que ha
mediado entre nosotros su inestimable ayuda y el matrimonio mursi, ahora
discutiendo entre sí, se va a otra parte con sus 3 birrs en el bolsillo.
Ya algo más tranquilos, tratamos de
seguir con nuestra visita a la población de Jinka con el propósito de
que el incidente no nos amargue la tarde. Sin embargo, los gritos de la
mujer mursi han alertado a un montón de chiquillos que a partir de ese
instante no dejarán de provocarnos e importunarnos durante el resto del
camino. Intentan sobre todo que les prestemos atención, que les hagamos
caso, pero no se percibe en ellos la menor muestra de amabilidad ni de
interés, más bien van de graciosos y divertidos. Algunos incluso
empiezan a darme golpecitos en los brazos y en las manos. El caso es que
no sé muy bien lo que quieren, puede que tan solo molestar o divertirse
a nuestra costa. A mí esto empieza a resultarme demasiado desagradable:
una cosa es tratar de mostrarse amable y comprensivo con la población
local y las necesidades que tienen y otra aguantar malas maneras y mala
educación. La situación se va haciendo más insostenible y nuestra
paciencia se agota. Así que llegado un momento, convencidos de que ya
nada interesante puede sucedernos allí, damos media vuelta y regresamos
al hotel. A veces una retirada a tiempo es también una victoria.
DIA 13 – 1 de octubre de 2010
(viernes)
Madrugamos más de lo habitual para
acometer la primera visita a un poblado local. Para empezar, un plato
fuerte: los
mursi. Después del incidente de ayer, la desconfianza inicial (que
previamente apenas existía, tengo que admitir) se ha incrementado
enteros. Circulan muchas leyendas acerca de los mursi, unas ciertas,
supongo, y otras tal vez exageradas. Que son un pueblo tradicionalmente
violento, cazador y guerrero es cierto. Y también que no suelen ser
excepcionales los conflictos protagonizados por miembros de esta tribu
con individuos de otras tribus vecinas. También, que se han dado varios
casos en que ha habido encontronazos (algunos realmente serios) con
diversos turistas que han llegado hasta aquí. No es simple escenografía
el hecho de que, justo a la entrada de lo que constituye su territorio,
tengamos que contratar los servicios de un guardia armado que nos
acompañará mientras dure la visita a los mursi.
Y lo cierto es que
cuando uno llega a las inmediaciones del poblado y los ve allí,
mirándote casi con codicia, con esos vestidos mínimos, los lóbulos
abiertos y los labios perforados –donde encajan sus característicos
discos de barro–, sus asombrosamente esbeltos cuerpos llenos de
escarificaciones y su semblante orgulloso y desafiante, algo de respeto
sí que imponen, desde luego. Hay que pagar 300 birrs por visitar el
poblado, más aparte las fotografías individuales que se hagan. En
principio (aunque empiezan pidiendo más), el precio es el establecido
para todas las tribus del Valle del Omo: 2 birrs un adulto, 1 birr un
niño. El guía que nos hemos visto obligados a contratar en Jinka nos
hace una pequeña introducción a lo que es la forma de vida de los mursi.
El poblado que estamos visitando costa de unas 9 o 10 cabañas, en cada
una de las cuales pueden llegar a dormir hasta 9 personas. Los mursi han
sido tradicionalmente nómadas, de ahí que sus chozas sean realmente
frágiles y poco firmes: a menudo deben desmontar el campamento en pocas
horas para establecerse con rapidez en otro lugar. Cuando llegamos,
algunas muchachas están amasando sorgo para hacer pan, mientras que los
hombres se dedican a preparar alcohol de miel, un brebaje bastante
fuerte que puede llegar a tener hasta 30º y cuyo excesivo consumo se ha
convertido en un problema para algunas de estas gentes. Todavía tenemos
tiempo de tomar varias fotografías del conjunto antes de que dos docenas
o más de impacientes mursi se abalancen sobre nosotros al grito de
“foto, foto”, exigiendo el correspondiente peaje fotográfico.
Los mursi son, si duda, la tribu más
atractiva de todas las que visitaremos durante el viaje, sobre todo en
lo que a indumentaria y elementos decorativos se refiere (los más
fotogénicos, sin duda). No se me escapa que su obsesión por ser
fotografiados les induce a elegir las ropas más llamativas e incluso a
colocarse ciertos aditamentos no del todo habituales. Sin embargo, están
todavía muy lejos de disfrazarse para el turista; los mursi son tal y
como se muestran ante nosotros. El precio por fotografía (empiezan
exigiendo 3 birrs para conformarse al final con 2) es realmente bajo
para el presupuesto de un viajero occidental. El problema es que hay que
proveerse previamente de billetes de 1 birr en número considerable, ya
que esperar cambio es absolutamente insensato. Y cuando uno está ante
los mursi, fascinado por la majestuosa sobriedad de sus rostros y
semblantes, los billetes de 1 birr se acaban pronto, muy pronto.
Al final, por suerte, ninguno de
nuestros temores se hace realidad. Aparte de su insistencia, y salvo
algún mal gesto de algún individuo particular, los mursi no se han
revelado como esa gente desapacible y agresiva que algunos cuentan. La
experiencia, en consecuencia, ha sido totalmente positiva.
No me engaño
pensando que he conocido a los mursi (eso exigiría días de convivencia
con ellos), pero sí que los he visto en su salsa y que he podido
apreciar cómo viven, cómo son físicamente. A juicio de algunos turistas,
el mercadeo que se produce con las fotografías resta interés a la
visita, e incluso los más despreciativos llegan a comentar que más que la visita a un poblado mursi se asemeja a la visita a un
zoológico; en mi opinión, todo el mundo está en su derecho de pedir
dinero por posar. En Europa también las modelos profesionales
exigen una retribución por su trabajo y eso a nadie le parece
criticable. Sea como sea, son sus normas y ellos las han fijado. Si no
les resulta humillante posar ante un extranjero por dinero, no seré yo
quien se lo eche en cara. Y no hay que olvidar que el precio exigido, 2 birrs por adulto, es realmente insignificante (en el momento de mi viaje
equivalía a 10 céntimos de euro). Una minucia.
Tanto a la ida como a la vuelta, nos
cruzamos por el camino con algunas especies animales que viven por aquí.
La más numerosa, sin duda alguna, son los dik-diks, de los que vemos un
buen número de ejemplares. Los dik-dik son una especie de antílopes
enanos que abunda en esta parte de África. También vemos un par de
antílopes que nada más advertir la proximidad de nuestro coche huyen
despavoridos sin darnos tiempo a fotografiarlos siquiera. También
me llama la atención cierto tipo de ave muy parecida a nuestras perdices que de vez
en cuando cruza frente a nuestro coche. Y, por supuesto, una
enorme y variada multitud de pájaros, algunos de hermoso y colorido
plumaje, que me resulta imposible describir en su totalidad.
