GRECIA PARAÍSO MEDITERRÁNEO (1) La primera exigencia con que se encuentra todo viajero antes de visitar Grecia es la necesidad de elegir: salvo que uno disponga de varios meses, hay que tener más o menos claro qué se va a ver y, por tanto, qué se va a dejar inevitablemente de lado (la elección más triste). A pesar de que la extensión de Grecia no es desmesurada, su configuración isleña y su interior montañoso convierten los desplazamientos en largas jornadas que al final acaban por minar el tiempo disponible. Es imposible abarcar todas las islas, e incluso si se quiere elegir las más llamativas (muchas veces también las más turísticas) se necesita invertir una considerable cantidad de horas de desplazamiento entre unas y otras.
Además de las preceptivas guías de viaje (Lonely Planet y Rough Guides), antes de iniciar el viaje, e incluso de decidir el recorrido, cayó en mis manos el libro Corazón de Ulises, de Javier Reverte, lo que me permitió acceder a una visión original (y también limpia) de este país mediterráneo. Además de ser un libro cuya lectura recomiendo a todo aquel interesado en el mundo griego o en el placer de la buena lectura, este relato apasionado ofrece al viajero una perspectiva distinta a la del clásico coleccionista de ciudades, espacios y museos, cuyo discurso camina más próximo a la descripción de sensaciones que a los objetos (por muy bellos que estos sean). La literatura sobre viajes (la buena literatura sobre viajes, quiero decir) transmite puntos de vista personales, huye del terreno neutral para llevar al lector determinados momentos, intensos o no, vividos en primera persona, y de esa forma enseña también a vivir el viaje de un modo más natural y menos afectado. Con estas premisas, el sábado 11 de octubre de 2003 tomábamos el avión que desde Barcelona nos pondría en la capital griega tres horas más tarde.
ATENAS - NAUPLIO Sábado, 11 de octubre de 2003 Teníamos la intención decidida de dejar Atenas para los últimos días, así que nada más llegar alquilamos un coche durante una semana con el fin de recorrer el interior del país a nuestro ritmo, sin depender de horarios ni sufrir dilaciones innecesarias. Días antes, a través de internet, habíamos reservado un turismo para cuatro personas, el cual recogimos fielmente en las oficinas de Europcar situadas en el mismo aeropuerto de acuerdo con las condiciones establecidas. El pequeño retraso con que tomó tierra el vuelo a Atenas nos obligó a demorar hasta las siete de la tarde, ya de noche, la puesta en carretera de nuestro flamante Renault Clio. A pesar del retraso, decidimos seguir con el itinerario que teníamos previsto, así que nos dirigimos a Nauplio, antesala del Peloponeso y punto de partida en nuestro recorrido.
En contrapartida, nuestro primer encuentro con la comida local no puede ser más satisfactorio. Por casualidad entramos una taberna situada en la calle Sidiras Merarhias, justo frente al parque, y pedimos algunos de los platos más característicos del país: ensalada griega, souvlaki, pulpo y algunas otras especialidades, todas ellas muy bien preparadas. Debo adelantar que, salvo escasas excepciones, la comida a lo largo del viaje será de una calidad más que aceptable. Sin embargo, debo añadir también que, a diferencia de épocas pasadas, hoy en día comer en Grecia no resulta barato; dependiendo obviamente de los platos elegidos, el precio por persona puede oscilar entre los ocho y los doce euros, siempre y cuando uno se modere y no abuse del pescado fresco y evite los restaurantes de nivel medio-alto.
