GRECIA PARAÍSO MEDITERRÁNEO (y 3) IOS - NAXOS Domingo, 26 de octubre de 2003 Esta noche, a las tres de la madrugada, ha tenido lugar el preceptivo cambio horario de todos los otoños: hay que retrasar los relojes una hora. Como estamos de viaje, despreocupados del mundo y de otros problemas que no sean buscar alojamiento y manutención, ni siquiera nos hemos acordado. En consecuencia, a las siete y media de la mañana, hora local, ya estamos danzando como espectros por una ciudad fantasma. Sin embargo, agradezco sinceramente la oportunidad que este despiste nos ofrece para disfrutar por última vez de la atmósfera inigualable de Ios.
En Naxos tenemos pensado estar tres noches. La idea es visitar desde aquí la cercana Paros y, si hay barcos que realicen el trayecto de ida y vuelta en el día, acercarnos hasta Mikonos. Sin embargo, enseguida descubriremos que, lejos ya de la temporada alta, no existen conexiones entre Mikonos y Naxos. Debemos plantearnos, entonces, si merece la pena modificar el itinerario pensado para esta última semana o abandonar la idea de ver Mikonos. De momento, postergamos la decisión para otro momento. Comemos en un restaurante próximo al puerto cuyo aspecto poco refinado nos hace confiar de su cocina. Sin embargo, los platos nos resultan demasiado escasos, de contenido frugal. Lamento no haber anotado su nombre.
Ya de noche, descubrimos un restaurante que, sumamente apetitoso a primera vista, ofrece pescado y pulpo fresco a 6 euros la ración, los cuales son preparados a la parrilla justo en el exterior del local. El restaurante se halla situado en la calle que emerge de la estación de autobuses en dirección al interior de la ciudad y que cae perpendicular a la carretera que cruza el puerto (para más pistas, hay un establecimiento de alquiler de automóviles al comienzo llamado Auto Tour). Intento dar tantos detalles por si alguien comete el error de dejarse seducir por su aspecto sencillo, aparentemente sin pretensiones, porque, para nuestra desgracia, tal restaurante acabará convirtiéndose en el que peor comida nos ofrece en todo el viaje. En primer lugar, la ración de pulpo apenas pasa de lo que en España sería una pequeña tapa; y el pescado, inicialmente caballa, es servido en una enorme bandeja donde, aparte de las cuatro caballas prometidas, domina un desconocido pez de piel increíblemente dura cuyo precio real descubriremos más tarde que no supera 1 euro y medio por kilo. Un auténtico timo, teniendo en cuenta que por dicha bandeja nos cobran ¡24 euros!. Mañana, nos prometemos, seremos un poco más cuidadosos con la elección de los restaurantes. No en vano, la alimentación es para nosotros uno de los alicientes principales de todo viaje, y de éste en particular.
NAXOS Lunes, 27 de octubre de 2003 Hoy ha sido un día realmente agradable, de esos que te dejan una huella amable y duradera. Por la mañana, temprano como siempre, y tras desayunar nuestros correspondientes tyropitakias preparados directamente en un horno de leña, nos adentramos en las enrevesadas calles del Kastro, la antigua ciudad fortificada. Originariamente, la muralla fue construida por el veneciano Marco Sanudo allá por el siglo XIII, aunque actualmente sólo se conservan dos de las siete torres que llegó a poseer el castillo. El aspecto actual del Kastro es bastante similar al que tuvo en su época, y aún permanecen en pie muchos de sus viejos edificios, en algunos de los cuales todavía viven descendientes de los antiguos moradores.