Como nos hemos quedado sin billetes de
un birr, nada más llegar a Jinka vamos a la oficina del banco
para cambiar un billete de 50 birrs. Después, aún nos queda algo de
tiempo para recorrer el pueblo de nuevo y comer en un
excelente restaurante que descubrimos ayer mismo pero cuyo nombre,
desgraciadamente, no recuerdo.
Por la tarde, nos toca la visita a un
poblado Ari, el cual se encuentra muy cerca de Jinka, apenas a 2
kilómetros. Lo más llamativo de los Ari son sus casas, bellamente
decoradas por fuera y más o menos bien construidas con adobe, y las
plantaciones de donde obtienen su subsistencia: café, mango, papaya.
Finalizamos el día con otra visita al
mercado de Jinka. Hay poca gente a estas horas y tanto el aspecto de los
puestos como la poca variedad de productos que se ofrecen dan una
inevitable sensación de pobreza. Nada que ver, desde luego, con la
animosidad de los mercados tribales. Algunos mursis, incluida la mujer
de ayer, se nos acercan para que les hagamos fotografías. Obviamente, ni
siquiera les hacemos caso. Hay errores que es mejor no cometer más
veces.
DIA 14 – 2 de octubre de 2010
(viernes)
A medida que nos vamos adentrando en el
valle del Omo, el paisaje que surge ante nosotros, una extensión llana y
árida poblada de acacias y matorrales, me invita a pensar en cómo podría
ser el espacio físico en el que hace ya unos cuantos miles de años
hicieron aparición los primeros homo sapiens.
De cuando en cuando,
figuras humanas aisladas, como llegadas de tiempos remotos, surgen junto
al camino con algún enorme ato de leña a sus espaldas o simplemente
solos o en grupo. La mayoría pertenece a la tribu de los hamer. Me
resultan especialmente fascinantes las mujeres, muchas de ellas aún
vestidas solo con pieles y adornadas con llamativos collares de conchas,
aros de todo tipo, brazaletes, cintas de colores y aparatosos y supongo
que pesados pendientes, sin olvidar nunca su inseparable calabaza,
peinadas con ese estilo de pelo tipo “casco” tan característico y la
piel profusamente coloreada de grasa y asseli (una especie de
arcilla roja que previamente diluida se aplican en la cabeza y otras
partes del cuerpo).
Hoy visitaremos el mercado local de
Dimeka. Si ya la visita a Key Afer fue absolutamente fascinante, aquí,
algo más habituados a los modos y maneras de las tribus y por tanto
menos intimidados por lo desconocido, el disfrute será aún mayor.
El espacio físico donde tiene lugar
el mercado es menos extenso que en Key Afer. Salvo alguna que otra
reacción negativa por parte de algún vendedor poco amable, creo que la
mayor parte de la gente nos tolera.
Quizá tenga algo que ver que antes
de entrar en el poblado nos hayamos visto obligados a contratar los
servicios de un guía cuya misión va a consistir únicamente en acompañarnos
a todos los lados y,
llegado el caso, ayudarnos a negociar la compra de algún objeto.
En general, los vendedores se reúnen
formando grupos más o menos definidos (no sé si pertenecen al mismo clan
o la misma familia, o se agrupan atendiendo a otra clase de afinidades).
Los objetos que se venden son más o menos los mismos que podían
encontrarse en Key Afer (y que dentro de pocos días veremos también en
el mercado de Turmi): collares, aros, calabazas, borkotos (algo
así como unos pequeños taburetes de madera en forma de T que también les
puede servir de almohada), tinta ocre para el cabello, incluso cierta
clase de alimentos, como miel, mijo, café, sorgo…
Tras un pequeño incidente originado por
la compra de unos borkotos, cuyos dueños no consiguen ponerse de
acuerdo sobre el precio a pedir por cada uno de ellos, decidimos
prudentemente retirarnos a comer hasta que los ánimos se hayan templado (por un
momento, los dueños de los borkotos están a punto de llegar a las
manos). La carne que acompaña a la injera de hoy está
especialmente dura, de modo que nos dejamos buena parte en las bandejas. Entonces, en un gesto que realmente me emociona, el
guía, que también se ha venido con nosotros al restaurante, nos pide
permiso para darle las sobras a una mujer que con su hija se han
detenido
a observarnos. Por supuesto, accedemos encantados. La voracidad con que
la mujer y su hija dan cuenta de los por otra parte menguados restos de
comida vuelve a ser una muestra más de la enorme pobreza que asola esta
tierra. Aunque la falta de recursos y bienes básicos que sufre la
población es más que evidente, a veces para el turista la pobreza
extrema en la que viven muchos de ellos queda disimulada por el exotismo
de su estilo de vida y el atractivo de sus rostros y cuerpos. El hambre
no se ve, no tiene forma ni color, pero está presente de forma dramática
en la vida de cada una de estas gentes. Más tarde, en Turmi y en Yabelo,
tendremos ocasión de volver a comprobar hasta qué punto hay gente que
pasa hambre, personas que mendigan una triste injera con la
desesperación de un hambriento. Las tribus del sur suelen ser orgullosas, altivas en muchos casos, a las que no les gusta mostrar
ninguna clase de debilidad, y eso tal vez ayude un poco a disimular las
enormes carencias y necesidades que les asolan.
Hoy dormiremos en Turmi, población que
dispone de un buen surtido de campings y campamentos para dar
alojamiento al escasísimo contingente de turistas que, al menos en estas
fechas, viene hasta aquí. Nuestra intención es pasar dos noches dentro
de las tiendas de campaña que hemos traído con nosotros desde Addis
Abeba. Sin embargo, cuando descubrimos que en el propio camping se
ofertan unos bungalows perfectamente acondicionados con sus
correspondientes camas y baños, consideramos más conveniente
para nuestros cada vez más resentidos cuerpos dormir bajo techo y sobre
colchón. Nos avisan de que el camping carece de electricidad (en
realidad, se alimenta de unos generadores que debido a la escasa
afluencia de clientes prefieren no conectar), y de que por tanto nos
harán un pequeño descuento; el precio por bungalow, 400 birrs por noche
(unos 20 euros), nos parece correcto, así que no nos lo pensamos dos
veces y desistimos de montar las tiendas. He de reconocer que, con la
edad, uno se vuelve más cómodo de lo que le gustaría reconocer. Y
también que el sentido que se le da a la palabra “aventura” varía: deja
de residir en el desafío y el riesgo físico y se concentra más en la
mirada y en los sentidos.