NAUPLIO - MYSTRA - GITIÓN Domingo, 12 de octubre de 2003 A las siete de la mañana hacemos sonar nuestros despertadores, ansiosos por disfrutar del más que presumible encanto de Nauplio, un encanto que la nocturnidad nos ha negado el día anterior. A pesar de la hora, nada más pisar la calle encontramos un café abierto y decidimos tomar nuestro primer café griego. Y, como suele ser habitual, su textura nos desagrada ligeramente: es un café abundante en posos. Advertimos, no obstante, la existencia de un buen número de tortas y hojaldres –con los que habitualmente se desayunan algunos nativos– que van desde el de queso feta (tyropitakia) al de espinacas (spanakopites), y cuya variedad iremos descubriendo día a día. Además del aporte energético que nos proporcionan, en casi todos los sitios se encuentran recién hechos, o al menos de ese mismo día. Una vez satisfechas nuestras necesidades alimenticias, nos adentramos de lleno en la ciudad antigua, un entramado de calles paralelas que desembocan en el puerto y que a su vez son atravesadas por otras más pequeñas, todas ellas decoradas por hermosas y en general bien cuidadas fachadas, herencia del dominio que los venecianos ejercieron intermitentemente en la ciudad desde el siglo XIV. A esas horas, recién amanecido el día, las calles se exhiben en todo su esplendor: el silencio les confiere un cierto lirismo, como si los espectros del pasado tomaran cada noche posesión de sus antiguos dominios. Los comercios permanecen todavía cerrados; los restaurantes tampoco han abierto. La luz del alba penetra con dificultad por los pequeños angostillos dibujando sombras afiladas en las fachadas. La plaza Sintagma, amplia y poderosa, parece ejercer de corazón de este ordenado complejo de callejuelas e iglesias. En una de estas últimas, en Panagia, se escuchan los cantos procedentes de la liturgia matutina. Es Nauplio una ciudad hermosa, con la belleza sencilla de quien no necesita ornamentos, y aquellas dos horas intensas, si bien escasas, nos permiten disfrutarla mucho mejor que si hubiéramos permanecido días enteros sin salir de sus muros.
Gitión es una localidad costera no excesivamente turística, pero sin embargo resultará ser una de las localidades visitadas más atractivas. Es un lugar tranquilo (al menos en esta época del año), con sencillas casas blancas agolpándose y trepando sobre la ladera de la montaña que, a modo de imponente fortaleza, emerge a pocos metros del mar. Y como sencillo emplazamiento pesquero, ofrece numerosos restaurantes donde probar buen pescado fresco y otros productos marinos. Todavía poco conocedores de la cocina local, una brocheta de pez espada y un buen plato de pescaditos nos convence de las bondades culinarias de estos mares.
GITIÓN - VATHIA - STOUPA Lunes, 13 de octubre de 2003
La península de Mani se caracteriza por sus elevadas casas-torre, cuasi-fortificaciones que en la guerra contra los turcos proporcionaron a los aldeanos fama de duros y aguerridos. De hecho, esta parte del Peloponeso se ha mantenido libre de influencias exteriores en mayor medida que otras.
Vathia, prácticamente en el vértice sur de la península, es el pueblo
más fotografiado del lugar: su imagen aparece siempre en cualquier
guía que hable de Mani. Y, efectivamente, en la distancia sus elevadas torres
de piedra proporcionan una visión realmente majestuosa, me atrevería a decir
que solemne de la ciudad. Pero, por desgracia, Vathia es un pueblo prácticamente deshabitado, y
salvo el autobús de turistas ingleses que llega poco después de nosotros y
el nutrido grupo de gatos que nos acompaña durante nuestra comida, apenas
quedan aldeanos. Vathia permanece casi como un espectro del pasado,
de un pasado glorioso si se quiere, pero lamentablemente muerto en la
actualidad. Regresando en dirección norte, hacemos un alto en Kokala, situada en la costa este de Mani, para tomar unos cafés realmente desagradables (probablemente de puchero) y visitar su pequeña playa de piedras, fea pero gratamente coronada por la rojiza cúpula de su iglesia. No teníamos claro donde dormir esa noche. Ir hasta Kalámata, nuestro
siguiente objetivo pero situada en el
límite norte de la región, nos obligaba a conducir hasta bien entrada la noche. Casi
por azar (y por probar suerte, todo hay que decirlo), hacemos una pequeña parada en Stoupa
y descubrimos el
enorme número de habitaciones que aquí se ofrecen. Stoupa carece realmente de atractivo; es un mero enclave turístico, poblado de hoteles y restaurantes, aunque aderezado con una bonita playa. Sin embargo, no nos parece mal lugar para tomar nuestro primer baño, y enseguida descubrimos la bondad de sus aguas, limpias y cálidas, justo cuando el sol comienza a esconderse tras el horizonte y tiñe de rojo las puntas brillantes de las olas. Aunque pueda parecer cursi (y probablemente lo sea), este sencillo baño supone uno de los momentos más plácidos de todo el viaje.