A esas horas la tranquilidad es absoluta: a veces se escucha el ruido de unas hojas agitadas por el viento, o el sonido de una puerta que a lo lejos se abre y se cierra. La palabra que mejor define un momento como éste es sosiego. Estamos en temporada baja y apenas hay turistas: hasta bien entrada la mañana no nos cruzamos con los primeros paseantes. Algunas fachadas reclaman a gritos una rápida restauración, y muchas de las puertas están presididas por viejos e imponentes escudos de armas. Con un poco de imaginación, se tiene la impresión de haber traspasado la barrera del tiempo y recalado casi por azar en un antiguo burgo veneciano de la Edad Media. Entramos en una de las torres viejas, habilitada ahora como museo, donde se exhiben diversos restos de las primeras construcciones cristianas de la isla. Al lado se encuentra la Casa Della-Rocca-Barozzi, denominada Museo Veneciano, una preciosa joya que se conserva tal cual la dejaron sus últimos moradores y que contiene muebles y aparejos con varios siglos de antigüedad. Este palacio es uno de los edificios más antiguos de Naxos, construido en 1207 por los franceses. En la actualidad está regentado por el último vástago de la familia, Nikos, un tipo extremada y admirablemente peculiar del que hablaré más adelante.
Tras el fracaso de ayer, entramos a comer unos gyros y evitamos de esa forma sentirnos engañados con raciones miserables a precios desorbitados. Después, damos un breve paseo por la costa, pero comienza a lloviznar. Volvemos a las habitaciones a descansar un rato y a las ocho menos cuarto en punto, quince minutos antes del concierto, nos presentamos en el Museo Veneciano. Nikos, la persona que hemos conocido esta mañana, nos recibe amistosamente y nos invita a probar un licor local propio de la isla llamado Kitron. Hablamos un poco de la casa, y nos cuenta que perteneció a sus padres hasta su muerte. Él todavía vive allí, y durante el verano se dedica a organizar actuaciones varias, como la de esta noche. "Con ésta y con la de pasado mañana" -a la que también acudiremos-, "hacen más de ciento ochenta sólo durante este año", nos dice. Nikos parece este tipo de personas absolutamente apasionadas, que se entregan sin mesura a una tarea como si en ella residiera el sentido último de su existencia. El concierto, a cargo del pianista Andreas Sarantidis-Dudnikoff (un ruso que por razones que sería muy prolijo enumerar ahora recaló hace pocos meses en Naxos), resulta bastante agradable, especialmente por el espacio que lo acoge. Para pasado mañana anuncia otro concierto de piano en este mismo lugar, esta vez dedicado en exclusiva a la obra de diversos músicos griegos. Nos parece una buena idea volver de nuevo.
NAXOS - PAROS - NAXOS Martes, 28 de octubre de 2003 El día amanece nublado, pero lo más grave es el fuerte viento que se ha levantado de madrugada. Hoy, además, es día festivo: se celebra en toda Grecia el día del Ohi (No), en conmemoración de la negativa del General Metaxas a permitir que en 1941 el ejército fascista de Mussolini cruzase sus fronteras. La celebración, al menos a los ojos de un extranjero, resulta, digámoslo así, bastante naif: estudiantes y colegiales, más o menos uniformados, desfilan por las calles al compás de la música de una banda. La gente (los padres, sobre todo) se muestran encantados de ver a sus hijos caminar marcialmente uno tras otro en un triste remedo de desfile militar -aunque la verdad que no lo hacen con excesiva gracia, todo hay que decirlo-. La celebración se adereza unas cuantas banderitas griegas ondeando en balcones, plazas y ventanas.
Cerca del puerto se encuentran los restos del antiguo Templo de Atenea, del que apenas quedan unas pequeñas piedras, y el Castillo, que casualmente fue construido usando piedras del viejo templo. Las calles del casco antiguo son estrechas, como buena ciudad cicládica, aunque mucho menos empinadas que las de Naxos. Igualmente, de entre sus edificios destacan algunas villas de estilo veneciano, elegantes y orgullosas de pasado. Es Paros una ciudad agradable, fácil de ver. Además, al ser día festivo los bares se encuentran repletos de gente. Se respira un ambiente agradable, relajado, de júbilo moderado. Los niños, todavía ataviados con los uniformes del desfile, corretean ufanos por las calles. Una de las visitas imprescindibles en Paros es la vieja iglesia de Ekatondapyliani, edificada aproximadamente en siglo VI d.C. En realidad, se trata de tres iglesias interconectadas. La más antigua corresponde a la de San Nicolás, construida sobre un viejo edificio del siglo IV a.C. El Baptisterio y varias de sus capillas también merecen ser visitadas.