Nada más instalarnos en el bungalow,
nuestro chófer nos informa de que se está celebrando cerca de aquí una
de las famosas ceremonias del Ukuli Bula (más conocido entre
nosotros como “salto de vaca”). Sin pensárnoslo ni un segundo, aceptamos
todas las condiciones que se nos exigen para poder asistir: hay que
contratar un guía local y pagar un total de 700 birrs, aunque eso
incluye lo que podríamos denominar un “forfait” fotográfico. Sin más
dilaciones, montamos en el coche y salimos con toda la ilusión del mundo
a disfrutar de lo que será, sin duda alguna, el momento más inolvidable
de este viaje. Y ello por muchos motivos.
Llegamos a una amplia explanada donde
lo primero que se ve es un gran jolgorio de danzas y cantos tribales. Se
trata sin duda de un festejo alegre, vivo, vitalista. Solo un segundo
después nos percatamos de un hecho que no deja de sorprendernos pero que
representa uno de los aspectos álgidos de esta ceremonia: unas cuantas
mujeres jóvenes, adolescentes casi todas, van sacando literalmente del
brazo hasta el centro de la explanada a otros miembros masculinos del
grupo para que estos las azoten en la espalda con unas largas y
flexibles varas.
El sonido producido por los golpes secos en las
desnudas espaldas de las jóvenes pone los pelos de punta. Incluso se
pueden ver las heridas aún sangrantes que lucen estas chicas con
evidente orgullo. No se oye ni un solo quejido ni se ve en sus rostros
el más mínimo gesto de dolor. Las muchachas, por muy extraño que
parezca, parecen alegres de ser fustigadas con saña y de llevar de
por vida las cicatrices de su sometimiento. Por lo que nos dicen, se
trata de familiares del muchacho protagonista de todo
este rito. Antes de juzgarlas precipitadamente, convendría tener en
cuenta que estamos ante una sociedad tribal donde los valores
principales no coinciden con los que rigen nuestras sociedades
occidentales. Aquí la fuerza, el vigor, la resistencia al dolor, son requisitos indispensables para sobrevivir, y para una mujer, prueba de sus
buenas condiciones físicas para parir y sostener una familia. No son
sociedades del conocimiento, no es la iniciativa individual lo que
resulta útil y por tanto lo que goza de prestigio: en una sociedad
tradicional como la de los hamer, los valores que cuentan son el respeto
a las costumbres, la adhesión al grupo, la fortaleza corporal y el
poderío físico, entre otros. Nosotros hemos desterrado de nuestra
cultura toda apología al dolor y al sufrimiento porque, en efecto, no
nos son en absoluto necesarios, más bien todo lo contrario. Pero no
olvidemos que hubo otras épocas en las que, por ejemplo, ser sometido a martirio
conllevaba un reconocimiento público sin discusión: de hecho, era uno de
los méritos más importantes para alcanzar la santidad. Otra cosa es el
papel secundario que puedan jugar la mujeres hamer en la vida social de
la tribu, su total subordinación al hombre (la sociedad hamer es
polígama) y las duras condiciones de vida que se ven obligadas a
soportar a diario. Siendo esto último absolutamente cierto, ambas
consideraciones no son excluyentes.
Poco después, cuando al parecer el
muchacho alrededor del cual gira la ceremonia ya está preparado para
hacer frente al desafío, nos vamos a otro lugar ubicado a no mucha
distancia del primero, otra explanada donde ya tienen preparadas unas
cuantas vacas y alrededor de la cual empiezan a acudir más miembros de
la tribu. Solo estamos presentes cinco extranjeros, una pareja de
valencianos con quienes no intercambiaremos palabra (se comportan de una
manera demasiado extrovertida, como si quisieran llamar la atención
innecesariamente, lo cual, además de ridículo, acaba siendo realmente
desagradable), y nosotros. La interferencia foránea es por tanto
inapreciable, lo que a fin de cuentas redundará en la calidad de la
observación y en nuestro disfrute del ritual.
Aunque nos hemos visto obligados a contratar un guía para
poder acceder a esta ceremonia, justo al llegar a donde va a tener lugar el salto, este desaparece
como por arte de magia. Por suerte, otro muchacho con un aceptable dominio del inglés se me acerca
y, un poco por trabar conversación y otro poco por sacarse alguna
propina, supongo, se ofrece como sustituto.
Durante toda la ceremonia,
la explicación que se nos dará acerca del sentido de este ritual será
siempre la misma: el chaval debe pasar una prueba física (saltar seis
vacas cuatro veces seguidas) para poder contraer matrimonio; si no la
supera, no se podrá casar. Estamos, por lo visto, ante un rito previo a
la celebración de la boda. Esto me hace pensar en que el saltador será
alguien de 14 o 15 años como mínimo y que las nupcias van a tener lugar
en un plazo más bien breve. A mis preguntas acerca de quién es la novia
o la prometida, las respuestas cada vez me suenan más extrañas: todavía
no se sabe quién es la novia, de hecho aún no existe como tal; serán los
padres del muchacho quienes, llegado el momento, la elegirán para su
hijo. No hay, pues, boda a la vista, es una contingencia a la que aún le
quedan años para materializarse. Pero mi sorpresa será mayúscula cuando
compruebo que la persona que va a protagonizar la ceremonia tiene como mucho 10 o 11
años. En realidad, no existe ninguna contradicción ni tergiversación por
parte de nadie: se trata de la conocida diferenciación entre
interpretaciones
emic y etic propuesta por las nuevas corrientes antropológicas. El
testimonio que mi informante me está suministrando consiste en una explicación emic, es decir, la que el propio grupo utiliza para interpretar el
evento: me está dando el punto de vista de los actores implicados. Pero
lo que yo busco en realidad es una explicación etic, es decir, la que
respondería al punto de vista objetivo del investigador (según wikipedia, una explicación etic “es una descripción de hechos
observables por cualquier observador desprovisto de cualquier intento de
descubrir el significado que los agentes involucrados le dan”).
Habré
por tanto de acudir a mis ya menguados recuerdos de la asignatura de
antropología, cursada durante la carrera de sociología, para concluir que en
realidad estamos ante un rito de paso, es decir, un acto de transición
social por medio del cual un joven pasa a formar parte de manera
explícita del mundo de los adultos, adquiriendo él mismo la
consideración de miembro responsable y activo del grupo, tribu o clan.
Lo que por supuesto comporta el derecho a contraer matrimonio, ahora o
más adelante, cuando corresponda.
Hay que decir que, como es previsible,
el chaval superará la prueba, es decir, logrará saltar por cuatro veces y sin
demasiados problemas las seis vacas que le han sido puestas en hilera
una junto a otra. En general, y hasta donde yo sé, todos lo hacen; no
conseguirlo supondría un descrédito enorme para el muchacho y para su
familia, una mancha que muy probablemente le acompañaría de por vida. En
cualquier caso, al menos a mi entender, de todo el ritual quizá sea esta
la parte menos interesante y sin duda la más breve, la menos excitante a
los ojos de un turista. Si hay que quedarse con algo, yo desde luego me
quedo con los sonidos, los gritos, los cantos, las danzas y el ambiente
absolutamente desatado que se respira a lo largo de toda la celebración.