STOUPA - OLIMPIA Martes, 14 de octubre de 2003 A la mañana siguiente, en nuestra habitual parada para desayunar, descubrimos en el aledaño pueblo de Kardamili un lugar a simple vista mucho más atractivo que Stoupa (y probablemente más adecuado para pernoctar). Pero no posee playa de arena, y esa carencia ha contribuido a mantenerlo al margen de la vorágine turística. El viajero avisado, sin embargo, es algo que sin duda agradecerá.
Así que proseguimos nuestra marcha. De camino, cruzamos con un indicador que señala el Palacio de Néstor. Sabedores de su valor arqueológico, decidimos llegarnos hasta allí y visitar lo que en la práctica supondrá nuestro primer acercamiento a la cultura micénica. El Palacio de Néstor, descubierto con posterioridad a otros grandes palacios de la época, ha sido restaurado siguiendo unos criterios arqueológicos más modernos. Su distribución cumple a la perfección con la clásica estructura de los palacios micénicos: a través del patio de entrada, flanqueado por las torres de los centinelas, se accede a las salones principales, entre los que destaca la habitación del trono, donde el rey ofrecía sus audiencias, y a las habitaciones privadas y del servicio. Justo al lado, se puede visitar también una antigua necrópolis de la misma época. En Pilos hemos comprado algo de fruta para aligerar un poco nuestra alimentación. La idea es parar en el camino, preferiblemente en alguna playa solitaria, y comer allí mientras disfrutamos de la siempre reparadora brisa marina. Y es en Tholo donde descubrimos una de las más amplias playas de toda Grecia, y lo que es mejor, prácticamente vacía. La playa de Tholo es larga, incluso diría que enorme, de arena blanca y suave, pero apenas nadie la frecuenta. A nuestra llegada, hay aparcadas un par de caravanas de turistas holandeses justo donde termina el camino, y a lo lejos se perciben varias figuras que pasean plácidamente por la arena. Pero ni hay hoteles, edificaciones ni hordas de bañistas abalanzándose en tropel sobre las olas. Para los que provenimos de España, país ejemplar en la destrucción de costas y entornos naturales, o para cualquiera que haya sido testigo de las masacres cometidas en la costa levantina, contemplar una playa en estas condiciones es algo sorprendente, además de todo un lujo.
La moderna Olimpia tiene poco de interés. En realidad, se reduce una larga avenida flanqueada por un sinnúmero de tiendas, todas ellas destinadas a adinerados y compulsivos turistas. Aconsejados por el propietario de uno de los campings donde preguntamos nada más llegar, nos alojamos en la Pensión Poseidon, en Stefanopoulos, 9, por 30 euros la habitación doble, aunque en esta época del año escoger dónde dormir no resulta nada problemático en esta ciudad. Respecto a la comida, fuera de la calle principal pueden encontrarse algunas tabernas donde probar gyros o souvlaki.
OLIMPIA - TEBAS Miércoles, 15 de octubre de 2003
Dependiendo de cómo se desarrollara el viaje, teníamos intención de visitar Micenas en nuestro camino hacia Meteora. Sin embargo, el estado de las carreteras no nos ha permitido alcanzar la media que esperábamos. De esta manera, llegados hasta aquí, debemos elegir entre destinar un día a visitar los restos arqueológicos de Micenas (y el aledaño Teatro de Epidauro, el según dicen mejor conservado del mundo clásico) o continuar nuestro camino hacia el norte y tener tiempo suficiente de devolver el vehículo en el aeropuerto de Atenas el próximo sábado. A pesar del valor histórico y artístico de Micenas, del que en ningún momento dudamos, elegimos proseguir hacia el norte y visitar en el camino, si se tercia, alguna otra localidad de la región de Tesalia. En Corinto, y tras atravesar su famoso canal (una monumental obra de ingeniería, pero algo aburrida como evento turístico), abandonamos la autopista y tomamos una pequeña carretera costera que nos permitirá visitar otras interesantes poblaciones. De esa manera, llegamos a Loutraki justo a la hora de comer. Y a pesar de la inmensa popularidad de que goza entre los propios griegos como enclave vacacional (alberga un importante balneario), Loutraki no puede sino decepcionar a quienya ha visitado enclaves como Nauplio o Gitión. Mal remedo de cualquier vulgar centro turístico levantino, en Loutraki se concentran un buen número de hoteles y alojamientos turísticos, casi todos ellos situados en primera línea de playa (una playa que, por otra parte, está constituida por guijarros, lo que la hace bastante incómoda). Incluso a la hora de dar con algún lugar sugestivo para comer, encontramos problemas. Sólo la proximidad de Atenas puede explicar su inmenso éxito entre los griegos.