De nuevo en Naxos, me doy un nuevo paseo por las calles del viejo mercado. Son las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a declinar. La mayor parte de las tiendas y las tabernas permanecen cerradas. Se respira una atmósfera de cierta melancolía, las calles están en completo silencio. Hay momentos en que sólo se escucha el sonido del viento corriendo por las estrechas callejuelas. El ambiente me sugiere cierta decadencia, aunque la realidad es que estamos en octubre y que hace bastante frío. Cualquier tarde de agosto, me digo, estas calles deben de estar a rebosar de paseantes. Por la noche cenamos en el restaurante Apostolis, recomendado por la guía Lonely Planet. Debo admitir que, si bien la calidad de los platos es más que aceptable, los entrantes nos parecen demasiado escasos. Excelentes los mejillones apostolis (una especialidad de la casa), aunque la ración se reduce a cinco míseros mejillones; lo mejor, a mi juicio, el pescado, fresco y abundante, aunque nada barato (10 euros). A pesar de los días que llevamos en Grecia, todavía no hemos encontrado ningún restaurante que se parezca a nuestro añorado Tamam de Canea. Habrá que seguir intentándolo.
NAXOS Miercoles, 29 de octubre de 2003
Seguimos camino hacia el norte, en dirección a Apollonas, una tranquila localidad costera bastante visitada en temporada alta. A la entrada se encuentra otro de los kouros de la isla, este de mayor tamaño incluso que el de Melanes, aunque presenta un acabado más tosco aún. Representa una figura humana con la pierna levemente flexionada, como si se dispusiera a comenzar a andar. Este tipo de esculturas es típica del arte micénico. Lo primero que hacemos al llegar al puerto es buscar un sitio donde comer, y casi como única opción elegimos el restaurante Venetino, donde, a pesar de la escasa simpatía de su propietario, lo cierto es que comemos más que aceptablemente, en especial unos excelentes calamares y unos más que dignos pescaditos. Así pues, y exceptuando el servicio, la relación calidad-precio acaba resultando realmente buena.
De vuelta, ya casi de noche, paramos en Halki, una hermosa localidad caracterizada por sus palacios-torre, viejas fortalezas construidas en tiempo de los venecianos y algunas de las cuales alcanzan tamaños realmente espectaculares. En este pueblo se encuentra una de las fábricas más importantes de licor de Citrón, Vallindras, donde incluso se puede hacer una pequeña degustación de sus productos. Por desgracia, a la hora de nuestra llegada la fábrica había cerrado ya.
Por la noche regresamos al museo veneciano a disfrutar de la música de Sarantidis. Es una buena ocasión para estrechar aún más los lazos con Nikos, el organizador del evento y gestor del museo. Como ayer mismo nos propuso, nos reitera su ofrecimiento para colgar nuestras fotografías en una de las salas del museo, probablemente para el año que viene. La idea nos parece realmente interesante, así que quedamos seguir en contacto para concretar las fechas a su debido tiempo. Ya veremos en qué queda todo.
ATENAS Jueves, 30 de octubre de 2003 A las nueve y media tomamos el ferry en dirección al Pireo. El día ha amanecido muy cubierto, hace frío y amenaza lluvia. El barco, de la compañía Blue Star, resulta bastante incómodo para un viaje de tantas horas: no dispone de butacas donde echar una cabezadita y a poco lleno que vaya, te quedas sin sitio.