Quizá porque otra de las funciones del rito, tan importante o más que la
que afecta propiamente al muchacho y su familia, es la de cohesionar al
grupo alrededor de unas mismas expresiones de alegría, y de esa manera
contribuir a que cada cual cumpla con el papel y las obligaciones que
socialmente le corresponden.
DIA 15 – 3 de octubre de 2010
(viernes)
Salimos en coche en dirección a
Omorate. Por el camino volvemos a cruzarnos con algunos ejemplares
de dik-dik y esa especie de perdices enormes y veloces cuyo nombre
desconozco. El paisaje, me digo estúpidamente, abrumado por su sequedad
y su abandonada extensión, es puramente africano, como si hubiera un
único tipo de paisaje en todo el continente o como si las altas y verdes
montañas que hemos atravesado durante nuestro periplo por el norte no
formaran parte también de esta tierra. Es fácil, cuando se piensa en
África y sus gentes, caer en estereotipos y tópicos absolutamente
equivocados. La inevitable tendencia a simplificar la realidad para
comprenderla mejor para lo único que sirve casi siempre es para autoengañarse a uno mismo. Si hay que tener esto siempre muy presente
para no dejarse traicionar por las apariencias y las ideas
preconcebidas, en África resulta imprescindible.
Tenemos intención
de visitar un poblado
Dasanech, una tribu cuya principal característica es la construcción
desmañada e híbrida de sus cabañas, para lo cual utilizan cualquier tipo
de material que les pueda servir y que encuentran en los alrededores de
los pueblos: chapa, cartón, láminas, maderos… Los dasanech son
nómadas, razón por la cual tampoco ponen demasiado empeño en dotar de
solidez a sus casas. Son fundamentalmente pastores, aunque también
aprovechan la proximidad de los ríos para sembrar diversos productos
agrícolas (sorgo, maíz, calabaza…). Para llegar hasta el poblado hemos
de cruzar el río Omo, el mismo que da nombre al valle. Hay dos opciones
para hacerlo: una es cruzar en una barca autóctona construida sobre un
tronco al que se le ha vaciado el interior, convirtiéndolo algo así como
una alargada cáscara de nuez; otra es hacerlo en una barca a motor, más
cómoda, rápida y también más segura. Quizá en un exceso de precaución
elegimos la barca a motor (reconozco que es mucho más exótica la barca
de madera). El precio que nos piden es en cualquier caso muy similar.
A nuestra llegada al poblado, lo
primero que observamos es que no hay hombres; suponemos que deben de
estar pastoreando no muy lejos de allí. Por ese motivo, solo nos reciben
mujeres y ancianos.
El sistema que rige para las fotografías es
el mismo que en el resto de tribus: 2 birrs por adulto y 1 birr por
niño. Los Dasanech son un pueblo en franca regresión demográfica; sus
condiciones de vida son aparentemente las más duras que hemos visto
hasta ahora. A lo largo de su historia han sido expulsados en
diversas ocasiones de su antiguos territorios, especialmente de Kenia y
Sudan, lo que les ha obligado a vivir en condiciones muy precarias. Su
discreta forma de vestir y la pobre decoración de sus cuerpos sugieren
unas privaciones mayores que otras tribus. Tal vez a consecuencia de
ello, una de sus características más llamativas es el uso que
hacen de todo tipo de objetos y cacharros para ornamentar sus rostros
(chapas, tuercas, tornillos, muelles, pequeños objetos metálicos).
De vuelta al campamento, hacemos una
parada en
Turmi para cursar una vista al poblado, el cual hasta ahora solo
habíamos cruzado de paso. La primera impresión me remite a esos pueblos
del lejano oeste que el cine nos ha legado a determinadas generaciones
como herencia cultural: consiste básicamente en una larga calle
principal, ancha y polvorienta, a cuyos lados se han construido
edificios no muy grandes pero alineados uno junto al otro, y más allá de
los cuales se divisa cierto número casas más o menos desperdigadas.
Nada que ver, desde luego, con lo que sería un pueblo en España.
Obviamente, no hay mucho
para ver. Como
llevamos unas latas que nos hemos traído de España, en previsión de que
algún día no pudiéramos encontrar ningún lugar adecuado para comer,
pensamos que es una tontería volvernos a casa con ellas, de modo que
compramos pan en un colmado al que nos conducen unos niños y, tras dar otro breve paseo sin nada
reseñable que descubrir, nos sentamos a la terraza de un bar a tomar
tranquilamente unas cervezas. Allí se vienen también los chavales que
nos han acompañado al colmado. No hablan mucho inglés, pero sí lo
suficiente para poder entendernos en lo más básico. Habituados a la vida
monótona de un pueblo donde, presumo, apenas se registran novedades, la
presencia de unos extranjeros despistados se convierte a sus ojos en
todo un acontecimiento. No son en absoluto pesados, todo lo contrario.
En un momento dado, haciendo uso de las chapas de las cervezas y las
coca-colas que nos hemos tomado, nos enseñamos mutuamente un par de
juegos para matar el rato. Son momentos de máxima cotidianidad,
instantes leves pero enjundiosos donde apenas sucede nada reseñable pero
que nos permiten tomar el pulso a la vida ordinaria de la gente. Un poco
más tarde, azuzados por el fuerte calor de esas horas, optamos por
regresar al campamento, que está situado a las afueras de Turmi. De
camino, en el vado de un río, bajo la agradable sombra de una oportuna
acacia, damos cuenta de las latas y el pan que hemos comprado un par de
horas antes.
DIA 16 – 4 de octubre de 2010
(viernes)
Es viernes, y por tanto día de
mercado en Turmi. Aprovechamos que aún nos quedan unas horas antes de
partir hacia Konso para perdernos por sus puestos. Pero son las diez
menos cuarto y todavía no ha llegado casi nadie, de modo que nos
sentamos a esperar a las mesas de un bar próximo mientras tomamos unos
cafés. Un hombre mayor se nos acerca. Quiere vendernos algo (ahora no
recuerdo qué, presumo que un borkoto o algún colgante), pero lo
cierto es que no nos interesa. Entonces nos pide directamente dinero
para comer. «Una injera», nos dice, eso lo entendemos bien. Hay
hambre en su rostro, una necesidad palpable, su vida es una carencia
continua de lo más básico. Obviamente, accedemos a su petición. De
nuevo, la cruda realidad de esta tierra, más allá de fiestas, cánticos y
celebraciones, se nos aparece desnuda justo frente a nuestras narices.
Por si no quisieras verla.