Como la noche se nos echa encima, la proximidad de Tebas nos apremia a buscar alojamiento allí mismo. No es Tebas una ciudad que entre en los circuitos turísticos (por mucho que se sitúe en ella el conocidísimo mito del Rey Edipo), lo cual es de agradecer ya que nos brinda la posibilidad de acceder a una ciudad griega que no posee ningún tipo de aditamento. Tebas sólo dispone de dos hoteles donde alojarse, y los dos se encuentran el uno frente al otro; así que elegimos el más barato, que acaba siendo el Hotel Meteliou (30 euros la habitación doble tras un pequeño regateo). Tebas a simple vista parece una ciudad tranquila. La calle principal es peatonal, y allí se concentran los hoteles y un buen número de cafés y restaurantes. No hay mucho que visitar, aunque parece ser que dispone de un más que interesante museo, pero a cambio nos ofrece una agradable estampa de cotidianidad que todo viajero agradece. Una buena cena, a base de ensalada griega y gyros, pondrá el broche final a la tarde.
TEBAS - METSOVO - CALAMBACA Jueves, 16 de octubre de 2003 Hoy va ser nuestro primer día de lluvia. Aunque nunca lo suficientemente intensa para impedirnos salir del coche, lo cierto es que su presencia inquebrantable y la falta de luz han sido una constante a lo largo del día. Abandonado el Peloponeso, enormes campos de algodón han venido a sustituir a los habituales olivares; de hecho, como después comprobaremos, los tejidos de algodón son una de las especialidades de la zona.
Cumplida nuestra necesidad de hospedaje, nos dirigimos a la localidad de Metsovo, una afamada población situada en los Montes de Pindo, donde también se halla la estación de esquí más elevada de Grecia. Pero, por desgracia, la niebla no deja de acompañarnos durante todo el recorrido, de manera que apenas intuimos la grandeza del paisaje que nos rodea. El pueblo, situado en un hermoso enclave del valle, deslumbra a primera vista: desde la plaza principal destaca la aparente homogeneidad de sus construcciones, su estructura escalonada, coronada por los picos de los montes más altos. Sin embargo, al callejear por el interior, se pierde parte del encanto: el influjo del turismo ha hecho lo suyo, y muchas de las casas sólo conservan la apariencia de antigüedad. De cualquier forma, la visita en un día climatológicamente más apropiado habría sido con seguridad más adecuada. La zona es célebre no sólo por su altitud, sino por acoger las últimas reservas de zorros y osos del país. Asimismo, es típico de aquí cierto queso ahumado que, sin ser exquisito, bien merece una degustación. Aunque se dice que todavía muchos de sus habitantes visten sus trajes tradicionales, lo cierto es que yo no vi ninguno. Quizá la suerte no nos acompañó en Metsovo.
Otro de los lugares imprescindibles en Calambaca es la ouzería situada en la Plateia Riga Fefeno, junto a las oficinas del Banco Nacional de Grecia. El local es el típico café (aunque sobre todo se sirven ouzos, el clásico licor griego inspirado en el raki turco) frecuentado únicamente por varones, pero la amabilidad de su propietario parece no tener límites. Uno puede tomar unas generosas copas de yogur con miel por sólo dos euros, o degustar tranquilamente unos ouzos junco con las exquisitas mezedes caseras con que se acompañan las bebidas. El término mezedes incluye un amplio conjunto de entremeses y aperitivos que muchas tabernas y ouzerías sirven junto con los licores, y que abarcan desde el clásico tzatziki (crema de yogur, ajo y pepino) a los más elaborados yigandes (judías blancas a la vinagreta) o melitzanosalata (crema de berenjena); en algunas ocasiones, un buen surtido de las mismas puede servir de comida frugal. El último día de nuestra estancia aquí, fuimos invitados a una última ronda (incluyendo las mezedes, por supuesto). No es Calambaca una ciudad atractiva (fue arrasada por los alemanes durante la segunda guerra mundial, y apenas quedan edificios anteriores en pie), pero uno puede darse de bruces con algunos de los tipos más entrañables del país.