De esta manera, preguntamos primero en el Hotel Kouros, en el número 11 de la calle Kodhrou. El precio que nos piden por cada habitación doble, 35 euros, nos parece excesivo teniendo en cuenta el estado de las mismas: se trata de habitaciones sin baño, de aspecto bastante decrépito y con un innegable tufillo a decadencia. Finalmente, y como buena parte del turismo mochilero que llega hasta Plaka, nos quedamos en el Student and Travellers Inn, en Kydhathineon, 16, una pensión que, aunque algo cara (una habitación para cuatro sin baño cuesta 18 euros por persona), ofrece un aspecto más saludable. Más tarde descubriremos que nos habría merecido más la pena habernos quedado por la zona del Bazar y Monastiraki, auténtico centro vital de la ciudad.
Desde algunas calles de Plaka se logra divisar las murallas que rodean la Acrópolis. Buscando una mejor vista, nos acercamos a la entrada principal, en la que destaca, elegantemente iluminado, el Partenón. A su lado, a los pies de la colina, se encuentra el Odeón de Herodes, viejo teatro romano donde todavía se ofrecen conciertos y representaciones. Esta noche me voy a dormir pronto. Plaka, en horas nocturnas, ya ha dejado de interesarme, y mañana me espera uno de los grandes alicientes de este viaje: la Acrópolis.
ATENAS Viernes, 31 de octubre de 2003 Por la mañana, nada más amanecer, Plaka ofrece un aspecto mucho más tranquilo que la noche anterior, mucho más natural. Las mesas de los bares están vacías y las personas con las que me cruzo se dirigen a sus ocupaciones habituales. Descubro algunas hermosas fachadas, viejos edificios que han logrado resistir el paso del tiempo y los quebrantos del olvido, pero aún así el barrio en su conjunto me parece algo artificioso, digamos que demasiado "prostituido". A través de mis diferentes viajes, he llegado a la conclusión que las primeras horas de la mañana son ideales para tomar el pulso a las ciudades: las noches engañan, se pintan demasiado el rostro para disimular su verdadera esencia, de la cual, no sé si por snobismo o por vulgar coquetería, de alguna manera se avergüenzan. Con Atenas, desde luego, esa impresión me parece totalmente acertada.
En uno de los laterales de la vieja acrópolis se asienta en antiguo Teatro de Dionisos, que tuvo el honor de acoger las primeras representaciones de las obras de Sófocles, Eurípides y Aristófanes. Muy próximo se halla también el Odeón de Herodes, construido por los romanos en el siglo II, y como ya he dicho más arriba, donde actualmente todavía se ofrecen conciertos y representaciones varias. La visita al Museo resulta obligada, aunque la mayor parte de las estatuas y figuras fueron expoliadas durante el siglo XIX por los ingleses, circunstancia que todavía mantiene vivo en muchos atenienses un profundo odio hacia los británicos -excepción hecha del romántico Lord Byron, que demás de oponerse al saqueo de la ciudad dio su vida por la independencia griega-.
En la ágora, además de filósofos y políticos, se daban cita los principales comerciantes de la ciudad y se celebraban las más importantes asambleas públicas: era el centro neurálgico de Atenas, su corazón vital. Se encontraba surcada por varias estoas (pasajes porticados donde se situaban los comercios y por los cuales paseaban los viandantes), de las que se ha reconstruido la de Attalos, y todavía pueden verse las ruinas de las de Basileos y Pikile, lo que permite hacerse una idea de la importancia que para los atenienses poseía su mercado.
En las inmediaciones de Plaka, y en un desesperado intento por huir de sus impersonales restaurantes, entramos a cenar en una pequeña taberna de aspecto descuidado que, en contraposición, ofrece una exquisita comida. La taberna se encuentra situada en el número 44A de la calle Vouliu, y apenas si dispone de una escasas mesas. Especialmente recomendables resultan los calamares y las abundantes raciones de pescado. Sin duda alguna (y como lamentablemente certificaremos mañana mismo), una elección mucho más gratificante que cualquiera de los atiborrados y caros restaurantes de las céntricas calles de Plaka. Por desgracia, el nombre del restaurante sólo figura escrito en griego.