Algo así como una hora después
regresamos al mercado. Ahora hay más gente, están llegando grupos de las
poblaciones vecinas, probablemente algunos de ellos vivan a varios
kilómetros de distancia. Turmi es la localidad más grande de la zona y
por tanto centro de reunión y eje comercial para la comunidad Hamer. En
esta ocasión, ni siquiera saco la cámara de fotos de la bolsa: me limito
a mirar y a observar, a tratar de recrearme sin interferencias en este
genuino ambiente tribal que probablemente ya no volveremos a encontrar
en lo que nos queda de recorrido.
La mayoría son vendedoras, mujeres,
pero también hay hombres. El mercado es básicamente igual a todos los
que hemos visto hasta ahora, con la salvedad de que dispone de un
espacio reservado para la artesanía. Supongo que la idea es separar la
parte dedicada a estos productos, los únicos que pueden interesar a los
turistas, del resto de objetos, útiles y alimentos que se venden. En
cualquier caso, hoy hay pocos turistas; a excepción nuestra, no vemos
los primeros hasta bien entrada la mañana. Lo bueno de estos mercados
tribales es que nadie te molesta, nadie pretende llamar tu atención,
nadie te busca. Solo cuando muestras interés por algún objeto
determinado, aparece de pronto algún estudiante dispuesto a hacerte de
traductor y mediador (a cambio de una siempre bienvenida propina, claro
está).
Después de comer salimos en dirección a
Konso, capital del pueblo del mismo nombre, los Konso. Pero antes de
llegar a nuestro destino hacemos una parada para visitar un
poblado Arbore. Los arbore, hasta donde yo sé, viven como la mayoría de
las tribus del Valle del Omo. Son básicamente pastores, aunque también
se dedican a la agricultura. El poblado arbore que visitamos es, de
todos los que he tenido ocasión de ver en este viaje, el que presenta un
aspecto más cuidado y
cuyas viviendas parecen mejor construidas; por lo
menos, sus cabañas aparentan ser más resistentes que las de otras
tribus, tienen forma semiesférica y muchas de ellas disponen de un
pequeño porche a la entrada. No hay mucha gente a esas horas; al menos,
no hay hombres (presumiblemente están pastoreando con el ganado). Las
mujeres van vestidas con una toca negra que les cubre cabeza, cuello y
hombros, aunque llevan los pechos al aire, y adornan sus torsos con un
gran número de collares. A pesar de que tienen fama de entrar a menudo
en conflictos con otras tribus vecinas, con nosotros se muestran muy
correctos y tranquilos; ni siquiera insisten para que les hagamos fotos:
se limitan a aguardar nuestra elección haciendo círculo a nuestro
alrededor, ofreciendo una imagen que, dicho sea de paso, parece un tanto
ridícula, pero por algún motivo ellos prefieren mantener, y la verdad es
que, una vez asumida la obligación de tener que escoger a los modelos y
pagarles individualmente, es una opción que facilita bastante las cosas.
Llegamos finalmente a
Konso poco antes del anochecer, aunque todavía nos queda tiempo para
dar una pequeña vuelta por el pueblo (o mejor dicho, para recorrer de
arriba abajo la calle principal del pueblo). Finalmente, tras cenar
frugalmente en el hotel y tomar unas cervezas mientras disfrutamos del
agitado ambiente nocturno que allí se forma, damos por finalizado el día
con el regusto del deber sobradamente cumplido.
DIA 17 – 5 de octubre de 2010
(viernes)
Por la mañana, y tras adquirir en la
oficina de turismo los ticket correspondientes a las visitas que
habremos de realizar ese día, nos dirigimos a través de unos caminos
poco transitables y en muy malas condiciones hasta una curiosidad
geológica que, por lo visto, goza de bastante prestigio entre la
población local: los promontorios de arcilla de
Gersegiyo. La guía que nos acompaña, una muchachita menuda que,
según creo, está empezando en este trabajo, nos conduce a través de unas
complicadas y difíciles sendas hasta la base misma de esta formación
geológica.
Más allá de su interés ecológico, que realmente desconozco,
lo cierto es que el aspecto que ofrecen los vértices puntiagudos de las
cimas, el color vivo y rojizo de la tierra y las formas caprichosas de
faldas y laderas representa un buen motivo fotográfico. De lo que no
estoy muy seguro es de si merece la pena hacer los 17 kilómetros que la
separan de la capital (es decir, más de una hora de ida y otro tanto de
vuelta) para contemplar esto. Supongo que, como todo, será cuestión de
gustos y prioridades. Aunque mis preferencias se decantan más por el
paisaje humano que por el físico.
Hay dos cosas, no obstante, que me
llaman la atención de esta excursión: una, lo que juzgo como escasa
hospitalidad de los habitantes de los pueblos por los que cruzamos. En
la propia localidad donde se encuentran los promontorios de Gersegiyo ya
hemos percibido un trato diríamos que bastante despectivo hacia nosotros
por parte de alguno de sus habitantes. En cualquier caso, podría deberse
a simple casualidad, así que no le doy más importancia. El otro aspecto
reseñable del recorrido son las esculturas funerarias que vemos a ambos
lados de la carretera, las llamadas waga, unas figuritas de
madera de apariencia vagamente antropomórfica con que los Konso adornan
determinados enterramientos, en realidad una prerrogativa que se atorga
a algunos hombres especialmente valerosos o que se hayan distinguido por
cazar algún animal salvaje y peligroso, para que puedan ser recordados
en la posteridad.
El pueblo
Konso es uno de los más populosos de todos los que se asientan en
esta parte del país. Ya han abandonado en su mayor parte las vestimentas
tradicionales, a excepción de algunas mujeres que todavía visten la
falda característica (unas sayas largas y amplias, a veces blancas, a
veces de rayas verticales y colores vivos, pero todas adornadas con un
generoso volante en la cintura). Los konso son básicamente agricultores
y se han especializado en construir unas llamativas terrazas en la
ladera de las colinas donde plantan sorgo, maíz, calabaza y algodón,
entre otros productos. Ello confiere a los poblados Konso un aspecto
visual característico, que los hace fácilmente reconocibles desde la
distancia. Igualmente, sus pueblos mantienen una estructura urbanística
muy peculiar, comparable a un laberinto. Las viviendas se encuentran
agrupadas entre sí, dejando muy poco espacio entre una y otra. Los
tejados de las casas presentan la forma de doble cono, coronados en su
vértice por una pieza de alfarería (quizá el aspecto que personalmente
más me llamó la atención). Cada una de las propiedades familiares está
separada de las demás por unas empalizadas altas y tupidas que impiden
no solo el paso al interior, sino incluso su visión desde fuera. Las
callejuelas que recorren el pueblo son en consecuencia estrechas y
sinuosas, ofreciendo el aspecto de un pequeño cañón donde el visitante
no bienvenido se sienta sin duda vulnerable. Una vez dicho esto y de
reconocer que los poblados Konso son tal vez los que presentan una
estructura más atractiva y definida de todos los que llegamos a visitar
en este viaje, debo continuar diciendo que por alguna razón que no soy
capaz de explicar nuestra visita a este poblado Konso no ofreció muchos
más alicientes. Los habitantes del pueblo, cuyo nombre lamentablemente
no recuerdo, se mostraron en todo momento hostiles y desagradables con
nosotros.