CALAMBACA - METEORA Viernes, 17 de octubre de 2003 A diferencia de ayer, hoy la lluvia parece haberse contenido. Pero como tenemos nuestras dudas, decidimos hacer el recorrido de los monasterios en coche en vez de a pie, aunque eso suponga renunciar en alguna medida a la pureza de aquel espléndido paisaje. Hasta el momento, nos hemos mantenido a salvo de los grupos organizados de turistas. Hoy, por el contrario, estamos abocados a encontrarnos cada dos por tres con alguno de ellos: a pesar de que estamos en temporada baja, los monasterios de Meteora son uno de esos puntos obligados que todo tour debe contemplar. Pero la belleza del lugar es tan sobresaliente que, a los pocos minutos, uno consigue olvidarse fácilmente de quienes le rodean para concentrarse en la espectacularidad del entorno y las maravillas arquitectónicas que coronan los espigados pináculos.
Desde Kastraki, una pequeña población a escasos kilómetros del primero de los monasterios, se puede observar ya sin dificultad el perfil de algunos de ellos. El primero que encontramos en el camino es el de Agios Nikolaos (San Nicolás), aunque desgraciadamente este monasterio cierra las puertas a las visitas los viernes, lo que nos obliga a tener que conformarnos con admirarlo desde fuera. Sin embargo, aunque su vista exterior no es tan impresionante como el siguiente, el tantas veces fotografiado Rousanou, alberga unos interesantes frescos en su capilla principal atribuidos al pintor cretense Theofanos. Junto al monasterio se encuentran también las ruinas del Agia Moni, abandonado tras un terremoto en 1858. Así pues, nuestra visita comienza propiamente por el monasterio de Rousanou, construido sobre una roca realmente estrecha, lo que le confiere una imagen de extrema fragilidad. En la actualidad está habitado por monjas, y la visita se reduce a la capilla y al balcón por donde antiguamente se izaba a los monjes hasta el interior. Coincidiendo con la entrada de grupos organizados, una monja hace una demostración del uso de un gong y una tabla de madera que, llegado el momento, se hacían sonar para comunicarse con el exterior de la comunidad.
Varlaam, junto al anterior aunque un poco más bajo, es otra maravilla arquitectónica. Es quizá el de más elegante construcción: cada uno de sus muros parece la continuación perfecta de las laderas de la roca. También está habitado en la actualidad, como los anteriores, aunque el número de estancias que pueden visitarse es bastante reducido. Sin embargo, la visión de ambos, de Varlaam y de Gran Meteora, puede que sea la imagen que más firmemente quede grabada en la retina del visitante: ambos son extensos complejos monásticos, y su altitud ofrece las vistas más espectaculares del conjunto. El monasterio de Agia Triada (la Santísima Trinidad) ofrece desde lejos una visión espectacular (no en vano, ha sido utilizado en algún que otro anuncio televisivo). La roca sobre la que se asienta se encuentra bastante separada de las otras, lo que le hace parecer más inexpugnable incluso que el resto; el acceso, en consecuencia, su acceso resulta también un poco más duro. El interior, por desgracia, desmerece un poco: solo la capilla merece ser visitada. Desde lo alto de la roca se obtienen unas inmejorables vistas del valle y de la población de Calambaca.
Hasta aquí nuestra esperada visita a los monasterios de Meteora. Al final, hemos tenido suerte y la temida lluvia se ha privado de hacer aparición. Como curiosidad, en la visita encontramos un fotógrafo japonés, bien pertrechado con una cámara para negativo de 6 x 9 mm. y su correspondiente trípode que, con la parsimonia habitual de los buenos fotógrafos, trata de dejar constancia perenne de toda aquella belleza. Según nos contó, llevaba alrededor de un mes por Grecia y aún tenía intención de visitar algunos otros lugares. A Meteora, por ejemplo, había llegado hace cuatro días y esperaba quedarse un par más. No indagamos más en la finalidad de aquel viaje, pero no pudimos dejar de sentir una inconfesable envidia por aquel uso ilimitado del tiempo. En los viajes, siempre descubre uno que existen mil y una maneras diferentes de viajar. © Carlos Manzano
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