ATENAS Sábado, 1 de noviembre de 2003 Desayunamos nuestros habituales hojaldres rellenos en un café con vistas al Partenón. En contra de lo que podría suponerse, esto no supone pagar ningún precio desorbitado; por el contrario, 1 euro por café es lo más barato que habremos de pagar durante nuestra estancia en la capital griega.
La plaza de Omonia, en sí misma, alberga pocos atractivos. Representa el centro administrativo de la ciudad, pero estéticamente no resulta muy agraciada. Al contrario que en otras zonas de Atenas, aquí se ve muchos extranjeros y gente de color (algo que, hasta este momento, habíamos echado en falta). Volvemos a Sintagma por la Avenida Stadiou, una zona donde se encuentran diferentes museos, como el de la Ciudad y el de Historia Nacional. Es una avenida amplia, surcada por numerosos coches y limitada por enormes edificios escasamente atractivos. Ermou, en especial el tramo peatonal que enlaza Monastiraki con Sintagma, es quizá la calle comercial por excelencia de Atenas. Se concentran aquí las más rutilantes tiendas de diseño y moda, así como un sinfín de vendedores ambulantes, y por la noche miles de jóvenes y no tan jóvenes la cruzan de un lado a otro en busca de los más modernos locales de diversión. Como puede imaginarse con facilidad, nada que ver con las tranquilas callejuelas de Ios o Canea, por poner dos ejemplos. Por la noche, intentamos volver a cenar al mismo sitio de ayer, pero para nuestra sorpresa está cerrado. Un poco cansados de andar todo el día de un lado para otro, accedemos a cenar en el barrio de Plaka, en un cualquiera de sus impersonales restaurantes. Y como era de esperar, la calidad de los platos deja mucho que desear. Por 11 euros, nos ofrecen una desalentadora ensalada y una escasa porción de moussaka ultracongelada poco apetecible. Un mal recuerdo para nuestra última comida en Atenas. Como esta va a ser nuestra última noche en Grecia, buscamos algún sitio donde tomar los últimos ouzos, y casi sin querer damos a parar a la plaza de Monastiraki. Y allí descubrimos un ambiente mucho más alegre que el de Plaka: restaurantes llenos de atenienses que se entregan sin mesura a la degustación de unos enormes y suculentos platos de gyros y souvlakis. Frente a la apatía y la vulgaridad de Plaka, atestada de extranjeros pero carente de vitalidad, Monastiraki nos permite reencontrarnos con la vitalidad mediterránea de esta capital. En una de las terrazas, un trío de músicos interpreta diversas canciones tradicionales, algunas de las cuales son coreadas por los comensales de alrededor. La gente va y viene, se sienta en las mesas que aún permanecen vacías, charla, ríe, conversa apasionadamente. Es la una de la madrugada y todavía hay clientes que se disponen a comenzar su cena. Finalmente, previendo que mañana será un día duro a causa de los largos traslados que nos esperan, nos retiramos a dormir, eso sí, algo más satisfechos de lo que lo estábamos apenas unas horas antes.
ATENAS Domingo, 2 de noviembre de 2003
Nuestros días griegos tocan a su fin. A la una tenemos que coger el autobús que parte hacia el aeropuerto desde la misma plaza Sintagma. Ya no queda tiempo para más. Lo que hayamos dejado de ver, ha de quedar necesariamente para una próxima visita. Es hora ya de revelar carretes y recomponer los recuerdos. Y comenzar a preparar lo que será el viaje del año próximo: apenas queda tiempo que perder. © Carlos Manzano Volver
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