Continuamente se nos negaba el acceso a determinadas zonas del
pueblo, se nos impedía incluso tomar fotografías de las casas y de los
espacios con los que nos íbamos encontrando, y sufríamos el acoso de un
grupo de niños y jóvenes que nos seguían a todos los lados. Repito que
ignoro el motivo por el que fuimos tan mal recibidos. No sé si existiría
algún conflicto previo entre los habitantes del pueblo y la oficina de
turismo responsable de organizar la visita o si en algún otro momento
habría habido algún problema serio con otro grupo de visitantes. No lo
sé, ya que nadie, ni siquiera nuestra propia guía (que tampoco fue bien
tratada, no sé si a causa de ser mujer o de venir de parte de la oficina
de turismo) nos dio la menor explicación. De esa manera, la visita al
poblado Konso tuvo el dudoso honor de convertirse en el punto negro de
nuestro viaje por Etiopía. Una pena, porque desde luego el lugar merecía
un examen más pausado y tranquilo.
Después de comer, y sin más trámite,
salimos hacia Yabelo, adonde llegaremos a media tarde. El hotel en el
que nos alojamos se encuentra a 5 kilómetros de lo que es propiamente la
ciudad (es decir, la calle principal y una amplia plaza aledaña). Como
todavía contamos con un rato de luz por delante y dado que en los
alrededores del hotel apenas hay nada de interés, tomamos un tuc-tuc y
bajamos al pueblo. A pesar de nuestras prevenciones iniciales,
especialmente tras lo sucedido en el poblado Konso, aquí nadie nos
incomoda; pasear por las calles de esta localidad se convierte así en un
ejercicio de observación totalmente cordial y agradable. Yabelo es, por
otra parte, un importante nudo de comunicaciones con la vecina y mucho
más próspera Kenia. Eso significa que el comercio con el país fronterizo
ha hecho de esta localidad un lugar relativamente próspero. En efecto,
hay comercios por todos los lados, y no solo dedicados a la venta de
productos tecnológicos. En Yabelo se ofrece prácticamente de todo. Y el
dinero fluye. Incluso vemos que algunas de sus calles lucen una
ornamentación poco habitual en esta parte de Etiopía; una de sus plazas
cuenta incluso con una fuente y una pequeña escultura en el centro.
Después de más de una semana por el sur, a mí al menos todo eso me llama
poderosamente la atención. Me había acostumbrado a la insuficiencia y la
escasez de los pueblos del sur. Se nota que estamos dando término a
nuestro viaje y que nos aproximamos a la civilización moderna.
DIA 18 – 6 de octubre de 2010
(viernes)
Hoy será un día extraño, anómalo; en mi
caso, desde luego, el más duro de todo el viaje, y no por culpa de alguna
clase de complicaciones imprevistas ni nada parecido. De hecho, todo
transcurrirá según lo previsto. Salimos temprano con destino al lago
salado de El Sod, el cual se encuentra en un cráter bastante profundo a
cuyo interior, según nos han contado, se aventuran algunos etíopes
necesitados para extraer la sal. El trayecto hasta el lago es largo, muy
largo, de manera que cuando llegamos me pregunto si habrá merecido la
pena invertir tanto tiempo para esto. El lago se halla, como ya he
dicho, en el fondo de un profundo cráter, al cual solo se puede
acceder descendiendo a través de un estrecho sendero que va serpenteando
por la ladera interior. La bajada viene a costar una media hora. Nada
más iniciar el descenso empiezo a presagiar que la subida no será
precisamente un camino de rosas. Una vez llegados al fondo, lo primero
que llama mi atención es el color oscuro y oleoso de las aguas. Son
aguas ácidas, venenosas; los hombres que se introducen en ellas deben
taparse todos los orificios del cuerpo para que no les entre ni gota de
agua. De cualquier manera, trabajar mucho tiempo en este lago causa
enfermedades crónicas, entre ellas la pérdida progresiva de la visión.
Ellos lo saben, pero no tienen alternativa: es esto o nada. Y esto, al
menos, les proporciona algo de dinero. A las orillas del lago se
amontonan las bolsas donde se deposita la sal una vez extraída del agua.
La sal se recoge mezclada con un barro negro, con aspecto de carbón, que
luego habrá que separar. Según he leído, esta sal se usa tanto para
consumo humano como animal.
Algunos hombres, pertenecientes a la tribu
de los Borena, se están preparando para entrar en el agua. Otros bajan
con burros para llevarse parte de la sal ya extraída. Hace calor, aunque
lo cierto es que la temperatura aquí abajo es mucho más suave que la que
hemos tenido que soportar durante el descenso. Con algo de prevención
después de lo que hemos visto, emprendemos la ascensión. Aunque llevamos
agua suficiente, el calor va haciéndose más intenso por momentos. Si
bajar, como he dicho, puede llegar a costar una media hora, la subida se
alarga como poco hora y cuarto. Y sin gozar de una forma física
aceptable, el regreso a la cima puede convertirse en un suplicio.
Sabedores de la dificultad del ascenso, al poco de empezar nos ofrecen
la posibilidad de subir en burro, pero con cierto estúpido orgullo nos negamos:
si
hemos bajado andando, subiremos de igual manera. El esfuerzo es enorme,
la respiración parece faltar por momentos, el sudor nos inunda la cara y
el sol parece volverse más y más cruel con nosotros. Hacemos varias
paradas, es imprescindible recobrar un poco de resuello para continuar.
Al final, y con la ayuda de los guías que nos han acompañado, logro
alcanzar la cima. Pero estoy tan cansado que no me apetece ver nada más. Y
ese es el problema. Hubiera estado bien aprovechar el camino de vuelta
para visitar algún poblado Borena, pero el cuerpo me pide solo descanso,
reponerse del enorme desgaste al que lo he sometido, recuperar energías.
No tengo ganas de más: solo de echarme a dormir cuanto antes. Ni
siquiera pienso en ver más poblados.
Para compensar el sobreesfuerzo
matinal, dedicamos la tarde a disfrutar de un nuevo paseo por Yabelo. Quitando la presencia de algún que otro idiota cuyo
entretenimiento de esa tarde parece ser incomodarnos sin motivo alguno y
al que ahuyentamos con solo mentar el nombre de la policía, el resto de
la caminata trascurre con absoluta tranquilidad. Unos niños se vienen con
nosotros pero apenas nos incordian; solo nos acompañan, andan a nuestro
lado y de vez en cuando responden con una sonrisa espontánea a
cualquiera de nuestras indicaciones. Al cabo de un rato, todos regresan
a sus casas excepto uno, que todavía continuará con nosotros un
rato más.
Tiene hambre y nos pide con timidez que le invitemos a comer. De nuevo
el hambre que se esconde tras el semblante alegre y desenfadado de los
etíopes. Le decimos que nos lleve hasta un restaurante y –es lo menos
que podemos hacer por él– le pedimos una injera. Puede que sea la
primera comida que toma ese día, pero la voracidad con que acoge el
plato da buena muestra de sus carencias. Por lo que a nosotros respecta,
preferimos regresar al hotel a cenar; dispone de una buena cocina y,
para qué negarlo, también nos apetece probar otro tipo de platos. La
injera tiene el inconveniente de que tomarla todos los días –al
menos si no estás acostumbrado a si sabpr; los etíopes la comen sin ningún
problema– puede llegar a cansar demasiado.
DIA 19 – 7 de octubre de 2010
(viernes)
El viaje va llegando a su fin. Hoy y
mañana consistirán en largas y tediosas jornadas de carretera donde las horas vacías que
habremos de pasar dentro el coche apenas podrán ser compensadas con la
simple contemplación del paisaje. De ese modo, vamos dejando atrás las tierras áridas del
sur, esos extensos y característicos suelos de acacias y matorrales
donde tal vez empezó su andadura el ser humano hace ya unos cuantos
miles de años, para regresar a la frondosidad y el verdor de los pastos
que ya descubrimos en la primera parte del recorrido. La preceptiva parada
para comer junto a uno de los lagos que jalonan esta parte del camino
nos permitirá disfrutar una vez más de la magnífica calidad del
pescado de esta zona. A estas alturas de viaje, quizá empiece a cansar
la monotonía de la alimentación etiope, la densidad y consistencia de
sus salsas, la acidez creciente de la injera. Soy de ese tipo de
personas a las que les gusta descubrir platos nuevos, adentrarme sin
complejos en las gastronomías locales y probarlo todo –o casi todo, para
no mentir–. Quizá el recuerdo más perenne de todo lo probado, además del
pescado, siempre excelente, sea una salsa de lentejas llamada shiro,
que siempre se sirve acompañada de injera. La carne, como ya
he dicho en más de una ocasión, me pareció casi siempre extremadamente dura y correosa, y las
salsas, salvo el citado shiro, demasiado fuertes y aceitosas.
Llegamos a Awasa a media tarde, todavía
con tiempo para visitar la ciudad. Pero en vez de eso preferimos
quedarnos en el hotel, un viejo resort bastante deslucido pero
estratégicamente levantado a orillas del lago del igual nombre que
cumple sin problemas nuestras mínimas exigencias de confort. Apenas hay clientes
alojados, tenemos a nuestra disposición todo el servicio, incluso
una piscina de aguas termales donde al final no nos decidimos a
bañarnos. En su lugar, preferimos caminar sin mayores pretensiones a lo
largo de esta zona de lago. De repente, casi sin avisar, cae un gran
chaparrón que apenas dura unos minutos, pero enseguida vuelve a escampar. La
temperatura es suave y agradable. Unos monos curiosos que abundan por
esta zona se acercan a nosotros bastante confiados, creo que esperan que
les demos algo de comer. Hay también abundancia de aves por aquí,
aunque soy incapaz de reconocer a casi ninguna. Queda poco para el momento del crepúsculo; la tranquilidad es
absoluta y relajante. No es vida salvaje, pero en alguna medida se le
aproxima un poco.
DIA 20 – 8 de octubre de 2010
(viernes)
Hoy toca visitar los baños termales de
Wendo Genet. Tenemos todo un día de ruta por delante y conviene estar
descansados, así que nada más levantarnos nos dirigimos
hacia allí. A medida que nos vamos aproximando, desde un alto de la
carretera se puede observar una pequeña línea de niebla que se eleva unos pocos
metros sobre el terreno. La imagen es casi fantasmagórica, muy
sugerente, realmente hermosa. Según nuestro conductor, se trata del
vapor que produce el agua termal en contacto con exterior. Además, esta parte del país es abundante en hermosos y exuberantes bosques
primarios que la convierten en un destino idóneo para el descanso
y la relajación.
El centro termal al que acudimos es
básico pero aceptable. Dispone de tres piscinas a diferentes
temperaturas y unas duchas bastante precarias pero agradables.
Nos quedamos aquí alrededor de una hora; no queremos apurar demasiado
para así poder llegar a Addis Abeba antes de que anochezca. La mayoría de
las personas que vemos dentro del centro termal son etíopes, hombres sobre todo. Preguntamos si
no suelen entrar mujeres y nos responden que sí, solo que ahora no hay
ninguna. Supongo que será cierto.
El camino hacia la capital se va
volviendo más caótico por momentos. El tráfico, sobre todo a partir de
Mojo, se hace muy intenso. La carretera por la que venimos enlaza aquí
mismo con la de Djibouti, ciudad que hace las funciones de puerto
principal de Etiopía, y por ese motivo el tráfico de camiones es elevadísimo (unos
camiones viejos y lentos, pesados, que alcanzan velocidades realmente
ridículas). La conducción en general es casi suicida,
apenas se respetan las normas de tráfico; los ceda el paso, las
preferencias en los adelantamientos, son en realidad sugerencias que
cumple quien quiere. De hecho, vemos un accidente muy reciente, ocurrido
no hace muchas horas. Uno de los mayores peligros lo constituyen los
minibuses, que los etíopes usan habitualmente para trayectos no
demasiado largos. El problema es que van mucho más cargados de lo que
está permitido, jamás rechazan a un pasajero; igualmente, la búsqueda
obsesiva de nuevos clientes les hace ir dando bandazos de un lado a otro
de la carretera sin la más mínima precaución. Nuestro propio conductor nos
dice que él nunca viaja en minibús, prefiere no tentar a la suerte.
Conforme nos aproximamos a Addis, la
cosa empeora más aún. Gracias a la habilidad de nuestro conductor, nos
libramos de ser arrollados por un enorme camión que, amparado en la
rotundidad de su tonelaje, se nos ha cruzado alegremente sin importarle
lo más mínimo las preferencias de paso. Hasta hoy habíamos entrado y
salido de la capital en día festivo o altas horas de la madrugada, no
conocíamos la ciudad en su propia salsa. Lo que vemos ahora pone los pelos de
punta: nadie respeta nada, todos se cruzan con todos. La velocidad media
supongo que será ridícula, 5 km por hora quizá o menos. Addis Abeba se
me presenta ahora como una ciudad donde vivir resulta casi inhumano.
Todo es caótico, sucio, desordenado… Solo en Churchill Avenue la cosa se
arregla un poco. Por suerte, nos encontramos en las proximidades del
hotel. Nuestro trayecto por carretera ha llegado definitivamente a su
fin. Y estamos vivos.
DIA 21 – 9 de octubre de 2010
(sábado)
Último día de viaje. Hemos dejado para
hoy las compras principales y la visita a la capital. Tengo que
adelantar que los preparativos de esta visita no me generan ningún
entusiasmo. No vimos mucho de Addis la primera vez que estuvimos aquí,
más o menos a mitad de viaje, pero si algo pude sacar en claro es que se
trata de una ciudad fea, caótica y sucia. Tampoco hay demasiadas cosas
que visitar, exceptuando la zona de Piazza, donde ya estuvimos la otra
vez, y el famoso Merkato, una enorme área comercial donde, según dicen,
uno puede hallar cualquier cosa que busque y adonde acuden los etíopes a
realizar sus compras habituales. Como el Merkato se encuentra también a
poca distancia de nuestro hotel, nos dirigimos andando hacia allí.
No se me ocurren muchas cosas que decir
de esta inmensa área donde no es difícil perderse. Salvo que uno viva en
Addis, no se ven demasiadas cosas que puedan interesar a un extranjero.
La afluencia de clientes es enorme, resulta incluso un abrumadora.
Nosotros buscamos los puestos de artesanía, pero lo que vemos no nos
convence demasiado; en la propia Churchill Avenue hay más y mejores
tiendas que aquí, de modo que decidimos dejar las compras para la tarde
y, de esa manera, únicamente nos dedicamos a deambular de un lado a otro
sin saber muy bien adónde adónde ir. Si alguien pretende encontrar
exotismo en la zona del Merkato,
será mejor que lo deje para otra
ocasión.
Por la tarde
cursamos una última visita a lo que constituye el centro simbólico de la
ciudad: la zona de Piazza y sus alrededores. A las siete, Abey nos
vendrá a recoger al hotel para llevarnos al aeropuerto. Este último
paseo, por tanto, tiene un poco de repaso rápido, de inspección urgente
antes del ocaso irreversible de nuestra aventura. No soy de los que se
lamentan inútilmente cuando un viaje llega a su fin: tengo claro que se
trata de una experiencia temporal y que es eso precisamente lo que lo
dota de un sentido especial, de un significado propio una vez que nos
reintegramos a nuestra vida cotidiana –como el espeleólogo que visita la
más profunda de las cuevas y se asombra por su peculiaridad, su belleza
y porque poco después regresará a su espacio habitual donde este tipo
de accidentes geológicos no existen; si uno viviera permanente en la
cueva, lo que ésta muestra dejaría de ser sorprendente–. Sin embargo, en
esta ocasión siento algo de tristeza por volver a España. Tengo la
sensación de que mi paseo por este extenso y heterogéneo país se ha quedado
a bastante distancia del núcleo, de lo que de verdaderamente representa,
que aún podía haber cavado más hondo. No busco comprender con todos sus
matices la compleja realidad de un país cuando lo visito (sé que es
imposible, lo más que puedo llegar a sentir son meras percepciones),
pero tengo la sensación de que los Mursi, los Hamer o los Borena que
hemos visto se han quedado a demasiada distancia de mi mirada, que
apenas he logrado percibir su imagen más tópica y aparente.
Supongo que
son las vicisitudes de un viaje, ya que, salvo que uno conviva varias
semanas con una tribu, siempre
quedará al margen de lo que de verdad son, de lo que aún pueden
ofrecernos. Creo que también contribuye algo a esta extraña sensación la
convicción de que las formas de vida que aún se pueden ver aquí
desaparecerán en poco tiempo. Y supongo que eso será bueno, sobre todo
para ellos: no creo que haya nadie dispuesto a renunciar a las ventajas
que unos adecuados cuidados sanitarios, educativos y tecnológicos pueden
ofrecer. La vida de estas tribus es extremadamente dura, aunque sea la
única que han conocido hasta hace bien poco, y la pobreza que les rodea
es en muchos casos extrema, diría que escandalosa; y tampoco creo
exagerado señalar que va aparejada precisamente a este tipo de vida, a
su propia organización social y económica, a su dependencia absoluta del
medio y de las cambiantes condiciones ambientales. Sea como sea, son conscientes de que las botellas
de plástico que algunos turistas les ofrecen como obsequio son más
resistentes que las calabazas que ellos mismos fabrican; encuentran más
cómodas y convenientes las prendas textiles de fabricación industrial
extranjeras que las viejas vestimentas de piel de cabra tradicionales;
incluso disfrutan adornando sus cuerpos y rostros con objetos ya
inservibles que los visitantes han dejado a su paso por sus tierras:
correas de relojes, chapas, tornillos, etiquetas de diversas marcas
conocidas, etcétera. No conozco a nadie que haya vivido en la España
rural de los años 50 que no piense que la vida de hoy en día es mucho
mejor, inmensamente mejor. Pero ¿es realmente bueno que estas tribus
entreguen sus costumbres centenarias, su forma de vida tradicional, su
espacio casi inmaculado y mágico,
su cosmogonía intransferible a la
voracidad de los mercados y al individualismo desaforado de las
sociedades occidentales? Son preguntas para las que no tengo respuesta. En
todo caso, deberían ser ellos quienes asumieran el ritmo y el grado de
los cambios que inevitablemente están por venir. Lo que ha sucedido con
los Masai en Kenia sucederá probablemente con las tribus del valle del
Omo. Solo queda esperar que no lo haga de una manera traumática y que
los intereses de las grandes corporaciones industriales y económicas que
tomen posesión de este territorio no los releguen, como hacen siempre
–con la aquiescencia, no lo olvidemos, de los ciudadanos del mundo
desarrollado–, al último nivel del escalafón humano. Aunque eso, me
temo, es esperar demasiado del ser humano y de su búsqueda imparable de
enriquecimiento. De modo que no creo que el futuro que espera a estas
tribus sea esperanzador. Las ventajas de las sociedades industrializadas
les pillarán, como suele suceder en estos casos, más bien de refilón.
Pero todo esto es jugar a futurólogo barato, así que lo único que puedo
hacer es quedarme con las sensaciones que la visita a
estas tribus me ha proporcionado. Y en la medida de mis capacidades,
transmitirla a los demás. Si estas breves líneas sirven para eso,
bienvenidas sean. Pero solo hay una manera de acceder a lo que representa hoy en día Etiopía: venir hasta aquí en persona
y experimentarlo por uno mismo, al menos antes de que sea demasiado
tarde. Lo demás son mediaciones bastardas que poco pueden aportar al
prójimo: la vida se vive en primera persona. Quizá sea este el mejor y
más honesto
resumen de mi
visita a Etiopía y las maravillosas tierras del Valle del Omo, que
confío en no llegar a olvidar jamás.
© Carlos Manzano 2011 |